Darwin

Ayer, 12 de febrero, se celebraba el aniversario de Charles Darwin. Así que puede ser una buena excusa, si es que se necesita, para recordar lo mucho que la humanidad le debe a este hombre de ciencia, que nació en Gran Bretaña hace más de doscientos años, en 1809.

En la cultura popular el nombre de Darwin se asocia con la disparatada idea de que el hombre proviene del mono. Rastros de esta simplificación de sus teorías se pueden ver incluso en algunos sitios curiosos, como la etiqueta de una marca de anís (Anís El Mono) en la que figura la imagen de un mono con el rostro de Darwin.

Anís del Mono
Darwin en la etiqueta de Anís del Mono

En realidad Darwin hizo dos grandes contribuciones a la ciencia. En primer lugar aportó una ingente cantidad de datos y observaciones sistemáticas que demostraban que la evolución de las especies era un hecho cierto. En segundo lugar  -y esto tuvo incluso más importancia que lo anterior-  inventó un mecanismo capaz de explicar la evolución, sin tener que acudir a la existencia de causas finales o al diseño y la creación intencional de los seres vivos.  Este mecanismo es lo que Darwin (y su contemporáneo Wallace, que lo descubrió al mismo tiempo que él) llamó el mecanismo de la selección natural. La idea es que la naturaleza produce la evolución de las especies seleccionando, entre los descendientes de cualquier organismo, los que, por sus características propias y heredables, resultan mejor adaptados al medio natural en el que se desenvuelve su vida. Es el mismo mecanismo que utilizamos, en los cultivos domésticos, para seleccionar plantas y animales de utilidad para nosotros. La única diferencia es que la selección natural no se guía por un objetivo intencional, sino por un mecanismo ciego de selección de variedades mejor adaptadas al medio y, por lo tanto, con mayor probabilidad de supervivencia para sus descendientes.

Como casi siempre suele suceder en la ciencia básica, las ideas más importantes resultan ser las más simples. Pero también las más rompedores con el status quo. La teoría de la selección natural de Darwin fue vista desde el principio como una amenaza contra algunas creencias absurdas, pero firmemente asentadas en la cultura popular. Entre ellas la idea del creacionismo o diseño inteligente. Es decir, la idea de que las especies de seres vivos son creadas por un ser supremo, de forma intencional, como se dice, por ejemplo, en la Biblia.

La ciencia tiene muchos valores y virtudes. Una de ellas, la más importante, es que nos permite conocer y comprender mejor el mundo en el que se desenvuelven neutras vida. En el caso de Darwin nos permite comprender mejor en qué consiste la vida.

Onda Cero Salamanca 13/02/2018

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La buena ciencia

Parece que la industria automovilística alemana no tiene la intención de dejarnos tranquilos. Hace unos meses saltó el escándalo de la manipulación de los detectores del  nivel de gases contaminantes instalados por Volks Wagen. El tema sigue abierto y está obligando a los gobiernos y las instituciones públicas internacionales a tomar medidas drásticas para evitar que algo así vuelva a suceder. Pero mientras tanto surgen otras inquietantes experiencias.

La última que ha saltado a la prensa se refiere a una serie de experimentos que ciertas empresas han estado realizando para comprobar hasta qué punto los gases contaminantes emitidos por los motores de los automóviles afectan a la salud de las personas y de los seres vivos. Para comprobar esto parece que se han estado utilizando tanto monos como individuos humanos. ¿Cuál es el problema? ¿Vamos a criticar que se usen métodos científicos para estimar el impacto de nuestras tecnologías sobre la salud?

Una de las características más sobresalientes de lo que conocemos como civilización occidental es que en ella se originó la ciencia moderna. Los filósofos e historiadores  todavía seguimos haciéndonos preguntas inquietantes a este respecto. Por ejemplo ¿qué es lo que ha hecho posible que la ciencia se desarrollara en Europa de forma mucho más rápida y prominente que en otros continentes? ¿Qué condiciones culturales, económicas, políticas o ambientales se requieren para que se desarrolle el pensamiento científico? Y también ¿qué problemas específicos plantea el desarrollo de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas, y cómo podemos hacer frente a esos problemas?

