El protocolo y los móviles

Hasta hace no muchos años la palabra protocolo se utilizaba sobre todo para hacer referencia, o bien a un conjunto de documentos estructurados y ordenados según ciertas normas, o bien, de forma más general, al conjunto de reglas de etiqueta y similares que se deben observar en determinados actos especialmente solemnes o complicados desde el punto de vista precisamente “protocolario”.

Últimamente sin embargo la palabra protocolo ha adquirido un uso mucho más extenso, para hacer referencia a cualquier conjunto de reglas que hay que seguir en determinadas circunstancias si se quiere obtener un resultado predefinido de antemano y que conlleva cierta complejidad. Así se dice cómo debe ser el protocolo de actuación de la guardia urbana en caso de un accidente de tráfico, o el protocolo de comunicaciones entre sistemas informáticos diferentes, o las normas de etiqueta que hay que observar en un acto en el que intervienen diferentes autoridades (¿quién debe presidir un acto en el que participan el rector de la universidad y el consejero de educación, por ejemplo?).

Los ingenieros informáticos dedican una buena parte de su tiempo a implementar protocolos, a seguirlos fielmente en su trabajo de programación o a definirlos para poner en marcha nuevas aplicaciones. Son expertos en protocolos. Por otra parte toda institución, pública o privada, que se precie y que esté expuesta a interacciones sociales complejas, especialmente si en ellas intervienen autoridades de distinto rango, todas tienen expertos en protocolo, que generalmente trabajan detrás de las bambalinas y consiguen que todos los actos protocolarios complicados transcurran con naturalidad, como si fueran espontáneos, aunque estén perfectamente controlados. Una buena observancia del protocolo es algo que se agradece en esos casos, precisamente porque ayuda a resolver problemas que, de otra forma, podrían arruinar la solemnidad y el glamur de un acto público, por ejemplo.

Acabamos de ver cuán triste puede ser la inobservancia del protocolo en el comportamiento de algunas autoridades en las ceremonias de inauguración del Mobile World Congress de Barcelona. La alcaldesa Colau nos ha hecho saber que no está dispuesta a rendir pleitesía al rey de España, aunque le parece muy bien compartir mesa y mantel con él. Y algo parecido debe haber pensado el flamante presidente del parlamento catalán que, por cierto, todavía no ha sido capaz de cumplir con el mínimo protocolo previsto en su propia institución, el parlamento, para designar candidato a la presidencia de la Generalidad.

Mi reflexión: si los protocolos de comunicación que rigen el funcionamiento y diseño de los teléfonos móviles y de las tecnologías de la comunicación que estos día se presentan en Barcelona, se incumplieran por los ingenieros, fabricantes y usuarios, de la misma forma que los protocolos ceremoniales son incumplidos por la señora Colau y el señor Torrent, las tecnologías móviles dejarían de funcionar y el resultado sería el caos.

Exactamente lo mismo que está sucediendo en Cataluña.

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La buena ciencia

Parece que la industria automovilística alemana no tiene la intención de dejarnos tranquilos. Hace unos meses saltó el escándalo de la manipulación de los detectores del  nivel de gases contaminantes instalados por Volks Wagen. El tema sigue abierto y está obligando a los gobiernos y las instituciones públicas internacionales a tomar medidas drásticas para evitar que algo así vuelva a suceder. Pero mientras tanto surgen otras inquietantes experiencias.

La última que ha saltado a la prensa se refiere a una serie de experimentos que ciertas empresas han estado realizando para comprobar hasta qué punto los gases contaminantes emitidos por los motores de los automóviles afectan a la salud de las personas y de los seres vivos. Para comprobar esto parece que se han estado utilizando tanto monos como individuos humanos. ¿Cuál es el problema? ¿Vamos a criticar que se usen métodos científicos para estimar el impacto de nuestras tecnologías sobre la salud?

Una de las características más sobresalientes de lo que conocemos como civilización occidental es que en ella se originó la ciencia moderna. Los filósofos e historiadores  todavía seguimos haciéndonos preguntas inquietantes a este respecto. Por ejemplo ¿qué es lo que ha hecho posible que la ciencia se desarrollara en Europa de forma mucho más rápida y prominente que en otros continentes? ¿Qué condiciones culturales, económicas, políticas o ambientales se requieren para que se desarrolle el pensamiento científico? Y también ¿qué problemas específicos plantea el desarrollo de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas, y cómo podemos hacer frente a esos problemas?

