Catástrofes: ¿Gestión pública o gestión privada?

Acabamos de pasar un fin de semana histórico: hacía tiempo que no nevaba como ha nevado estos días y hacía tiempo que no veíamos a miles de familias atrapadas en sus coches, en medio de la nieve, justo el día en que volvían de las vacaciones navideñas para reincorporarse al trabajo. Así que es un buena ocasión para hacernos algunas preguntas obvias, del tipo ¿quién tiene la culpa de todo esto? ¿qué se ha hecho mal? ¿podría haberse hecho mejor?

Para empezar, un dato interesante. Mientras la autopista de peaje AP6 estaba loqueada y cerrada al tráfico, la carretera Nacional 6, que discurre paralela a la autopista por la sierra de Guadarrama, se mantuvo abierta al tráfico y a la actuación de las quitanieves. Primera anotación: no es cierto que la gestión privada de los servicios públicos sea más eficiente. Esta patraña que los de la escuela de Chicago nos llevan vendiendo desde hace décadas es sencillamente falsa. Como los twits de Trump, más o menos: la gestión privada de servicios públicos puede ser rentable para el concesionario del servicio, pero no para el usuario. Con su aportación económica el usuario tiene que pagar no solo el servicio que le prestan, sino también el margen de beneficio privado que se garantiza al concesionario, aunque sea a costa de su eficiencia, su seguridad o su calidad. Primer round: sector público 1, sector privado capitalista 0.

Segundo round. Cuando se producen catástrofes imprevisibles, generalmente no disponemos de recetas infalibles para resolver problemas que se presentan raras veces. Así que hay que hacer las cosas lo mejor que se pueda e intentar sobre todo minimizar los perjuicios que pueden afectar a las personas más débiles y a los más frágiles. Para ello se necesitan dos cosas: sentido de la solidaridad y empatía entre la gente, y capacitación profesional especializada en atender a otros. Lo primero suele funcionar en España ante las catástrofes y también parece que fue así estos días: la gente se ayudaba a salir del atolladero en vez de enzarzarse en discusiones. Pero el dato más llamativo fue la intervención de un batallón de especialistas en solidaridad pública, formado por la Unidad Militar de Emergencias, de la que todos nos hemos sentido argullosos. Nuevamente un punto para el sector público, pero en este caso también otro punto para el sector social no lucrativo.

Y por último RENFE. Por motivos familiares tuve que acudir a Vialia a despedir a alguien que volvía a Madrid en tren. Estaba a tope. Y uno se sentía orgulloso también de que, a pesar de la que estaba cayendo, se pudiera ir de Salamanca a Madrid en hora y media, con comodidad y hasta con encomiable puntualidad. Bueno… solo fue una ilusión. Cierto que el tren llegó a Madrid y que no hubo ningún percance grave. Pero el retraso fue mayúsculo, casi cinco horas, y lo peor es que aún no sabemos por qué. En este caso sector público empresarial 0, al menos provisionalmente, mientras esperamos las explicaciones e indemnizaciones correspondientes.

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La ciencia en la palestra

En la Grecia antigua, la palestra era una parte del gimnasio en la que se practicaba la lucha y el boxeo. Con el tiempo, llevar algo a la palestra adquirió el significado de someter algo a discusión o enfrentamiento hasta que la cuestión debatida quedara resuelta.

Las cuestiones científicas no son un tema típico para llevar a la palestra. En la ciencia puede haber, y de hecho hay, debates continuos, cuando se enfrentan diferentes propuestas para interpretar nuevos resultados de la observación o los experimentos. Pero se supone que las cuestiones científicas no se resuelven a través de la lucha, el enfrentamiento y la propaganda, sino a través de la razón, la observación y la argumentación racional.

En este sentido, cuando decimos que la ciencia se encuentra actualmente en la palestra estamos señalando que existe un debate sobre la ciencia. Pero se trata de un debate social y político, no propiamente científico. Un debate pues que habrá que resolver en la arena política, no en el laboratorio.

