Ventajas de la igualdad

Durante milenios la raza humana ha ido evolucionando desde los estadios más primitivos hasta las sociedades tecnológicas actuales. Como ha puesto de manifiesto el historiador Harari en su magna obra sobre el Homo Sapiens, cuya lectura recomendábamos la semana pasada, la pauta más evidente que podemos rastrear a lo largo de estos desarrollos es que cada  vez hay más humanos sobre el planeta Tierra, cada vez los humanos controlan y usan más recursos del resto de la naturaleza y cada vez está más extendida entre los humanos la capacidad para controlar el medio en el que se desenvuelven nuestras vidas.

Pero eso no es todo. También es cierto que, al tiempo que se han desarrollado las capacidades humanas, también se han modificado las formas como nos hemos representado a nosotros mismos  la realidad. No solo hemos cambiado la forma de vivir, sino también la forma de pensar en qué consiste nuestra vida.  Y también aquí  hemos evolucionado muy positivamente: estamos mejor que hace un siglo, o que hace veinte. Es cierto que todavía persiste el fanatismo religioso o el terrorismo como violencia política. Pero ¿qué decir de los siglos pasados, en los que la humanidad ha estado continuamente envuelta en guerras atroces que nadie podía ganar pero que se pretendían legítimas gracias a la vigencia de religiones e ideologías absurdas?

Una de las constantes de la historia de la humanidad consiste precisamente en esto: la vida social ha ido generando nuevas fuentes de desigualdad y la cultura humana ha ido desmantelando todas las ideologías que hemos ido levantado a lo largo de los siglos para legitimar las desigualdades e injusticias que íbamos produciendo.

Se han inventado nuevas formas de imponer diferencias entre los individuos, pero se han perdido los soportes para legitimar esas diferencias. Se sigue discriminando a la mujer frente al hombre, pero cada vez son menos los que se atreven a suponer que hay razones legítimas para  ello. El capitalismo salvaje preconiza la competitividad extrema y la lucha de todos contra todos, pero ya solo los fundamentalistas neo-con se atreven a proponer eso como ideal de vida.

Quizás haya llegado la hora de pararnos a pensar con un poco de calma y ver cuáles son los derroteros que queremos seguir.   ¿Queremos una sociedad más eficiente y satisfecha pero más injusta o una sociedad más igualitaria y más feliz ? ¿Podemos aspirar a aumentar al mismo tiempo nuestro bienestar y su distribución igualitaria? En casi todas las ideologías que a lo largo de los siglos hemos ido construyendo, para justificar nuestros errores, se ha asumido acríticamente que la desigualdad es el resultado natural del incremento de nuestra capacidad de dominio sobre la naturaleza. Pero este axioma de la civilización no tiene por qué ser cierto. Podríamos intentar ver las cosas justo al contrario y comprobar que funcionan mejor:  que la igualdad no solo es más justa sino que también es más rentable.

Onda Cero Salamanca 25 de Julio de 2017

Libros para el verano

Las vacaciones de verano son una buena ocasión para actualizar nuestras lecturas pendientes. A ser posible en forma de libro con páginas de papel y letra impresa. (Desde luego, también valen las versiones electrónicas para tablet aunque en  la playa son más cómodos aquellos que éstas: un libro se puede llenar de arena sin echarse a perder…. En cambio, prueben con una tablet y luego me cuentan).

Hemos seleccionado tres libros para el verano. Primero uno de ficción: la novela reciente de un autor consagrado, Martínez de Pisón. Se titula Derecho Natural pero su historia tiene poco que ver con esta disciplina filosófica, salvo porque su protagonista, un joven que nos cuenta la vida de su familia a lo largo de los años de la transición democrática, termina trabajando en el departamento de filosofía del derecho de la Universidad Complutense, y estudiando la asignatura de derecho natural que impartía Gregorio Peces  Barba. Se trata de una obra muy bien escrita, sorprendente en muchas ocasiones, y llena de alicientes para continuar su lectura hasta el último renglón. Para quienes quieran asomarse a la época y contemplar  una panorámica insólita de aquella sociedad en transición, esta novela y este verano pueden ser una buena oportunidad para lograrlo.