Son preguntas importantes que debemos afrontar. Lo primero que hay que señalar es que el pensamiento científico no se puede desarrollar si lo separamos de otros valores morales y pautas de comportamiento que van igualmente asociadas a la civilización occidental. Entre esos valores están los de responsabilidad individual, respeto a las personas y sensibilidad moral ante el sufrimiento. Es cierto que ha habido y hay investigadores que no han respetado los derechos humanos, o han sido crueles con los animales de laboratorio, o han cometido fraudes. Todo esto es real, pero hay algo que no se puede olvidar: un científico malvado termina siendo siempre un mal científico, porque, hasta ahora al menos, la comunidad científica tiene como norma moral de funcionamiento obligado la de respetar la dignidad de las personas, el bienestar de los seres vivos y la búsqueda de la felicidad como ideal moral aceptable para todo el mundo.

Por eso, la investigación científica tiene límites morales objetivos: hay cosas que los científicos no pueden hacer si desean seguir mereciendo la confianza que la sociedad deposita en ellos. No pueden, por ejemplo, mercantilizar la ciencia, violar derechos humanos en nombre de la ciencia, maltratar animales o experimentar con personas sin respeto a su dignidad y autonomía moral.

La ciencia solo es una parte de un paquete más amplio que incluye algunso valores irrenunciables de la civilización occidental. La buena ciencia, debe ser también una ciencia moralmente buena.

El derecho a mantener el control

La mayor parte de nuestras actividades cotidianas, en casa o en el trabajo, se desenvuelven enmarañadas en ambientes tecnológicos y estos ambientes cambian a tal velocidad que apenas dejan resquicio en nuestras vidas para contemplar, y menos aún para entender y controlar, los cambios que estamos viviendo. El resultado es que terminamos aceptando las oportunidades que se nos ofrecen como consumidores y rápidamente nos adaptamos a la nueva situación como si hubiera sido la respuesta a una demanda previa por parte nuestra. La red social Twitter, por ejemplo, acaba de duplicar la extensión de los mensajes de 144 caracteres a 288. ¿Alguien sabe por qué? Y sobre todo ¿alguien sabe qué consecuencias traerá esta medida? Y la cuestión no es que sea buena o mala para nosotros, sino que ni siquiera tenemos opción de plantearnos el problema: es lo que hay, lo tomas o lo dejas. Has pedido el control.

Es la paradoja del desarrollo tecnológico acelerado: las tecnologías nos ofrecen posibilidades infinitas de hacer cosas nuevas, pero no nos permiten decidir qué tipo de cosas queremos hacer.

Es difícil resumir en pocas palabras un análisis de lo que está sucediendo en nuestra civilización tecnológica. Intentaré tan solo dibujar las pinceladas más greuesas.

En primer lugar, los ciudadanos asistimos actualmente a la pérdida progresiva de nuestra posición en la sociedad como ciudadanos autónomos y libres, para transformarnos inexorablemente en consumidores dóciles y pasivos. Los desarrollos tecnológicos que tienen lugar ante nosotros y que configuran nuestras opciones vitales, no son el resultado de nuestras deliberaciones y decisiones libres y responsables, si no de nuestro comportamiento compulsivo como consumidores de artefactos y servicios que asumimos sin haberlos elegido previamente.

En segundo lugar, los actores que determinan el desarrollo tecnológico en nuestra sociedad (lo que contribuyen realmente a definir las opciones de consumo que se nos ofrecen, son los mismos actores que dirigen la economía del beneficio privado, la explotación de recursos y la especulación económica. De manera que no solo no actuamos como ciudadanos autónomos en la selección de nuestras opciones tecnológicas, sino que ni siquiera actuamos como consumidores responsables, sino como simples peones secundarios de un sistema económico que nos trata como esclavos del consumo.

