Plagio

La comunidad académica, formada por científicos investigadores, profesores e intelectuales es un potente actor social. Dejamos en sus manos una gran parte de los sistemas de reconocimiento del mérito y la reputación en el ámbito del conocimiento. Y permitimos que sus juicios de valor, aunque abiertos siempre al debate, sean prácticamente inapelables. Por ejemplo, si los científicos de una determinada especialidad, pongamos por caso Historia del Derecho, dicen que un libro escrito por D. Fulano no tiene ningún valor, pues así queda sentenciado y no hay recurso que valga a instancias superiores (aunque siempre queda la posibilidad de criticar y discutir ese juicio de valor dentro de la propia comunidad científica). Puede parecer increíble que esto funcione, pero lo cierto es que funciona. Desde la Antigüedad, pero sobre todo desde la consolidación del método científico a partir de la Modernidad, la comunidad académica intenta funcionar así y, en general, funciona bien.

Esto, claro está, no quiere decir que entre los académicos no haya un porcentaje de pillos y truhanes que intentan aprovecharse de sus colegas incumpliendo las normas. Pero la comunidad académica tiene recursos internos para combatir las posibles desviaciones. Por ejemplo, si un científico falsea sus datos o engaña a sus colegas, cuando estos le descubren le aplican la máxima sanción: queda excluido de la comunidad y se acaba su carrera.

Hay un tipo de delito académico que es especialmente grave. Se trata del plagio. que consiste en que alguien se apropia del trabajo de otro, haciéndolo pasar por suyo, sin reconocerlo públicamente. Es una práctica bastante común entre estudiantes poco entrenados, pero no tan frecuente en los niveles superiores de la comunidad académica. Al menos no lo era hasta ahora.

Recientemente ha aparecido un caso especialmente grave. Nada menos que el rector de una universidad pública, como la Rey Juan Carlos de Madrid, ha sido acusado de plagios múltiples y reiterados. Pero lo más llamativo de este caso es la lentitud de reacción de la comunidad académica y la desviación del foco de atención mediático. Es como si nadie (ni el propio interesado) quisiera discutir la cuestión de hecho, sino solamente sus posibles implicaciones políticas o administrativas. Pero, en realidad, la cuestión es muy sencilla: si lo que un grupo cada vez más numeroso de académicos afirma es verdad, entonces el Rector de la Rey Juan Carlos debe ser destituido de inmediato, desprovisto de sus títulos académicos y expulsado para siempre de la comunidad universitaria. Así de simple. Y no valen excusas ni linimentos. Si ha plagiado, no es digno de vestir la toga de la universidad. Y si la acusación es falsa debe quedar fehacientemente demostrado y rehabilitada su reputación científica. Lo que no puede ser es que se acepte como respuesta el mirar hacia otro lado y que una cuestión decisiva para mantener la confianza en las instituciones académicas, quede reducida a una operación de politiquería de pasillos y de corto alcance.

Un rector plagiario es como círculo cuadrado: algo que no puede ser. Si ha plagiado, que se vaya de la universidad ya. Y que no vuelva por aquí.

Vencer o convencer

Hemos celebrado el 80 aniversario del famoso acto en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, durante el cual el rector D. Miguel de Unamuno se enfrentó a Millán Astray, y a los matones franquistas que le jaleaban. El acto académico había contado con varias intervenciones en las que se había hablado de España, el imperio perdido, la unidad de la patria y la regeneración del catolicismo patriótico que los sublevados representaban. Según testimonio de algunos de los presentes, Unamuno, que presidía la reunión, tomó la palabra y organizó el gran escándalo.

“Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

Fue valiente Unamuno. Aquel acto pudo haberle costado la vida. Él había apoyado en un primer momento la sublevación franquista y seguía siendo una autoridad política e intelectual reconocida. Presidia el acto académico en nombre de la Universidad y conservaba además su nombramiento como concejal del Ayuntaniento de Salamanca. Pero a su alrededor habían caído ya amigos y colegas salmantinos, víctimas de los asesinatos políticos de aquellos días. De manera que las palabras de Unamuno fueron escuchadas por los fascistas como un insulto y como una traición.

El discurso de Unamuno vuelve a estar hoy de actualidad. Es cierto que ya parecen perdidos para siempre los tiempos en los que las victorias políticas se imponían por la fuerza. Pero sigue siendo actual la contraposición unamuniana entre vencer y convencer.

En efecto, parece como si en la disputa política lo único importante sea de nuevo vencer, y como si hubiéramos renunciado para siempre al objetivo loable de intentar convencer. Para convencer hay que persuadir, decía Unamuno y para persuadir hay que dar argumentos y razones, no puñetazos en la mesa o alaridos en los discursos encendidos para jalear a los adeptos fanáticos.

Según dicen los testimonios d ela época, parece que Unamuno fue interrumpido por Millán Astray al grito de “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!!”, y que el rector tuvo que salir del tumulto, al parecer,  protegido por la esposa de Franco, para recluirse en su domicilio en el que falleció unos meses después..