Y como complemento otro libro, en este caso de ensayo, denso, pero también bien escrito  y además con marchamo de best seller mundial. Se trata del Homo Sapiens de Noah Harari, un Autor judío de origen libanés, al que Zuckerberg, el  dueño de Facebook, hizo famoso recomendando su lectura a millones de seguidores de todo el mundo. ¿De qué se trata? Nada original: solamente un ambicioso intento de presentar una panorámica de toda la historia de la humanidad, desde los primeros pasos que permitieron que el homo sapiens inventara un nuevo recurso cognitivo basado en el lenguaje, hasta la revolución agrícola y la revolución científica que permitió a la humanidad hacerse con el control de todo el planeta y diseñar nuevos mundos inagotables. Como dice su autor: “Los humanos controlamos el mundo porque somos los únicos animales capaces de cooperar a gran escala y de forma flexible”.

Para los amantes de la cultura científica y de la especulación filosófica, este es un buen libro. Cuando lo terminen pueden seguir además con el siguiente de la saga: Homo Deus (el hombre convertido en dios) que intenta explorar cómo será el futuro que el homo sapiens está ahora construyendo y en el que la propia especie humana puede verse sustituida por sus criaturas artificiales.

En fin, tres  libros interesantes para pensar y disfrutar leyendo, es decir realizando esa actividad intelectual que está en el origen del éxito evolutivo  de la humanidad: la imaginación, el lenguaje, la ciencia, la tecnología.  No lo olvidemos: todo eso está en los libros que podemos leer este verano..

Onda Cero Salamanca 18 de Julio de 2017

Turismofobia

La actualidad nos ha traído un término nuevo que amenaza con ser ya la parte más visible de la herencia política del verano. Me refiero al fenómeno social de la turismo-fobia, es decir, del odio al turista como respuesta de las poblaciones que se ven afectadas por la extensión del turismo masivo. Hasta hace poco, se trataba simplemente de un problema de la economía del turismo cuya solución había que afrontar como un problema fundamentalmente técnico.  En una economía de mercado políticamente controlada, este tipo de problemas se suelen resolver  con políticas integrales. A veces no es fácil dar con las más eficaces y rápidas, pero en cualquier caso, su núcleo esencial no se pone en discusión: si hay una burbuja inmobiliaria, hay que pincharla, si hay exceso de actividad turística, hay que reducirla, si hay comportamientos turísticos indeseables (tanto por parte de productores como de consumidores) hay que perseguirlos. Y siempre, siempre, si hay beneficios privados extra a partir del turismo, debe haber también contribuciones extraordinarias al bienestar común, a través de impuestos y tasas.

Esto último es especialmente importante en el caso del turismo. Las nuevas tecnologías permiten prestar servicios nuevos, a partir de las redes sociales, y contribuyen así a transformar una parte importante de la actividad colaborativa de la sociedad civil en una actividad económica tanto más rentable y extendida cuanto más opaca e impenetrable se mantenga. Alojar a amigos o familiares en tu casa durante unos días de vacaciones es algo que todo el mundo ha hecho alguna vez. Pero hacer de este tipo de actividad un negocio de alcance mundial a través de plataformas de internet, supone la irrupción de un nuevo sector de la economía actual cuyo tratamiento debe acometerse con la misma determinación con la que el Estado afronta el resto de las políticas industriales. Limitar las licencias de alquiler de habitaciones, vigilar el cumplimiento de las normas y cobrar impuestos por este tipo de actividad lucrativa, debe instalarse en la agenda política y de gestión de los ayuntamientos con la misma contundencia con la que se regulan las zonas de aparcamiento o el acceso de visitantes a las cuevas de Altamira. No hay nada radicalmente nuevo en todo esto: solamente nuevas posibilidades tecnológicas de gestión de viejas actividades económicas, y un cierto despiste de los gestores políticos a la hora de implementar medidas efectivas para responder a los nuevos retos.

La extensión de la turismo-fobia es otro asunto: se trata de alentar sentimientos de odio y rechazo hacia los turistas como personas. Desde el punto de vista moral, jurídico y político, la turismo-fobia es una aberración. Los turistas que inundan los centros de nuestras ciudades solo están respondiendo a la invitación que les hemos hecho de venir a visitarnos. Si el comportamiento de alguno de ellos es inapropiado, debe ser impedido o castigado, pero no atribuido a su condición de turista, sino a su baja condición moral o cívica. Las borracheras masivas en la Plaza Mayor o en el Paseo Marítimo no son parte de la actividad turística, sino de la actividad incívica de algunso ciudadanos, propios o forasteros.

En definitiva: no a la turismo-fobia, no a la violencia dirigida contra nuestros conciudadanos visitantes, los turistas. Pero  a cambio, apoyemos sin reservas la regulación de la actividad turística que haga posible un turismo masivo y abierto, pero controlado y beneficioso para todos.

