Una religión laica

Parece que las ceremonias y las ideas religiosas son tan antiguas como el resto de la cultura humana: inventamos dioses y demonios, vidas de ultratumba y cultos a nuestros antepasados, premios y castigos sobrenaturales, al mismo tiempo que inventamos teorías para comprender el universo o reglas y ritos para garantizar la cooperación, y para hacer más fácil la convivencia entre individuos y grupos diferentes. Todo este conglomerado cultural que inventamos para dar sentido a nuestras vidas y ayudarnos a sobrevivir, es lo que llamamos religión.

 

En la tradición del mundo occidental la ciencia siempre se ha presentado contrapuesta a la religión. Esto se debe a dos motivos. Por una parte las religiones que predominan en la cultura occidental no solo pretenden proporcionar consuelo y sentido a nuestras vidas, sino que también proponen un conjunto de creencias en lo sobrenatural, en competencia con el pensamiento racional y empírico de la ciencia. Por otra parte el pensamiento científico que nació en el seno de nuestra cultura no se conforma con proporcionarnos conocimientos de hechos y teorías, sino que también se presenta como una forma de vida, como una fuente de sentido para nuestras vidas y nuestros proyectos vitales.

 

Estos días hemos celebrado el funeral de Stephen Hawking, cuyos restos han sido enterrados al lado de los de otros grandes científicos como Newrton o Darwin, en el lugar sagrado de la abadía de Wetminster. Así que hemos asistido a una ceremonia religiosa en toda regla, en honor a un hombre que era ateo pero que ha contribuido como nadie a construir el pensamiento de la nueva religión de la ciencia. Veamos, si no, este párrafo escrito por él y reproducido estos días por muchos medios de comunicación, como un resumen de su legado intelectual.

 

Una de las grandes revelaciones de la Era del Espacio -decía Hawking- ha sido la perspectiva que nos ha dado a la Humanidad sobre nosotros mismos. Cuando vemos la Tierra desde el espacio nos vemos en nuestra totalidad. Vemos la unidad y no las divisiones. Es una imagen muy simple, con un mensaje convincente: un solo planeta, una sola raza humana. Estamos aquí juntos y necesitamos vivir juntos con tolerancia y respeto. Debemos convertirnos en ciudadanos globales. Yo –dice Hawking– he tenido el inmenso privilegio, a través de mi trabajo, de ser capaz de contribuir a nuestra comprensión del Universo. Pero sería un Universo ciertamente vacío si no fuese por las personas a las que amo y que me aman. Somos todos viajeros en el tiempo, recorriendo juntos nuestro camino hacia el futuro. Pero trabajemos juntos para hacer que ese futuro sea un lugar que queramos visitar.

 

Hasta aquí el texto de Hawking. Y yo me pregunto: ¿se necesita algo más para construir el sentido de nuestras vidas? En realidad no: la ciencia es, hoy en día,  nuestra mejor religión.

Onda Cero Salamanca 3/04/2018

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La teoría de todo

Ha muerto Stephen Hawking, uno de los físicos más importantes de nuestra época. Será ya para siempre uno de los miembros ilustres del panteón de la fama de la ciencia que se inauguró hace algunos siglos con la cosmología de Kepler, la mecánica de Galileo y la filosofía natural de Newton, herederos a su vez de la cosmología, la geometría y la filosofía de la antigua Grecia. Y compartirá honores con los físicos contemporáneos más importantes, como Einstein, Plank, Bohr, Feynman, Penrose...   El legado de Hawking pasará a formar parte del legado más importante de la ciencia básica cuyo objeto es muy sencillo: entender cómo es el universo en que nos encontramos y cómo es que nos encontramos en él.

Creo que lo más llamativo del legado de Hawking reside en que sus contribuciones a la física teórica se caracterizan porque son un producto puro de su pensamiento, y porque configuran la más ambiciosa teoría nunca formulada con la pretensión de conseguir una explicación definitiva de toda la realidad. Primero propuso la idea brillante de aplicar la teoría física de los agujeros negros, a la explicación del origen del universo. Y después demostró que, a diferencia de lo que se pensaba hasta entonces,  los agujeros negros sí emiten un tipo de radiación (la radiación de Hawking, se ha denominado), lo que permitiría explicar su comportamiento macroscópico y sus  propiedades cuánticas al mismo tiempo. Es difícil entender esto, pero lo que significa es que, si Hawking lleva razón, estaríamos más cerca de encontrar una explicación completa del universo.

