La Constitución y la esencia de la democracia

Esta semana celebramos el 40 aniversario de la Constitución española que más vigencia y éxito ha tenido en toda nuestra historia. Así que estamos de enhorabuena y es justo que lo celebremos. Pero también esta es la semana en la que hemos visto cómo el PSOE pierde escaños en las elecciones andaluzas de forma escandalosa, y cómo, por primera vez en democracia, accede a las instituciones autonómicas un partido claramente xenófobo, racista,ultra derechista, populista y anti democrático. ¿Qué nos está pasando? ¿Está enferma nuestra democracia? ¿Está agotada nuestra Constitución? ¿Quién va a gobernar en Andalucía? ¿Cómo va a continuar el diálogo democrático en la situación actual?

No tengo respuesta a todos estos interrogantes, pero creo que podemos contribuir a encontrar las respuestas que necesitamos, si partimos de unas cuantas reflexiones.

Primera reflexión. La democracia no consiste solo en votar yel voto de la gente no es la única fuente de legitimidad para gestionar losasuntos públicos. Desde luego, en democracia el voto libre es un elemento imprescindible en la toma de decisiones colectivas. Pero garantizar el voto libre no es suficiente para garantizar el acierto en la decisión. Y de esto (de acertar en la gestión del interés colectivo) es de lo que va la democracia. Así que, lo siento mucho, pero el voto a Vox en las elecciones andaluzas es un síntoma de patología social y democrática. Hay que combatirlo con todas las armas de la democracia. La primera es decir la verdad. Y con ella la reivindicación de principios de moral cívica sin los que no se puede entender ningún régimen que aspire a ser justo, igualitario y participativo.

Segunda reflexión. La Constitución es un texto escrito en un papel. No es un texto cualquiera, desde luego, porque en su día fue objeto de un amplísimo consenso (amplio, pero no homogéneo) entre todos los españoles. Pero cuarenta años después, debería haber barra libre para la reforma de la Constitución en algunos puntos que pueden ser críticos para el futuro. El primero es el de la estructura territorial del Estado. Hay que crear una constitución federal y hay que regular de una vez, de forma que sea aceptable para todos, el derecho a decidir acerca de la unidad del Estado. La pregunta que hay que hacerse es muy sencilla: ¿es la unidad del Estado, garantizada por la constitución actual, la única forma posible de organizar nuestra convivencia? ¿O podemos articular mecanismos que permitan ejercer el derecho de autodeterminación de forma satisfactoria para todos? Ya sé que esto son palabras mayores, pero pensemos un poco ¿Realmente estamos convencidos de que la vida y la felicidad de individuos humanos concretos pueden supeditarse a la veneración irracional de abstracciones como una nación, o de símbolos mitológicos como una bandera? La segunda reflexión es muy sencilla: si queremos ser demócratas antes tenemos que ser pragmáticos y racionales.

Y la tercera reflexión para una reforma constitucional es enrealidad la más fácil, pero la más urgente. Se trata de introducir mecanismosmás efectivos y razonables para el ejercicio del poder. Por ejemplo, acabamos de ver (lo sufrimos todos los días) qué mal funciona la justicia, porque en nuestras leyes no está bien resuelto el tema de la separación de poderes. Deberíamos cambiar la constitución para dibujar un entramado institucional más efectivo y más eficiente. Además, deberíamos aprovechar la ocasión para deshacer algunos entuertos de nuestro sistema constitucional y para cerrar definitivamente otros temas que aún están abiertos. Por ejemplo, nadie debería poder ser encarcelado por ultrajes a la bandera nacional. Y ningún español (ni siquiera el Jefe del Estado) debería tener inmunidad, como si fuera un sátrapa de un país medieval.

En fin., terminemos con una nota de optimismo. Hace 40 años que aprobamos la mejor constitución que hemos tenido hasta ahora. Y hace casi el mismo tiempo que el PSOE gobierna en Andalucía. Parece que ha llegado en ambos casos el momento de cambiar. Mensaje final: tranquilos, no pasa nada. Lo hemos hecho bien y podemos seguir haciéndolo incluso mejor. Con calma,racionalidad y pragmatismo, pero pongamos manos a la obra de una vez por todas.

