La universidad del futuro

Ayer (15/10/2018) participé en unas jornadas organizadas por mi antiguo alumno Manuel Bedia, en la Universidad de Zaragoza, para hablar sobre los retos que la sociedad actual plantea a la Universidad y las posibles respuestas que esta debe dar a esos retos. En las jornadas participamos como ponentes invitados Cristina Garmendia, presidenta de la fundación COTEC,  y yo. Pero contamos además con la presencia en el coloquio de un amplio grupo de universitarios, incluyendo a la Consejera de Universidad de la Comunidad de Aragón, Pilar Alegría, la Delegada del Gobierno, el ex-rector Felipe Pétriz, varios vicerrectores y el propio rector  actual de la Universidad de Zaragoza, José Antono Mayoral, que está impulsando personalmente este ciclo de debates sobre la universidad y que estuvo toda la mañana con nosotros.

Pocas veces se tiene la oportunidad de contar con un auditorio como ese, dispuesto a participar en un debate de gran interés social y de aguantar la discusión durante cuatro horas seguidas. La experiencia ha sido intelectualmente interesante y además  me ha dado la oportunidad de recuperar el contacto con personas a las que aprecio, varias de ellas antiguos alumnos míos, como el propio Manuel Bedia, o Jorge Barrero, Director General de COTEC.

No es fácil resumir en pocas palabras todo lo que se habló allí. Pero intentaré al menos transmitir lo que me parece más esencial de los múltiples diagnósticos y pronósticos que compartimos Cristina Garmendia y yo, y muchos de los universitarios que participaron en el debate.

Lo primero es constatar el enorme valor que tiene la Universidad pública Española, como parte de lo que podríamos llamar el capital social de nuestro país. Nuestro sistema universitario es potente, internacionalmente prestigioso y esencial para el desarrollo de nuestro país. A lo largo  de los años se ha constituido en un instrumento de movilidad social y en un proveedor de capacitación de profesionales y ciudadanos que constituyen la base de nuestra prosperidad. Algunos estudios publicados afirman más del 25% del crecimiento económico que ha experimentado el país en los últimos años se debe a la aportación de las universidades[1] .

Pero esto no significa que debamos darnos por satisfechos con la situación actual. De cara al futuro, la universidad debe prepararse para desempeñar un papel cada vez más central en una sociedad crecientemente dependiente de la creación de conocimiento y de la innovación [En feliz expresión de COTEC: Innovación es todo cambio (no solo tecnológico) basado en conocimiento (no solo científico) que genera valor (no solo económico)]. Y para ello tendrá que afrontar nuevos problemas y aportar soluciones a partir de sus propios recursos. Se requerirá, por ejemplo,  una mayor flexibilidad organizativa en las universidades, y un mayor compromiso con su responsabilidad social. Debemos prepararnos para una universidad abierta a la sociedad, transparente y ejemplar en la rendición de cuentas al resto de la sociedad. Y debemos además asumir que muchas de las funciones que desempeñan las universidades en la sociedad del conocimiento, son ahora compartidas por otras instituciones, empresas e iniciativas sociales de todo tipo.

Pero hay algo que tienen las universidades que resulta imprescindible para encontrar respuestas adecuadas a estos nuevos retos y que es preciso enfatizar justamente ahora, cuando la actualidad mediática hace más difícil el reconocimiento de algunos de nuestros recursos más importantes. Se trata de recuperar lo que podríamos llamar la ética de la actividad académica, esa norma de conducta que obliga a reconocer el mérito de los demás, a ser críticos, creativos y al tiempo generosos con los colegas. Es un bueno repertorio de valores que adornan a la ciencia y a la educación científica y que, por encima de avatares y accidentes, se deben seguir cultivando en la nueva universidad de la sociedad en red a la que nos dirigimos a toda velocidad.

[1] Pastor, J.M., C. Peraita i F. Pérez (2015): “Estimating the Long-Term Economic Impacts of Spanish Universities on the National Economy”. Papers in Regional Science. doi: 10.1111/pirs.12157.