Pues bien, durante años, desde el mismo comienzo de la transición (o régimen del 78, como ahora se dice) la ciencia ha sido un  objeto de consenso político y eso ha permitido impulsar el desarrollo científico del país. Un indicador tradicional para apreciar hasta qué punto esto es correcto, consiste en medir el esfuerzo de la sociedad, a través del  porcentaje de PIB que ésta dedica a la investigación. Cuando empezó la transición a la democracia, España era un país casi tercermundista en ciencia y tecnología, con un escaso 0.5 % de PIB dedicado a este campo. En 2010 rozábamos el 1,4 % del PIB y seguíamos creciendo a un ritmo acelerado. Desde entonces no hemos hecho más que descender por la pendiente y en la actualidad no llegamos al 1,2%. Además, llevamos años sin contratar a jóvenes investigadores, que se ven obligados a emigrar, (se estima en unos 15000 el número de investigadores que hemos expulsado de España en los últimos años), y ni las grandes empresas, ni sobre todo el gobierno, están dando muestras de preocupación e interés por la ciencia.

Por eso está la ciencia en la palestra y por eso es urgente que la saquemos de allí. He visto estos días declaraciones de científicos nacionalistas catalanes diciendo que la ciencia en Cataluña iría mucho mejor si se creara la república independiente. Y he visto a grupos de jóvenes científicos de toda España llamando a la lucha contra el gobierno para conseguir apoyo a la investigación.

¿Es esta la única forma de resolver el problema? Yo creo que no, que todavía existen opciones de consenso, que todavía es posible llegar a un pacto ciudadano que aleje a la ciencia de la palestra de la lucha política y el espectáculo. La buena noticia es que, a pesar de todos los problemas, los científicos españoles (incluidos los catalanes, naturalmente) ganan posiciones en la ciencia mundial. La mala noticia es que esta mejora de la ciencia en España durará poco si no se reconstruye el consenso político en torno a ella. Todavía es posible sacar a la ciencia de la palestra y reconstruir el consenso ciudadano en este trema. No perdamos la oportunidad.

Prudencia y justicia

 

Como tenemos escasos motivos para sentirnos preocupados por la situación política, en plena campaña electoral de Cataluña y con varios de los candidatos en la cárcel y un ex presidente haciéndose el exiliado en Bruselas…. Como teníamos poco con todo esto, ahora se le ocurre al gobierno ejecutar la sentencia judicial que obliga a la Generalidad de Cataluña a devolver unas obras medievales de gran valor artístico y sentimental a la localidad aragonesa de Sixena

Al parecer estas obras de arte se trasladaron en su día a Cataluña para su conservación y restauración. Luego las monjitas que las tenían en propiedad acordaron su venta a la Generalidad y parece que esa venta no cumplió todos los requisitos legales de protección del patrimonio artístico, por lo que un juzgado ha decidido que deben retornar al pueblo de Sixena, de cuyo monasterio salieron en su día.

Hasta aquí todo normal: un pequeño litigio de derecho civil, que se complica un poco por la naturaleza de los contendientes que, de ser un ayuntamiento y un convento, han pasado a ser un caso más de conflicto entre el Estado y la Comunidad Autónoma de Cataluña.

Pero precisamente esta es la cuestión: ¿no había otro momento mejor para ejecutar el veredicto judicial? Si hay todavía recursos pendientes ¿era tan importante que el traslado se hiciera justamente ahora, en plena campaña electoral?

Desde luego la justicia debe prevalecer por encima de todo. Pero para ser justo no basta con cumplir las leyes y ejecutar las sentencias judiciales. Además hay que ejercer las otras virtudes cardinales, como son la fortaleza y la templanza pero sobre todo la prudencia. La justicia a palo seco no es ni siquiera verdadera justicia. Así lo creían al menos los moralistas clásicos,

En España aún no hemos aprendido estas lecciones elementales del catecismo. Y hemos aprovechado la aplicación “justa” del artículo 155 para ejecutar, precisamente hoy, -después de años de paciente espera- con diligencia y fortaleza, sí,  pero de forma imprudente y sin ninguna templanza, la sentencia judicial que afirma que las obras de arte  de aquel monasterio aragonés deben volver a su pueblo.

¡Venga, muy bien! ¡A la rebatiña! Ahora que podemos… ¡a por ellos!, que después del 21 de diciembre cualquiera sabe lo que puede pasar.

Pues la verdad, viendo lo que estamos viendo, a veces me da por pensar que la cosa ya no tiene remedio. El conflicto de las obras de arte de Sixena, como el del proces independentista o la campaña electoral, todo nos hace sentir que más que un problema de justicia lo que tenemos ante todo es un problema de prudencia. También de fortaleza (artículo 155) y templanza (proporcionalidad en las medidas, no pasarse de la raya), pero sobre todo tenemos un problema de prudencia, prudencia política para no exacerbar situaciones ya de por si complicadas como las que estamos viviendo en Cataluña.