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La tentación del populismo

El populismo es una doctrina política tan confusa en su definición como omnipresente en los debates políticos actuales. Hasta hace pocos años estábamos acostumbrados a organizar nuestras representaciones y estrategias políticas en términos de categorías como progresista / conservador, burgueses /  trabajadores, derecha / izquierda y cosas así.. La crisis de 2008-2010 ha producido una fuerte convulsión en los procesos políticos actuales y ha contribuido a un cambio profundo de escenario, en el que las nuevas categorías solo adquieren pleno significado en un marco conceptual completamente diferente. El populismo actual se inscribe aquí. Categorías obsoletas en el discurso político y social como la de extranjeros y nacionales, pueblo y casta, patriótico y traidor, y cosas así. empiezan a hacerse un hueco cada vez más importante y preocupante en el debate político.

Pensemos en el America first de Trump, o en la xenofobia de los partidos de extrema derecha en Italia, en Austria, en Polonia, Pero pensemos también en el brexit británico, en el procés independentista catalán, en la reciente asamblea de Vox en España o en la deriva neocón de Rivera o de Casado. Por todas partes hay movimientos de tierra que amenazan con desdibujar el mapa ideológico en el que se desenvolvían hasta hace poco nuestras opciones políticas.

La situación es especialmente peligrosa para el futuro de las políticas progresistas. Porque es cierto que hay movimientos populistas arraigados en la tradición de la izquierda europea, pero esta tradición se ha alimentado siempre, en último término, de ideales morales y discursos políticos anclados en la discusión racional, la participación igualitaria y el respeto a los derechos fundamentales. Con el auge del  populismo son estos fundamentos de la política racional los que se ponen en cuestión y por eso las políticas progresistas son las que más riesgo parecen correr de desdibujarse como opciones reales en el debate político actual.

En realidad yo creo que no hay dos tipos de políticas populistas, las de izquierda y las de derecha  El populismo es un escenario nuevo para la política, tan peligroso para el futuro de la izquierda como para la derecha conservadora. Un conservador de pro debería a aspirar a obtener el apoyo de una mayoría de ciudadanos sin necesidad de engañarlos, manipularlos, asustarlos o perseguirlos. Y un progresista de verdad también debería estar interesado en ganar apoyo entre ciudadanos libres, a través de debates racionales, participativos y abiertos, no por el efecto de las amenazas, los miedos o las manipulaciones descaradas de la opinión pública. La tentación del populismo no es la tentación de ganar elecciones con un programa radical, conservador o progresista, sino la de sustituir el debate político electoral y democrático por la movilización irracional y la manipulación informativa. El populismo no es participación del pueblo en la política sino manipulación demagógica de la participación política. La izquierda haría muy bien en no olvidar nunca esto. La alternativa a la política populista de derechas no es un populismo de izquierdas, sino una política democrática y participativa guiada por los ideales morales de la Ilustración y la Modernidad Europea. Lo demás son concesiones a la irracionalidad que terminarán conduciendo al neofascismo de corte peronista, como sugieren algunos pensadores que sirven de inspiración para el populismo llamado de izquierdas.

La filosofía vuelve

El miércoles de la semana pasada (17/10/2018) sucedió algo insólito en el Congreso de los Diputados: se adoptó un acuerdo por unanimidad absoluta de todas sus señorías y el acuerdo en cuestión se refería nada menos que a la obligatoriedad de que todos los españoles estudien filosofía en la Educación Secundaria y el Bachillerato, como se hacía antes de que el ministro Wert implantara la LOMCE.

