El mundo va mejor de lo que creemos

Hace poco se ha publicado un libro esclarecedor. En inglés se titula Factfulness, un título difícil de traducir al español, pero que apunta a algo como “la realidad de los hechos”, “los hechos en su plenitud”, o algo así. El subtítulo ayuda mucho a entender con qué nos enfrentamos: “diez razones por las que nos equivocamos acerca del mundo y por qué las cosas van mejor de lo que pensamos”. Casi nada. Bill Gates ha recomendado su lectura con estas palabras: “Uno de los libros más importantes que he leído en mi vida; una guía indispensable para pensar claramente acerca del mundo”.

¿Cuál es el secreto de esta obra? En la vida cotidiana, cada uno de nosotros recibe continuamente información sobre el estado del mundo, su evolución, la producción de acontecimientos relevantes, catástrofes naturales o políticas, etc. Y generalmente disponemos de numerosas fuentes de información, datos estadísticos sobre todo, organizados de forma que podemos fácilmente llegar a ellos desde cualquier parte del mundo. Pero la lectura de estos datos, su transmisión a través de los medios y su consideración como base para la toma de decisiones políticas, económicas, y sociales, está mediatizada por un serie de “instintos” o prejuicios que distorsionan nuestra forma de ver esos hechos. El primero de estos prejuicios es la idea de que podemos dividir el mundo significativamente en dos grandes bloques: el de los países ricos o desarrollados y el de los países pobres o en vías de desarrollo. El segundo es que estamos convencidos de que las cosas van cada vez peor. Frente a esto los autores del libro (Hans Rosling y sus hijos),  proponen que dividamos la humanidad en cuatro grandes niveles de riqueza, de acuerdo con el nivel de ingresos per capíta de cada grupo. En el nivel 1 están los más pobres, que viven con menos de 3 dólares al día y en el nivel 2 los algo menos pobres, pero pobres aún, que viven con menos de 8 dólares al día. En el nivel 3 están los que disponen de hasta 32 dólares. Finalmente los de nivel 4, los más ricos, pueden gastar más de 32 dólares. Los datos estadísticos permiten detectar que los grupos de más pobres y más ricos (el 1 y el 4) son prácticamente iguales a nivel mundial (800 millones de habitantes en cada grupo), aunque los pobres están en Asia y Africa, mientras los ricos se encuentran sobre todo Europa y América. El grupo más numeroso es el de los pobres de nivel 2 al que pertenece más de la mitad de la población mundial y se encuentra sobre todo en Asia. Pero, por otra parte, si se extrapolan las tendencias demográficas y económicas actuales, lo previsible es que en 2040 (dentro de poco más de 20 años, es decir una generación) la población mundial habrá crecido hasta alcanzar los 8000 millones de habitantes; pero entonces en los grupos más pobres (1 y 2) se encontrará menos de la mitad de la población mundial, habrá aumentado significativamente la población del grupo 3 (4200 millones de personas, más de la mitad de la población mundial) y la población del grupo de los más ricos, el nivel 4, se habrá duplicado en esos años.

Lo dicho, no hay que conformarse, pero tampoco hay que desesperar: el mundo va mejor de lo que creemos. Solo hay que mirarlo con las gafas adecuadas, que nos permitan ver los hechos en todas sus múltiples dimensiones. Y no se trata solo de ver la botella medio llena o medio vacía, sino de ver que, en cualquier caso, la botella puede tener algo dentro, que quizás merezca la pena.

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Libros para regalo

Estamos en plena época de consumo masivo y compulsivo. Vivimos estos días como si estuviéramos obligados a comprar, regalar y consumir bienes materiales o servicios de valor añadido, como dicen los economistas. En Navidades ya no somos ni ciudadanos, ni padres ni hijos, ni amigos ni profesionales de esto o de lo otro. Somos simplemente consumidores. Compramos y usamos cosas nuevas. Hacemos viajes y celebraciones sin cuento ni razón aparente que no sea la de cumplir con un rito de consumo compulsivo. Y regalamos cosas a todo el mundo, también de forma compulsiva,  masiva, para garantizarnos que nuestro comportamiento es ejemplar en el ámbito de nuestras relaciones sociales. Hay quien dice incluso que para que el sistema funcione, debe ser así: si no hay aumento del consumo, la economía no crece, desaparecen los puestos de trabajo y todo el tinglado de nuestra frágil economía se viene abajo.

Así que ya no vale como excusa el lema de ahorrar y reservar el dinero para tiempos difíciles, por si vuelven, sino que hay que gastarlo para evitar que vuelvan.

Bueno, dejemos para otro día estas reflexiones sobre lo que podríamos llamar la ética del consumo y seamos prácticos. Ya que no podemos, o no debemos, evitar el consumo y los rituales de regalos y celebraciones, al menos trabajemos para que lo que consumamos sea lo que realmente queremos consumir o regalar y no solo lo que se espera que hagamos guiados por la mano implacable de las técnicas publicitarias.

En esta línea de razonamiento debe entenderse mi recomendación de consumo para estos días: intentemos regalar objetos de uso personal, que sus usuarios futuros tengan motivos para querer conservarlos como algo propio, que puedan disfrutar no una sino muchas veces de ellos, que además puedan prestarlos a otros amigos o familiares y que puedan servir para entablar lazos de relaciones personales, y temas de conversación.

Hay un tipo de objetos que cumplen todas estas condiciones., Y además se nos ofrecen en un amplio inervarlo de precios, formatos, estilos y temas. Me refiero a los libros. Y específicamente a los libros de papel. No es cierto que estos vayan a ser sustituidos por los libros en formato electrónico, como suelen decir los agoreros. Desde luego que el contenido de cualquier libro puede guardarse en un archivo de ordenador o de nuestra tablet. Y que cualquier texto en principio se puede leer en una pantalla. Pero el libro de papel es algo más. Se puede tocar, oler, ojear, abrir por diversas partes y saber directamente en qué parte del mismo te encuentras mientras lo lees. Se puede incluso anotar en los márgenes. Se puede regalar, intercambiar con los amigos, trasladar de un sitio a otro físicamente y disfrutar de él de múltiples formas.

La industria de los libros no está en decadencia. Solamente se ha ampliado con las posibilidades que ofrece el formato digital. Pero las librerías y las bibliotecas, como lugares de distribución de libros o escenarios donde compartir los libros con amigos e intercambiar conversaciones en torno a ellos, tienen un gran futuro. Al menos lo tendrán si los ciudadanos consumidores abrimos los ojos y volvemos a comprar, usar y regalar libros de verdad, es decir de papel.

Deberíamos adoptar un principio para estas fiestas: ningún niño sin su libro de regalo en Navidad.

Onda Cero Salamanca 26/12/2017