Hay otras características de la personalidad y la obra de Stephen Hawking que han contribuido a hacerle famoso. Hace más de cuarenta años que los médicos le diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa y le pronosticaron dos años de vida como máximo. Ha aguantado bastantes más y ha muerto a los 76 años después de haber paseado por el mundo su imagen de genio desvalido, que no podía moverse sin su silla de ruedas y ni siquiera podía hablar más que a través de un sintetizador de voz que manejaba con movimientos de algunos músculos faciales.

Hay algo más en su personalidad y su obra que merece nuestro reconocimiento y admiración: no solo se ha ocupado de los grandes misterios de la física y ha aportado ideas originales, mientras luchaba con las más graves dificultades para desenvolverse en la vida cotidiana. Además se ha pasado la vida escribiendo  no solamente escritos especializados para sus colegas, sino también -y sobre todo-  libros para el gran público, que han intentado hacer llegar a todo el mundo el enorme potencial de sus teorías y aportaciones a la física.

Ojalá no olvidemos tampoco esta parte de su legado. Los buenos científicos deben ser a la vez buenos divulgadores y buenos maestros. Hawking lo fue por encima de sus circunstancias adversas.

La mitad de los mejores: Igualdad de género y discriminación positiva en la ciencia

Una de las esferas de la  vida social en la que resulta más llamativa la persistencia de desigualdades flagrantes entre hombres y mujeres es la que se produce en el ámbito científico. Hay aquí dos tipos de problemas. En primer lugar está el problema del acceso a determinadas profesiones y tipos de estudios, que parecen menos accesibles a las mujeres de lo que debieran. Sabemos, por ejemplo, que en las carreras tecnológicas y algunas de la científicas, la proporción de mujeres es inferior a la que cabría esperar: hay menos científicas que científicos y hay sobre todo menos ingenieras que ingenieros.

Otro fenómeno de discriminación es la existencia de lo que se conoce como “techo de cristal” en la promoción profesional de las mujeres. También se produce de forma llamativa en la ciencia: las mujeres son mayoría en los primeros estadios de la carrera académica, y llegan a mantener cuotas paritarias entre los investigadores jóvenes. Sin embargo en los niveles más  altos de la ciencia y de la universidad los hombres son aplastante mayoría.

¿Cuál es la causa de que se produzcan estas situaciones de desigualdad? No es fácil ponerse de acuerdo sobre esto, aunque creo que ya hay bastante consenso al menos en un punto: las desigualdades no se explican solamente por la mera existencia de diferencias de género, sino por la acumulación  sucesiva de circunstancias que  discriminan negativamente a las mujeres.  Estas discriminaciones tienen siempre un carácter más social y cultural que biológico. Rara vez se estimula a una niña, por ejemplo, para que le guste ser astronauta y a penas somos capaces de citarle el nombre de un premio Nobel de ciencias que sea mujer. Y nadie prohíbe a una investigadora ser la mejor en su especialidad; pero para conseguir que se lo reconozcan sencillamente tiene que trabajar más y en circunstancias más difíciles que sus colegas masculinos. Tenemos una sociedad patriarcal con una cultura patriarcal y el resultado inevitable de esta cultura es que, a lo largo de la vida, vamos activando  prejuicios sexistas que tienen un efecto acumulativo con resultados cada vez más inaceptables.

Muchas vueltas se han dado a la cuestión de cómo actuar para compensar estas discriminaciones que conducen a la desigualdad. Hace tiempo que los partidos progresistas iniciaron una línea de actuación imponiendo sistemas de cuotas:  cuotas mínimas del 40% en las listas electorales, listas cremallera para garantizar la igualdad de oportunidades, cuotas femeninas en los órganos colegiados del gobierno, en las empresas públicas, en las comisiones de evaluación de la carrera científica, etc.

Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que es posible que los sistemas de cuotas no sean los más justos ni los más satisfactorios, pero por el momento son los más eficaces: nombrar comisiones paritarias de género no implica que los hombres seleccionados lo sean por sus propios méritos, mientras las mujeres lo sean solo por ser mujeres. ¿Por qué hay que pensar así? Más bien al revés, la paridad de géneros garantiza que podamos elegir a los mejores no solo entre la mitad de la población, sino entre las dos mitades.

Actuar contra los recortes del gobierno en ciencia y tecnología

Hace unos días se ha puesto en marcha en la plataforma change.org una nueva movilización en torno a la política de la ciencia y la tecnología. Se trata de exigir al gobierno que recupere la inversión en investigación, facilite la incorporación de jóvenes investigadores al sistema de ciencia y tecnología y ponga en marcha una estrategia nacional de desarrollo científico y tecnológico. No es la primera vez que se plantea una iniciativa como esta, impulsada por varias asociaciones de científicos y organizaciones sindicales, especialmente en este caso, por parte de Emilio Criado, un conocido dirigente sindical de Comisiones Obreras del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.  Pero esta es la primera vez, que yo sepa,  que en poco más de una semana, la iniciativa consigue más de doscientas mil firmas de apoyo.

La crisis económica de 2008 se ha llevado por delante en España todos los avances que se habían logrado en ciencia y tecnología en la primera década del siglo XXI, y si no se toman medidas drásticas, la recuperación en este sector va a llevar décadas. Lo peor es que se trata de un sector clave para el nuevo modelo de economía basada en el conocimiento, y que mientras España se ha estancado por la inacción del gobierno, en el resto del mundo y sobre todo de Europa, durante estos años no solo no ha disminuido el esfuerzo en ciencia y tecnología sino que ha crecido considerablemente. Mientras nosotros hemos retrocedido otros han avanzado mucho más.

Por suerte, hay muchos indicios de que la capacidad de reacción de la sociedad española no ha desaparecido. No solo se trata de la iniciativa de change.org. Hace unos días participé en la presentación del informe de la Fundación Alternativas en el que se urge al gobierno a iniciar una amplia política científica consensuada. La semana pasada participé en un encuentro de científicos y políticos en la sede del PSOE  en Madrid, en el que Pedro Sánchez presentó las líneas maestras de la política de ciencia y tecnología que los socialistas van a impulsar y difundir en estos días. Y el 21 de febrero presentamos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un monográfico de la revista Sistema sobre “Ciencia en Sociedad” en cuya preparación hemos participado activamente varios miembros del Instituto de Estudios de la ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca.  Los mismos temas aparecen una y otra vez. En el último capítulo de este monográfico, Santiago López y yo planteamos una “Nueva agenda para la política científica” que se resume en diez propuestas, la primera de las cuales reza así:

“La investigación científica es una obra colectiva, basada en la cooperación, y  no solo en la competición. La sociedad debe apoyar la cooperación científica entre individuos, instituciones y países, sin más límites que la propia eficiencia, alcance y valor intrínseco de los proyectos científicos”.

En efecto, una nueva oportunidad para el impulso y la cooperación científica se abre ante nuestros ojos. Lo nuevo es que ahora todos podemos, todos debemos, participar.

Onda Cero Salamanca 21/02/2018

Darwin

Ayer, 12 de febrero, se celebraba el aniversario de Charles Darwin. Así que puede ser una buena excusa, si es que se necesita, para recordar lo mucho que la humanidad le debe a este hombre de ciencia, que nació en Gran Bretaña hace más de doscientos años, en 1809.

En la cultura popular el nombre de Darwin se asocia con la disparatada idea de que el hombre proviene del mono. Rastros de esta simplificación de sus teorías se pueden ver incluso en algunos sitios curiosos, como la etiqueta de una marca de anís (Anís El Mono) en la que figura la imagen de un mono con el rostro de Darwin.

