Mensajes sobre Cataluña

Estos días las redes sociales están plagadas de mensajes sobre la situación en Cataluña. Hoy quiero compartir dos de esos mensajes. El primero lo he recibido de mi maestro y amigo Mario Bunge, filósofo argentino bien conocido mundialmente, asentado en la Universidad MacGill de Montreal, en Canadá, premio Príncipe de Asturias y doctor honoris causa de la universidad de Salamanca.

Su mensaje dice así:

Lamento mucho la torpeza, brutalidad y estupidez del gobierno de Rajoy para con la consulta popular sobre la independencia catalana. Al pretender impedirla por la ley y por la fuerza, ha confirmado la opinión de los separatistas, de que el gobierno central no admite los derechos de las regiones, y que no merece la lealtad de los catalanes. Al mismo tiempo, también lamento que tantos catalanes deseen independizarse, en lugar de bregar por la expansión de los derechos regionales y de defenderse del expansionismo norteamericano. Una España sin Cataluña sería como un tren sin locomotora, y una Cataluña sin España sería como una locomotora sin vagones. 

En Canadá, que nació en 1867 como una confederación de provincias con autonomía política, foral, legal y educacional, votamos en 1980 y en 1992 contra la independencia de la provincia de Québec. Ambos referenda fueron convocados por el gobierno separatista del Parti Québecois. Los votantes votaron ambas veces por el No. El gobierno federal no se inmiscuyó, y los separatistas admitieron su derrota. Yo me alegro de haber participado ambas veces en las vigorosas campañas que precedieron a los escrutinios.  Llegado al poder, el Parti Québecois, que comenzó por tomar medidas vengativas para con la minoría anglófona, terminó haciendo un buen gobierno e introduciendo varias innovaciones progresistas, como el derecho al aborto. Hoy día el movimiento y el partido separatistas están moribundos, porque ya se cumplieron todas sus exigencis excepto la independencia nacional. 

¿Por qué no habrían de seguir Cataluña y España los ejemplos de Québec y Canadá, particularmente hoy, cuando el enemigo común es el Imperio? 

Abrazos, Mario Bunge

Tamién me ha llegado un mensaje, que parece escrito en el futuro, en este caso a través de Facebook. Dice así:

El día de mañana los libros de texto dirán algo así como: el principio del fin de la España denominada contemporánea se remonta a 2017. En octubre de aquel año, el gobierno central, inmerso en diversos casos de corrupción, ordenó la dura represión policial de un acto independentista promovido por el gobierno autonómico catalán, una precaria coalición contra natura (centro derecha con anarquistas) acuciada también por las denuncias de corrupción. Las fotografías de la violencia policial contra cientos de miles de ciudadanos anónimos que participaban pacíficamente en un simulacro de referéndum dieron la vuelta al mundo, provocando solidaridad internacional y dando alas a un movimiento, el independentista, que hasta entonces no había llegado a conquistar siquiera al 50% de los catalanes en ninguna votación o encuesta fiable. Los presidentes de ambos gobiernos, jaleados por el espectro más radical de sus votantes, revalidaron sus victorias en las siguientes citas electorales, lo que se tradujo en una incomunicación institucional absoluta que hizo imposible la convivencia.

Parece que tendremos que elegir: O un futuro como el de Canadá y Quebec o el principio del fin de la España Contemporánea.

Onda Cero Salamanca 03/10/2017

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No pienses en un elefante

Este es el título de un conocido libro de George Lakoff (2004), quien a su vez es un conocido experto en análisis de la comunicación, asesor de Obama. Normalmente no nos pasamos la vida pensando en elefantes. Pero si estamos tranquilamente en casa y de repente leemos en la pasta de un libro un título como este “No pienses en un elefante”, el primer efecto producido es obvio: de repente empezamos a pensar en un elefante y luego nos preguntamos por qué pensamos en un elefante, y después por qué ese libro se titula así y finalmente por qué el autor del libro ha escogido un título como ese.

La respuesta a todas estas cuestiones es muy sencilla: en la comunicación pública usamos técnicas de encuadre o de enmarcado de nuestras informaciones que nos permiten modular su significado, su alcance, su contenido emocional e incluso su valor de verdad o falsedad sin tener que decir explícitamente nada a propósito de todo esto. Es lo que se llama la técnica del encuadre o enmarcado, framing en inglés. Supongamos una notica en la que pueden aparecer palabras como manifestación, personas, reclamación, fuerza, policía, derecho a decidir, independencia, y que es formulada así: “La policía disuelve por la fuerza una manifestación de miles de personas que reclamaban el derecho a decidir”. Ahora veamos la misma noticia pero con otro encuadre: “Un grupo de personas se enfrenta a la policía gritando consignas independentistas”. En el primer caso el encuadre está indicando que la policía interviene en contra de los manifestantes; en el segundo caso el encuadre indica que los manifestantes se enfrentan a la policía. Es la misma noticia, pero con dos significados diferentes. Y el encuadre de la noticia es lo que determina su significación política.

