En qué consiste hacer las cosas bien?

El presidente del gobierno nos tiene acostumbrados a escuchar algunas sentencias que expresan ideas intrascendentes como si fueran verdades teológicas. Por ejemplo, decir que lo importante en política es hacer las cosas bien. Lo escuchamos y nos quedamos tan convencidos: ¿quién puede negar algo así?

Pero pensemos con un poco de distanciamiento: ¿qué queremos decir cuando afirmamos que hay que hacer las cosas bien?

Para hacer las cosas bien, lo primero que hay que hacer es hacer algo. Si te quedas esperando a que los problemas se resuelvan solos, luego no puedes decir que has actuado bien, simplemente no has actuado. Lo segundo, para hacer las cosas bien es que lo que te propongas hacer sea, en si mismo, algo digno y valioso. Un crimen nunca puede ser considerado como una acción bien hecha, aunque sea un crimen perfecto. Y por último, para hacer las cosas bien debes actuar de forma que no solamente se consigan los objetivos dignos que te proponías conseguir, sino que también se minimicen los efectos negativos que puedan derivarse de tu actuación (los llamados daños colaterales restan valor a tu acción).

Pongamos por caso, el brexit en Gran Bretaña ¿Fue una buena idea? David Cameron lo convocó convencido de que saldría el NO y él se quitaría un problema de encima. Le salió tan mal que le costó el puesto de primer ministro. Al cabo de un tiempo su sucesora Teresa May ha cometido otro error: convocar elecciones para afianzar su posición política de cara a las negociaciones del brexit. Lo ha hecho tan mal que ha perdido un montón de escaños en el parlamento británico y su posición política ha salido enormemente debilitada, y se ha fortalecido la de su oponente laborista Jeremy Corbin. Justamente lo contrario de lo que pretendía conseguir con su maniobra.

Otro ejemplo. Aquí en España hemos asistido en poco tiempo a lo que parecía la operación política más ruinosa para el Partido socialista y su líder, Pedro Sánchez. Al cabo de unos meses la realidad ha resultado todo lo contrario: Sánchez ha ganado las primarias, ha triunfado en el congreso federal y ahora controla el POSE de forma contundente y completa, sin que nadie le pueda obligar  a hacer lo que no quiera. Si hay un ejemplo en política de en qué consiste hacer las cosas bien, es este de Pedro Sánchez, no el mantra del presidente Rajoy.

La actualidad nos ofrece más casos. Los bomberos han trabajado heroicamente para rescatar víctimas de una torre de apartamentos que ha ardido en Londres. Ellos lo han hecho bien, pero ha habido decenas de víctimas. ¿Por qué? ¿Qué se ha hecho mal? No es un problema de los bomberos, ni de los vecinos. Es que hace unos años se remodeló el edificio y se le recubrió con una capa de material decorativo y supuestamente aislante que mejoraba el aspecto estético del edificio (y por lo tanto su valor de mercado), pero lo hizo más vulnerable al fuego, porque era un material inflamable. ¿Quién hizo aquí las cosas mal?

Salvo algún loco desquiciado, todo el mundo prefiere en principio hacer las cosas bien, ¿Por qué salen mal tantas cosas? En algunas ocasiones se debe a un error de juicio, como en el caso del brexit. Y en otras muchas ocasiones, a la aplicación de un criterio equivocado que consiste en valorar una acción por el balance de pérdidas y beneficios económicos a corto plazo, en vez de  considerar todos los aspectos de la cuestión y las consecuencias a largo plazo, que es lo razonable. No lo olvide señor Rajoy.

Onda Cero Salamanca 20/06/2017

Filosofía y política

Recientemente  he participado en el programa Milenium que emite la 2 de TVE a altas horas de la madrugada. El programa estaba dedicado a filosofía y política, un tema tan intemporal que no se pierde nada si se visiona a deshoras, a través de internet (http://www.rtve.es/television/millennium/#), o si aprovechamos este contacto de los martes con los oyentes de Onda Cero Salamanca, para retomar la discusión.

Antes de nada, un aviso para animar al espectador. El programa, conducido por Ramón Colom, no se parece en nada a los debates político-mediáticos a los que últimamente parece que tenemos que ir acostumbrándonos: ningún contertulio interrumpe a otro, nadie da voces, no se evitan temas espinosos, pero se hace siempre con delicadeza. En fin, el formato se parece más al clásico de La Clave, que la gente de mi generación añora, que a los que proliferan hoy día en esos  “tablados” de la noche televisiva.