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Cuidemos la universidad

La universidad en España goza de un elevado prestigio. La razón fundamental de este prestigio es que a lo largo de decenios el acceso a los estudios superiores ha sido uno de los mecanismos más efectivos de movilidad e igualdad social. Gracias a la universidad el hijo de un oficinista podía aspirar a ser ingeniero o la hija de una empleada doméstica podía aspirar a ser médico. Ya sé que este mecanismo de igualación no es todo lo eficiente que debiera ser, pero aún así existe y es uno de los más efectivos con que cuenta nuestra sociedad: si quieres mejorar, estudia; si quieres que tus hijos mejoren su posición en la escala social, ayúdales a formarse un poco más; eso no va a acabar con todos sus problemas pero si va a ayudar a que los problemas que tengan que afrontar no sean los que tuviste que superar tu hace veinte años.

Y sin embargo soplan vientos tempestad sobre las universidades públicas españolas. El motivo inmediato es, sin duda, la crisis política de la comunidad autónoma madrileña, que se ha resuelto por el momento con la dimisión de su presidenta, la Sra. Cifuentes, pero ha dejado una estela de sospechas de malas prácticas en una universidad importante de Madrid. Y luego está también el oportunismo de algunos partidos políticos que se han lanzado a la caza y captura de la Universidad Pública, al tiempo que facilitan la continuidad del gobierno madrileño en manos de los mismos que hicieron posible el escándalo Cifuentes.

Así que de la noche a la mañana se produce una situación inesperada: ahora parece que la única forma de arreglar los males que aquejan al mundo mundial pasa por zarandear a las universidades públicas españolas y exigirles, con toda seriedad, que sean excelentes, ejemplares, eficientes, competitivas, y no sé cuántas cosas más.

Ayer tomaron posesión de sus cargos una buena cantidad de profesores, investigadores y técnicos de la universidad de Salamanca. Y el rector, en sus palabras finales, recordó algunas cosas obvias. En la Universidad pública los profesores son funcionarios, como en otras partes de la Administración Estatal o Autonómica. Pero son funcionarios muy peculiares. De los que se espera no solo que tengan una dedicación plena, competente y responsable a su trabajo, sino que además investiguen, sean creativos, procuren mejorar su propia profesión continuamente y estén dispuestos a dedicar no las horas reglamentarias y los día laborables, sino todas las horas del día y todos los días del año. Y además no por obligación administrativa, sino por vocación y entusiasmo por el saber, la ciencia y la cultura.

Las universidades pueden tener muchos defectos, y siempre pueden mejorar. Pero si un país como España no dispusiera de una red de centros de formación superior como la que proporcionan nuestras universidades, habría que  inventarla. En realidad no hace falta inventar nada, pues ya lo tenemos. Pero estemos vigilantes: defendamos nuestro sistema universitario. De él depende la formación de los ciudadanos más competentes y mejor capacitados de los próximos decenios. De ello depende la competitividad de nuestra economía, la prosperidad de nuestros hijos y el futuro de nuestra sociedad. Cuidemos la universidad.

Onda Cero Salamanca 15/05/2018

La mujer del César

Es conocida la explicación que Julio César dio a las mujeres de la alta sociedad romana para justificar el repudio de su esposa Pompeia, acusada de haber participado en una orgía indecente: la mujer del César –dijo-  no solo debe ser honrada, además debe parecerlo.

Supongo que todo el mundo aceptará que lo que vale para la mujer del Cesar vale con mayor fundamento para el propio César. Y más aún en un caso como el que ocupa las portadas de todos los peródicos los últimos días, en el que el Cesar y la Mujer del Cesar coinciden en una misma persona, Cristina Cifuentes, líder del Partido Popular, Presidenta de la Comunidad de Madrid, y brillante promesa de futuro para el maltrecho partido de M. Rajoy. Se supone que la señora Cifuentes tenía la obligación, no ya solo de ser honrada, sino además de parecerlo.

