La levedad del verano

Las vacaciones son un buen momento para descubrir una parte del sentido de nuestras vidas sobre la que rara vez tenemos la ocasión de meditar durante el resto del año. Pensemos un poco. A lo largo del año nos abruman múltiples preocupaciones, típicas de eso que llamamos la vida cotidiana: desde la hipoteca que vence cada mes, el cumplimiento del horario en nuestro trabajo o el del colegio de los niños, hasta las celebraciones periódicas de fiestas y cumpleaños. Todos son acontecimientos pautados, que se producen a un ritmo previsto y que dan regularidad a nuestras vidas. El resultado es que parece que todo tiene sentido, un sentido preestablecido que nos aburre pero nos tranquiliza . Nuestra vida no tiene sorpresas, pero así evitamos que nos haga daño.

En verano es distinto. Durante el año nos imaginamos que las vacaciones de verano van a ser otra más de nuestras celebraciones  pautadas , regulares y aburridas. Con algún aditamento que las hace más atractivas, como puede ser la realización de un viaje turístico o el disfrute de unos días de playa, de montaña, o de reencuentros familiares que solo se pueden producir cuando todos volvemos a encontrarnos en el pueblo de nuestra infancia o en la casa de nuestros  antepasados.

Pero hay algo en las vacaciones de verano que las hace especialmente relevantes y extrañas. Son una ocasión fantástica para dejar divagar a nuestra imaginación, soñando con nuevas experiencias, nuevos proyectos y nuevas formas de organizar nuestra vida cotidiana. En verano todo es posible, nada debería ser obligado y siempre deberíamos dejar un gran espacio en nuestras mentes para poder imaginar vidas diferentes alternativas.

Creo que esta es la mejor reflexión que podemos dejar en manos de nuestros oyentes en este comentario breve de verano:  No todo está perdido, podemos inventar nuevas vidas e intentar vivirlas. Podemos aprovechar las noches del verano para contemplar el firmamento infinito y soñar con todas las posibilidades que se encierran en el universo. Deberíamos aprovechar el verano para acumular fuerzas, emociones, recuerdos que nos ayudarán a recuperar el control de nuestras vidas  rutinarias del resto del año.

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Eclipse total

Acabamos de asistir a un  eclipse total de Luna. Por feliz coincidencia en las trayectorias de los astros, este tipo de eclipses se produce cuando la luna atraviesa una zona del firmamento sobre la que la luz del sol proyecta la sombra de la Tierra. La blanca luz de la Luna llena va adquiriendo un tono rojizo a medida que la sombra de la Tierra va cubriéndola, hasta taparla por completo,  durante el tiempo que dura el eclipse total (casi dos horas). Hubo millones de ciudadanos de todo el mundo que `pudieron disfrutar del espectáculo en casi todos los rincones del planeta Tierra.  En mi  opinión, lo más interesante de este tipo de espectáculos que nos brinda de vez en cuento la Naturaleza reside en que son un testimonio vivo del valor de nuestro conocimiento científico.

Imaginemos un habitante humano de nuestro pasado prehistórico, contemplando el fenómeno e inventando mil historias para poder entender cómo los astros jugaban al escondite. Seguramente en ocasiones como estas se fraguaron muchos de los pensamientos más descabellados que han habitado en el cerebro humano y que han dado contenido a tantas ideologías religiosas irracionales y a tantas creaciones de la literatura fantástica. Pero también fueron acontecimientos como este que hemos vivido los que animaron a muchos de nuestros antepasados a construir modelos del universo para entender su mecanismo de funcionamiento en términos racionales, hasta construir el corpus fundamental de la física y, en general,  de la ciencia moderna. La distancia entre lo que ven nuestros ojos en un eclipse como el de estos días y lo que ocurre de verdad, es fan norme que en medio caben todo tipo de especulaciones, creencias y teorías científicas, pero también patrañas mitológicas.