De todos los matices que se pueden señalar al hablar de filosofía y política, a mi me ha interesado especialmente uno que yo resumiría así: la política necesita ideas y un espíritu crítico que puede encontrar en los estudios y tradiciones filosóficas, pero al mismo tiempo los filósofos (los intelectuales del siglo XIX y quienes quiera que sean los que ahora continúan ejerciendo su papel), necesitan aterrizar en la arena de la política real, en la que se escenifica la lucha por el poder, sin más protección que su capacidad crítica y su sentido de la responsabilidad. El filósofo no debería sustituir al rey (es decir, a los ciudadanos) en el ejercicio del poder, como pretendió Platón.  Pero habría que revisar también el papel de los intelectuales que se reclaman independientes, y se sitúan au dessus de la melée, como si comprometerse con la política (afiliándose a un partido político, por ejemplo) fuera inseparable de la condición de apestado. No me gustan los filósofos reyes de Platón, pero tampoco los “idiotas” de la antigua Grecia (“idiota” se usaba en la Grecia clásica para calificar al que se dedicaba a sus asuntos propios y se desentendía de los de interés público).

Resumiendo, lo que la filosofía puede aportar a la política es inspiración para concebir nuevos proyectos, apoyo para resistir al  inmovilismo y a la inercia del sistema, y perspectiva para mirar más lejos. Y lo que la experiencia política puede proporcionar a la filosofía son referencias para conectar con la vida real y materiales para ayudar a entender el papel de la lucha por el poder en el desarrollo de la naturaleza humana. En todo caso, nada de proporcionar coartadas para la inacción, subterfugios para legitimar la realidad impuesta, ni excusas para tirar la toalla. La filosofía es mirada crítica, reflexiva y trascendente, un arma de resistencia, esencial para la tarea política más importante, que es la gestión del poder en la esfera pública.

Por desgracia, si nadie lo remedia es posible que las humanidades y la filosofía vayan desapareciendo del curriculum  escolar de la mayoría de nuestros ciudadanos que, a cambio, aprenderán a comportarse como verdaderos “emprendedores”, nuevos idiotas, aptos para venderse a sí mismos en el mercado. Creo que van a salir perdiendo.

Onda Cero Salamanca 13/07/2017

El concepto de nación

Hoy vamos a hacernos dos preguntas. La primera ¿qué es una nación? Y la segunda ¿cómo es posible que esta cuestión, casi filosófica, haya alcanzado en España, en estos momentos, la importancia política que parece tener?

Vamos con la primera. El concepto de nación es confuso. Por etimología podría entenderse en un sentido étnico o biológico: una nación sería un conjunto de seres humanos relacionados entre si, durante largos periodos de tiempo, por compartir un origen común, más o menos remoto. Debe advertirse, sin embargo que este contenido étnico del concepto de nación no tiene mucho que ver con el uso que hacemos de él actualmente: para pertenecer a la nación vasca -digamoslo así- no hace falta tener ocho apellidos vascos.

Así pues, el criterio biológico no vale para definir una nación. Tampoco el territorial: hay naciones que no están confinadas a un territorio (la nación gitana, por ejemplo) y territorios que albergan varias naciones diferentes (las naciones indígenas de América, pongamos por caso). En realidad, lo más operativo para definir una nación es utilizar criterios de carácter cultural: una nación es un grupo de gentes que comparten una serie de rasgos culturales (lengua, tradiciones, experiencias de convivencia, historia) que les permiten reconocerse y sentirse como miembros de una entidad colectiva a gran escala. Una nación es pues un producto cultural, un sentimiento y una representación colectiva de un tipo de relación de pertenencia a un grupo, compartida por mucha gente.

Y ahora ya podemos responder a nuestra segunda pregunta: ¿cómo es que la definición del concepto de nación ha llegado a ser un problema político importante en la España actual?. La respuesta es muy sencilla: la culpa no es de la existencia de naciones en el territorio español, sino de la ideología política del nacionalismo, que contiene dos reivindicaciones problemáticas. Una, la idea casi teológica de que la nación es una entidad autónoma con existencia propia por encima y al margen de los individuos que la componen. Otra, que la existencia de una nación conlleva el derecho y casi la obligación de dotarse de una estructura política y jurídica típica de un estado soberano. Así entendido, el nacionalismo es una más de tantas ideologías políticas que cuajaron en el siglo XIX y cuyo balance en términos de derechos, libertades y racionalidad dejan mucho que desear.