Recordemos. La ley Wert permitió eliminar el carácter obligatorio de la filosofía en la Educación Secundaria. Lo hizo con la oposición de los profesores, de los alumnos, de los padres de alumnos e incluso de los consejeros de Educación, aunque fueran del propio Partido Popular. De hecho, en muchas de las comunidades autónomas gobernadas por el PP se ha recuperado ya en parte el curriculum de filosofía al haberlo reintroducido las autoridades educativas de la comunidad autónoma entre las materias de su competencia. De lo que se trata ahora no es de poner un parche para compensar el desaguisado Wert, sino de volver las cosas a su cauce natural para toda España.

El otro dato llamativo es que una proposición no de ley, que inicialmente planteó el grupo Unidos Podemos pero que finalmente fue redactada por consenso entre los grupos parlamentarios más numerosos, se haya podido abrir camino de una forma aparentemente tan fácil, rápida y contundente. Esto puede significar solo dos cosas: o bien que el asunto era tan trivial que apenas suscitaba interés por parte de sus señorías, y por eso estaban dispuestos a decir que sí a cualquier cosa. O por el contrario, que el asunto fuera tan importante y contara con tal apoyo social que ningún grupo se atreviera a oponer resistencia a la propuesta, por miedo a que se le identificara como heredero y adalid del peor ministro de la historia democrática de nuestro país. De manera que, para evitar tal oprobio, hasta los más radicales diputados del PP o Ciudadanos han estado dispuestos a votar una propuesta de la izquierda, olvidándose por esta vez de los diabólicos pactos y maniobras que los grupos conservadores ven en cada uno de los consensos alcanzados por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Yo me apunto a la segunda hipótesis. Y tengo una explicación., La  inmensa mayoría de nuestros diputados actuales han estudiado filosofía en el bachillerato. Y utilizan ideas filosóficas, más o menos elaboradas, pero fácilmente rastreables hasta los manuales de filosofía, cuando defienden algunas propuestas de contenido político, o cuando plantean reivindicaciones que van un poco más allí del puro pragmatismo cotidiano.

La filosofía es un conjunto de ideas, teorías y formas de pensar muy arraigadas en el corazón de la cultura ilustrada Europea, aunque no exclusivas de ella. Y hubiera sido una desgracia que nuestros hijos o nietos se vieran privados del acceso a ese legado cultural sin el que es imposible entender ni nuestra historia ni nuestras vidas personales.

Desde luego no hay una única doctrina filosófica. Pero la ventaja de la filosofía para la educación no es que proporcione ideas fijas y dogmáticas, obligatorias para todo el mundo, sino que impone a todo el mundo la obligación de buscar justificaciones racionales de todo lo que pensamos, decimos y hacemos. Se puede ser un buen filósofo y cometer errores, pero no se puede ser un buen filósofo si tu vida no se guía por el principio que te obliga a intentar siempre evitar los errores, ser crítico con tus propias ideas y buscar honestamente la verdad y la felicidad. Este es el legado que podemos dejar a nuestros descendientes si mantenemos el estudio de la filosofía como una parte de su educación.

¿Puede un científico social asumir compromisos políticos públicos?

Después de haber escrito el encabezamiento de estas reflexiones me ha invadido una grave preocupación intelectual que se refleja en esta otra pregunta: ¿qué está pasando en la cultura política de nuestros días para que pueda tener sentido una pregunta como esa, que nos retrotrae a los tiempos de Max Weber? Si bien se mira, en cierto modo, la pregunta adecuada debería ser hoy la contraria: ¿puede alguien ser un científico social, científicamente competente y honrado, sin asumir ningún compromiso político? Y de nuevo la duda: ¿estaré tan despistado que ni siquiera entiendo el problema?