En política en muy  corriente que un mismo hecho se presente mediante encuadres diferentes. Cuando los partidos elaboran sus argumentarios prácticamente todo se reduce a seleccionar y repetir palabras y frases contundentes, invariables y homogéneas que contribuirán a fijar el encuadre de cualquier declaración de los dirigentes del partido. De esta forma, se evita que en  el proceso de comunicación puedan introducirse variantes que alteren el significado del mensaje.

Un error típico de la comunicación política consiste en replicar al adversario intentado atacar el marco de ideas que él utiliza. Es como si, ante el provocador título del libro de Lakoff, pretendiéramos contestarle reclamando nuestro derecho a hablar de los elefantes, o nuestra negativa a hablar de ellos. Da igual. Ya hemos caído en la trampa y estamos jugando en el terreno que nuestro adversario ha seleccionado: recordemos que el elefante es el tótem del partido republicano.

Con las discusiones de estos días en torno al referéndum catalán, no cabe duda de que, por el momento, son los independentistas los que llevan a la voz cantante: han impuesto el marco del derecho a  decidir, obligándonos a todos los que no queremos la independencia de Cataluña a aceptar que, en realidad, lo que no queremos es que los catalanes voten en un referéndum. Y al paso que vamos, terminaremos dándoles la razón, al menos porque el resto de los ciudadanos parecemos incapaces de hablar de otra cosa que no sea el elefante de Puigdemon.

La sonrisa de Puigdemon

La Gioconda, o Mona Lisa, es uno de los cuadros más famosos de la pintura mundial y su fama se debe, creo yo, al misterio de su sonrisa. No se sabe si es un gesto de alegría o de picardía, de ternura o de maldad, pero en todo caso resulta divertido contemplarla y todos admiramos a su autor, Leonardo Da Vinci, por ser el creador de esa sonrisa llena de misterio y sensación de felicidad. Aunque no soy experto en historia del arte, mi interpretación completamente privada -y quizás algo caprichosa- de la Mona Lisa de Da Vinci es que todo el cuadro es una broma y que eso que podemos identificar como una misteriosa mueca de sonrisa es la clave de la broma: la Gioconda sonríe así porque se está riendo de nosotros, de nuestra perplejidad, de nuestro susto al encontrarnos con ella y no saber qué pensar.

Viene todo esto a cuento por la honda preocupación que me produce la sonrisa del president de generalitat de Catalaunya, el señor Puigdemon. He estado semanas dándole vueltas y no logro entender lo que pretende este señor. Parece como si todo el tinglado que ha montado tuviera como único objetivo el de separar a Cataluña de España y constituir allí una república independiente. Pero si realmente fuera esto, todo lo que ha hecho hasta ahora solo conduce a hacer que ese objetivo sea inalcanzable por muchos años más. Después del fracaso de la consulta-manifestación de hace unos años, la de ahora, el 1 de Octubre, se presenta de forma mucho más agresiva, torticera e irreversible: el llamado referéndum de independencia es al mismo tiempo una consulta sobre lo que Puigdemon y los suyos llaman el derecho a decidir, pero formulada de tal forma que no puedes votar que no. Si participas en el referéndum, de alguna forma ya votas que sí, porque no solo estás votando a favor del derecho a votar sino que en el mismo acto estás ejerciendo ese derecho y votando a favor de los independentistas. Y todo esto al margen de la ley. Mayor perversidad jurídica no se puede imaginar.

Por cierto, esta podría ser la razón que explicara el pasotismo irresponsable de Rajoy durante todos estos años, en relación con la cuestión catalana. Viendo al presidente Puigdemon y observando lo que dicen y hacen los independentistas, sería casi comprensible (aunque criticable) que el Sr. Rajoy se lo haya estado tomando a broma hasta prácticamente anteayer. Pero sigo dándole vueltas y en realidad ahora debo reconocer que he llegado a una conclusión mucho más sorprendente: no es que el señor Rajoy no se haya tomado en serio el envite de la independencia catalana. El que no se lo toma en serio es el president Puigdemon. Y eso es lo único que puede explicar el misterio de su sonrisa.

