Just in time / Justo a tiempo

La semana pasada se celebró en Oviedo un seminario internacional sobre cultura científica, organizado por el grupo de Ciencia, Tecnología y Sociedad de aquella universidad. Los invitados tuvimos la oportunidad de debatir con Steve Miller, una de las primeras autoridades mundiales en el campo de la sociología de la ciencia, y de analizar con él algunos de los retos más importantes que tiene que afrontar la cultura científica en la actualidad.

Para empezar, la ciencia es hoy una parte muy importante de la cultura general de los ciudadanos. Se acabó la vieja contraposición entre ciencias y letras, técnica y arte, cultura e industria. Hoy la ciencia está en todas partes y la cultura científica es un componente universal de la cultura sin más.

En segundo lugar, eso que llamamos la cultura científica está cada vez más lejos de poderse reducir a un conjunto de ideas y conocimientos que aprendimos en la etapa escolar y que luego recordamos el resto de nuestros días. Por el contrario, la mayor parte de lo que sabemos acerca de la ciencia lo aprendemos en la vida diaria. Cuando adquirimos un electrodoméstico afrontamos la necesidad de incorporar a nuestro bagaje cultural nuevos conocimientos y normas de actuación que necesitamos para usarlo eficientemente. Y cuando el médico nos receta un fármaco, tenemos que leernos un prospecto lleno de información científica que nos esforzamos por entender. Así que el resultado final es que la cultura científica se convierte en una parte cada vez más importante de nuestra cultura sin más.

Pero hay algo más. Miller lo llamaba el modelo just in time de acceso a la cultura científica. La expresión just in time se utiliza para caracterizar el sistema de producción industrial actual, vinculado de forma muy directa a las fluctuaciones de la demanda. Se trata de producir en cada momento justo lo que se necesita para satisfacer la demanda, en  vez de acumular una gran cantidad de productos y tenerlos almacenados hasta que el mercado acabe con  las reservas. Es bien conocido, por ejemplo, que el éxito de las grandes cadenas de producción y distribución en la industria de la confección, depende de esa capacidad para producir just in time, es decir, en el momento, aquello que se demanda.

Pues bien, en el acceso a la cultura científica se está imponiendo también el modelo just in tiiime. No se trata ya de conseguir que en la cabeza de cada ciudadano se almacene un montón de contenidos científicos necesarios para andar por la vida, sino de que los ciudadanos sean capaces de apropiarse de los conocimientos, actitudes y valores de la ciencia que necesitan en cada momento, accediendo a ellos, a través de internet y de las redes sociales, justo en el momento en que se necesitan. La idea de Miller es que este cambio de paradigma, desde el almacén de conocimientos al acceso just in time,  nos obliga a cambiar también los modelos de enseñanza de las ciencias y de oferta de la información científica en general: lo importante no es ya aprender todo lo que se debe saber, sino sobre todo aprender a aprender, es decir aprender a discriminar los conocimientos relevantes de los irrelevantes, la ciencia fiable de la no fiable, el conocimiento fundado de la charlatanería. Aprender a incorporar la cultura científica a nuestro bagaje cultural just in time, justo a tiempo.

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La inteligencia de las máquinas

Estos días estamos celebrando en el Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología el seminario anual de doctorandos, en el que los estudiantes exponen y discuten los avances que han conseguido en sus investigaciones durante el último año. Allí se tratan multitud de asuntos relativos a nuestra cultura científica y tecnológica y se crea un ambiente propicio para la reflexión y el debate académico. Una de las ponencias que se presentaron ayer invitaba a reconstruir la visión histórica y filosófica del desarrollo de la técnica de los últimos siglos. ¿Qué es lo que mejor caracteriza a la técnica de nuestros días frente a la de los siglos anteriores?

El famoso filósofo español, José Ortega y Gasset, decía que el hombre se ve abocado a crear la técnica porque es la forma que tiene de afrontar su radical indigencia biológica. Nacemos desprovistos de un programa que nos permita sobrevivir y tenemos que apañarnos para inventarnos nuestra propia vida a base de cambiar el entorno en el que nos desenvolvemos. Y esos cambios son los cambios que producimos a través de la técnica.