Ya puede imaginar el lector que todo esto viene a cuento de la hipócrita escandalera que montaron algunos portavoces del PP y de Ciudadanos, y la complacencia con la que algunos medios recibieron esas protestas, a raíz del nombramiento de José Félix Tezanos como Presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

Para empezar, es como si la calidad científica del candidato a presidir el CIS fuera irrelevante para la cuestión que se debate. ¿Es o no es el Sr. Tezanos un buen candidato para llevar a cabo esa tarea? Por el momento nadie se ha atrevido siquiera a ponerlo en duda. No parece ser esa la cuestión, pero lo llamativo es que da la impresión de que ese pequeño detalle, el de la idoneidad científica del Sr. Tezanos, fuera irrelevante. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a una situación así? Lo que
cabría esperar, en principio, sería justamente lo contrario: que esa cuestión, la cuestión de la idoneidad para dirigir una institución científica como el CIS, fuera el único criterio relevante para nombrar a su responsable máximo. ¿Hasta qué punto se tiene que estar degradando la cultura cívica, científica y política de este país para que dos importantes partidos políticos y varios medios de comunicación de prestigio ni siquiera hayan caído en la cuenta del juego sucio en el que participan?

Salvada la idoneidad científica del candidato, que nadie pone directamente en cuestión, el único motivo para la crítica de este nombramiento deberá sustentarse en la descalificación a priori de cualquier científico social que muestre y asuma  públicamente algún tipo de compromiso político relevante. Es como si tuviéramos que asumir esta regla de actuación: “si es usted un buen científico, no se meta en política”. La política es mala en si misma, y es incompatible con la ciencia, se supone
que porque vulnera los principios de neutralidad valorativa, libertad creativa e independencia intelectual. ¿Pero de verdad estamos pensando que todo esto pasa y tiene necesariamente que pasar en la política democrática de nuestros días? No puedo creerlo. Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor esto es lo que hay detrás de ese movimiento telúrico que sacude a nuestras democracias desde que los populismos à la Trump se han impuesto como seña de identidad de nuestra triste época.

Conozco a José Félix y Tezanos desde hace muchos años y he colaborado con él en múltiples ocasiones y proyectos de interés, tanto académicos como políticos. Le apoyaré también en su último movimiento de dimisión como responsable federal de Estudios y Programas del PSOE, aunque lo hago solo por una razón puramente práctica: supongo que podrá desempeñar sus nuevas responsabilidades con mayor comodidad si no tiene siempre encima la amenaza demagógica de descalificación por parte de quienes no pueden entender que la verdadera garantía de la independencia y de la objetividad, tanto en la ciencia como en la política, es la virtud cívica de la honradez. No debería ser tan difícil de entender.

Un ruego final para el gobierno y para el investigador. Por favor, no den marcha atrás, no acepten la nueva Inquisición, no renuncien a la ciencia en nombre de la política ni a la política democrática en nombre de la ciencia. Los españoles queremos poder estar orgullosos si grandes científicos dirigen nuestras instituciones científicas y si entre nuestros políticos comprometidos y responsables, encontramos también investigadores de excelencia académica contrastada.

Orgullo de Aquarius

Acuario es uno de los doce signos del zodiaco, es decir de las doce regiones del espacio en las que se puede dividir la trayectoria anual de la Tierra en torno al Sol. Aunque los expertos en astrología pueden hilar muy fino y precisar las innumerable propiedades características de cada signo, de cada constelación y de cada estrella del firmamento, muchos coinciden en que el signo zodiacal de Acuario se corresponde con personas solidarias, empáticas, altruistas y orgullosas de serlo.

No hace falta recordar que la astrología es un patraña, que los signos del zodiaco no significan nada y que para ser empático no hay que haber nacido con la constelación de Acuario (entre el 20 de enero y el 20 de febrero de cada año, más o menos). En cualquier caso, no hace falta creer en el zodiaco para bautizar a un barco solidario de la organización de Médicos sin Fronteras con el nombre de Acuario.

Pero lo curioso es que, a partir de ahora, gracias a ese barco, sí vamos a poder asociar, con algún fundamento, esta constelación de Acuario con el sentimiento de orgullo por la solidaridad y la compasión que hemos compartido estos días, ante una emergencia humanitaria.