Así que no solo nos vemos reducidos a consumidores pasivos, explotados y desposeídos sino que además nos  vemos privados y alejados de cualquier posibilidad de reaccionar retomando el control del desarrollo tecnológico. Algo que nos parece inaccesible. Y sin embargo en ningún sitio está escrito que esto deba ser siempre así. Tenemos el derecho y la obligación de mantener el control de nuestras vidas, de nuestra economía y también del desarrollo de muestras tecnologías. No renunciemos a él.

Onda Cero Salamanca 14/11/2017

Big data

Acabo de recibir la nueva versión actualizada de mi libro de filosofía de la tecnología, publicado por Fondo de cultura Económica de México. Esta nueva edición incorpora dos novedades importantes. La primera es un amable y cariñoso prólogo de mi maestro Mario Bunge.  La segunda es un capítulo final en el que se introduce un modelo alternativo de desarrollo tecnológico, basado  en el concepto de tecnologías entrañables, que hemos construido en la Universidad de Salamanca.

Para un público que no esté siguiendo de cerca la actividad académica en este campo, todo lo que se cuenta en el libro puede sonar a música celestial. Y sin embargo son asuntos del máximo interés y actualidad. Pongamos un caso: el uso de las tecnologías de minería de datos o big data. Se trata de un fenómeno muy actual, que está sucediendo ante nuestros ojos. En pocos años la capacidad de los ordenadores y de las redes de comunicación y computación distribuida han crecido de forma extraordinaria. La consecuencia es que ahora podemos almacenar y procesar, a velocidades vertiginosas, cantidades ingentes de datos que nunca jamás habían sido accesibles con anterioridad. La mayoría de estos datos tienen su origen en las actividades cotidianas de cada uno de nosotros: al fin y al cabo somos varios miles de millones de personas en el mundo que realizamos miles de operaciones diarias cuyo rastro queda recogido en esas gigantescas bases de datos a través de las redes de comunicación. A partir de esos datos, sometidos a complejos procesos de cálculo, podemos descubrir pautas generales, regularidades y tendencias, aspectos de la realidad social y natural cuya existencia no podíamos ni sospechar. Imaginemos el interés de esta nueva fuente de información que los big data suponen y la cantidad de miles de millones de euros que en torno a su manejo, procesamiento y comunicación se pueden generar.

La filosofía de la tecnología debería servirnos  para ayudarnos a entender las posibilidades y las consecuencias de las innovaciones tecnológicas, y a adoptar ante ellas una actitud vigilante. En el caso de los big data, el problema principal no es sólo  cómo se usan los datos masivos, sino por qué se dispone de ellos. Hay quien piensa que se trata de una posibilidad técnica que debe aprovecharse, ya que su existencia es inevitable. Pero no está claro que sea así. Por las redes informáticas se puede navegar sin dejar rastro, si así se desea. El problema es que si todos navegáramos en régimen estrictamente privado, no se generarían plusvalías con nuestra actividad . Pero el usuario siempre debería tener la opción de pronunciarse claramente acerca de si su actividad en la red va a generar plusvalías integrándose, o no,  en la corriente global de información.

Deberíamos cultivar más asiduamente la filosofía de la técnica y dotarnos de instrumental conceptual y analítico adecuado para afrontar estos nuevos retos de la tecnología actual. Como ha hecho recientemente, por ejemplo, Juan Cruz Moroni, un alumno de Salamanca, que acaba de presentar su tesis de maestría sobre el tema de la privacidad en la era del big data, visto desde una perspectiva filosófica. Ojalá se publique pronto y que cunda el ejemplo.

Onda Cero Salamanca 12/09/2017

Rutinas e innovaciones

En círculos de especialistas en política económica y en gestión empresarial hay un término que está de moda: se trata del concepto de innovación, consagrado por el gran economista Joseph Shumpeter. La Unión Europea lleva años predicando que la solución de todos nuestros problemas depende de nuestra capacidad para la innovación.