Algo así debería haber en la mente de un famoso futbolista español que trabaja en el Oporto Club de Futbol, cuando lanzó hace poco un tuit en el que sometía a debate público la famosa cuestión de si el primer viaje del hombre a la Luna, hace ahora 49 años, fue una simple patraña o fue real. El futbolista piensa que todo fue un montaje y ha puesto así de actualidad un viejo mito paranoide que afirma que toda la operación del Apolo Lunar fue una operación propagandística.

Deberíamos distinguir entre supersticiones sencillas y patrañas paranoides. Las primeras son creencias falsas, contrarias al conocimiento científico y motivadas seguramente por la incapacidad de algunas personas para entender el mundo en el que viven, incluidos los eclipses de luna. Las patrañas paranoides son falsas como las supersticiones, pero son inventadas a propósito para engañar a la gente y solo tienen una utilidad: suscitar la duda acerca de hechos y datos que deberíamos dejar fuera de toda polémica.

Hay personas incapaces de aceptar que hace ya bastantes años que la humanidad ha podido contemplarse a si misma desde el espacio, que hemos podido ver la Tierra desde la Luna, y que hemos tenido así la ocasión de pensar desde fuera, desde los límites de nuestra experiencia, en la fragilidad de nuestra existencia. Un eclipse de luna es una buena ocasión para pensar en todo esto. No dejemos que la irresponsable broma de un famoso  nos prive del placer de saber que hace ya casi cincuenta años la humanidad dio un gran paso adelante al pisar el suelo de la Luna, el mismo que durante el eclipse veíamos pasar por la sombra de la Tierra proyectada por el Sol en el firmamento.

Teoría de colas

Una de las actividades más características del tiempo de vacaciones, si lo pensamos bien, no tiene nada que ver con realizar viajes, nadar en la piscina o tomar el sol en la playa, sino con algo mucho más trivial y penoso: hacer cola. Hacemos cola continuamente esperando a que nos llegue el turno en el cajero del supermercado, la facturación de equipajes, la entrada al aparcamiento…. En nuestra vida diaria también hacemos colas, pero el tiempo que pasamos en ellas no se lo robamos a nuestras horas de ocio y por eso no nos sienta tan mal perder el tiempo esperando en una cola.

Se me ocurrió pensar en esto hace unos días, mientras volvía de un viaje familiar  a Londres. El viaje en si dura poco más de dos horas  media. Pero el tiempo total que tuve que emplear en él fue más del doble. El resto fueron horas de cola en la facturación, recogida de equipaje, subida a bordo, pista de despegue, etc.

Naturalmente hacer cola no es algo que nos guste hacer. Si hacemos cola es porque no tenemos otra opción. Pero la pregunta es ¿por qué los sistemas de prestación de servicios nos obligan a hacer cola? Hay toda una teoría matemática, la llamada teoría de colas  precisamente, dedicada a predecir el comportamiento de las colas; y de acuerdo con un conocido teorema de esta teoría, el tiempo de espera en una cola para la prestación de un servicio  es proporcional a la cantidad de gente que solicita el servicio multiplicado por el tiempo que se tarda en prestar ese servicio. A partir de aquí, los expertos puede tomar  decisiones interesantes para gestionar las colas, de la forma más apropiada posible: aumentado los servidores que prestan el servicio, por ejemplo, o cambiando todo el sistema para que el proceso de espera se minimice.

Pero la pregunta que me viene a la cabeza es obvia: si tenemos instrumentos matemáticos para mejorar la eficiencia en la prestación de un servicio, y si la actividad de hacer cola resulta ser una de las más odiosas de nuestras vacaciones, de forma que todos querríamos minimizar el tiempo que dedicamos a hacer cola, ¿por qué las empresas u organizaciones que prestan esos servicios no toman las medida adecuadas para evitar las colas?