Son preguntas importantes que debemos afrontar. Lo primero que hay que señalar es que el pensamiento científico no se puede desarrollar si lo separamos de otros valores morales y pautas de comportamiento que van igualmente asociadas a la civilización occidental. Entre esos valores están los de responsabilidad individual, respeto a las personas y sensibilidad moral ante el sufrimiento. Es cierto que ha habido y hay investigadores que no han respetado los derechos humanos, o han sido crueles con los animales de laboratorio, o han cometido fraudes. Todo esto es real, pero hay algo que no se puede olvidar: un científico malvado termina siendo siempre un mal científico, porque, hasta ahora al menos, la comunidad científica tiene como norma moral de funcionamiento obligado la de respetar la dignidad de las personas, el bienestar de los seres vivos y la búsqueda de la felicidad como ideal moral aceptable para todo el mundo.

Por eso, la investigación científica tiene límites morales objetivos: hay cosas que los científicos no pueden hacer si desean seguir mereciendo la confianza que la sociedad deposita en ellos. No pueden, por ejemplo, mercantilizar la ciencia, violar derechos humanos en nombre de la ciencia, maltratar animales o experimentar con personas sin respeto a su dignidad y autonomía moral.

La ciencia solo es una parte de un paquete más amplio que incluye algunso valores irrenunciables de la civilización occidental. La buena ciencia, debe ser también una ciencia moralmente buena.

Libros para regalo

Estamos en plena época de consumo masivo y compulsivo. Vivimos estos días como si estuviéramos obligados a comprar, regalar y consumir bienes materiales o servicios de valor añadido, como dicen los economistas. En Navidades ya no somos ni ciudadanos, ni padres ni hijos, ni amigos ni profesionales de esto o de lo otro. Somos simplemente consumidores. Compramos y usamos cosas nuevas. Hacemos viajes y celebraciones sin cuento ni razón aparente que no sea la de cumplir con un rito de consumo compulsivo. Y regalamos cosas a todo el mundo, también de forma compulsiva,  masiva, para garantizarnos que nuestro comportamiento es ejemplar en el ámbito de nuestras relaciones sociales. Hay quien dice incluso que para que el sistema funcione, debe ser así: si no hay aumento del consumo, la economía no crece, desaparecen los puestos de trabajo y todo el tinglado de nuestra frágil economía se viene abajo.

Así que ya no vale como excusa el lema de ahorrar y reservar el dinero para tiempos difíciles, por si vuelven, sino que hay que gastarlo para evitar que vuelvan.

Bueno, dejemos para otro día estas reflexiones sobre lo que podríamos llamar la ética del consumo y seamos prácticos. Ya que no podemos, o no debemos, evitar el consumo y los rituales de regalos y celebraciones, al menos trabajemos para que lo que consumamos sea lo que realmente queremos consumir o regalar y no solo lo que se espera que hagamos guiados por la mano implacable de las técnicas publicitarias.

En esta línea de razonamiento debe entenderse mi recomendación de consumo para estos días: intentemos regalar objetos de uso personal, que sus usuarios futuros tengan motivos para querer conservarlos como algo propio, que puedan disfrutar no una sino muchas veces de ellos, que además puedan prestarlos a otros amigos o familiares y que puedan servir para entablar lazos de relaciones personales, y temas de conversación.

Hay un tipo de objetos que cumplen todas estas condiciones., Y además se nos ofrecen en un amplio inervarlo de precios, formatos, estilos y temas. Me refiero a los libros. Y específicamente a los libros de papel. No es cierto que estos vayan a ser sustituidos por los libros en formato electrónico, como suelen decir los agoreros. Desde luego que el contenido de cualquier libro puede guardarse en un archivo de ordenador o de nuestra tablet. Y que cualquier texto en principio se puede leer en una pantalla. Pero el libro de papel es algo más. Se puede tocar, oler, ojear, abrir por diversas partes y saber directamente en qué parte del mismo te encuentras mientras lo lees. Se puede incluso anotar en los márgenes. Se puede regalar, intercambiar con los amigos, trasladar de un sitio a otro físicamente y disfrutar de él de múltiples formas.