Gracias a una decisión brillante del gobierno español, hemos descubierto de repente que España puede liderar una operación de solidaridad internacional. Una simple decisión política, ha servido para romper un montón de maleficios. Hemos aprendido, por ejemplo, que el drama de la emigración no solo se debe a los países de origen de los migrantes, sino también a la actitud egoísta e irresponsable de los países receptores. De repente, hemos podido ver, en los ateridos ocupantes de un barco a la deriva, un reflejo de la humanidad, esa a la que todos pertenecemos desde hace milenios. Hemos podido percibir que más allá de cifras y flujos migratorios, de leyes y reglamentos, y de intereses políticos y económicos, existe una realidad que tiene una dimensión humana y a la que se puede responder con celeridad, eficacia, solidaridad, generosidad y orgullo.

Los agoreros andan diciendo que son decisiones solo para la galería, que tendrán un efecto llamada que empeorará la situación en el futuro, que habrá cada vez más emigrantes irregulares y que lo que ha hecho el gobierno español es irresponsable.

No estoy de acuerdo. Lo irresponsable hubiera sido mirar para otro lado e ignorar que los demandantes de asilo en un barco a la deriva son parte de nosotros mismos, y no hacen sino repetir ante nuestros ojos la odisea de la historia entera de la humanidad. Todas las sociedades humanas se han formado a partir de las migraciones. Podríamos definir al homo sapiens como el hombre que busca refugio. La odisea del Aquarius ha servido para recordárnoslo: somos humanos porque damos refugio a los humanos. Debemos sentirnos orgullosos, ahora sí, de este signo del zodiaco, Acuario.

Cuidemos la universidad

La universidad en España goza de un elevado prestigio. La razón fundamental de este prestigio es que a lo largo de decenios el acceso a los estudios superiores ha sido uno de los mecanismos más efectivos de movilidad e igualdad social. Gracias a la universidad el hijo de un oficinista podía aspirar a ser ingeniero o la hija de una empleada doméstica podía aspirar a ser médico. Ya sé que este mecanismo de igualación no es todo lo eficiente que debiera ser, pero aún así existe y es uno de los más efectivos con que cuenta nuestra sociedad: si quieres mejorar, estudia; si quieres que tus hijos mejoren su posición en la escala social, ayúdales a formarse un poco más; eso no va a acabar con todos sus problemas pero si va a ayudar a que los problemas que tengan que afrontar no sean los que tuviste que superar tu hace veinte años.

Y sin embargo soplan vientos tempestad sobre las universidades públicas españolas. El motivo inmediato es, sin duda, la crisis política de la comunidad autónoma madrileña, que se ha resuelto por el momento con la dimisión de su presidenta, la Sra. Cifuentes, pero ha dejado una estela de sospechas de malas prácticas en una universidad importante de Madrid. Y luego está también el oportunismo de algunos partidos políticos que se han lanzado a la caza y captura de la Universidad Pública, al tiempo que facilitan la continuidad del gobierno madrileño en manos de los mismos que hicieron posible el escándalo Cifuentes.

Así que de la noche a la mañana se produce una situación inesperada: ahora parece que la única forma de arreglar los males que aquejan al mundo mundial pasa por zarandear a las universidades públicas españolas y exigirles, con toda seriedad, que sean excelentes, ejemplares, eficientes, competitivas, y no sé cuántas cosas más.

Ayer tomaron posesión de sus cargos una buena cantidad de profesores, investigadores y técnicos de la universidad de Salamanca. Y el rector, en sus palabras finales, recordó algunas cosas obvias. En la Universidad pública los profesores son funcionarios, como en otras partes de la Administración Estatal o Autonómica. Pero son funcionarios muy peculiares. De los que se espera no solo que tengan una dedicación plena, competente y responsable a su trabajo, sino que además investiguen, sean creativos, procuren mejorar su propia profesión continuamente y estén dispuestos a dedicar no las horas reglamentarias y los día laborables, sino todas las horas del día y todos los días del año. Y además no por obligación administrativa, sino por vocación y entusiasmo por el saber, la ciencia y la cultura.