Y por cierto, mensaje para salmantinos: tampoco corre prisa airear ahora nuestros agravios particulares a propósito de unos cuantos documentos del archivo de la guerra incivil. Dejémoslo estar. Ya habrá tiempo de volver sobre el tema. Pero aprovechemos la ocasión para hacer, por una vez,  alarde de prudencia.

Tiempos de revolución

Estamos en uno de esos periodos de la historia que pueden calificarse como revolucionarios. Lo que pasa es que no lo sabemos todavía. Y es normal que sea así, porque las revoluciones solo se perciben mirando hacia atrás, cuando ya están concluyendo y nos paramos a pensar cómo estaban las cosas antes y cómo quedan al final de la revolución..

Hoy (exactamente hoy, 7 de noviembre del calendario gregoriano y 25 de octubre del calendario juliano que estaba vigente en la Rusia de los zares) es una buena fecha para pensar en la revolución. Porque hace exactamente 100 años  que se produjo la Revolución de Octubre que dio origen a la formación de la Unión Soviética y al inicio de un nuevo modelo de organización social y política que ha condicionado e inspirado cientos de movimientos revolucionarios producidos a lo largo y ancho del planeta Tierra durante todo un siglo..

Dos tipos de acontecimientos caracterizaron a la Revolución de Octubre. Por una parte era la primera vez en la historia que se producía un cambio revolucionario de carácter socialista, en cuanto al tipo de sociedad y de organización económica que propugnaba. No se trataba solo de provocar un cambio de gobierno, ni de sustituir el antiguo régimen político autoritario por otro más democrático, sino de cambiar la estructura misma de la sociedad. De hecho las primeras medidas que tomó el gobierno revolucionario eran parte esencial de un programa socialista: limitación de jornada laboral, expropiación de tierras, igualdad social , derecho a la educación ,a salud y seguridad social, etc. Hoy nos parecen incuestionables derechos, pero a principios del siglo XX, en Rusia, había que hacer una completa revolución social y política para conquistarlos.

Por otra parte, la Revolución de Octubre nos dejó también una lección inolvidable sobre cómo se puede gestionar y desarrollar un cambio revolucionario de forma eficaz, contundente y rápida. Y destaca a este respecto la figura y la actuación de Lenin, el líder del partido bolchevique, que, con astucia y determinación, impuso un ritmo acelerado y contundente a la insurrección popular, militar y política, que era necesario conseguir para que triunfara la revolución.

Por desgracia aquella revolución no fue suficiente para conseguir que los cien años que la siguieron puedan celebrarse como 100 años de paz justicia e igualdad. En primer lugar los ideales de la revolución no se han cumplido. Y en segundo lugar las intrigas y maniobras de la lucha por el poder político que desplegó Lenin y su partido bolchevique, fueron el germen de una organización política basada en la dictadura, en  vez de responder  a los ideales democráticos.

A pesar de todo, yo creo que el balance global es positivo.  Es cierto que  hemos sufrido los desastres de la guerra de forma imposible de imaginar en otras épocas. Y que seguimos sufriéndolos. Pero también lo es que hasta las guerras más crueles de este siglo, después de la Segunda Guerra Mundial, se mantienen acotadas  en zonas y periodos limitados. Y en cuanto a las formas de gobierno democráticas, aunque nuestros sistemas son imperfectos, la herencia real del leninismo y de las tácticas insurgentes de los bolcheviques está llamada a ser parte de un museo de curiosidades históricas. El virtuosismo conspirativo de la revolución leninista de Octubre de 2017 solo tiene e parangón, en nuestros días, con el espectáculo de la gloriosa proclamación de la república independiente de Cataluña. Hace 100 año Lenin hizo cambiar la historia. En cambio hoy nuestros líderes solo logran cambiar los titulares de un telediario. Bienvenidos a la paz y a la modernidad. Bienvenidos a la revoluciónm.

Amar a Cataluña

Ante la esperpéntica pregunta de Rajoy acerca de si realmente Puigdemon  había declarado la república independiente de Cataluña, éste ha contestado lo que cabía esperar. No podía ser de otra manera después de año y medio repitiendo el mantra. Porque lo que ocurre, Señor Rajoy, es que no nos enfrentamos a un simple problema formal, como si estuviéramos levantando actas en un registro de la propiedad, por ejemplo. En realidad estamos asistiendo a un proceso mucho más fácil de entender: una parte importante de los políticos independentistas catalanes están haciendo una representación de un golpe de Estado a la democracia en España. Pero lo hacen de tal manera que los efectos jurídicos formales que su asonada pueda llegar a tener se retrasen lo más posible y así puedan ganar tiempo y resonancia internacional. No se moleste, Señor Rajoy, en insistirles pidiéndoles una respuesta clara y contundente. No la obtendrá. No conseguirá que le digan nada que pueda poner en peligro su objetivo final. Mientras tanto, aprovecharán las nuevas ocasiones que usted les brinde para mirar al tendido y solicitar mediaciones internacionales y biempensantes de todo tipo.