Lo más llamativo del asunto del máster fraudulento de Cristina Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid es que una mujer como ella haya cometido tantos errores encadenados:  ha aceptado un título de máster universitario sin habérselo ganado, ha presentado como prueba de descargo documentos falsos, ha mentido descaradamente sobre  cosas tan elementales como la supuesta defensa pública de su Trabajo fin de Máster, dando detalles inventados sobre la duración de un acto académico (“una exposición de diez o quince minutos”, ha dicho con todo el aplomo de una experimentada estudiante), un acto que en realidad nunca se produjo. Y sigue ahí, tan tranquila al parecer, esperando que los amigos le echen una mano para enfangar las portadas de los periódicos con cualquier aportación original que permita desviar la atención. Esto es en efecto, lo más grave del caso Cifuentes: el desprecio total que manifiesta hacia la obligación que toda autoridad tiene no solo de ser honrada sino además de parecerlo.

Desde luego Cifuentes se tiene que retirar de la política. No hay más discusión. Y cuanto antes se resuelva su situación, tanto mejor. Porque después de que ella dimita y desaparezca de la escena pública, habrá que dedicar tiempo y esfuerzos para gestionar el infame legado que deja a sus sucesores.

Para empezar una universidad pública de la categoría de la Rey Juan Carlos, queda seriamente tocada. Ya tuvo problemas hace un año cuando tuvo que dimitir su rector, por haber cometido uno de los delitos más graves -el plagio- que se pueden cometer en la comunidad académica. Ahora aparecen irregularidades por todas partes, y siempre con dos notas llamativas: arbitrariedad y sensación de impunidad. Los estudiantes y los profesores honrados protestan y llevan razón. En realidad, ya está retrasándose demasiado la dimisión del rector que amparó inicialmente el fraude Cifuentes, la del director de ese instituto de Derecho Público, que ha declarado ser el autor de la falsificación de un documento público. En fin….¡que hay tarea de limpieza general para varios años!

Y la misma advertencia debería valer para la institución universitaria en su conjunto.  Todos estamos de acuerdo en que la universidad es una institución respetable, memorable y merecedora del prestigio que nuestra sociedad asigna al saber, la ciencia y la cultura. Pero no basta con que la universidad sea honrada, además debe esforzarse por parecerlo. Hay instituciones sobre las que recae esta responsabilidad, como es el Consejo de Universidades, el Ministerio de Educación  y la Conferencia de Rectores.  Deben actuar ya, si quieren que la universidad pública española sea como la mujer del César.

Onda Cwero Salamanca 10/04/2018

Plagio

La comunidad académica, formada por científicos investigadores, profesores e intelectuales es un potente actor social. Dejamos en sus manos una gran parte de los sistemas de reconocimiento del mérito y la reputación en el ámbito del conocimiento. Y permitimos que sus juicios de valor, aunque abiertos siempre al debate, sean prácticamente inapelables. Por ejemplo, si los científicos de una determinada especialidad, pongamos por caso Historia del Derecho, dicen que un libro escrito por D. Fulano no tiene ningún valor, pues así queda sentenciado y no hay recurso que valga a instancias superiores (aunque siempre queda la posibilidad de criticar y discutir ese juicio de valor dentro de la propia comunidad científica). Puede parecer increíble que esto funcione, pero lo cierto es que funciona. Desde la Antigüedad, pero sobre todo desde la consolidación del método científico a partir de la Modernidad, la comunidad académica intenta funcionar así y, en general, funciona bien.

Esto, claro está, no quiere decir que entre los académicos no haya un porcentaje de pillos y truhanes que intentan aprovecharse de sus colegas incumpliendo las normas. Pero la comunidad académica tiene recursos internos para combatir las posibles desviaciones. Por ejemplo, si un científico falsea sus datos o engaña a sus colegas, cuando estos le descubren le aplican la máxima sanción: queda excluido de la comunidad y se acaba su carrera.

Hay un tipo de delito académico que es especialmente grave. Se trata del plagio. que consiste en que alguien se apropia del trabajo de otro, haciéndolo pasar por suyo, sin reconocerlo públicamente. Es una práctica bastante común entre estudiantes poco entrenados, pero no tan frecuente en los niveles superiores de la comunidad académica. Al menos no lo era hasta ahora.