Esto lo escribió Ortega hace más noventa años y desde entonces las cosas han cambiado mucho. Pero su diagnóstico sigue siendo válido, aunque hay algo que caracteriza a nuestras técnicas y que, en tiempos de Ortega y Gasset, era difícil de apreciar. En los siglos XIX y XX se completó la revolución industrial que nos dejó en herencia una enorme capacidad de transformación de la realidad gracias a las máquinas mecánicas, al uso masivo de las fuentes de energía fósiles como el carbón y el petróleo, a las grandes infraestructuras viarias y urbanas, etc. Ahora podemos decir que estamos en una nueva era de desarrollo tecnológico, que se caracteriza no ya por la potencia y magnitud de las técnicas o los artefactos que manejamos sino por lo que podríamos llamar su inteligencia. Lo nuevo no es que ahora podamos diseñar y producir artefactos con potencia suficiente para proporcionar energía útil a miles de millones de personas en el planeta Tierra. Lo nuevo es que diseñamos y producimos miles de millones de artefactos a los que dotamos de inteligencia. Es decir de capacidad para procesar información y  adaptar su comportamiento a los cambios que se producen en el medio en el que operan. En eso consiste la inteligencia de las máquinas.

En realidad se trata de nuestra propia inteligencia incorporada en el diseño de nuestros artefactos.  Las máquinas solo son inteligentes si las diseñamos, las producimos y las usamos de forma inteligente. La inteligencia de las máquinas somos nosotros mismos.

Onda Cero Salamanca 26/04/2016

 

TURISMO DE TRASPLANTES

La policía ha desmantelado un grupo de delincuentes que se dedicaban a introducir en España enfermos de otros países para realizarles aquí trasplantes de riñón u otros órganos vitales.

El hecho merece una reflexión. En primer lugar acerca de las condiciones que hacen posible este tipo de actividades fraudulentas, que constituyen casos extremos del llamado “turismo sanitario”. Y en segundo lugar, acerca de la respuesta que la sociedad debe dar ante estos hechos.

Empecemos por reconocer el lado bueno de las cosas, si es que se puede hablar así. España, en este caso, es objeto de fraudes y trampas porque es el país con un sistema médico de trasplantes de órganos más eficiente y equitativo del mundo. A cualquier enfermo de cualquier país, que necesite un trasplante, lo mejor que le puede suceder es que se encuentre en España y pueda ser atendido aquí.

El éxito de las operaciones de trasplante depende de muchos factores, no solo técnicos, sino también sociales, jurídicos y éticos. Uno de los puntos críticos es la adecuada gestión de las donaciones de órganos y de la asignación de enfermos receptores. Para que funcione bien, se requiere que todo el proceso se haga siguiendo criterios estrictamente médicos, que el sistema no permita la interferencia de intereses económicos o políticos, y que toda la sociedad confíe y respalde las actuaciones llevadas a cabo por los profesionales de la medicina. Un buen sistema de trasplantes se basa en la solidaridad y la capacidad de empatía de una sociedad. Si se abre una vía la influencia del interés privado y del poder económico o político, todo el sistema se viene abajo en poco tiempo.

El modelo vigente en España responde a estos criterios. Y eso ha hecho que sea reconocido a nivel internacional como un referente indiscutible y que la organización mundial de trasplantes haya recomendado que el modelo español se implante en todos los países.

Mientras esto no suceda, España seguirá siendo un objetivo apetecible para el uso fraudulento de nuestro sistema de trasplantes. Debemos felicitarnos de que la intervención de la policía se lo ponga difícil a estos delincuentes internacionales. Así debe ser, si queremos preservar al mismo tiempo la calidad de nuestro sistema y la equidad de un tratamiento médico al que puedan acceder en igualdad de condiciones todas las personas con las que convivimos y que legítimamente tienen derecho a la atención sanitaria.

Debemos estar orgullosos de nuestro sistema sanitario de trasplantes, y preservarlo de cualquier intento de convertirlo en una modalidad del negocio turístico.

Onda Cero Salamanca 12/04/2016

Mujeres y ciencia

Existen muchos prejuicios sexistas. Uno de ellos se refiere a la aptitud de las mujeres para las matemáticas y para la ciencia en general. Es conocido el escándalo de hace unos años, cuando nada menos que el rector de la Universidad de Harvard tuvo que dimitir después de haber dicho una estupidez supina a este respecto: que el cerebro de las mujeres era menos apropiado para las matemáticas que el de los hombres.

Las cosas en este campo están cambiando a toda velocidad.  En la Unión Europea, por ejemplo, hay todo un plan de actuaciones orientadas a promover políticas de igualdad en la ciencia y la tecnología y a difundir información sobre estos temas. En el informe sobre mujeres y ciencia que recientemente han publicado, aparecen algunos datos reveladores, que paso a resumir:

