Los coches eléctricos Tesla y la cueva de Tailandia

Últimamente estamos teniendo muchas ocasiones de sentirnos orgullosos de nosotros mismos, como parte de la humanidad, porque gracias a la potencia de los medios de comunicación actuales,  podemos asistir a pequeñas o grandes odiseas de compasión, humanitarismo y de actuaciones solidarias que se llevan a cabo con un elevado nivel de profesionalidad, de éxito y de competencia técnica. Hace poco, por ejemplo, nos sentíamos orgullosos de la odisea del buque Acuarius, que sirvió para poner de nuevo en la agenda europea el problema de los refugiados.  Unas semanas antes habíamos podido  ver una grabación en la que un joven, al parecer inmigrante, trepaba en cuatro saltos hasta un balcón del que colgaba literalmente un niño pequeño, a punto de caer al vació, y que el joven rescató de forma rápida y eficiente.

La última de estas pequeñas o grandes odiseas de nuestro tiempo ha sido el rescate de un grupo de 12 niños que habían quedado atrapados, con su entrenador, en las profundidades de una cueva inundada en Tailandia. Primero fueron diez días de incertidumbre en los que todo el mundo podía pensar lo peor. Luego, tras la movilización de cientos de personas, expertos, y técnicos,  se consiguió localizar al grupo y constatar que estaban todos vivos. Después fue la preparación del rescate, con generosa dedicación que llegó a costarle la vida a uno de los rescatadores. Finalmente el éxito de la operación, con todos los niños y su monitor indemnes, atendidos con discreción y profesionalidad y con todo el mundo feliz: una nueva ocasión fantástica para celebrar que los humanos somos solidarios, inteligentes y generosos.

Por desgracia, este mundo mediático que hace posible la información sobre estos temas y la movilización de la solidaridad mundial en torno a ellos, es también la condición que permite que a veces estos hechos se transformen en rastreras operaciones de propaganda. Siempre, por ejemplo, se corre el riesgo de sepultar los valores de una actuación heroica, bajo los flashes de la comparecencia del correspondiente primer ministro o equivalente, felicitándose por el éxito de la operación. En este caso, sin embargo, la cosa no ha sido así; las autoridades tailandesas se han portado con discreción y responsabilidad. Pero en el rescate no ha faltado una pieza de escándalo, aunque de otro tipo. En una fase avanzada de las operaciones, Elon Musk, el famoso multimillonario americano, dueño e inventor de la empresa Tesla de coches eléctricos y de la empresa de vuelos espaciales que ha enviado un coche al espacio como regalo para sus amigos marcianos, se presentó en la cueva para hacer una aportación que consideraba importante: la construcción de un  submarino en el que podrían trasladarse los niños de la cueva, de dos en dos, de forma rápida y segura. La idea fue rechazada por uno de los expertos buceadores y espeleólogos británicos que estaban colaborando en las operaciones de rescate. Al parecer el submarino del señor Musk era rígido y excesivamente grande, lo que impedía que pudiera circular por los recovecos de la cueva. De manera que el submarinista experto resumió la oferta de Musk en una frase lapidaria:  no servía para nada, no era más que una operación de publicidad.  El final de la historia es que el multimillonario Musk se cogió un cabreo de primera y reaccionó a través de Twitter de forma soez atacando al rescatador británico al que insultó llamándole pedófilo. Increíble ¿verdad? Pero así fue. Cuando alguien monta una operación de marketing con tanta rapidez y con tanto interés en el asunto, no se puede permitir que un simple experto submarinista arruine su campaña de tecnología punta al servicio del recate de inocentes niños.

¡Qué pena! Porque el inventor de Tesla a mi me caía bien; un tipo típico de nuestra época: creativo, arriesgado, rompedor, visionario pero comprometido con la tecnología más avanzada y las ciencias del espacio. Un poco excéntrico a veces, pero tolerable. Lo que no sabia es que fuera capaz de perder la más elemental compostura solamente porque una operación de imagen le haya salido mal. La próxima vez piénselo mejor y, si va a insultar a alguien, señor Musk, elija bien su objetivo para que no quede en entredicho la integridad moral de sus empresas tecnológicas.

Anuncios

Orgullo de Aquarius

Acuario es uno de los doce signos del zodiaco, es decir de las doce regiones del espacio en las que se puede dividir la trayectoria anual de la Tierra en torno al Sol. Aunque los expertos en astrología pueden hilar muy fino y precisar las innumerable propiedades características de cada signo, de cada constelación y de cada estrella del firmamento, muchos coinciden en que el signo zodiacal de Acuario se corresponde con personas solidarias, empáticas, altruistas y orgullosas de serlo.