Recientemente ha aparecido un caso especialmente grave. Nada menos que el rector de una universidad pública, como la Rey Juan Carlos de Madrid, ha sido acusado de plagios múltiples y reiterados. Pero lo más llamativo de este caso es la lentitud de reacción de la comunidad académica y la desviación del foco de atención mediático. Es como si nadie (ni el propio interesado) quisiera discutir la cuestión de hecho, sino solamente sus posibles implicaciones políticas o administrativas. Pero, en realidad, la cuestión es muy sencilla: si lo que un grupo cada vez más numeroso de académicos afirma es verdad, entonces el Rector de la Rey Juan Carlos debe ser destituido de inmediato, desprovisto de sus títulos académicos y expulsado para siempre de la comunidad universitaria. Así de simple. Y no valen excusas ni linimentos. Si ha plagiado, no es digno de vestir la toga de la universidad. Y si la acusación es falsa debe quedar fehacientemente demostrado y rehabilitada su reputación científica. Lo que no puede ser es que se acepte como respuesta el mirar hacia otro lado y que una cuestión decisiva para mantener la confianza en las instituciones académicas, quede reducida a una operación de politiquería de pasillos y de corto alcance.

Un rector plagiario es como círculo cuadrado: algo que no puede ser. Si ha plagiado, que se vaya de la universidad ya. Y que no vuelva por aquí.

Vencer o convencer

Hemos celebrado el 80 aniversario del famoso acto en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, durante el cual el rector D. Miguel de Unamuno se enfrentó a Millán Astray, y a los matones franquistas que le jaleaban. El acto académico había contado con varias intervenciones en las que se había hablado de España, el imperio perdido, la unidad de la patria y la regeneración del catolicismo patriótico que los sublevados representaban. Según testimonio de algunos de los presentes, Unamuno, que presidía la reunión, tomó la palabra y organizó el gran escándalo.

“Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

Fue valiente Unamuno. Aquel acto pudo haberle costado la vida. Él había apoyado en un primer momento la sublevación franquista y seguía siendo una autoridad política e intelectual reconocida. Presidia el acto académico en nombre de la Universidad y conservaba además su nombramiento como concejal del Ayuntaniento de Salamanca. Pero a su alrededor habían caído ya amigos y colegas salmantinos, víctimas de los asesinatos políticos de aquellos días. De manera que las palabras de Unamuno fueron escuchadas por los fascistas como un insulto y como una traición.

El discurso de Unamuno vuelve a estar hoy de actualidad. Es cierto que ya parecen perdidos para siempre los tiempos en los que las victorias políticas se imponían por la fuerza. Pero sigue siendo actual la contraposición unamuniana entre vencer y convencer.

En efecto, parece como si en la disputa política lo único importante sea de nuevo vencer, y como si hubiéramos renunciado para siempre al objetivo loable de intentar convencer. Para convencer hay que persuadir, decía Unamuno y para persuadir hay que dar argumentos y razones, no puñetazos en la mesa o alaridos en los discursos encendidos para jalear a los adeptos fanáticos.

Según dicen los testimonios d ela época, parece que Unamuno fue interrumpido por Millán Astray al grito de “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!!”, y que el rector tuvo que salir del tumulto, al parecer,  protegido por la esposa de Franco, para recluirse en su domicilio en el que falleció unos meses después..

El ayuntamiento de Salamanca privó a Unamuno  vergonzantemente de su acta de concejal y Franco le retiró el nombramiento de Rector de la Universidad. En 2011, a iniciativa del grupo socialista, se le devolvió la dignidad de concejal de nuestro ayuntamiento. Y en la universidad nunca se ha dejado de honrar la memoria de su rector más emblemático..

Unamuno fue derrotado; pero su legado quedó para siempre. Ojalá reviva en estos días. El mejor homenaje que podríamos hacerle es reconocer que en democracia solo se puede  vencer convenciendo

Mil días de universidad

La Universidad de Salamanca ha instalado en el Patio de Escuelas, un reloj que, a partir de hoy mismo, va a ir descontando cada uno de los mil días que quedan hasta el cumplimiento, en 2018, del octavo centenario de la creación de la universidad más antigua de España.

