Big data

Acabo de recibir la nueva versión actualizada de mi libro de filosofía de la tecnología, publicado por Fondo de cultura Económica de México. Esta nueva edición incorpora dos novedades importantes. La primera es un amable y cariñoso prólogo de mi maestro Mario Bunge.  La segunda es un capítulo final en el que se introduce un modelo alternativo de desarrollo tecnológico, basado  en el concepto de tecnologías entrañables, que hemos construido en la Universidad de Salamanca.

Para un público que no esté siguiendo de cerca la actividad académica en este campo, todo lo que se cuenta en el libro puede sonar a música celestial. Y sin embargo son asuntos del máximo interés y actualidad. Pongamos un caso: el uso de las tecnologías de minería de datos o big data. Se trata de un fenómeno muy actual, que está sucediendo ante nuestros ojos. En pocos años la capacidad de los ordenadores y de las redes de comunicación y computación distribuida han crecido de forma extraordinaria. La consecuencia es que ahora podemos almacenar y procesar, a velocidades vertiginosas, cantidades ingentes de datos que nunca jamás habían sido accesibles con anterioridad. La mayoría de estos datos tienen su origen en las actividades cotidianas de cada uno de nosotros: al fin y al cabo somos varios miles de millones de personas en el mundo que realizamos miles de operaciones diarias cuyo rastro queda recogido en esas gigantescas bases de datos a través de las redes de comunicación. A partir de esos datos, sometidos a complejos procesos de cálculo, podemos descubrir pautas generales, regularidades y tendencias, aspectos de la realidad social y natural cuya existencia no podíamos ni sospechar. Imaginemos el interés de esta nueva fuente de información que los big data suponen y la cantidad de miles de millones de euros que en torno a su manejo, procesamiento y comunicación se pueden generar.

La filosofía de la tecnología debería servirnos  para ayudarnos a entender las posibilidades y las consecuencias de las innovaciones tecnológicas, y a adoptar ante ellas una actitud vigilante. En el caso de los big data, el problema principal no es sólo  cómo se usan los datos masivos, sino por qué se dispone de ellos. Hay quien piensa que se trata de una posibilidad técnica que debe aprovecharse, ya que su existencia es inevitable. Pero no está claro que sea así. Por las redes informáticas se puede navegar sin dejar rastro, si así se desea. El problema es que si todos navegáramos en régimen estrictamente privado, no se generarían plusvalías con nuestra actividad . Pero el usuario siempre debería tener la opción de pronunciarse claramente acerca de si su actividad en la red va a generar plusvalías integrándose, o no,  en la corriente global de información.

Deberíamos cultivar más asiduamente la filosofía de la técnica y dotarnos de instrumental conceptual y analítico adecuado para afrontar estos nuevos retos de la tecnología actual. Como ha hecho recientemente, por ejemplo, Juan Cruz Moroni, un alumno de Salamanca, que acaba de presentar su tesis de maestría sobre el tema de la privacidad en la era del big data, visto desde una perspectiva filosófica. Ojalá se publique pronto y que cunda el ejemplo.

Onda Cero Salamanca 12/09/2017

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Just in time / Justo a tiempo

La semana pasada se celebró en Oviedo un seminario internacional sobre cultura científica, organizado por el grupo de Ciencia, Tecnología y Sociedad de aquella universidad. Los invitados tuvimos la oportunidad de debatir con Steve Miller, una de las primeras autoridades mundiales en el campo de la sociología de la ciencia, y de analizar con él algunos de los retos más importantes que tiene que afrontar la cultura científica en la actualidad.

Para empezar, la ciencia es hoy una parte muy importante de la cultura general de los ciudadanos. Se acabó la vieja contraposición entre ciencias y letras, técnica y arte, cultura e industria. Hoy la ciencia está en todas partes y la cultura científica es un componente universal de la cultura sin más.

En segundo lugar, eso que llamamos la cultura científica está cada vez más lejos de poderse reducir a un conjunto de ideas y conocimientos que aprendimos en la etapa escolar y que luego recordamos el resto de nuestros días. Por el contrario, la mayor parte de lo que sabemos acerca de la ciencia lo aprendemos en la vida diaria. Cuando adquirimos un electrodoméstico afrontamos la necesidad de incorporar a nuestro bagaje cultural nuevos conocimientos y normas de actuación que necesitamos para usarlo eficientemente. Y cuando el médico nos receta un fármaco, tenemos que leernos un prospecto lleno de información científica que nos esforzamos por entender. Así que el resultado final es que la cultura científica se convierte en una parte cada vez más importante de nuestra cultura sin más.