No hace falta recordar que la astrología es un patraña, que los signos del zodiaco no significan nada y que para ser empático no hay que haber nacido con la constelación de Acuario (entre el 20 de enero y el 20 de febrero de cada año, más o menos). En cualquier caso, no hace falta creer en el zodiaco para bautizar a un barco solidario de la organización de Médicos sin Fronteras con el nombre de Acuario.

Pero lo curioso es que, a partir de ahora, gracias a ese barco, sí vamos a poder asociar, con algún fundamento, esta constelación de Acuario con el sentimiento de orgullo por la solidaridad y la compasión que hemos compartido estos días, ante una emergencia humanitaria.

Gracias a una decisión brillante del gobierno español, hemos descubierto de repente que España puede liderar una operación de solidaridad internacional. Una simple decisión política, ha servido para romper un montón de maleficios. Hemos aprendido, por ejemplo, que el drama de la emigración no solo se debe a los países de origen de los migrantes, sino también a la actitud egoísta e irresponsable de los países receptores. De repente, hemos podido ver, en los ateridos ocupantes de un barco a la deriva, un reflejo de la humanidad, esa a la que todos pertenecemos desde hace milenios. Hemos podido percibir que más allá de cifras y flujos migratorios, de leyes y reglamentos, y de intereses políticos y económicos, existe una realidad que tiene una dimensión humana y a la que se puede responder con celeridad, eficacia, solidaridad, generosidad y orgullo.

Los agoreros andan diciendo que son decisiones solo para la galería, que tendrán un efecto llamada que empeorará la situación en el futuro, que habrá cada vez más emigrantes irregulares y que lo que ha hecho el gobierno español es irresponsable.

No estoy de acuerdo. Lo irresponsable hubiera sido mirar para otro lado e ignorar que los demandantes de asilo en un barco a la deriva son parte de nosotros mismos, y no hacen sino repetir ante nuestros ojos la odisea de la historia entera de la humanidad. Todas las sociedades humanas se han formado a partir de las migraciones. Podríamos definir al homo sapiens como el hombre que busca refugio. La odisea del Aquarius ha servido para recordárnoslo: somos humanos porque damos refugio a los humanos. Debemos sentirnos orgullosos, ahora sí, de este signo del zodiaco, Acuario.

Asociación Española para el Avance de la Ciencia

Ayer se presentó, en el edificio de I+D+i de la Universidad de Salamanca, la nueva Asociación Española para el Avance de la Ciencia, una asociación civil sin ánimo de lucro que hemos promovido un grupo amplio de académicos, comunicadores científicos y expertos de toda España, y que la Universidad de Salamanca ha acogido ofreciéndose como sede social.

Aunque simplificando un poco, podríamos decir que existen dos tipos de asociaciones o instituciones científicas. Por una parte están las asociaciones profesionales de científicos, históricamente inseparables del proceso de creación y desarrollo de la ciencia moderna, como son la Royal Society británica y las Academias y Sociedades Científicas de Francia y Alemania. Por otra parte están las asociaciones e instituciones orientadas no a los profesionales de la investigación sino a los ciudadanos en general, para facilitar su participación en la cultura científica y en el debate social, que puede verse enriquecido o condicionado por la ciencia y la tecnología. Para ser justos habría que señalar que además hay otro amplio grupo de instituciones científicas de carácter mixto: al mismo tiempo hacen ciencia y la divulgan, crean conocimiento y lo orientan hacia objetivos de interés social, organizan laboratorios científicos y forman a investigadores. Son las instituciones que gobiernan la ciencia actual, bien sea a partir de la intervención del sector público, financiando universidades, proyectos científicos y programas de desarrollo tecnológico, bien sea a partir del sector empresarial y de la movilización social.

La AEAC pretende ser una asociación ciudadana del segundo tipo, pero de carácter social, no gubernamental. Así que está abierta a todos los ciudadanos que se interesen por la cultura científica y a todos los científicos que se interesen por la dimensión social de la ciencia.