Rutinas e innovaciones

En círculos de especialistas en política económica y en gestión empresarial hay un término que está de moda: se trata del concepto de innovación, consagrado por el gran economista Joseph Shumpeter. La Unión Europea lleva años predicando que la solución de todos nuestros problemas depende de nuestra capacidad para la innovación.

También los filósofos han tomado la palabra en este campo. Recientemente mi colega y buen amigo Javier Echeverría, investigador del País Vasco, ha publicado un librito sobre El arte de innovar. Se lo recomiendo a quienquiera que esté interesado en entender este concepto básico de la cultura actual. Innovar, podemos decir, es producir algo nuevo que tiene un valor propio derivado en gran parte del hecho de ser nuevo. No cualquier novedad merece el título de innovación, para serlo se necesita que tenga un valor propio. Pero no cualquier innovación de valor económico responde siempre a las condiciones de la innovación real. Para serlo necesita también presentar un faceta realmente nueva de la realidad.

Traigo todo esto a colación porque estamos en un momento especialmente importante para pensar sobre la innovación: el comienzo de las vacaciones, esa época en la que nos sentimos inclinados a romper nuestras rutinas y a ensayar nuevas cosas que hacer y con las que disfrutar. Por lo general es ahora cuando más fácil nos resulta ser innovadores.

Propongo una reflexión para este momento. ¿Estamos seguros de que todas las cosas nuevas que se nos ocurre hacer cuando nos libramos de las rutinas cotidianas son dignas de ser hechas?

Javier Echeverría nos ofrece en su libro todo un elenco de ideas innovadoras sobre la innovación. Para él innovar es rendir tributo a la capacidad creativa inscrita en la dinámica misma del mundo real.

Hoy día innovar es cool, algo bien visto e incluso a veces una moda que se impone en nuestras rutinas cotidianas, sin que seamos conscientes de la tradición a la que rendimos tributo.  No siempre fue así. En el siflo XVIII el diccionario de la Real Academia incorporaba el término “novator”, que no es más que una versión arcaica de “innovador”. Pero a diferencia de lo que ocurre hoy con este término, en aquella época  calificar  a alguien de “novator”, -de innovador, como diríamos hoy-  era en realidad un insulto. El diccionairo definía al “novator” como “inventor de novedades” y explicaba que el término se usaba sobre todo para referirse al que introducía novedades “peligrosas en materia de doctrina”.

Bueno, los viejos tiempos del conservadorismo filosófico se han acabado. Mientras en España los novatores peleaban, en el siglo XVIII, por abrir paso a las nuevas ideas de la Ilustración, en Europa grandes pensadores, como Leibniz, intentaban construir el nuevo mundo de la ciencia y de la modernidad. Y nosotros nos consideramos hoy  herederos de Leibniz y de los novatores, más que de los que los criticaban.

Quizá podríamos aprovechar este tiempo de rutinas interrumpidas que son las vacaciones estivales, para introducir en nuestras vidas alguna dosis de innovación creativa. O por lo menos para reconocer nuestra deuda con la tradición  ilustrada de la innovación.

Onda Cero Salamanca 1/08/2017

En qué consiste hacer las cosas bien?

El presidente del gobierno nos tiene acostumbrados a escuchar algunas sentencias que expresan ideas intrascendentes como si fueran verdades teológicas. Por ejemplo, decir que lo importante en política es hacer las cosas bien. Lo escuchamos y nos quedamos tan convencidos: ¿quién puede negar algo así?

Pero pensemos con un poco de distanciamiento: ¿qué queremos decir cuando afirmamos que hay que hacer las cosas bien?

Para hacer las cosas bien, lo primero que hay que hacer es hacer algo. Si te quedas esperando a que los problemas se resuelvan solos, luego no puedes decir que has actuado bien, simplemente no has actuado. Lo segundo, para hacer las cosas bien es que lo que te propongas hacer sea, en si mismo, algo digno y valioso. Un crimen nunca puede ser considerado como una acción bien hecha, aunque sea un crimen perfecto. Y por último, para hacer las cosas bien debes actuar de forma que no solamente se consigan los objetivos dignos que te proponías conseguir, sino que también se minimicen los efectos negativos que puedan derivarse de tu actuación (los llamados daños colaterales restan valor a tu acción).