La industria de los libros no está en decadencia. Solamente se ha ampliado con las posibilidades que ofrece el formato digital. Pero las librerías y las bibliotecas, como lugares de distribución de libros o escenarios donde compartir los libros con amigos e intercambiar conversaciones en torno a ellos, tienen un gran futuro. Al menos lo tendrán si los ciudadanos consumidores abrimos los ojos y volvemos a comprar, usar y regalar libros de verdad, es decir de papel.

Deberíamos adoptar un principio para estas fiestas: ningún niño sin su libro de regalo en Navidad.

Onda Cero Salamanca 26/12/2017

Un pacto por la ciencia

Ya habíamos anunciado que la semana pasada íbamos a presentar en Madrid el informe de la Fundación  Alternativas sobre el estado de la ciencia en España. Y así fue. El acto se celebró en el Congreso de los Diputados en una sala repleta de científicos, políticos y periodistas. Creo que merece la pena que volvamos hoy sobre el tema. Así que resumiré ahora el contenido esencial de lo que allí se dijo.

En primer lugar, se detecta un gran consenso en el diagnóstico de la situación de la ciencia en España. Dicho en pocas palaras: el desarrollo de la ciencia ha progresado mucho en nuestro país hasta alcanzar cotas máximas al inicio de la crisis económica. Pero desde entonces (2010) la situación se ha deteriorado, ha disminuido el esfuerzo de España en Investigación y Desarrollo, se han perdido miles de puestos de trabajo para jóvenes investigadores, y ha descendido el nivel de competitividad internacional de nuestras instituciones científicas. El resultado es que España ha empeorado significativamente su posición y cada vez parece más lejana la posibilidad de recuperar el paso. Puede haber diversos matices, pero en las grandes líneas de este diagnóstico de la situación  existe un amplio consenso entre los expertos.

¿Qué se puede hacer?

Hay dos líneas posibles de respuesta. Una consiste en echarle todas las culpas al gobierno y esperar a que este cambie para que cambie también la política de la ciencia y la tecnología en nuestro país. La otra es promover desde ahora mismo un gran pacto por la ciencia, abierto no solo a todos los partidos políticos, sino a la sociedad en general, a las empresas, a los trabajadores y sus organizaciones, a los movimientos sociales y las ONGs. Un gran pacto cívico por la ciencia. En el documento de la Fundación Alternativas quedan recogidos los puntos principales que debería abarcar ese pacto. En mi opinión (y así lo expuse en el acto del Congreso) son estos:

1) Un compromiso de esfuerzo en la financiación de la ciencia y la tecnología que nos permita alcanzar en el horizonte temporal de 2025, el nivel de gasto efectivo (no solo presupuestado) del 2% del PIB en investigación y desarrollo, equivalente al promedio actual en Europa.

2) Un cambio en los sistemas de gestión de la investigación, que confíe en la autonomía y la responsabilidad de los científicos, permitiendo una gestión más flexible y menos burocrática, abierta a la movilidad y competitividad internacional de la ciencia que se hace en España, y orientada a la rendición de cuentas ante la propia comunidad científica y el conjunto de la sociedad.

3) Creación de programas y estructuras institucionales que faciliten la implicación de los ciudadanos en la política científica, facilitando su participación en debates sociales sobre los objetivos de la investigación y las consecuencias del desarrollo tecnológico. Para ello, además de promover programas de divulgación y educación científica, se propone la creación en el Parlamento de una Oficina para la Evaluación de Opciones Científicas y Tecnológicas, que facilite el acceso de los parlamentarios a la información científica, y también el acceso de los ciudadanos a los debates sociales y políticos en torno a las cuestiones de ciencia y tecnología.

El  valor de lo intangible

Pasado mañana participo en el acto de presentación de un informe impulsado por la fundación Alternativas sobre el estado de la ciencia y la tecnología en España y sobre las actuaciones políticas que habría que llevar a cabo para mejorar la situación de nuestro país en este campo. El acto se celebra en el Congreso de los Diputados, aunque es abierto al público. Tendremos tiempo de comentar lo que salga de allí. Por el momento, quien lo desee puede obtener más información a  través de la página web de la fundación Alternativas.