Nuestra asociación está presidida por Federico Mayor Zaragoza, que ayer nos recordó cómo la libertad de los pueblos es el objetivo más importante que ha asumido la humanidad en su conjunto, y cómo este objetivo está vinculado al desarrollo de la ciencia y de la educación. Bellas palabras. También muy interesantes las intervenciones de Enrique Bataner, ex-rector de la Universidad de Salamanca, Susana Pérez vicerrectora y Carmen Andrade, ex-directora general de política científica. Pero la sorpresa, yo al menos, me la llevé escuchando la intervención de una joven investigadora postdoctoral de nuestro Instituto, Irene López, que con tanta naturalidad y rigor como entusiasmo, dio el mejor testimonio de una nueva generación de gente joven que son a la vez buenos científicos y ciudadanos comprometidos. Estos científicos tienen mucho que aportar a nuestra sociedad y a la vez necesitan nuestro apoyo constante y generoso. Federico Mayor Zaragoza ha pasado su vida luchando por la educación y la ciencia. Irene está empezando a vivir esa misma vida. La perseverancia y el entusiasmo de ambos es la mejor garantía para el futuro de todos. Y eso es precisamente lo que esperamos que ayude a conseguir nuestra nueva Asociación Española para el Avance de la Ciencia, que la Universidad de Salamanca acoge desde ayer y que pretende estar abierta, desde hoy, a todos los ciudadanos.

Onda Cero Salamanca 29/05/2018

Cuidemos la universidad

La universidad en España goza de un elevado prestigio. La razón fundamental de este prestigio es que a lo largo de decenios el acceso a los estudios superiores ha sido uno de los mecanismos más efectivos de movilidad e igualdad social. Gracias a la universidad el hijo de un oficinista podía aspirar a ser ingeniero o la hija de una empleada doméstica podía aspirar a ser médico. Ya sé que este mecanismo de igualación no es todo lo eficiente que debiera ser, pero aún así existe y es uno de los más efectivos con que cuenta nuestra sociedad: si quieres mejorar, estudia; si quieres que tus hijos mejoren su posición en la escala social, ayúdales a formarse un poco más; eso no va a acabar con todos sus problemas pero si va a ayudar a que los problemas que tengan que afrontar no sean los que tuviste que superar tu hace veinte años.

Y sin embargo soplan vientos tempestad sobre las universidades públicas españolas. El motivo inmediato es, sin duda, la crisis política de la comunidad autónoma madrileña, que se ha resuelto por el momento con la dimisión de su presidenta, la Sra. Cifuentes, pero ha dejado una estela de sospechas de malas prácticas en una universidad importante de Madrid. Y luego está también el oportunismo de algunos partidos políticos que se han lanzado a la caza y captura de la Universidad Pública, al tiempo que facilitan la continuidad del gobierno madrileño en manos de los mismos que hicieron posible el escándalo Cifuentes.

Así que de la noche a la mañana se produce una situación inesperada: ahora parece que la única forma de arreglar los males que aquejan al mundo mundial pasa por zarandear a las universidades públicas españolas y exigirles, con toda seriedad, que sean excelentes, ejemplares, eficientes, competitivas, y no sé cuántas cosas más.

Ayer tomaron posesión de sus cargos una buena cantidad de profesores, investigadores y técnicos de la universidad de Salamanca. Y el rector, en sus palabras finales, recordó algunas cosas obvias. En la Universidad pública los profesores son funcionarios, como en otras partes de la Administración Estatal o Autonómica. Pero son funcionarios muy peculiares. De los que se espera no solo que tengan una dedicación plena, competente y responsable a su trabajo, sino que además investiguen, sean creativos, procuren mejorar su propia profesión continuamente y estén dispuestos a dedicar no las horas reglamentarias y los día laborables, sino todas las horas del día y todos los días del año. Y además no por obligación administrativa, sino por vocación y entusiasmo por el saber, la ciencia y la cultura.

Las universidades pueden tener muchos defectos, y siempre pueden mejorar. Pero si un país como España no dispusiera de una red de centros de formación superior como la que proporcionan nuestras universidades, habría que  inventarla. En realidad no hace falta inventar nada, pues ya lo tenemos. Pero estemos vigilantes: defendamos nuestro sistema universitario. De él depende la formación de los ciudadanos más competentes y mejor capacitados de los próximos decenios. De ello depende la competitividad de nuestra economía, la prosperidad de nuestros hijos y el futuro de nuestra sociedad. Cuidemos la universidad.

Onda Cero Salamanca 15/05/2018

Carlos Marx

 

El cinco de mayo se cumplieron doscientos años del nacimiento de Carlos Marx, el pensador alemán, teórico del socialismo revolucionario, que más influencia ha tenido en la cultura y el pensamiento de nuestra época.