En las discusiones políticas actuales se habla mucho de si España se puede definir como una nación de naciones, sin riesgo de que eso implique la disolución del Estado Español. Naturalmente que si. Lo que es extraño es que quienes no lo creen así no se den cuenta de la importancia que con sus miedos irracionales están dando a la ideología política del nacionalismo.

La cuestión es muy sencilla. Cataluña, por ejemplo, es claramente una nación en sentido cultural. Y España es desde luego una nación. Además parte de la nación (cultural) catalana comparte territorio, instituciones, gobierno y organización política con la nación española. ¿Cuál es el problema?

Onda Cero Salamanca 30/05/2017

Reivindicación del ateísmo

 

El ateísmo es una doctrina filosófica que afirma que no dios no existe. Es decir que no existe una entidad sobrenatural, todopoderosa, infinita, responsable del universo y creador de todas las cosas. Para el ateísmo, una entidad así es una quimera y la doctrina que afirma que tal entidad es real es simplemente una doctrina errónea e irracional. Según la teoría ateísta, no hay ni evidencia empírica ni argumentos racionales que se puedan esgrimir en favor de la afirmación de que dios es una entidad real.

A pesar de que el ateísmo es la postura racional más evidente y fácil de admitir, existen muchos prejuicios en la cultura popular en contra del ateísmo como doctrina filosófica. El más extendido es el que afirma que, si bien puede admitirse que no hay argumentos convincentes en favor de la existencia de dios, es igualmente difícil de admitir que haya argumentos convincentes en contra de su existencia. A lo más que podemos aspirar racionalmente no es a demostrar la existencia o inexistencia de dios, sino a suspender el juicio sobre este tema (esta es la esencia del agnosticismo) y dejar que la decisión sobre creer o no creer en una entidad trascendente sea algo que no depende del juicio racional,  sino de otras instancias afectivas que mueven nuestro pensamiento y nuestros sentimientos.

Los ateos racionalistas no estamos de acuerdo con este diagnóstico y reivindicamos la aplicación, en este caso, de las mismas pautas de pensamiento racional que aplicamos en la vida cotidiana. Si no tenemos razones para creer que algo existe, no nos abstenemos de creer, sino que asumimos la creencia de que no existe. Si no hay razones para creer que el monstruo del lago Ness es real, decía Hanson, un famoso filósofo de mediados del siglo XX, lo lógico no es suspender nuestra creencia acerca de su existencia, sino asumir simplemente que no existe tal monstruo. Para el ateo la existencia de dios no es una opción posible, sino una falsedad empírica y racional: no hay razones para pensar que dios exista y por lo tanto lo lógico es creer que no existe, es decir lo lógico es ser ateo.

Vista así la situación, es fácil imaginar la desazón que estos días pasados tienen que haber experimentado en general los ateos españoles. Llevamos una semana de fiestas populares de carácter religioso en las que ni siquiera se da la oportunidad de la duda: hay entusiasmo total en torno a unas creencias y sentimientos que para un ateo son simplemente irracionales.

Personalmente yo soy partidario de respetar a todas las personas independientemente de sus creencias y sentimientos. Así que me parece bien que la gente tenga creencias que yo considero absurdas. Pero me gustaría un poco de reciprocidad: la religión y las creencias que conlleva deberían mantenerse en ámbitos un poco más restringidos de la vida privada de las personas y no dar por supuesto que quienes consideran que las creencias religiosas son absurdas no puedan apenas manifestarlo públicamente sin exponerse al escarnio y a la crítica feroz. Sinceramente tener a media asta las banderas de todos los cuarteles del ejército español porque se celebra el aniversario de la muerte de Jesús de Nazaret me parece un despropósito y una ofensa a los sentimientos privados de quienes no creen en dios. Deberíamos evitar espectáculos así. Los ateos patriotas lo agradecerían y seguro que muchos devotos creyentes también.

Onda Cero Salamanca 18/04/2017

Postverdad

El diccionario Oxford de la lengua inglesa ha declarado la palabra POSTVERDAD como palabra del año 2016, el nuevo término que ha triunfado en las noticias, conversaciones, ensayos y cotilleos de este último año.

Pero ¿qué es la postverdad?