El ayuntamiento de Salamanca privó a Unamuno  vergonzantemente de su acta de concejal y Franco le retiró el nombramiento de Rector de la Universidad. En 2011, a iniciativa del grupo socialista, se le devolvió la dignidad de concejal de nuestro ayuntamiento. Y en la universidad nunca se ha dejado de honrar la memoria de su rector más emblemático..

Unamuno fue derrotado; pero su legado quedó para siempre. Ojalá reviva en estos días. El mejor homenaje que podríamos hacerle es reconocer que en democracia solo se puede  vencer convenciendo

Mil días de universidad

La Universidad de Salamanca ha instalado en el Patio de Escuelas, un reloj que, a partir de hoy mismo, va a ir descontando cada uno de los mil días que quedan hasta el cumplimiento, en 2018, del octavo centenario de la creación de la universidad más antigua de España.

Ha sido una bonita iniciativa. Ahora los miles de visitantes que se acercan a localizar la rana de la portada de la Universidad, podrán dejar volar su imaginación y tendrán nuevos alicientes para meditar sobre el paso del tiempo y para apreciar cómo el tiempo que pasa va depositando experiencia y sabiduría en las  viejas piedras de nuestra ciudad.

Pero a los salmantinos también nos va a servir para compartir y celebrar entre  nosotros el haber recibido un legado tan valioso de nuestros antepasados. Va a hacer ochocientos años que los salmantinos desarrollamos nuestra vida social en torno a la institución académica. Desde hace ochocientos años podríamos celebrar que tenemos una ciudad  entera dedicada a proteger a su universidad, a alentar en ella el estudio, la investigación y el saber.  Y ya va siendo hora de que lo hagamos.

Nos quedan mil días para coronar los actos de celebración de esta efeméride. Y empezamos bien: hoy nos visitan los reyes de España para asistir a la concesión del doctorado honoris causa a dos académicos muy queridos. Víctor García de la Concha, actual director del Instituto Cervantes, ex director de la Real Academia y catedrático de Lengua y Literatura en nuestra Universidad. Y José Ramón Narro Robles, actual ministro de Salud de México y ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ambos han contribuido de forma especial a situar a Salamanca y a su universidad al frente de una de las más importantes empresas de las industrias culturales de nuestro tiempo: la expansión y el reconocimiento de la lengua española como lengua internacional. Es una buena forma de empezar la cuenta atrás para el octavo centenario.

Celebrémoslo como se merece: tenemos mil días por delante para hacer justicia a ochocientos años de historia.

Onda Cero Salamanca 5/04/2016

Refugiados

La historia de la civilización está marcada por los grandes movimientos de población . ¿Cómo concebir Europa sin las migraciones milenarias de pueblos que invadían territorios, provocaban guerras o huían de ellas para proteger a sus familias del hambre y de la muerte?

Así que lo que ahora está sucediendo en el mar Egeo, en las islas griegas, en Turquía y en los países del sur de Europa no es nada nuevo:  cada día desaparecen decenas de familias enteras en las aguas del Mediterráneo, que intentan cruzar buscando protegerse de la guerra y el hambre. La diferencia es que ahora la tragedia milenaria se produce ante nuestros ojos, retransmitida en directo todos los días a la hora del telediario. Y Europa parece que no sabe qué hacer. no sabemos cómo procesar emocionalmente tantas imágines de refugiados hacinados en barrizales, aplastados contra alambradas crueles o flotando en el agua, desamparados, desesperados….

¿Realmente no se puede hacer nada más: solo mirar y esperar con los brazos cruzados?

Por alguna razón los estados y las instituciones europeas han resultado hasta ahora  incapaces de afrontar el problema de forma eficiente. Así que habrá que ensayar otras estrategias.

Ayer, hablando con otros colegas del Consejo de Universidades y con el consejero de Educación de Castilla y León, se me ocurrió especular con una posible iniciativa ¿Qué tal si, por ejemplo, por cada mil estudiantes universitarios españoles, nos propusiéramos recibir a un refugiado en nuestros campus? La operación se podría financiar, al menos parcialmente, con donaciones de la propia comunidad universitaria. Pongamos que cada estudiante español dedica cinco euros, el importe de una copa, a este propósito: en un fin de semana se recaudarían más de cinco millones de euros, lo suficiente para acoger a más de mil refugiados durante un año.

El problema, al parecer, no sería tanto de recursos, de financiación ni de voluntad política, sino de capacidad organizativa. No tenemos cauces institucionales adecuadas para montar toda la logística necesaria en una operación de tal alcance. Bueno, también en eso las Universidades son instituciones  que pueden resultar muy apropiadas: disponen de recursos humanos muy cualificados, acostumbrados a cooperar, con gran capacidad de iniciativa y de entusiasmo. Si los mil refugiados se repartieran por las ochenta universidades que hay en España, tocarían a poco más de 12 refugiados por cada universidad. Su coste económico apenas se haría notar y su impacto social a medio plazo sería enriquecedor y muy positivo para la ciencia, la cultura y la educación en nuestro país.

¿Por qué no lo hacemos?