Calculemos:  Imaginemos que una compañía de transporte se viera obligada por la legislación a retribuir a cada uno de sus pasajeros con una compensación de 30 euros para cada hora de cola que el sistema le obligase a hacer, a partir de un mínimo que se considere exento. Si fuera así, en una cola de facturación de 300 pasajeros y de una hora extra de duración de la espera por pasajero, se generarían en total unas obligaciones de compensación de 9000 euros. Creo que ahí está el problema. Ya hemos comentado en otras ocasiones que el capitalismo actual no extrae sus beneficios tanto del trabajador como del consumidor, puesto que el valor que el sistema económico añade a las mercancías que produce y pone en circulación no depende tanto de la explotación del trabajo, sino más bien  de los mecanismos de distribución a través del mercado. Las colas son una parte esencial de esos mecanismos de explotación: el tiempo de espera que invertimos en una cola es una  donación gratuita que hacemos al capital regalándole parte de nuestro tiempo de ocio.

Deberíamos acordarnos de esto cada vez que tengamos que hacer cola este verano en algún sitio, bien sean la terminal de un aeropuerto,  el chiringuito de playa a la hora del almuerzo, o la autovía congestionada durante la vuelta de las vacaciones.

Onda Cero Salamanca 24/07/2018

Los coches eléctricos Tesla y la cueva de Tailandia

Últimamente estamos teniendo muchas ocasiones de sentirnos orgullosos de nosotros mismos, como parte de la humanidad, porque gracias a la potencia de los medios de comunicación actuales,  podemos asistir a pequeñas o grandes odiseas de compasión, humanitarismo y de actuaciones solidarias que se llevan a cabo con un elevado nivel de profesionalidad, de éxito y de competencia técnica. Hace poco, por ejemplo, nos sentíamos orgullosos de la odisea del buque Acuarius, que sirvió para poner de nuevo en la agenda europea el problema de los refugiados.  Unas semanas antes habíamos podido  ver una grabación en la que un joven, al parecer inmigrante, trepaba en cuatro saltos hasta un balcón del que colgaba literalmente un niño pequeño, a punto de caer al vació, y que el joven rescató de forma rápida y eficiente.

La última de estas pequeñas o grandes odiseas de nuestro tiempo ha sido el rescate de un grupo de 12 niños que habían quedado atrapados, con su entrenador, en las profundidades de una cueva inundada en Tailandia. Primero fueron diez días de incertidumbre en los que todo el mundo podía pensar lo peor. Luego, tras la movilización de cientos de personas, expertos, y técnicos,  se consiguió localizar al grupo y constatar que estaban todos vivos. Después fue la preparación del rescate, con generosa dedicación que llegó a costarle la vida a uno de los rescatadores. Finalmente el éxito de la operación, con todos los niños y su monitor indemnes, atendidos con discreción y profesionalidad y con todo el mundo feliz: una nueva ocasión fantástica para celebrar que los humanos somos solidarios, inteligentes y generosos.

Por desgracia, este mundo mediático que hace posible la información sobre estos temas y la movilización de la solidaridad mundial en torno a ellos, es también la condición que permite que a veces estos hechos se transformen en rastreras operaciones de propaganda. Siempre, por ejemplo, se corre el riesgo de sepultar los valores de una actuación heroica, bajo los flashes de la comparecencia del correspondiente primer ministro o equivalente, felicitándose por el éxito de la operación. En este caso, sin embargo, la cosa no ha sido así; las autoridades tailandesas se han portado con discreción y responsabilidad. Pero en el rescate no ha faltado una pieza de escándalo, aunque de otro tipo. En una fase avanzada de las operaciones, Elon Musk, el famoso multimillonario americano, dueño e inventor de la empresa Tesla de coches eléctricos y de la empresa de vuelos espaciales que ha enviado un coche al espacio como regalo para sus amigos marcianos, se presentó en la cueva para hacer una aportación que consideraba importante: la construcción de un  submarino en el que podrían trasladarse los niños de la cueva, de dos en dos, de forma rápida y segura. La idea fue rechazada por uno de los expertos buceadores y espeleólogos británicos que estaban colaborando en las operaciones de rescate. Al parecer el submarino del señor Musk era rígido y excesivamente grande, lo que impedía que pudiera circular por los recovecos de la cueva. De manera que el submarinista experto resumió la oferta de Musk en una frase lapidaria:  no servía para nada, no era más que una operación de publicidad.  El final de la historia es que el multimillonario Musk se cogió un cabreo de primera y reaccionó a través de Twitter de forma soez atacando al rescatador británico al que insultó llamándole pedófilo. Increíble ¿verdad? Pero así fue. Cuando alguien monta una operación de marketing con tanta rapidez y con tanto interés en el asunto, no se puede permitir que un simple experto submarinista arruine su campaña de tecnología punta al servicio del recate de inocentes niños.