Pero hay algo más. Acabo de recibir un libro con título espectacular: Capitalism without capital:  Capitalismo sin capital. Se trata de un valioso ensayo, publicado por dos economistas británicos,  acerca de uno de los aspectos más interesantes del funcionamiento de la economía actual: la importancia de lo que se conoce como inversión en bienes intangibles. ¿Qué es un bien intangible? Una casa, un coche, una carretera…. son cosas que se pueden hacer y deshacer, tocar, cambiar, usar y destruir. Estamos acostumbrados a pensar en la importancia que tiene disponer de un capital que se pueda medir en términos de este tipo de bienes tangibles o concretos. Pero lo cierto es que en la economía actual cada vez tienen más importancia otro tipo de bienes, los intangibles, que se consideran prioritarios en las estrategias de inversión. Un ordenador que una empresa compra para su oficina es un bien tangible y pasa a formar parte del stock de capital de la empresa. Pero un programa de ordenador que la propia empresa desarrolla o compra a un proveedor especializado, no parece una cosa concreta, y sin embargo es una inversión material tan importante o más que la compra del ordenador. Y lo mismo ocurre con el coste del cursillo que tienen que hacer los empleados para aprender a usar el programa: es capital intangible. Lo interesante del libro que les comento es que lleva a cabo un análisis exhaustivo de esta nueva deriva intangible de la economía actual y de las consecuencias que tiene sobre el sistema económico, el reparto de la riqueza, la competitividad, etc.

Uno de los capítulos más importantes de las inversiones intangibles es precisamente el que se refiere a las inversiones en Ciencia y Tecnología. Cuando una empresa contrata a un equipo de tecnólogos y científicos, les pone a trabajar en una nueva solución técnica a un problema y  consigue obtener una nueva patente que le permite iniciar una nueva línea de negocio, por ejemplo, estamos asistiendo a un proceso de inversión en intangibles: algo que no se puede ver ni tocar ni valorar por su precio en el mercado, pero que tiene un enorme potencial económico y puede ser la base de la prosperidad de la empresa para los años siguientes.

Las grandes compañías actuales se caracterizan todas ellas por la importancia de su capital intangible. Y los grandes países también. España, como casi siempre, destaca por su originalidad: durante la última década de crisis económica los países que nos rodean han incrementado sus inversiones intangibles, en I+D, en formación, en diseño y marketing. España en cambio ha disminuido su esfuerzo en I+D y en formación: seguimos obsesionados en detectar signos de recuperación económica analizando cuánto crecen los precios de la vivienda o la actividad de la construcción. Seguimos obsesionados por el capital tangible,  cuando todo a nuestro alrededor nos está avisando de que ahí no está la solución: la solución está en los intangibles.

Onda Cero Salamanca 23/01/2018

Catástrofes: ¿Gestión pública o gestión privada?

Acabamos de pasar un fin de semana histórico: hacía tiempo que no nevaba como ha nevado estos días y hacía tiempo que no veíamos a miles de familias atrapadas en sus coches, en medio de la nieve, justo el día en que volvían de las vacaciones navideñas para reincorporarse al trabajo. Así que es un buena ocasión para hacernos algunas preguntas obvias, del tipo ¿quién tiene la culpa de todo esto? ¿qué se ha hecho mal? ¿podría haberse hecho mejor?

Para empezar, un dato interesante. Mientras la autopista de peaje AP6 estaba loqueada y cerrada al tráfico, la carretera Nacional 6, que discurre paralela a la autopista por la sierra de Guadarrama, se mantuvo abierta al tráfico y a la actuación de las quitanieves. Primera anotación: no es cierto que la gestión privada de los servicios públicos sea más eficiente. Esta patraña que los de la escuela de Chicago nos llevan vendiendo desde hace décadas es sencillamente falsa. Como los twits de Trump, más o menos: la gestión privada de servicios públicos puede ser rentable para el concesionario del servicio, pero no para el usuario. Con su aportación económica el usuario tiene que pagar no solo el servicio que le prestan, sino también el margen de beneficio privado que se garantiza al concesionario, aunque sea a costa de su eficiencia, su seguridad o su calidad. Primer round: sector público 1, sector privado capitalista 0.