También los filósofos han tomado la palabra en este campo. Recientemente mi colega y buen amigo Javier Echeverría, investigador del País Vasco, ha publicado un librito sobre El arte de innovar. Se lo recomiendo a quienquiera que esté interesado en entender este concepto básico de la cultura actual. Innovar, podemos decir, es producir algo nuevo que tiene un valor propio derivado en gran parte del hecho de ser nuevo. No cualquier novedad merece el título de innovación, para serlo se necesita que tenga un valor propio. Pero no cualquier innovación de valor económico responde siempre a las condiciones de la innovación real. Para serlo necesita también presentar un faceta realmente nueva de la realidad.

Traigo todo esto a colación porque estamos en un momento especialmente importante para pensar sobre la innovación: el comienzo de las vacaciones, esa época en la que nos sentimos inclinados a romper nuestras rutinas y a ensayar nuevas cosas que hacer y con las que disfrutar. Por lo general es ahora cuando más fácil nos resulta ser innovadores.

Propongo una reflexión para este momento. ¿Estamos seguros de que todas las cosas nuevas que se nos ocurre hacer cuando nos libramos de las rutinas cotidianas son dignas de ser hechas?

Javier Echeverría nos ofrece en su libro todo un elenco de ideas innovadoras sobre la innovación. Para él innovar es rendir tributo a la capacidad creativa inscrita en la dinámica misma del mundo real.

Hoy día innovar es cool, algo bien visto e incluso a veces una moda que se impone en nuestras rutinas cotidianas, sin que seamos conscientes de la tradición a la que rendimos tributo.  No siempre fue así. En el siflo XVIII el diccionario de la Real Academia incorporaba el término “novator”, que no es más que una versión arcaica de “innovador”. Pero a diferencia de lo que ocurre hoy con este término, en aquella época  calificar  a alguien de “novator”, -de innovador, como diríamos hoy-  era en realidad un insulto. El diccionairo definía al “novator” como “inventor de novedades” y explicaba que el término se usaba sobre todo para referirse al que introducía novedades “peligrosas en materia de doctrina”.

Bueno, los viejos tiempos del conservadorismo filosófico se han acabado. Mientras en España los novatores peleaban, en el siglo XVIII, por abrir paso a las nuevas ideas de la Ilustración, en Europa grandes pensadores, como Leibniz, intentaban construir el nuevo mundo de la ciencia y de la modernidad. Y nosotros nos consideramos hoy  herederos de Leibniz y de los novatores, más que de los que los criticaban.

Quizá podríamos aprovechar este tiempo de rutinas interrumpidas que son las vacaciones estivales, para introducir en nuestras vidas alguna dosis de innovación creativa. O por lo menos para reconocer nuestra deuda con la tradición  ilustrada de la innovación.

Onda Cero Salamanca 1/08/2017

Placebos

El efecto placebo es bien conocido por médicos y farmacéuticos. Consiste en el alivio o curación de una enfermedad mediante la aplicación de sustancias o procedimientos terapéuticos que no tienen ningún efecto directo sobre la enfermedad en si misma, pero cuya administración induce en el paciente la creencia de que sí lo tienen. El efecto placebo se produce en muchas situaciones terapéuticas, aunque no en todas. Y no siempre es fácil encontrar una explicación específica para él (por qué hay casos en los que la confianza en la curación aumenta la probabilidad de curarse). Por eso hay muchos charlatanes que pueden entrar en la polémica y proponer teorías arbitrarias y absurdas para explicar la existencia de placebos. Los más peligrosos son aquellos que, a partir de la existencia de placebos, ponen en duda la validez del enfoque científico en el estudio de las enfermedades y de los tratamientos médicos. De hecho, los profesionales responsables, a diferencia de lo que hacen curanderos, chamanes y predicadores de medicinas alternativas,  nunca sustituyen una terapia de base científica por otra basada en el efecto placebo, ya que esto supone de hecho sustituir una terapia más o menos eficaz por una práctica basada tan solo en la sugestión o el engaño.

En realidad los mecanismos del placebo siempre responden a la misma pauta: la creencia o las expectativas de curación generan una actividad cerebral que contribuye a desencadenar procesos (generación de endorfinas o dopamina, por ejemplo) que aumentan la capacidad del organismo para reaccionar ante la enfermedad. No hay ningún misterio detrás del placebo. Es un proceso de la misma naturaleza que la confianza en el médico o que la amabilidad del tratamiento del médico al paciente, que genera esa confianza. El placebo no destruye un tumor pero ayuda al organismo a procesar reacciones químicas que influyen sobre el desarrollo de un tumor.