¡Qué pena! Porque el inventor de Tesla a mi me caía bien; un tipo típico de nuestra época: creativo, arriesgado, rompedor, visionario pero comprometido con la tecnología más avanzada y las ciencias del espacio. Un poco excéntrico a veces, pero tolerable. Lo que no sabia es que fuera capaz de perder la más elemental compostura solamente porque una operación de imagen le haya salido mal. La próxima vez piénselo mejor y, si va a insultar a alguien, señor Musk, elija bien su objetivo para que no quede en entredicho la integridad moral de sus empresas tecnológicas.

Etiquetas

Los humanos somos una especie de simios especializados en poner etiquetas a las cosas. O en nombrarlas, como se suele decir. La diferencia con otras especies animales, que tienen habilidades parecidas, es que nosotros usamos etiquetas para nombrar a otras etiquetas. Es decir, no solo nombramos las cosas, sino que las agrupamos en clases de cosas a las que también damos nombres, y luego clases de clases de cosas, y así sucesivamente hasta que llegamos a utilizar etiquetas para nombrar entidades completamente abstractas, como las ideas filosóficas, las entidades matemáticas, las especies biológicas o las leyes físicas.

Esta manía nuestra de poner etiquetas por doquier es muy útil: nos permite resumir nuestros conocimientos, manipularlos y utilizarlos para entender el mundo en el que se desenvuelve nuestra vida. Imagínense lo tedioso que sería si cada vez que alguien llama a la puerta de casa tuviéramos que comprobar toda la información relevante, en vez de usar simplemente la etiqueta “es el vecino del piso de abajo”.  O lo difícil que sería utilizar conjuntos de cosas si no pudiéramos contarlas, es decir ponerles etiquetas indicando el número de elementos que forman ese conjunto. Por eso, lo que solemos conocer como el sentido común, es decir, el conjunto de representaciones, ideas, reglas de conducta que consideramos aceptables sin más y que no estamos continuamente sometiendo a discusión, está prácticamente configurado por nuestras etiquetas más frecuentes y sólidas. Y si queremos saber rápidamente cómo es una sociedad, lo mejor y más rápido que podemos hacer es comprobar cuáles son las etiquetas más frecuentes y significativas que forman parte de lo que en esa sociedad se entiende por sentido común.

Por ejemplo, si analizamos los discursos de muchos gurús de la economía o la politología actuales, fácilmente detectaremos un listado de etiquetas que caracteriza el sentido común de lo que podríamos llamar la ideología de la competencia. He aquí una muestra: competitividad, esfuerzo, excelencia, mercado, libertad, interés, privacidad, avance, progreso, innovación, creatividad, rendimiento, merito, talento, capacidad, etc., etc.