Pongamos por caso, el brexit en Gran Bretaña ¿Fue una buena idea? David Cameron lo convocó convencido de que saldría el NO y él se quitaría un problema de encima. Le salió tan mal que le costó el puesto de primer ministro. Al cabo de un tiempo su sucesora Teresa May ha cometido otro error: convocar elecciones para afianzar su posición política de cara a las negociaciones del brexit. Lo ha hecho tan mal que ha perdido un montón de escaños en el parlamento británico y su posición política ha salido enormemente debilitada, y se ha fortalecido la de su oponente laborista Jeremy Corbin. Justamente lo contrario de lo que pretendía conseguir con su maniobra.

Otro ejemplo. Aquí en España hemos asistido en poco tiempo a lo que parecía la operación política más ruinosa para el Partido socialista y su líder, Pedro Sánchez. Al cabo de unos meses la realidad ha resultado todo lo contrario: Sánchez ha ganado las primarias, ha triunfado en el congreso federal y ahora controla el POSE de forma contundente y completa, sin que nadie le pueda obligar  a hacer lo que no quiera. Si hay un ejemplo en política de en qué consiste hacer las cosas bien, es este de Pedro Sánchez, no el mantra del presidente Rajoy.

La actualidad nos ofrece más casos. Los bomberos han trabajado heroicamente para rescatar víctimas de una torre de apartamentos que ha ardido en Londres. Ellos lo han hecho bien, pero ha habido decenas de víctimas. ¿Por qué? ¿Qué se ha hecho mal? No es un problema de los bomberos, ni de los vecinos. Es que hace unos años se remodeló el edificio y se le recubrió con una capa de material decorativo y supuestamente aislante que mejoraba el aspecto estético del edificio (y por lo tanto su valor de mercado), pero lo hizo más vulnerable al fuego, porque era un material inflamable. ¿Quién hizo aquí las cosas mal?

Salvo algún loco desquiciado, todo el mundo prefiere en principio hacer las cosas bien, ¿Por qué salen mal tantas cosas? En algunas ocasiones se debe a un error de juicio, como en el caso del brexit. Y en otras muchas ocasiones, a la aplicación de un criterio equivocado que consiste en valorar una acción por el balance de pérdidas y beneficios económicos a corto plazo, en vez de  considerar todos los aspectos de la cuestión y las consecuencias a largo plazo, que es lo razonable. No lo olvide señor Rajoy.

Onda Cero Salamanca 20/06/2017

Filosofía y política

Recientemente  he participado en el programa Milenium que emite la 2 de TVE a altas horas de la madrugada. El programa estaba dedicado a filosofía y política, un tema tan intemporal que no se pierde nada si se visiona a deshoras, a través de internet (http://www.rtve.es/television/millennium/#), o si aprovechamos este contacto de los martes con los oyentes de Onda Cero Salamanca, para retomar la discusión.

Antes de nada, un aviso para animar al espectador. El programa, conducido por Ramón Colom, no se parece en nada a los debates político-mediáticos a los que últimamente parece que tenemos que ir acostumbrándonos: ningún contertulio interrumpe a otro, nadie da voces, no se evitan temas espinosos, pero se hace siempre con delicadeza. En fin, el formato se parece más al clásico de La Clave, que la gente de mi generación añora, que a los que proliferan hoy día en esos  “tablados” de la noche televisiva.

De todos los matices que se pueden señalar al hablar de filosofía y política, a mi me ha interesado especialmente uno que yo resumiría así: la política necesita ideas y un espíritu crítico que puede encontrar en los estudios y tradiciones filosóficas, pero al mismo tiempo los filósofos (los intelectuales del siglo XIX y quienes quiera que sean los que ahora continúan ejerciendo su papel), necesitan aterrizar en la arena de la política real, en la que se escenifica la lucha por el poder, sin más protección que su capacidad crítica y su sentido de la responsabilidad. El filósofo no debería sustituir al rey (es decir, a los ciudadanos) en el ejercicio del poder, como pretendió Platón.  Pero habría que revisar también el papel de los intelectuales que se reclaman independientes, y se sitúan au dessus de la melée, como si comprometerse con la política (afiliándose a un partido político, por ejemplo) fuera inseparable de la condición de apestado. No me gustan los filósofos reyes de Platón, pero tampoco los “idiotas” de la antigua Grecia (“idiota” se usaba en la Grecia clásica para calificar al que se dedicaba a sus asuntos propios y se desentendía de los de interés público).