Para empezar a entender lo que significa deberíamos aclarar primero qué entendemos por verdad. Aunque todo el mundo sabe qué significa mentir y qué es decir la verdad, los filósofos llevan siglos discutiendo cómo definir con precisión el concepto de verdad. Hay varias teorías estándar. La más común  es la que se conoce como teoría de la verdad como correspondencia con los hechos. Es la teoría que defendió Aristóteles y que Tarski, un gran lógico y matemático polaco del siglo XX, definió en un famoso articulo: “el enunciado que afirma que la nieve es blanca es un enunciado verdaderos si y solamente si la nieve es blanca”. Mas que una definición, parece una perogrullada, pero tiene una virtud que no vamos a discutir aquí: establece las condiciones para poder hablar de que un enunciado es verdadero, sin temor a enredarnos en paradojas como aquella del mentiroso (Epiménides, el cretense, afirma que todos los cretenses mienten). Esta noción de la verdad como correspondencia es la más próxima al sentido común, al concepto de verdad que utilizamos en la vida cotidiana. Pero no es la única. Por ejemplo, hay filósofos que defienden que la verdad de un enunciado no depende de cómo sea realmente el mundo al que tal enunciado se refiere, sino de otros enunciados que contribuyen a determinar su significado. Que la nieve sea blanca depende de lo que entendamos por blanco, por nieve y de la hora del día a la que hagamos la afirmación, etc. Es lo que se llama teoría convencionalista de la verdad. Y hay más. Por ejemplo, la concepción pragmatista, para la que la verdad no es algo que dependa de cómo es la realidad y lo que afirmamos de ella, sino del éxito o utilidad de nuestro conocimiento para hacer cosas: como cuando establecemos que algo es verdad porque lo hemos decidido así y porque tenemos el poder para decidirlo.

En fin, todas estas teorías de la verdad tienen algo en común: todas suponen que hay una separación tajante entre lo que es verdad y lo que no, entre la verdad y la mentira, el conocimiento y la ignorancia. Todas saben por ejemplo que, aunque puedes intentar hacer pasar por verdadero algo que es falso y es posible que lo consigas, con suerte y habilidad, lo que no es posible es que tú mismo, si estás en tu sano juicio, te creas que no has mentido. (Como aquella niña de cinco años a la que su mamá pilló contando una mentirijilla y, ante la evidencia, solo supo reaccionar diciendo “es que … se me había olvidado que no era verdad”).

Así ha sido siempre, hasta ahora. Pero ahora ya tenemos una visión alternativa: la postverdad.  Es decir la mentira disfrazada de verdad alternativa, la patraña de toda la vida disfrazada de neologismo y trending topic. Créanme, no hay nada de valor en la postverdad, no hay verdad alternativa, la pos verdad es solamente la mentira postmoderna.

Onda Cero Salamanca 07/03/2017

Placebos

El efecto placebo es bien conocido por médicos y farmacéuticos. Consiste en el alivio o curación de una enfermedad mediante la aplicación de sustancias o procedimientos terapéuticos que no tienen ningún efecto directo sobre la enfermedad en si misma, pero cuya administración induce en el paciente la creencia de que sí lo tienen. El efecto placebo se produce en muchas situaciones terapéuticas, aunque no en todas. Y no siempre es fácil encontrar una explicación específica para él (por qué hay casos en los que la confianza en la curación aumenta la probabilidad de curarse). Por eso hay muchos charlatanes que pueden entrar en la polémica y proponer teorías arbitrarias y absurdas para explicar la existencia de placebos. Los más peligrosos son aquellos que, a partir de la existencia de placebos, ponen en duda la validez del enfoque científico en el estudio de las enfermedades y de los tratamientos médicos. De hecho, los profesionales responsables, a diferencia de lo que hacen curanderos, chamanes y predicadores de medicinas alternativas,  nunca sustituyen una terapia de base científica por otra basada en el efecto placebo, ya que esto supone de hecho sustituir una terapia más o menos eficaz por una práctica basada tan solo en la sugestión o el engaño.

En realidad los mecanismos del placebo siempre responden a la misma pauta: la creencia o las expectativas de curación generan una actividad cerebral que contribuye a desencadenar procesos (generación de endorfinas o dopamina, por ejemplo) que aumentan la capacidad del organismo para reaccionar ante la enfermedad. No hay ningún misterio detrás del placebo. Es un proceso de la misma naturaleza que la confianza en el médico o que la amabilidad del tratamiento del médico al paciente, que genera esa confianza. El placebo no destruye un tumor pero ayuda al organismo a procesar reacciones químicas que influyen sobre el desarrollo de un tumor.