Sabe que lo que quiere es, hoy por hoy, imposible; pero lo camufla bajo la patraña de convocar un referéndum de autodeterminación que no parece más serio que una fiesta de carnaval, con sus disfraces y todo. También sabe que se lo han prohibido, que se pueden producir escenas de riesgo y situaciones de violencia institucional de cierta gravedad y que seguramente va a tener que sufrir en sus propias carnes algunas de las consecuencias inevitables de tantos actos irresponsables.

Pero nada de esto le importa a Puigdemon. Como la Gioconda, sonríe misteriosamente y piensa para sus adentros: “Estos no saben lo más importante: pasaré a la historia porque nadie podrá entender nunca la cara de sonrisa pícara y complaciente que pongo en las fotografías del proces. Seré tan famoso como la Mona Lisa”.

Ventajas de la igualdad

Durante milenios la raza humana ha ido evolucionando desde los estadios más primitivos hasta las sociedades tecnológicas actuales. Como ha puesto de manifiesto el historiador Harari en su magna obra sobre el Homo Sapiens, cuya lectura recomendábamos la semana pasada, la pauta más evidente que podemos rastrear a lo largo de estos desarrollos es que cada  vez hay más humanos sobre el planeta Tierra, cada vez los humanos controlan y usan más recursos del resto de la naturaleza y cada vez está más extendida entre los humanos la capacidad para controlar el medio en el que se desenvuelven nuestras vidas.

Pero eso no es todo. También es cierto que, al tiempo que se han desarrollado las capacidades humanas, también se han modificado las formas como nos hemos representado a nosotros mismos  la realidad. No solo hemos cambiado la forma de vivir, sino también la forma de pensar en qué consiste nuestra vida.  Y también aquí  hemos evolucionado muy positivamente: estamos mejor que hace un siglo, o que hace veinte. Es cierto que todavía persiste el fanatismo religioso o el terrorismo como violencia política. Pero ¿qué decir de los siglos pasados, en los que la humanidad ha estado continuamente envuelta en guerras atroces que nadie podía ganar pero que se pretendían legítimas gracias a la vigencia de religiones e ideologías absurdas?

Una de las constantes de la historia de la humanidad consiste precisamente en esto: la vida social ha ido generando nuevas fuentes de desigualdad y la cultura humana ha ido desmantelando todas las ideologías que hemos ido levantado a lo largo de los siglos para legitimar las desigualdades e injusticias que íbamos produciendo.

Se han inventado nuevas formas de imponer diferencias entre los individuos, pero se han perdido los soportes para legitimar esas diferencias. Se sigue discriminando a la mujer frente al hombre, pero cada vez son menos los que se atreven a suponer que hay razones legítimas para  ello. El capitalismo salvaje preconiza la competitividad extrema y la lucha de todos contra todos, pero ya solo los fundamentalistas neo-con se atreven a proponer eso como ideal de vida.

Quizás haya llegado la hora de pararnos a pensar con un poco de calma y ver cuáles son los derroteros que queremos seguir.   ¿Queremos una sociedad más eficiente y satisfecha pero más injusta o una sociedad más igualitaria y más feliz ? ¿Podemos aspirar a aumentar al mismo tiempo nuestro bienestar y su distribución igualitaria? En casi todas las ideologías que a lo largo de los siglos hemos ido construyendo, para justificar nuestros errores, se ha asumido acríticamente que la desigualdad es el resultado natural del incremento de nuestra capacidad de dominio sobre la naturaleza. Pero este axioma de la civilización no tiene por qué ser cierto. Podríamos intentar ver las cosas justo al contrario y comprobar que funcionan mejor:  que la igualdad no solo es más justa sino que también es más rentable.

Onda Cero Salamanca 25 de Julio de 2017

Turismofobia

La actualidad nos ha traído un término nuevo que amenaza con ser ya la parte más visible de la herencia política del verano. Me refiero al fenómeno social de la turismo-fobia, es decir, del odio al turista como respuesta de las poblaciones que se ven afectadas por la extensión del turismo masivo. Hasta hace poco, se trataba simplemente de un problema de la economía del turismo cuya solución había que afrontar como un problema fundamentalmente técnico.  En una economía de mercado políticamente controlada, este tipo de problemas se suelen resolver  con políticas integrales. A veces no es fácil dar con las más eficaces y rápidas, pero en cualquier caso, su núcleo esencial no se pone en discusión: si hay una burbuja inmobiliaria, hay que pincharla, si hay exceso de actividad turística, hay que reducirla, si hay comportamientos turísticos indeseables (tanto por parte de productores como de consumidores) hay que perseguirlos. Y siempre, siempre, si hay beneficios privados extra a partir del turismo, debe haber también contribuciones extraordinarias al bienestar común, a través de impuestos y tasas.