Segundo round. Cuando se producen catástrofes imprevisibles, generalmente no disponemos de recetas infalibles para resolver problemas que se presentan raras veces. Así que hay que hacer las cosas lo mejor que se pueda e intentar sobre todo minimizar los perjuicios que pueden afectar a las personas más débiles y a los más frágiles. Para ello se necesitan dos cosas: sentido de la solidaridad y empatía entre la gente, y capacitación profesional especializada en atender a otros. Lo primero suele funcionar en España ante las catástrofes y también parece que fue así estos días: la gente se ayudaba a salir del atolladero en vez de enzarzarse en discusiones. Pero el dato más llamativo fue la intervención de un batallón de especialistas en solidaridad pública, formado por la Unidad Militar de Emergencias, de la que todos nos hemos sentido argullosos. Nuevamente un punto para el sector público, pero en este caso también otro punto para el sector social no lucrativo.

Y por último RENFE. Por motivos familiares tuve que acudir a Vialia a despedir a alguien que volvía a Madrid en tren. Estaba a tope. Y uno se sentía orgulloso también de que, a pesar de la que estaba cayendo, se pudiera ir de Salamanca a Madrid en hora y media, con comodidad y hasta con encomiable puntualidad. Bueno… solo fue una ilusión. Cierto que el tren llegó a Madrid y que no hubo ningún percance grave. Pero el retraso fue mayúsculo, casi cinco horas, y lo peor es que aún no sabemos por qué. En este caso sector público empresarial 0, al menos provisionalmente, mientras esperamos las explicaciones e indemnizaciones correspondientes.

La ciencia en la palestra

En la Grecia antigua, la palestra era una parte del gimnasio en la que se practicaba la lucha y el boxeo. Con el tiempo, llevar algo a la palestra adquirió el significado de someter algo a discusión o enfrentamiento hasta que la cuestión debatida quedara resuelta.

Las cuestiones científicas no son un tema típico para llevar a la palestra. En la ciencia puede haber, y de hecho hay, debates continuos, cuando se enfrentan diferentes propuestas para interpretar nuevos resultados de la observación o los experimentos. Pero se supone que las cuestiones científicas no se resuelven a través de la lucha, el enfrentamiento y la propaganda, sino a través de la razón, la observación y la argumentación racional.

En este sentido, cuando decimos que la ciencia se encuentra actualmente en la palestra estamos señalando que existe un debate sobre la ciencia. Pero se trata de un debate social y político, no propiamente científico. Un debate pues que habrá que resolver en la arena política, no en el laboratorio.

Pues bien, durante años, desde el mismo comienzo de la transición (o régimen del 78, como ahora se dice) la ciencia ha sido un  objeto de consenso político y eso ha permitido impulsar el desarrollo científico del país. Un indicador tradicional para apreciar hasta qué punto esto es correcto, consiste en medir el esfuerzo de la sociedad, a través del  porcentaje de PIB que ésta dedica a la investigación. Cuando empezó la transición a la democracia, España era un país casi tercermundista en ciencia y tecnología, con un escaso 0.5 % de PIB dedicado a este campo. En 2010 rozábamos el 1,4 % del PIB y seguíamos creciendo a un ritmo acelerado. Desde entonces no hemos hecho más que descender por la pendiente y en la actualidad no llegamos al 1,2%. Además, llevamos años sin contratar a jóvenes investigadores, que se ven obligados a emigrar, (se estima en unos 15000 el número de investigadores que hemos expulsado de España en los últimos años), y ni las grandes empresas, ni sobre todo el gobierno, están dando muestras de preocupación e interés por la ciencia.

Por eso está la ciencia en la palestra y por eso es urgente que la saquemos de allí. He visto estos días declaraciones de científicos nacionalistas catalanes diciendo que la ciencia en Cataluña iría mucho mejor si se creara la república independiente. Y he visto a grupos de jóvenes científicos de toda España llamando a la lucha contra el gobierno para conseguir apoyo a la investigación.

¿Es esta la única forma de resolver el problema? Yo creo que no, que todavía existen opciones de consenso, que todavía es posible llegar a un pacto ciudadano que aleje a la ciencia de la palestra de la lucha política y el espectáculo. La buena noticia es que, a pesar de todos los problemas, los científicos españoles (incluidos los catalanes, naturalmente) ganan posiciones en la ciencia mundial. La mala noticia es que esta mejora de la ciencia en España durará poco si no se reconstruye el consenso político en torno a ella. Todavía es posible sacar a la ciencia de la palestra y reconstruir el consenso ciudadano en este trema. No perdamos la oportunidad.