Resumiendo, lo que la filosofía puede aportar a la política es inspiración para concebir nuevos proyectos, apoyo para resistir al  inmovilismo y a la inercia del sistema, y perspectiva para mirar más lejos. Y lo que la experiencia política puede proporcionar a la filosofía son referencias para conectar con la vida real y materiales para ayudar a entender el papel de la lucha por el poder en el desarrollo de la naturaleza humana. En todo caso, nada de proporcionar coartadas para la inacción, subterfugios para legitimar la realidad impuesta, ni excusas para tirar la toalla. La filosofía es mirada crítica, reflexiva y trascendente, un arma de resistencia, esencial para la tarea política más importante, que es la gestión del poder en la esfera pública.

Por desgracia, si nadie lo remedia es posible que las humanidades y la filosofía vayan desapareciendo del curriculum  escolar de la mayoría de nuestros ciudadanos que, a cambio, aprenderán a comportarse como verdaderos “emprendedores”, nuevos idiotas, aptos para venderse a sí mismos en el mercado. Creo que van a salir perdiendo.

Onda Cero Salamanca 13/07/2017

El efecto Matilde y el síndrome de Pigmalión

En la sociología de la ciencia hay una expresión bien conocida, denominada Efecto Mateo, cuya formulación se atribuye a Robert Merton. La expresión se refiere al episodio del Evangelio de San Mateo en el que Jesús dice a sus discípulos: “Al que tiene mucho se le dará más”. Pero la segunda parte del versículo de San Mateo dice “y al que tiene poco aun lo poco que tiene se le quitará” (algo así como “a perro flaco todo son pulgas”, en el refranero castellano). Y es esta segunda parte la que en los años noventa, la investigadora Margaret Rossiter propuso para identificar la situación de muchas mujeres científicas, a las que les cuesta trabajo alcanzar el éxito en su carrera: a duras penas consiguen el reconocimiento de sus colegas y, cuando lo logran, se arriesgan a perder lo poco que consiguen en cuanto se descuidan: trabajan como los hombres o mejor, pero los premios Nobel se los llevan sus compañeros. Por contraposición propuso que  esta segunda parte del efecto Mateo, que afecta especialmente a las mujeres científicas, se denominara efecto Matilde

Hace unos días tuvimos la ocasión de hablar de todas estas cosas con Eulalia Pérez Sedeño, catedrática de Filosofía de la Ciencia, que presentó en la Librería Letras Corsarias su último libro, con título provocativo: Las `mentiras` científicas sobre las mujeres. En el libro se narran multitud de episodios de la historia de la ciencia en los que las mujeres son siembre postergadas frente a su colegas masculinos. Uno de esos episodios fue el experimento social que dio lugar a la caracterización del síndrome de Pigmalión.

Se trata de un experimento que se realizó en San Fracisco en los años 60. Se seleccionaron dos grupos de escolares, de forma aleatoria. A los profesores de uno de los grupos se les dijo que sus alumnos eran todos muy inteligentes, aplicados y brillantes y que era de esperar que obtuvieran resultados académicos superiores al promedio. A los del otro grupo no se les dijo nada. Al cabo de un año se comprobó que el grupo prometedor obtenía efectivamente los mejores resultados académicos. Se conoce como efecto Pigmalion por referencia al mito clásico de Pigmalión que se enamoró de la estatua de una mujer que él mismo había realizado, consiguiendo  así que Afrodita la transformara una una mujer de verdad.

Bueno, juntemos los dos casos: el efecto Matilde y el síndrome de Pigmalión,. Y veamos si nos pueden ayudar a resolver un problema que aparece siempre en las discusiones a propósito de las mujeres y la ciencia. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si al comienzo de cada curso se reuniera a un grupo de niñas con sus profesores y se les dijera que se trata de niñas especialmente dotadas para la ciencia y las matemáticas? Según el efecto Pigmalión, al final de curso las calificaciones de estas niñas en matemáticas seguramente serían mejores que la media. Podría utilizarse esta estrategia para combatir la conocida discriminación de género que se produce en la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias.

Para terminar, una nota de esperanza. En ocasiones el efecto Pigmalión puede funcionar al revés. Conozco al menos un caso: cierto profesor le dijo a una alumna que se olvidara de la matemáticas, que no eran para ella y que, en vez de presentarse a las pruebas de final de bachillerato con una asignatura de matemáticas, repitiera curso si era preciso para librarse de ella. La niña no le hizo caso. Se puso a estudiar matemáticas y sacó la mejor nota del instituto en las pruebas de selectividad.

Onda Cero Salamanca 6/06/2017