Comparemos con este otro paquete, que podríamos considerar representativo del sentido común  de la ideología de la cooperación. Se trata de las etiquetas: trabajo bien hecho, cooperación, igualdad, apoyo, ayuda, responsabilidad, honradez, bien común, participación, empatía, solidaridad, calidad, ciencia, investigación, tecnología. Suenan casi lo mismo que el paquete anterior;  pero no son lo mismo. El primer paquete es el de las etiquetas con las que adornamos los discursos en boga desde la implantación de las políticas neoliberales en los años 90 del siglo pasado, pero transformadas en nociones del sentido común de nuestra época. El segundo paquete es  fruto del esfuerzo que tenemos que hacer  en la actualidad para  introducir en nuestro sentido común algunos de los rasgos de la mentalidad progresista que caracterizó  a una buena parte de la intelectualidad occidental desde los años sesenta del siglo pasado.

En la actualidad, las técnicas de inteligencia artificial permiten detectar conjuntos de etiquetas que caracterizan el contenido de un texto. Sería interesante aplicar esas técnicas a etiquetar los contenidos informativos de los medios de comunicación o los discursos de los políticos para detectar de forma rápida cuál es el contenido básico del sentido común de nuestra época. Seguro que nos llevaríamos alguna sorpresa.

[Onda Cero, Salamanca 3/07/2018]

La robótica y la revolución

En el sifglo XIX proliferaron las teorías utópicas sobre la sociedad igualitaria, la liberación de la humanidad por las máquinas y la posibilidad de una revolución que trajera la felicidad a todos, de la mano de la nueva clase obrera que se había ido formando a medida que avanzaba la industrialización. Fue el siglo de las utopías revolucionarias que darían lugar, a lo largo del siglo XX, a las transformaciones políticas y económicas más formidables de la historia humana.

Toda la tradición social revolucionaria del siglo XIX se basa en dos premisas: por una parte la las nuevas máquinas generan aumentos extraordinarios de la productividad del trabajo, que es la única fuente verdadera de riqueza. No son las tierras, ni las rentas monetarias las que producen riqueza, sino los obreros transformando la realidad y produciendo bienes y servicios que satisfacen necesidades y deseos de toda la humanidad. La economía capitalista se basa en la expropiación de una parte de la  plusvalía que genera el trabajo, aquella que excede en su valor al valor de lo que se necesita para mantener e incrementar el capital.  Pero al mismo tiempo, esta presencia de la fuerza de trabajo como origen de todo el valor generado por la economía en el capitalismo del siglo XIX es también la que permite vislumbrar la solución: es la clase obrera la que produce la riqueza y es ella quien puede organizarse para controlar todo el proceso. El resultado es la fórmula de la revolución rusa y de todas las revoluciones sociales desde entonces: industrialización y lucha obrera, tecnología y revolución.

Las cosas no salieron tan bien como los teóricos decimonónicos de las revoluciones se habían prometido. Pero hasta casi ahora mismo, los intelectuales y pensadores sociales no han encontrado la explicación a esa deriva inesperada de la historia.

El maquinismo ha crecido hasta el punto de poner en el primer término de las preocupaciones sociales los límites medioambientales al crecimiento económico. Y las plusvalías generadas por el trabajo y expropiadas por el capital ahora son generadas por las máquinas casi directamente, porque las máquinas no cobran salarios y apenas consumen bienes y servicios. De forma que ya no hay explotación obrera que combatir ni agentes revolucionarios ni revoluciones que llevar a cabo en el horizonte. (Solo se puede especular con la rebelión de los robots, pero ¿por qué habrían de rebelarse los robots? Y sobre todo ¿por qué habríamos de diseñarlos de forma que pudieran rebelarse?)

¿Qué va a pasar? Por el momento lo que está pasando es que el capital no espera ya extraer su plusvalía explotando a los trabajadores, sino secuestrando a los consumidores. La tecnología sigue produciendo excedentes extraordinarios y el sistema económico y político conduce a la circulación de tales excedentes a través de nuevos circuitos de producción y distribución de mercancías, en los que prima el mecanismo de la concentración: nadie despoja a nadie de nada, simplemente todo el mundo compra lo mismo a los mismos. El resultado no es que unos tengan cada vez más y otros cada vez menos, sino algo más inesperado: aunque todos tengan  más (mientras aguanten las reservas del mundo natural), la brecha que separa a los pocos que lo tienen casi todo y los muchos que apenas tienen lo imprescindible para continuar en la rueda de la economía capitalista, es cada  vez mayor.