En la actualidad no se puede decir que Marx sea un autor de moda. Pero cuando hace ya casi medio siglo yo estudiaba filosofía en Salamanca, el profesor Marcelino Legido nos recomendaba leer la biografía de Marx escrita por el jesuita  Ives Calvez, , el profesor Cirilo Flórez, mi colega y amigo desde entonces, presentaba su tesis doctoral sobre la idea de historia y progreso en Carlos Marx, y un grupo de los que hoy llamaríamos estudiantes de postgrado nos reuníamos cada cierto tiempo en el Palacio de Anaya, sede entonces de la Facultad de Filosofía y Letras, para discutir sobre las diferentes interpretaciones del marxismo y sus consecuencias políticas. Había, recuerdo, una batalla dialéctica bastante  notable entre lo que solíamos llamar el marxismo humanista del pensador francés François Garaudy (posteriormente convertido en intelectual musulmán), el marxismo científico de Louis Althusser (que terminó en un psiquiátrico, después de haber matado a su esposa), y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (con Adorno, Horkheimer y Marcuse como figuras señeras). Para los jóvenes revolucionarios de la época Marx era, de cualquier forma, una fuente de inspiración. Mi propia tesis de doctorado estaba en buena medida inspirada por la filosofía marxista de orientación científica.

Hasta hace poco creía que ya no quedaba nada de todas aquellas ideas e inspiraciones filosófico-revolucionarias. Pero hace unos días he tenido la oportunidad de conocer a José Sarrión, profesor de filosofía de la Universidad Pontificia y procurador en las Cortes de Castilla y León por Izquierda Unida. Le escuché en una mesa redonda organizada para conmemorar el 25 aniversario de la nueva facultad de filosofía de la Universidad de Salamanca. Y allí me enteré de que este joven filósofo había presentado su tesis doctoral nada menos que sobre “La noción de ciencia de Manuel Sacristán”.

Para los que se estén preguntando a qué viene todo esto, permítanme que les refresque la memoria. Manuel Sacristán fue el primer filósofo español que introdujo entre nosotros el estudio de la lógica matemática y la filosofía de la ciencia desde una perspectiva compatible con la filosofía europea y americana más avanzada del siglo XX. Pero además fue el pensador español de inspiración marxista más influyente en la filosofía de los años setenta. Recuerdo una conferencia que impartió en nuestra universidad sobre ciencia y política. O la polémica que levantó con un pequeño opúsculo sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores. El libro de Sarrión, que he empezado a devorar con avidez, ha tenido ya un efecto muy positivo: me ha hecho pensar que no todo está perdido de la obra de Carlos Marx y que todavía hay elementos de su pensamiento que pueden inspirar un trabajo científico en economía, historia y ciencias sociales, y una acción política al mismo tiempo radical, comprometida con los ideales de igualdad y guiada por una visión científica y realista del mundo. Algo que, a pesar de las apariencias, sigue gozando de buena vida.

Les invito a celebrarlo paseando por la Feria Municipal del Libro en la Plaza Mayor. Yo lo hice ayer y compré una pequeña maravilla, un librito con la lección  que Francisco de Vitoria dedicó a defender los derechos de los indios frente al rey e incluso frente al Papa. Una revolución filosófica también, como podemos comprobar, pero esta vez en el siglo XVI y en las aulas de Salamanca.

Onda Cero Salamanca 8/05/2018

El poder y la política

Hay demasiados temas de actualidad política y demasiado candentes para poder justificar que seleccione uno de ellos en detrimento de los demás. Así que, para evitar sesgos por selección, hoy no halaremos de ninguno de ellos (ni de Trump, ni de Cifuentes, ni del Brexit, ni de Puigdemont), y dedicaremos este espacio a la pura reflexión intelectual sobre la política en abstracto.

Hay dos formas de entender el significado de la política. Una proviene de la tradición filosófica de Aristóteles. La otra es la concepción moderna, que proviene de Maquiavelo.

Según la concepción aristotélica, la política abarca todo lo que hacemos para gestionar los asuntos de interés público. En terminología griega, los asuntos que tienen que ver con la vida de la polis, es decir de la ciudad o del Estado, como diríamos hoy, y no solo de la familia (ese es el ámbito de la economía, según Aristóteles) o de la persona individual y su felicidad, que era el ámbito de la ética. Así que cuando hacemos política en este sentido aristotélico, lo que hacemos es perseguir el bien común y gestionar los asuntos de la polis (de la ciudad, del Estado) de acuerdo con criterios racionales.

La concepción que consideramos moderna y que proviene de la obra de Maquiavelo, se refiere a la política como actividad orientada a la conquista y el uso del poder del Estado para gestionar los asuntos de interés público. La diferencia entre la política en sentido aristotélico y la política en sentido maquiavélico es que, en este último caso, la actividad política tiene un carácter instrumental: su objetivo no tiene que ver con lo que queremos hacer para conseguir el bien común, sino con disponer del poder suficiente para por hacer lo que queramos.