Pero hay algo más. Miller lo llamaba el modelo just in time de acceso a la cultura científica. La expresión just in time se utiliza para caracterizar el sistema de producción industrial actual, vinculado de forma muy directa a las fluctuaciones de la demanda. Se trata de producir en cada momento justo lo que se necesita para satisfacer la demanda, en  vez de acumular una gran cantidad de productos y tenerlos almacenados hasta que el mercado acabe con  las reservas. Es bien conocido, por ejemplo, que el éxito de las grandes cadenas de producción y distribución en la industria de la confección, depende de esa capacidad para producir just in time, es decir, en el momento, aquello que se demanda.

Pues bien, en el acceso a la cultura científica se está imponiendo también el modelo just in tiiime. No se trata ya de conseguir que en la cabeza de cada ciudadano se almacene un montón de contenidos científicos necesarios para andar por la vida, sino de que los ciudadanos sean capaces de apropiarse de los conocimientos, actitudes y valores de la ciencia que necesitan en cada momento, accediendo a ellos, a través de internet y de las redes sociales, justo en el momento en que se necesitan. La idea de Miller es que este cambio de paradigma, desde el almacén de conocimientos al acceso just in time,  nos obliga a cambiar también los modelos de enseñanza de las ciencias y de oferta de la información científica en general: lo importante no es ya aprender todo lo que se debe saber, sino sobre todo aprender a aprender, es decir aprender a discriminar los conocimientos relevantes de los irrelevantes, la ciencia fiable de la no fiable, el conocimiento fundado de la charlatanería. Aprender a incorporar la cultura científica a nuestro bagaje cultural just in time, justo a tiempo.

Seguridad en la red

Supongo que a estas alturas no es necesario precisar que, cuando halamos de la red, no nos referimos a la que usan los pescadores en su faena diaria sino a la red por antonomasia, a la de de todos, es decir a Internet. Y que cuando hablamos de seguridad no nos referimos a evitar que alguien se dé un batacazo navegando por Internet y se rompa una pierna. No se trata de eso, sino de algo mucho más perentorio, realista y peligroso. Se trata de garantizar que podemos utilizar la red de comunicaciones más potente del mundo sin problemas de seguridad. Es decir con garantías de que

  1. Nadie podrá conocer nuestros datos y manipularlos si nosotros no queremos
  2. Nadie podrá impedir que accedamos a datos y lugares de la red cuyos propietarios no hayan pretendido limitar nuestro acceso.
  3. Nadie podrá obligarnos a acceder a datos o sitios a los que no deseemos acceder.
  4. Nadie podrá usar la red para hacernos daño

La primera garantía afecta a una práctica muy extendida que consiste en aceptar, por defecto, que otros accedan a tus datos o a tu posición en la red para venderte publicidad, por ejemplo. La garantía de seguridad consiste en exigir que para que eso sea posible no baste con que no te opongas a esa práctica, sino que sea preciso que activamente la promuevas. Y que sea por defecto, o sea que, si no dices nada, no te puedan colocar publicidad en tu posición en la red (incluyendo tu correo electrónico).

La segunda garantía no es más que una extensión de la libertad de expresión y de movimiento. No se puede limitar la tecnología de la red de forma que su uso dependa del
contenido que se transmita a través de ella. Naturalmente es posible que haya sitios de la red que no estén accesibles para todo el mundo, pero esas limitaciones no se pueden imponer a base de modificar la infraestructura de la red. (Como el puente famoso de Nueva York, que se diseñó de forma que los autobuses urbanos no pudieran pasar por debajo, para evitar que pudieran acceder a las playas los habitantes pobres de la ciudad que no disponían de coche propio).

La tercera garantía significa que los responsables de la red no te pueden obligar a visitar sitios o seguir itinerarios que tu no has previsto. Es el derecho elemental a la resistencia. Pero debería generalizarse. Por ejemplo en la actualidad el rooming, es decir el acceso a la red a través de operadores diferentes a tu proveedor habitual cuando viajas por el extranjero, es prácticamente automático y extraordinariamente opaco. Solo te enteras del servicio que has consumido cuando a final de mes te llega una factura ruinosa. ¿Por qué hacen esto las compañías proveedoras de acceso a la red (las telefónicas, para entendernos)? Por nada en especial: porque pueden.

La cuarta garantía es tan obvia que da vergüenza tener que recordarla: la red no se puede usar para insultar, agredir o hacer daño de cualquier forma, igual que las carreteras no se pueden usar para atropellar gente. La única manera de regular razonablemente bien el uso de la red y garantizar la seguridad no es a base de mutilar, ampliar o forzar la infraestructura tecnológica, sino de hacer algo más simple: regular adecuadamente su uso con normas jurídicas de obligado cumplimiento y dotar a los usuarios y al sistema judicial y administrativo de medios adecuados para perseguir los delitos que se cometen en la red, con la misma lógica con la que se persiguen los delitos en la carretera. Si conduces borracho pagas la multa. Si insultas en internet pagas la multa. Si abusas de tu posición pagas la multa, aunque seas la multinacional más importante o el hacker más cool del mundo. Así de simple.