Esto último es especialmente importante en el caso del turismo. Las nuevas tecnologías permiten prestar servicios nuevos, a partir de las redes sociales, y contribuyen así a transformar una parte importante de la actividad colaborativa de la sociedad civil en una actividad económica tanto más rentable y extendida cuanto más opaca e impenetrable se mantenga. Alojar a amigos o familiares en tu casa durante unos días de vacaciones es algo que todo el mundo ha hecho alguna vez. Pero hacer de este tipo de actividad un negocio de alcance mundial a través de plataformas de internet, supone la irrupción de un nuevo sector de la economía actual cuyo tratamiento debe acometerse con la misma determinación con la que el Estado afronta el resto de las políticas industriales. Limitar las licencias de alquiler de habitaciones, vigilar el cumplimiento de las normas y cobrar impuestos por este tipo de actividad lucrativa, debe instalarse en la agenda política y de gestión de los ayuntamientos con la misma contundencia con la que se regulan las zonas de aparcamiento o el acceso de visitantes a las cuevas de Altamira. No hay nada radicalmente nuevo en todo esto: solamente nuevas posibilidades tecnológicas de gestión de viejas actividades económicas, y un cierto despiste de los gestores políticos a la hora de implementar medidas efectivas para responder a los nuevos retos.

La extensión de la turismo-fobia es otro asunto: se trata de alentar sentimientos de odio y rechazo hacia los turistas como personas. Desde el punto de vista moral, jurídico y político, la turismo-fobia es una aberración. Los turistas que inundan los centros de nuestras ciudades solo están respondiendo a la invitación que les hemos hecho de venir a visitarnos. Si el comportamiento de alguno de ellos es inapropiado, debe ser impedido o castigado, pero no atribuido a su condición de turista, sino a su baja condición moral o cívica. Las borracheras masivas en la Plaza Mayor o en el Paseo Marítimo no son parte de la actividad turística, sino de la actividad incívica de algunso ciudadanos, propios o forasteros.

En definitiva: no a la turismo-fobia, no a la violencia dirigida contra nuestros conciudadanos visitantes, los turistas. Pero  a cambio, apoyemos sin reservas la regulación de la actividad turística que haga posible un turismo masivo y abierto, pero controlado y beneficioso para todos.

En qué consiste hacer las cosas bien?

El presidente del gobierno nos tiene acostumbrados a escuchar algunas sentencias que expresan ideas intrascendentes como si fueran verdades teológicas. Por ejemplo, decir que lo importante en política es hacer las cosas bien. Lo escuchamos y nos quedamos tan convencidos: ¿quién puede negar algo así?

Pero pensemos con un poco de distanciamiento: ¿qué queremos decir cuando afirmamos que hay que hacer las cosas bien?

Para hacer las cosas bien, lo primero que hay que hacer es hacer algo. Si te quedas esperando a que los problemas se resuelvan solos, luego no puedes decir que has actuado bien, simplemente no has actuado. Lo segundo, para hacer las cosas bien es que lo que te propongas hacer sea, en si mismo, algo digno y valioso. Un crimen nunca puede ser considerado como una acción bien hecha, aunque sea un crimen perfecto. Y por último, para hacer las cosas bien debes actuar de forma que no solamente se consigan los objetivos dignos que te proponías conseguir, sino que también se minimicen los efectos negativos que puedan derivarse de tu actuación (los llamados daños colaterales restan valor a tu acción).

Pongamos por caso, el brexit en Gran Bretaña ¿Fue una buena idea? David Cameron lo convocó convencido de que saldría el NO y él se quitaría un problema de encima. Le salió tan mal que le costó el puesto de primer ministro. Al cabo de un tiempo su sucesora Teresa May ha cometido otro error: convocar elecciones para afianzar su posición política de cara a las negociaciones del brexit. Lo ha hecho tan mal que ha perdido un montón de escaños en el parlamento británico y su posición política ha salido enormemente debilitada, y se ha fortalecido la de su oponente laborista Jeremy Corbin. Justamente lo contrario de lo que pretendía conseguir con su maniobra.

Otro ejemplo. Aquí en España hemos asistido en poco tiempo a lo que parecía la operación política más ruinosa para el Partido socialista y su líder, Pedro Sánchez. Al cabo de unos meses la realidad ha resultado todo lo contrario: Sánchez ha ganado las primarias, ha triunfado en el congreso federal y ahora controla el POSE de forma contundente y completa, sin que nadie le pueda obligar  a hacer lo que no quiera. Si hay un ejemplo en política de en qué consiste hacer las cosas bien, es este de Pedro Sánchez, no el mantra del presidente Rajoy.