Si reparamos en la actualidad, es fácil comprobar cómo esta ambivalencia del significado de la política se refleja en la vida cotidiana. Por ejemplo la reivindicación de los separatistas catalanes parece orientada simplemente a la conquista y manipulación del poder del Estado del que forman parte, más que a la gestión eficiente del interés público. Por eso se sienten felices con sus declaraciones de independencia, sus escarceos internacionales, y sus rifirrafes con la justicia. Es un juego que los mantiene vivos en su batalla principal: la conquista y el uso incontrolado del poder, aunque eso termine arruinando a Cataluña.

Algo parecido sucede en el Reino Unido con las luchas políticas en torno al brexit (no importa tanto qué se va a hacer, sino sobre todo quién va a mandar, a controlar el proceso). O el caso  de Trump en USA o de Cifuentes en Madrid (“No dimito. No me voy a ir”): su misión es mandar y demostrar que manda: nada que ver con la gestión eficiente de la polis, solo con la lucha descarnada por el poder, su conquista y su exhibición .

En fin, creo que en política, para resumir, necesitaros más Aristóteles y menos Maquiavelo. Espero que no sea tarde para cambiar.

La mujer del César

Es conocida la explicación que Julio César dio a las mujeres de la alta sociedad romana para justificar el repudio de su esposa Pompeia, acusada de haber participado en una orgía indecente: la mujer del César –dijo-  no solo debe ser honrada, además debe parecerlo.

Supongo que todo el mundo aceptará que lo que vale para la mujer del Cesar vale con mayor fundamento para el propio César. Y más aún en un caso como el que ocupa las portadas de todos los peródicos los últimos días, en el que el Cesar y la Mujer del Cesar coinciden en una misma persona, Cristina Cifuentes, líder del Partido Popular, Presidenta de la Comunidad de Madrid, y brillante promesa de futuro para el maltrecho partido de M. Rajoy. Se supone que la señora Cifuentes tenía la obligación, no ya solo de ser honrada, sino además de parecerlo.

Lo más llamativo del asunto del máster fraudulento de Cristina Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid es que una mujer como ella haya cometido tantos errores encadenados:  ha aceptado un título de máster universitario sin habérselo ganado, ha presentado como prueba de descargo documentos falsos, ha mentido descaradamente sobre  cosas tan elementales como la supuesta defensa pública de su Trabajo fin de Máster, dando detalles inventados sobre la duración de un acto académico (“una exposición de diez o quince minutos”, ha dicho con todo el aplomo de una experimentada estudiante), un acto que en realidad nunca se produjo. Y sigue ahí, tan tranquila al parecer, esperando que los amigos le echen una mano para enfangar las portadas de los periódicos con cualquier aportación original que permita desviar la atención. Esto es en efecto, lo más grave del caso Cifuentes: el desprecio total que manifiesta hacia la obligación que toda autoridad tiene no solo de ser honrada sino además de parecerlo.

Desde luego Cifuentes se tiene que retirar de la política. No hay más discusión. Y cuanto antes se resuelva su situación, tanto mejor. Porque después de que ella dimita y desaparezca de la escena pública, habrá que dedicar tiempo y esfuerzos para gestionar el infame legado que deja a sus sucesores.

Para empezar una universidad pública de la categoría de la Rey Juan Carlos, queda seriamente tocada. Ya tuvo problemas hace un año cuando tuvo que dimitir su rector, por haber cometido uno de los delitos más graves -el plagio- que se pueden cometer en la comunidad académica. Ahora aparecen irregularidades por todas partes, y siempre con dos notas llamativas: arbitrariedad y sensación de impunidad. Los estudiantes y los profesores honrados protestan y llevan razón. En realidad, ya está retrasándose demasiado la dimisión del rector que amparó inicialmente el fraude Cifuentes, la del director de ese instituto de Derecho Público, que ha declarado ser el autor de la falsificación de un documento público. En fin….¡que hay tarea de limpieza general para varios años!

Y la misma advertencia debería valer para la institución universitaria en su conjunto.  Todos estamos de acuerdo en que la universidad es una institución respetable, memorable y merecedora del prestigio que nuestra sociedad asigna al saber, la ciencia y la cultura. Pero no basta con que la universidad sea honrada, además debe esforzarse por parecerlo. Hay instituciones sobre las que recae esta responsabilidad, como es el Consejo de Universidades, el Ministerio de Educación  y la Conferencia de Rectores.  Deben actuar ya, si quieren que la universidad pública española sea como la mujer del César.

Onda Cwero Salamanca 10/04/2018