Las universidades pueden tener muchos defectos, y siempre pueden mejorar. Pero si un país como España no dispusiera de una red de centros de formación superior como la que proporcionan nuestras universidades, habría que  inventarla. En realidad no hace falta inventar nada, pues ya lo tenemos. Pero estemos vigilantes: defendamos nuestro sistema universitario. De él depende la formación de los ciudadanos más competentes y mejor capacitados de los próximos decenios. De ello depende la competitividad de nuestra economía, la prosperidad de nuestros hijos y el futuro de nuestra sociedad. Cuidemos la universidad.

Onda Cero Salamanca 15/05/2018

Carlos Marx

 

El cinco de mayo se cumplieron doscientos años del nacimiento de Carlos Marx, el pensador alemán, teórico del socialismo revolucionario, que más influencia ha tenido en la cultura y el pensamiento de nuestra época.

En la actualidad no se puede decir que Marx sea un autor de moda. Pero cuando hace ya casi medio siglo yo estudiaba filosofía en Salamanca, el profesor Marcelino Legido nos recomendaba leer la biografía de Marx escrita por el jesuita  Ives Calvez, , el profesor Cirilo Flórez, mi colega y amigo desde entonces, presentaba su tesis doctoral sobre la idea de historia y progreso en Carlos Marx, y un grupo de los que hoy llamaríamos estudiantes de postgrado nos reuníamos cada cierto tiempo en el Palacio de Anaya, sede entonces de la Facultad de Filosofía y Letras, para discutir sobre las diferentes interpretaciones del marxismo y sus consecuencias políticas. Había, recuerdo, una batalla dialéctica bastante  notable entre lo que solíamos llamar el marxismo humanista del pensador francés François Garaudy (posteriormente convertido en intelectual musulmán), el marxismo científico de Louis Althusser (que terminó en un psiquiátrico, después de haber matado a su esposa), y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (con Adorno, Horkheimer y Marcuse como figuras señeras). Para los jóvenes revolucionarios de la época Marx era, de cualquier forma, una fuente de inspiración. Mi propia tesis de doctorado estaba en buena medida inspirada por la filosofía marxista de orientación científica.

Hasta hace poco creía que ya no quedaba nada de todas aquellas ideas e inspiraciones filosófico-revolucionarias. Pero hace unos días he tenido la oportunidad de conocer a José Sarrión, profesor de filosofía de la Universidad Pontificia y procurador en las Cortes de Castilla y León por Izquierda Unida. Le escuché en una mesa redonda organizada para conmemorar el 25 aniversario de la nueva facultad de filosofía de la Universidad de Salamanca. Y allí me enteré de que este joven filósofo había presentado su tesis doctoral nada menos que sobre “La noción de ciencia de Manuel Sacristán”.

Para los que se estén preguntando a qué viene todo esto, permítanme que les refresque la memoria. Manuel Sacristán fue el primer filósofo español que introdujo entre nosotros el estudio de la lógica matemática y la filosofía de la ciencia desde una perspectiva compatible con la filosofía europea y americana más avanzada del siglo XX. Pero además fue el pensador español de inspiración marxista más influyente en la filosofía de los años setenta. Recuerdo una conferencia que impartió en nuestra universidad sobre ciencia y política. O la polémica que levantó con un pequeño opúsculo sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores. El libro de Sarrión, que he empezado a devorar con avidez, ha tenido ya un efecto muy positivo: me ha hecho pensar que no todo está perdido de la obra de Carlos Marx y que todavía hay elementos de su pensamiento que pueden inspirar un trabajo científico en economía, historia y ciencias sociales, y una acción política al mismo tiempo radical, comprometida con los ideales de igualdad y guiada por una visión científica y realista del mundo. Algo que, a pesar de las apariencias, sigue gozando de buena vida.

Les invito a celebrarlo paseando por la Feria Municipal del Libro en la Plaza Mayor. Yo lo hice ayer y compré una pequeña maravilla, un librito con la lección  que Francisco de Vitoria dedicó a defender los derechos de los indios frente al rey e incluso frente al Papa. Una revolución filosófica también, como podemos comprobar, pero esta vez en el siglo XVI y en las aulas de Salamanca.

Onda Cero Salamanca 8/05/2018