  • Todavía hay una brecha considerable entre hombres y mujeres en relación con la actividad científica: solo el 33% de investigadores son mujeres, a pesar de que el porcentaje de graduados superiores y doctorados es prácticamente del 50%.
  • Sigue presente un fuerte efecto conocido como “techo de cristal”: a medida que avanza la carrera profesional de una investigadora más difícil le resulta seguir progresando, en relación con sus colegas varones. El resultado es que el porcentaje de mujeres con un nivel elevado en la jerarquía científica es mucho menor que el que cabría esperar.
  • Hay diferencias significativas en la especialización por áreas científicas, la más llamativa es el déficit de mujeres en algunas áreas de la ingeniería.
  • También hay diferencias en relación con los sectores de actividad científica: la igualdad entre hombres y mujeres es mayor en las universidades y en los organismos públicos de investigación. En cambio hay menos mujeres investigadores de las que cabría esperar en el sector empresarial.
  • Las mujeres participan menos en el registro de invenciones patentables (de cada 10 patentes solo en 2 aparecen mujeres como autoras)
  • En cambio la cantidad, la calidad y el prestigio internacional de la producción científica no difieren entre varones y mujeres.
  • En cualquier caso los datos indican que en todos estos campos la situación relativa de las mujeres está mejorando.
  • Además más del 30% de las instituciones científicas consultadas están poniendo en marcha programas especiales para promover la igualdad de género en la gestión de la ciencia.

El panorama que se deriva de estos datos es inquietante pero alentador. Queda mucho por hacer, pero la igualdad de hombres y mujeres en la ciencia va a seguir mejorando. Si yo tuviera ocasión de influir en la imaginación de una niña pequeña, la iría preparando para que de mayor quisiera ser investigadora en física, química o ingeniería. Hay todo un campo abierto de posibilidades para el desarrollo profesional de las mujeres en la ciencia.

La incultura científica

Hace años podían hacerse bromas acerca del cambio climático como la que hizo Rajoy sobre su primo el profesor de física, confundiendo el calentamiento global con la previsión meteorológica. Hoy nadie haría bromas con eso. Pero seguimos aceptando como naturales algunas medio-bromas -digámoslo así- que se refieren también a la cultura científica. Por ejemplo, ante una situación apurada seguimos echando mano de ese “es que yo soy de letras”, como si ser cultos en arte o literatura nos librara de nuestra responsabilidad ante la cultura científica. O esa otra respuesta complaciente ante algunas patrañas pseudocientíficas:” algo tendrán cuando la gente acude a ellas”, o cosas así….

Estos días ha saltado a la prensa la lucha de Julián Rodríguez, un padre cuyo hijo murió de leucemia hace dos años, como consecuencia de haber seguido las prescripciones de un curandero que le atiborró de vitaminas y le indujo a negarse a aceptar la terapia prescrita por los médicos. Julián ha presentado una denuncia en el juzgado contra el curandero y espera que la justicia de dé la razón. Pero mientras tanto ha creado una Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP) y una página web en la que espera aunar esfuerzos de muchos ciudadanos en su lucha contra la pseudomedicina anticientífica.

Lo que más me ha llamado la atención es que, creo que por primera vez en mi vida, he visto un titular de periódico apelando a la incultura científica como responsable de un grave daño a las personas, incluyendo posibles responsabilidades penales. (“A mi hijo lo ha matado la incultura científica“, decía el titular del periódico).

Aunque en los ambientes académicos hace tiempo que nos preocupamos por el desarrollo y la difusión de la cultura científica en su múltiples dimensiones (incluida la del periodismo científico), no es común que nuestras discusiones salten a las páginas de la prensa y menos aún que lo hagan para reivindicar que la cultura científica puede salvar la vida de nuestro hijo y la incultura matarlo.

No estoy seguro de si podremos algún días librarnos de las estafas y patrañas de curanderos y timadores disfrazados con bata blanca, pero el caso que comentamos me mueve a pensar que podemos hacer mucho más de lo que hacemos para librarnos de ellos.  Deberíamos empezar a pensar que todos somos responsables de la difusión de la cultura científica, que podríamos exigir, por ejemplo, que en las farmacias no se vendan pseudoremedios homeopáticos, que los curanderos no se puedan anunciar como si fueran médicos, que las universidades no enseñen pseudociencias como si fueran ciencia  y que los que sufren no sean estafados por falta de cultura científica.

Un indicador de cultura científica para las Comunidades Autónomas

Quintanilla Fisac, M.A., Escobar , M. (2005). Un indicador de cultura científica para las Comunidades Autónomas. En “Encuesta de Percepción pública de la ciencia en España 2004” (pp. 223 – 232). Madrid: FECYT.

Foro Campinas. Las dos culturas: Una perspectiva cívica. Conferencia de Miguel A. Quintanilla

Grabación de la conferencia de M A Quintanilla en el Foro Campinas (Brasil, 23-25 de noviembre de 2009) organizado por la OEI.
La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), junto con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), y la Universidade Estadual de Campinas (Unicamp) realizaron la primera edición del Foro Iberoamericano de Comunicación y Divulgación Científica, en Campinas, Brasil, del 23 al 25 de noviembre de 2009.

http://youtu.be/GDdCdM0Qptw