La lección más importante que debemos extraer de la existencia de placebos es que en los procesos terapéuticos no solo son importantes la química y la biología, sino a veces también la psicología y la sociología. Un ambiente amable y confortable en un hospital es más beneficioso para la salud que un ambiente agresivo y desconsiderado con los pacientes. A veces el mecanismo es extremadamente simple: un paciente con actitud positiva ante el tratamiento que recibe suele ser más riguroso y mostrarse más colaborador en el seguimiento del mismo, lo que hace que aumente su eficacia terapéutica. Eso también es efecto placebo y estaría bien que lo supieran los administradores de hospitales y del sistema de salud: el estrés del personal sanitario perjudica seriamente la salud de sus pacientes.

Para quien esté interesado en estos temas, existe abundante literatura sobre ellos. Pero yo recomendaría vivamente un libro de Mario Bunge, Filosofía para médicos (Editorial Gedisa, Barcelona 2012), una obra genial por su orientación estrictamente científica, su gran erudición y su estilo ameno, que aumenta el placer de su lectura.

Onda Cero Salamanca 07/02/2017

El precio de la luz

Puede haber miles de razones y explicaciones más o menos convincentes, pero lo cierto es que los recibos de la luz solo se mueven en una dirección: subiendo. Cada vez pagamos más por la electricidad que consumimos. Somos el tercer país con la energía eléctrica más cara de Europa y en lo últimos 10 años el precio de la energía ha subido en España más de un cincuenta por cierto. ¿Por qué?

En una economía de mercado que funcione correctamente, los precios de las mercancías se pueden dividir en dos componentes: lo que cuesta producir y distribuir esa mercancía, por un lado, y la plusvalía o beneficio que se consigue a través del mercando, por el otro. Los economistas complacientes con el sistema asumen que el beneficio económico de la empresa es parte del costo de producción y, por lo tanto, solo tiene el límite que le marque el mercado en función de la competencia. Digamos que si pretendes vender mucho más caro de lo que los costes de producción requieren, otro vendrá que ofrezca la misma mercancía a un precio más razonable. A la larga todos contentos: el capital obtiene sus beneficios (y también los trabajadores en forma de subidas de salarios) y el consumidor se beneficia de la contención de precios derivada de la competencia.

Pero ¿qué ocurre en mercados en los que la competencia es solo ficticia como es el caso del mercado de la energía y de otros muchos servicios de interés y alcance general?. El mercado de la energía es un oligopolio declarado, en el que apenas existe margen de maniobra para introducir competencia por el lado de la oferta: hay las centrales que hay y solo se puede garantizar la amortización de las inversiones necesarias para mantener la oferta a costa de aceptar una fuerte regulación administrativa de las tarifas que se cobran al consumidor. Esta regulación puede ser desastrosa, como de hecho lo está siendo, pero también podría ser más equitativa y técnicamente más adecuada.

Hace unas décadas, ante este tipo de problemas de  ineficiencia del mercado, los partidos de izquierda proponían simple y llanamente la nacionalización de sectores enteros de la economía. Pero desde la era de Reagan y Tatcher la dirección de los cambios es completamente opuesta: se supone que si el mercado no funciona es porque está excesivamente regulado y hay que liberalizarlo. Lo que ahora estamos viendo es que eso tampoco funciona, o al menos no funciona en determinados sectores de la economía como es el mercado de la energía.

Pero quizá no sea necesario volver a las viejas recetas. En su lugar, podríamos asumir simplemente que necesitaos nuevas soluciones políticas y administrativas, inspiradas por principios elementales y contundentes como estos.

  • El sistema de precios de la energía debe garantizar que todo el mundo tenga acceso a la energía necesaria para cubrir sus necesidades básicas.
  • La regulación del sector de la energía debe impedir la creación de burbujas especulativas en torno a las tarifas eléctricas y limitarse a garantizar que el beneficio empresarial en el sector sigue la pauta general de la economía.

Onda Cero Salamanca 24/01/2017