Ha sido una bonita iniciativa. Ahora los miles de visitantes que se acercan a localizar la rana de la portada de la Universidad, podrán dejar volar su imaginación y tendrán nuevos alicientes para meditar sobre el paso del tiempo y para apreciar cómo el tiempo que pasa va depositando experiencia y sabiduría en las  viejas piedras de nuestra ciudad.

Pero a los salmantinos también nos va a servir para compartir y celebrar entre  nosotros el haber recibido un legado tan valioso de nuestros antepasados. Va a hacer ochocientos años que los salmantinos desarrollamos nuestra vida social en torno a la institución académica. Desde hace ochocientos años podríamos celebrar que tenemos una ciudad  entera dedicada a proteger a su universidad, a alentar en ella el estudio, la investigación y el saber.  Y ya va siendo hora de que lo hagamos.

Nos quedan mil días para coronar los actos de celebración de esta efeméride. Y empezamos bien: hoy nos visitan los reyes de España para asistir a la concesión del doctorado honoris causa a dos académicos muy queridos. Víctor García de la Concha, actual director del Instituto Cervantes, ex director de la Real Academia y catedrático de Lengua y Literatura en nuestra Universidad. Y José Ramón Narro Robles, actual ministro de Salud de México y ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ambos han contribuido de forma especial a situar a Salamanca y a su universidad al frente de una de las más importantes empresas de las industrias culturales de nuestro tiempo: la expansión y el reconocimiento de la lengua española como lengua internacional. Es una buena forma de empezar la cuenta atrás para el octavo centenario.

Celebrémoslo como se merece: tenemos mil días por delante para hacer justicia a ochocientos años de historia.

Onda Cero Salamanca 5/04/2016

Refugiados

La historia de la civilización está marcada por los grandes movimientos de población . ¿Cómo concebir Europa sin las migraciones milenarias de pueblos que invadían territorios, provocaban guerras o huían de ellas para proteger a sus familias del hambre y de la muerte?

Así que lo que ahora está sucediendo en el mar Egeo, en las islas griegas, en Turquía y en los países del sur de Europa no es nada nuevo:  cada día desaparecen decenas de familias enteras en las aguas del Mediterráneo, que intentan cruzar buscando protegerse de la guerra y el hambre. La diferencia es que ahora la tragedia milenaria se produce ante nuestros ojos, retransmitida en directo todos los días a la hora del telediario. Y Europa parece que no sabe qué hacer. no sabemos cómo procesar emocionalmente tantas imágines de refugiados hacinados en barrizales, aplastados contra alambradas crueles o flotando en el agua, desamparados, desesperados….

¿Realmente no se puede hacer nada más: solo mirar y esperar con los brazos cruzados?

Por alguna razón los estados y las instituciones europeas han resultado hasta ahora  incapaces de afrontar el problema de forma eficiente. Así que habrá que ensayar otras estrategias.

Ayer, hablando con otros colegas del Consejo de Universidades y con el consejero de Educación de Castilla y León, se me ocurrió especular con una posible iniciativa ¿Qué tal si, por ejemplo, por cada mil estudiantes universitarios españoles, nos propusiéramos recibir a un refugiado en nuestros campus? La operación se podría financiar, al menos parcialmente, con donaciones de la propia comunidad universitaria. Pongamos que cada estudiante español dedica cinco euros, el importe de una copa, a este propósito: en un fin de semana se recaudarían más de cinco millones de euros, lo suficiente para acoger a más de mil refugiados durante un año.

El problema, al parecer, no sería tanto de recursos, de financiación ni de voluntad política, sino de capacidad organizativa. No tenemos cauces institucionales adecuadas para montar toda la logística necesaria en una operación de tal alcance. Bueno, también en eso las Universidades son instituciones  que pueden resultar muy apropiadas: disponen de recursos humanos muy cualificados, acostumbrados a cooperar, con gran capacidad de iniciativa y de entusiasmo. Si los mil refugiados se repartieran por las ochenta universidades que hay en España, tocarían a poco más de 12 refugiados por cada universidad. Su coste económico apenas se haría notar y su impacto social a medio plazo sería enriquecedor y muy positivo para la ciencia, la cultura y la educación en nuestro país.

¿Por qué no lo hacemos?