La lección más importante que debemos extraer de la existencia de placebos es que en los procesos terapéuticos no solo son importantes la química y la biología, sino a veces también la psicología y la sociología. Un ambiente amable y confortable en un hospital es más beneficioso para la salud que un ambiente agresivo y desconsiderado con los pacientes. A veces el mecanismo es extremadamente simple: un paciente con actitud positiva ante el tratamiento que recibe suele ser más riguroso y mostrarse más colaborador en el seguimiento del mismo, lo que hace que aumente su eficacia terapéutica. Eso también es efecto placebo y estaría bien que lo supieran los administradores de hospitales y del sistema de salud: el estrés del personal sanitario perjudica seriamente la salud de sus pacientes.

Para quien esté interesado en estos temas, existe abundante literatura sobre ellos. Pero yo recomendaría vivamente un libro de Mario Bunge, Filosofía para médicos (Editorial Gedisa, Barcelona 2012), una obra genial por su orientación estrictamente científica, su gran erudición y su estilo ameno, que aumenta el placer de su lectura.

Onda Cero Salamanca 07/02/2017

La obligación moral de resistir a Donald Trump

Llevo tiempo resistiéndome a hablar de Donald Trump, pero ya no puedo aguantar más, porque hemos llegado a un punto en el que el silencio sobre este señor puede ser irresponsable e inmoral.  Desde que empezó la campaña de las elecciones presidenciales en Estados Unidos hemos tenido que soportar una larga lista de inconveniencias. Primero eran anecdóticas: un exabrupto en la campaña, una jugada mediática contra su rival. Luego fue subiendo el tono de los improperios y ofensas de este señor, que más que un candidato a la presidencia de Estados Unidos parecía un simple payaso profesional, contratado por las cadenas televisivas para animar la campaña. Y poco a poco fue apareciendo el substrato sólido de este extraño candidato. Todo lo que nadie en su sano juicio se hubiera atrevido a decir  fue utilizado por Tremp en la campaña:  declaraciones machistas que daba vergüenza escuchar, amenazas de matón, sandeces de política exterior, mentiras sobre Hilary Clinton, insultos a los periodistas. Y a la vez todo un programa de iniciativas absurdas acumuladas: el muro de México, las barreras proteccionistas, la negación del cambio climático, campañas de persecución contra grupos enteros de países, por razones racistas y de discriminación religiosa. Era tan increíble lo que sucedía ante nuestros ojos que muchos no dimos crédito y pensamos que se trataba de un pequeño accidente en el despliegue de sorpresas y trucos mediáticos de compaña.

Pero no. Ahora ya vemos, sin lugar a dudas, que no se trata de trucos para movilizar a electores rabiosos, ni se trata de un cúmulo de exabruptos momentáneos que la dureza de la realidad política del gobierno de cada día reducirá a un mal recuerdo. No, este señor se ha cuidado mucho de dejar claro quién es y lo que quiere. Y está claro que se trata de un caso patológico ¿Alguien puede, por ejemplo, imaginar a cualquier líder mundial defendiendo en público la legalidad y la utilidad de la tortura? ¿Se puede negar la entrada al país, a miles y miles de ciudadanos y residentes americanos por el mero hecho de que practican una religión distinta y da la casualidad de que el día en que Trump firmó su decreto xenófobo volaban de regreso a casa?

Algunos intelectuales y estudiosos de la política se preguntan cómo ha sido posible que lleguemos a este punto. Y hay quien se arriesga a vaticinar que estamos ante un fenómeno de largo alcance, de descomposición del régimen democrático liberal y de auge de los populismos incontrolables con deriva hacia políticas pos conservadoras y neo reaccionarias. Yo no lo puedo creer. Prefiero pensar que el caso Trump es simplemente una anomalía de la naturaleza y de la política, una fiebre agresiva y peligrosa, pero pasajera, y que algún día todo volverá a ser como antes.

Mi amigo Javier Muguerza, especialista en filosofía moral, suele reivindicar que la base de la racionalidad práctica no está tanto en los ideales de justicia por los que se lucha cuanto en la capacidad de resistir a las injusticias.  Eso quiere decir que ante Trump solo hay una respuesta racional y moralmente aceptable: la resistencia activa.

Onda cero Salamanca 31/01/2017