Anís del Mono
Darwin en la etiqueta de Anís del Mono

En realidad Darwin hizo dos grandes contribuciones a la ciencia. En primer lugar aportó una ingente cantidad de datos y observaciones sistemáticas que demostraban que la evolución de las especies era un hecho cierto. En segundo lugar  -y esto tuvo incluso más importancia que lo anterior-  inventó un mecanismo capaz de explicar la evolución, sin tener que acudir a la existencia de causas finales o al diseño y la creación intencional de los seres vivos.  Este mecanismo es lo que Darwin (y su contemporáneo Wallace, que lo descubrió al mismo tiempo que él) llamó el mecanismo de la selección natural. La idea es que la naturaleza produce la evolución de las especies seleccionando, entre los descendientes de cualquier organismo, los que, por sus características propias y heredables, resultan mejor adaptados al medio natural en el que se desenvuelve su vida. Es el mismo mecanismo que utilizamos, en los cultivos domésticos, para seleccionar plantas y animales de utilidad para nosotros. La única diferencia es que la selección natural no se guía por un objetivo intencional, sino por un mecanismo ciego de selección de variedades mejor adaptadas al medio y, por lo tanto, con mayor probabilidad de supervivencia para sus descendientes.

Como casi siempre suele suceder en la ciencia básica, las ideas más importantes resultan ser las más simples. Pero también las más rompedores con el status quo. La teoría de la selección natural de Darwin fue vista desde el principio como una amenaza contra algunas creencias absurdas, pero firmemente asentadas en la cultura popular. Entre ellas la idea del creacionismo o diseño inteligente. Es decir, la idea de que las especies de seres vivos son creadas por un ser supremo, de forma intencional, como se dice, por ejemplo, en la Biblia.

La ciencia tiene muchos valores y virtudes. Una de ellas, la más importante, es que nos permite conocer y comprender mejor el mundo en el que se desenvuelven neutras vida. En el caso de Darwin nos permite comprender mejor en qué consiste la vida.

Onda Cero Salamanca 13/02/2018

Libros para regalo

Estamos en plena época de consumo masivo y compulsivo. Vivimos estos días como si estuviéramos obligados a comprar, regalar y consumir bienes materiales o servicios de valor añadido, como dicen los economistas. En Navidades ya no somos ni ciudadanos, ni padres ni hijos, ni amigos ni profesionales de esto o de lo otro. Somos simplemente consumidores. Compramos y usamos cosas nuevas. Hacemos viajes y celebraciones sin cuento ni razón aparente que no sea la de cumplir con un rito de consumo compulsivo. Y regalamos cosas a todo el mundo, también de forma compulsiva,  masiva, para garantizarnos que nuestro comportamiento es ejemplar en el ámbito de nuestras relaciones sociales. Hay quien dice incluso que para que el sistema funcione, debe ser así: si no hay aumento del consumo, la economía no crece, desaparecen los puestos de trabajo y todo el tinglado de nuestra frágil economía se viene abajo.

Así que ya no vale como excusa el lema de ahorrar y reservar el dinero para tiempos difíciles, por si vuelven, sino que hay que gastarlo para evitar que vuelvan.

Bueno, dejemos para otro día estas reflexiones sobre lo que podríamos llamar la ética del consumo y seamos prácticos. Ya que no podemos, o no debemos, evitar el consumo y los rituales de regalos y celebraciones, al menos trabajemos para que lo que consumamos sea lo que realmente queremos consumir o regalar y no solo lo que se espera que hagamos guiados por la mano implacable de las técnicas publicitarias.

En esta línea de razonamiento debe entenderse mi recomendación de consumo para estos días: intentemos regalar objetos de uso personal, que sus usuarios futuros tengan motivos para querer conservarlos como algo propio, que puedan disfrutar no una sino muchas veces de ellos, que además puedan prestarlos a otros amigos o familiares y que puedan servir para entablar lazos de relaciones personales, y temas de conversación.

Hay un tipo de objetos que cumplen todas estas condiciones., Y además se nos ofrecen en un amplio inervarlo de precios, formatos, estilos y temas. Me refiero a los libros. Y específicamente a los libros de papel. No es cierto que estos vayan a ser sustituidos por los libros en formato electrónico, como suelen decir los agoreros. Desde luego que el contenido de cualquier libro puede guardarse en un archivo de ordenador o de nuestra tablet. Y que cualquier texto en principio se puede leer en una pantalla. Pero el libro de papel es algo más. Se puede tocar, oler, ojear, abrir por diversas partes y saber directamente en qué parte del mismo te encuentras mientras lo lees. Se puede incluso anotar en los márgenes. Se puede regalar, intercambiar con los amigos, trasladar de un sitio a otro físicamente y disfrutar de él de múltiples formas.