La actualidad nos ofrece más casos. Los bomberos han trabajado heroicamente para rescatar víctimas de una torre de apartamentos que ha ardido en Londres. Ellos lo han hecho bien, pero ha habido decenas de víctimas. ¿Por qué? ¿Qué se ha hecho mal? No es un problema de los bomberos, ni de los vecinos. Es que hace unos años se remodeló el edificio y se le recubrió con una capa de material decorativo y supuestamente aislante que mejoraba el aspecto estético del edificio (y por lo tanto su valor de mercado), pero lo hizo más vulnerable al fuego, porque era un material inflamable. ¿Quién hizo aquí las cosas mal?

Salvo algún loco desquiciado, todo el mundo prefiere en principio hacer las cosas bien, ¿Por qué salen mal tantas cosas? En algunas ocasiones se debe a un error de juicio, como en el caso del brexit. Y en otras muchas ocasiones, a la aplicación de un criterio equivocado que consiste en valorar una acción por el balance de pérdidas y beneficios económicos a corto plazo, en vez de  considerar todos los aspectos de la cuestión y las consecuencias a largo plazo, que es lo razonable. No lo olvide señor Rajoy.

Onda Cero Salamanca 20/06/2017

Filosofía y política

Recientemente  he participado en el programa Milenium que emite la 2 de TVE a altas horas de la madrugada. El programa estaba dedicado a filosofía y política, un tema tan intemporal que no se pierde nada si se visiona a deshoras, a través de internet (http://www.rtve.es/television/millennium/#), o si aprovechamos este contacto de los martes con los oyentes de Onda Cero Salamanca, para retomar la discusión.

Antes de nada, un aviso para animar al espectador. El programa, conducido por Ramón Colom, no se parece en nada a los debates político-mediáticos a los que últimamente parece que tenemos que ir acostumbrándonos: ningún contertulio interrumpe a otro, nadie da voces, no se evitan temas espinosos, pero se hace siempre con delicadeza. En fin, el formato se parece más al clásico de La Clave, que la gente de mi generación añora, que a los que proliferan hoy día en esos  “tablados” de la noche televisiva.

De todos los matices que se pueden señalar al hablar de filosofía y política, a mi me ha interesado especialmente uno que yo resumiría así: la política necesita ideas y un espíritu crítico que puede encontrar en los estudios y tradiciones filosóficas, pero al mismo tiempo los filósofos (los intelectuales del siglo XIX y quienes quiera que sean los que ahora continúan ejerciendo su papel), necesitan aterrizar en la arena de la política real, en la que se escenifica la lucha por el poder, sin más protección que su capacidad crítica y su sentido de la responsabilidad. El filósofo no debería sustituir al rey (es decir, a los ciudadanos) en el ejercicio del poder, como pretendió Platón.  Pero habría que revisar también el papel de los intelectuales que se reclaman independientes, y se sitúan au dessus de la melée, como si comprometerse con la política (afiliándose a un partido político, por ejemplo) fuera inseparable de la condición de apestado. No me gustan los filósofos reyes de Platón, pero tampoco los “idiotas” de la antigua Grecia (“idiota” se usaba en la Grecia clásica para calificar al que se dedicaba a sus asuntos propios y se desentendía de los de interés público).

Resumiendo, lo que la filosofía puede aportar a la política es inspiración para concebir nuevos proyectos, apoyo para resistir al  inmovilismo y a la inercia del sistema, y perspectiva para mirar más lejos. Y lo que la experiencia política puede proporcionar a la filosofía son referencias para conectar con la vida real y materiales para ayudar a entender el papel de la lucha por el poder en el desarrollo de la naturaleza humana. En todo caso, nada de proporcionar coartadas para la inacción, subterfugios para legitimar la realidad impuesta, ni excusas para tirar la toalla. La filosofía es mirada crítica, reflexiva y trascendente, un arma de resistencia, esencial para la tarea política más importante, que es la gestión del poder en la esfera pública.

Por desgracia, si nadie lo remedia es posible que las humanidades y la filosofía vayan desapareciendo del curriculum  escolar de la mayoría de nuestros ciudadanos que, a cambio, aprenderán a comportarse como verdaderos “emprendedores”, nuevos idiotas, aptos para venderse a sí mismos en el mercado. Creo que van a salir perdiendo.

Onda Cero Salamanca 13/07/2017