¿Cómo luchar contra la explotación y la desigualdad si los que trabajan son solamente robots? Algo me inclina a pensar que la próxima revolución social no se producirá en las fábricas, sino en los supermercados.

El mundo va mejor de lo que creemos

Hace poco se ha publicado un libro esclarecedor. En inglés se titula Factfulness, un título difícil de traducir al español, pero que apunta a algo como “la realidad de los hechos”, “los hechos en su plenitud”, o algo así. El subtítulo ayuda mucho a entender con qué nos enfrentamos: “diez razones por las que nos equivocamos acerca del mundo y por qué las cosas van mejor de lo que pensamos”. Casi nada. Bill Gates ha recomendado su lectura con estas palabras: “Uno de los libros más importantes que he leído en mi vida; una guía indispensable para pensar claramente acerca del mundo”.

¿Cuál es el secreto de esta obra? En la vida cotidiana, cada uno de nosotros recibe continuamente información sobre el estado del mundo, su evolución, la producción de acontecimientos relevantes, catástrofes naturales o políticas, etc. Y generalmente disponemos de numerosas fuentes de información, datos estadísticos sobre todo, organizados de forma que podemos fácilmente llegar a ellos desde cualquier parte del mundo. Pero la lectura de estos datos, su transmisión a través de los medios y su consideración como base para la toma de decisiones políticas, económicas, y sociales, está mediatizada por un serie de “instintos” o prejuicios que distorsionan nuestra forma de ver esos hechos. El primero de estos prejuicios es la idea de que podemos dividir el mundo significativamente en dos grandes bloques: el de los países ricos o desarrollados y el de los países pobres o en vías de desarrollo. El segundo es que estamos convencidos de que las cosas van cada vez peor. Frente a esto los autores del libro (Hans Rosling y sus hijos),  proponen que dividamos la humanidad en cuatro grandes niveles de riqueza, de acuerdo con el nivel de ingresos per capíta de cada grupo. En el nivel 1 están los más pobres, que viven con menos de 3 dólares al día y en el nivel 2 los algo menos pobres, pero pobres aún, que viven con menos de 8 dólares al día. En el nivel 3 están los que disponen de hasta 32 dólares. Finalmente los de nivel 4, los más ricos, pueden gastar más de 32 dólares. Los datos estadísticos permiten detectar que los grupos de más pobres y más ricos (el 1 y el 4) son prácticamente iguales a nivel mundial (800 millones de habitantes en cada grupo), aunque los pobres están en Asia y Africa, mientras los ricos se encuentran sobre todo Europa y América. El grupo más numeroso es el de los pobres de nivel 2 al que pertenece más de la mitad de la población mundial y se encuentra sobre todo en Asia. Pero, por otra parte, si se extrapolan las tendencias demográficas y económicas actuales, lo previsible es que en 2040 (dentro de poco más de 20 años, es decir una generación) la población mundial habrá crecido hasta alcanzar los 8000 millones de habitantes; pero entonces en los grupos más pobres (1 y 2) se encontrará menos de la mitad de la población mundial, habrá aumentado significativamente la población del grupo 3 (4200 millones de personas, más de la mitad de la población mundial) y la población del grupo de los más ricos, el nivel 4, se habrá duplicado en esos años.

Lo dicho, no hay que conformarse, pero tampoco hay que desesperar: el mundo va mejor de lo que creemos. Solo hay que mirarlo con las gafas adecuadas, que nos permitan ver los hechos en todas sus múltiples dimensiones. Y no se trata solo de ver la botella medio llena o medio vacía, sino de ver que, en cualquier caso, la botella puede tener algo dentro, que quizás merezca la pena.