La industria de los libros no está en decadencia. Solamente se ha ampliado con las posibilidades que ofrece el formato digital. Pero las librerías y las bibliotecas, como lugares de distribución de libros o escenarios donde compartir los libros con amigos e intercambiar conversaciones en torno a ellos, tienen un gran futuro. Al menos lo tendrán si los ciudadanos consumidores abrimos los ojos y volvemos a comprar, usar y regalar libros de verdad, es decir de papel.

Deberíamos adoptar un principio para estas fiestas: ningún niño sin su libro de regalo en Navidad.

Onda Cero Salamanca 26/12/2017

El  valor de lo intangible

Pasado mañana participo en el acto de presentación de un informe impulsado por la fundación Alternativas sobre el estado de la ciencia y la tecnología en España y sobre las actuaciones políticas que habría que llevar a cabo para mejorar la situación de nuestro país en este campo. El acto se celebra en el Congreso de los Diputados, aunque es abierto al público. Tendremos tiempo de comentar lo que salga de allí. Por el momento, quien lo desee puede obtener más información a  través de la página web de la fundación Alternativas.

Pero hay algo más. Acabo de recibir un libro con título espectacular: Capitalism without capital:  Capitalismo sin capital. Se trata de un valioso ensayo, publicado por dos economistas británicos,  acerca de uno de los aspectos más interesantes del funcionamiento de la economía actual: la importancia de lo que se conoce como inversión en bienes intangibles. ¿Qué es un bien intangible? Una casa, un coche, una carretera…. son cosas que se pueden hacer y deshacer, tocar, cambiar, usar y destruir. Estamos acostumbrados a pensar en la importancia que tiene disponer de un capital que se pueda medir en términos de este tipo de bienes tangibles o concretos. Pero lo cierto es que en la economía actual cada vez tienen más importancia otro tipo de bienes, los intangibles, que se consideran prioritarios en las estrategias de inversión. Un ordenador que una empresa compra para su oficina es un bien tangible y pasa a formar parte del stock de capital de la empresa. Pero un programa de ordenador que la propia empresa desarrolla o compra a un proveedor especializado, no parece una cosa concreta, y sin embargo es una inversión material tan importante o más que la compra del ordenador. Y lo mismo ocurre con el coste del cursillo que tienen que hacer los empleados para aprender a usar el programa: es capital intangible. Lo interesante del libro que les comento es que lleva a cabo un análisis exhaustivo de esta nueva deriva intangible de la economía actual y de las consecuencias que tiene sobre el sistema económico, el reparto de la riqueza, la competitividad, etc.

Uno de los capítulos más importantes de las inversiones intangibles es precisamente el que se refiere a las inversiones en Ciencia y Tecnología. Cuando una empresa contrata a un equipo de tecnólogos y científicos, les pone a trabajar en una nueva solución técnica a un problema y  consigue obtener una nueva patente que le permite iniciar una nueva línea de negocio, por ejemplo, estamos asistiendo a un proceso de inversión en intangibles: algo que no se puede ver ni tocar ni valorar por su precio en el mercado, pero que tiene un enorme potencial económico y puede ser la base de la prosperidad de la empresa para los años siguientes.

Las grandes compañías actuales se caracterizan todas ellas por la importancia de su capital intangible. Y los grandes países también. España, como casi siempre, destaca por su originalidad: durante la última década de crisis económica los países que nos rodean han incrementado sus inversiones intangibles, en I+D, en formación, en diseño y marketing. España en cambio ha disminuido su esfuerzo en I+D y en formación: seguimos obsesionados en detectar signos de recuperación económica analizando cuánto crecen los precios de la vivienda o la actividad de la construcción. Seguimos obsesionados por el capital tangible,  cuando todo a nuestro alrededor nos está avisando de que ahí no está la solución: la solución está en los intangibles.

Onda Cero Salamanca 23/01/2018