¿Qué podemos hacer el resto de ciudadanos españoles? Poca cosa, pero algo se nos ocurrirá. Lo primero dejar de pensar en términos de españoles y catalanes y sustituir esta dicotomía malévola por un pensamiento integrador de españoles de muchos sitios diferentes. Ayudaría a ello si hiciéramos el esfuerzo de identificar aquellas cosas que nos gustan de Cataluña. Conviene que vayamos ejercitándonos en ello. De una forma u otra, el conflicto de Cataluña algún día tendrá que abordarse en serio y, en ese momento, a los que no queremos que Cataluña sea una república independiente del resto de España, nos vendrá bien disponer de argumentos (o relatos como ahora se dice) que nos permitan mantener una conversación entre todos.

Para ello deberíamos ir haciendo una lista de las cosas que nos gustan de Cataluña y por las cuales queremos que sigan siendo de España, en línea con la invitación que  hizo Borrel el otro día a celebrar el comienzo del diálogo con cava catalán. Una aportación personal a esa lista: me gustan las universidades públicas catalanas que son bastante buenas si se comparan con el resto de las universidades públicas españolas. Y estas lo reconocen, entre otras cosas, eligiendo como presidente de la Conferencia de Universidades al Rector de la de Lérida, como acaban de hacer hace unos días. También deberíamos reconocer la calidad del ambiente cultural y literario de Barcelona. O el dinamismo de su actividad económica empresarial. Por eso no deberíamos alegrarnos de que las empresas y los bancos huyan de Cataluña. Más bien al revés: queremos que se queden y que vuelvan a estar allí, porque queremos que prosperen y que sigan siendo nuestros sin necesidad de marchar de Cataluña. Y, por favor, nunca más una campaña de boicot a productos catalanes.

¿Lo entienden? Estoy abogando por que recuperemos la admiración y el amor por Cataluña y nuestro deseo de que Cataluña siga siendo España. No queremos que se vayan, porque nos gustan. Pero deberíamos decírselo de vez en cuando ¿no? Aunque solo sea para infundir ánimo a los catalanes que piensan como nosotros. A lo mejor todavía estamos a tiempo.

Mensajes sobre Cataluña

Estos días las redes sociales están plagadas de mensajes sobre la situación en Cataluña. Hoy quiero compartir dos de esos mensajes. El primero lo he recibido de mi maestro y amigo Mario Bunge, filósofo argentino bien conocido mundialmente, asentado en la Universidad MacGill de Montreal, en Canadá, premio Príncipe de Asturias y doctor honoris causa de la universidad de Salamanca.

Su mensaje dice así:

Lamento mucho la torpeza, brutalidad y estupidez del gobierno de Rajoy para con la consulta popular sobre la independencia catalana. Al pretender impedirla por la ley y por la fuerza, ha confirmado la opinión de los separatistas, de que el gobierno central no admite los derechos de las regiones, y que no merece la lealtad de los catalanes. Al mismo tiempo, también lamento que tantos catalanes deseen independizarse, en lugar de bregar por la expansión de los derechos regionales y de defenderse del expansionismo norteamericano. Una España sin Cataluña sería como un tren sin locomotora, y una Cataluña sin España sería como una locomotora sin vagones. 

En Canadá, que nació en 1867 como una confederación de provincias con autonomía política, foral, legal y educacional, votamos en 1980 y en 1992 contra la independencia de la provincia de Québec. Ambos referenda fueron convocados por el gobierno separatista del Parti Québecois. Los votantes votaron ambas veces por el No. El gobierno federal no se inmiscuyó, y los separatistas admitieron su derrota. Yo me alegro de haber participado ambas veces en las vigorosas campañas que precedieron a los escrutinios.  Llegado al poder, el Parti Québecois, que comenzó por tomar medidas vengativas para con la minoría anglófona, terminó haciendo un buen gobierno e introduciendo varias innovaciones progresistas, como el derecho al aborto. Hoy día el movimiento y el partido separatistas están moribundos, porque ya se cumplieron todas sus exigencis excepto la independencia nacional. 

¿Por qué no habrían de seguir Cataluña y España los ejemplos de Québec y Canadá, particularmente hoy, cuando el enemigo común es el Imperio? 

Abrazos, Mario Bunge

Tamién me ha llegado un mensaje, que parece escrito en el futuro, en este caso a través de Facebook. Dice así:

El día de mañana los libros de texto dirán algo así como: el principio del fin de la España denominada contemporánea se remonta a 2017. En octubre de aquel año, el gobierno central, inmerso en diversos casos de corrupción, ordenó la dura represión policial de un acto independentista promovido por el gobierno autonómico catalán, una precaria coalición contra natura (centro derecha con anarquistas) acuciada también por las denuncias de corrupción. Las fotografías de la violencia policial contra cientos de miles de ciudadanos anónimos que participaban pacíficamente en un simulacro de referéndum dieron la vuelta al mundo, provocando solidaridad internacional y dando alas a un movimiento, el independentista, que hasta entonces no había llegado a conquistar siquiera al 50% de los catalanes en ninguna votación o encuesta fiable. Los presidentes de ambos gobiernos, jaleados por el espectro más radical de sus votantes, revalidaron sus victorias en las siguientes citas electorales, lo que se tradujo en una incomunicación institucional absoluta que hizo imposible la convivencia.

Parece que tendremos que elegir: O un futuro como el de Canadá y Quebec o el principio del fin de la España Contemporánea.

Onda Cero Salamanca 03/10/2017

No pienses en un elefante

Este es el título de un conocido libro de George Lakoff (2004), quien a su vez es un conocido experto en análisis de la comunicación, asesor de Obama. Normalmente no nos pasamos la vida pensando en elefantes. Pero si estamos tranquilamente en casa y de repente leemos en la pasta de un libro un título como este “No pienses en un elefante”, el primer efecto producido es obvio: de repente empezamos a pensar en un elefante y luego nos preguntamos por qué pensamos en un elefante, y después por qué ese libro se titula así y finalmente por qué el autor del libro ha escogido un título como ese.

La respuesta a todas estas cuestiones es muy sencilla: en la comunicación pública usamos técnicas de encuadre o de enmarcado de nuestras informaciones que nos permiten modular su significado, su alcance, su contenido emocional e incluso su valor de verdad o falsedad sin tener que decir explícitamente nada a propósito de todo esto. Es lo que se llama la técnica del encuadre o enmarcado, framing en inglés. Supongamos una notica en la que pueden aparecer palabras como manifestación, personas, reclamación, fuerza, policía, derecho a decidir, independencia, y que es formulada así: “La policía disuelve por la fuerza una manifestación de miles de personas que reclamaban el derecho a decidir”. Ahora veamos la misma noticia pero con otro encuadre: “Un grupo de personas se enfrenta a la policía gritando consignas independentistas”. En el primer caso el encuadre está indicando que la policía interviene en contra de los manifestantes; en el segundo caso el encuadre indica que los manifestantes se enfrentan a la policía. Es la misma noticia, pero con dos significados diferentes. Y el encuadre de la noticia es lo que determina su significación política.

En política en muy  corriente que un mismo hecho se presente mediante encuadres diferentes. Cuando los partidos elaboran sus argumentarios prácticamente todo se reduce a seleccionar y repetir palabras y frases contundentes, invariables y homogéneas que contribuirán a fijar el encuadre de cualquier declaración de los dirigentes del partido. De esta forma, se evita que en  el proceso de comunicación puedan introducirse variantes que alteren el significado del mensaje.

Un error típico de la comunicación política consiste en replicar al adversario intentado atacar el marco de ideas que él utiliza. Es como si, ante el provocador título del libro de Lakoff, pretendiéramos contestarle reclamando nuestro derecho a hablar de los elefantes, o nuestra negativa a hablar de ellos. Da igual. Ya hemos caído en la trampa y estamos jugando en el terreno que nuestro adversario ha seleccionado: recordemos que el elefante es el tótem del partido republicano.

Con las discusiones de estos días en torno al referéndum catalán, no cabe duda de que, por el momento, son los independentistas los que llevan a la voz cantante: han impuesto el marco del derecho a  decidir, obligándonos a todos los que no queremos la independencia de Cataluña a aceptar que, en realidad, lo que no queremos es que los catalanes voten en un referéndum. Y al paso que vamos, terminaremos dándoles la razón, al menos porque el resto de los ciudadanos parecemos incapaces de hablar de otra cosa que no sea el elefante de Puigdemon.