¿De qué están hechos los números?

Generalmente los filósofos se caracterizan por plantearse preguntas profundas, que nadie se hace, o por proponer teorías complicadas, que nadie entiende, para resolver problemas sencillos. Por ejemplo, ¿de qué está hecho el universo? o ¿en qué consiste la felicidad? Muchas de las preguntas filosóficas tienen la suerte de transformarse en preguntas científicas, lo que quiere decir que es posible imaginar respuestas utilizando el conocimiento científico disponible. Pero muchas otras son preguntas que resultan complicadas porque en realidad están mal planteadas. De qué está hecho el universo es una pregunta que hoy podemos intentar responder a partir de la investigación en física de partículas. ¿Qué es la autoconciencia o de qué están hechos los números? son ejemplos de preguntas filosóficas del segundo tipo: aquellas que es imposible en principio resolver por la sencilla razón de que están mal formuladas. En efecto, preguntar por la naturaleza de la conciencia humana es dar por supuesta una filosofía dualista de la realidad, según la cual esta está compuesta por dos tipos de entidades, las entidades materiales, como el cuerpo humano, y las inmateriales como la conciencia o la mente. Pero esta suposición es errónea, de partida: la mente no es una cosa, sino un conjunto de estados y cambios de estado (eventos) de una cosa. La cosa a la que nos referimos con la palabra “mente” es simplemente el cerebro humano, es decir una parte de nuestro cuerpo, que puede encontrarse, o no, en determinado estado que caracterizamos como mental: percibir algo, pensar algo, comprender algo, creer algo, etc. La mayor parte de los filósofos no se dan cuenta de esto (aunque hay excepciones, como la de Mario Bunge).

En los orígenes de la filosofía hay un episodio notable, que solemos ubicar en los comienzos de la escuela pitagórica de filosofía matemática. Los pitagóricos eran una especie de secta y escuela de pirados por las matemáticas, que pensaban que la realidad estaba hecha de números y se dedicaban a comprender sus propiedades, su valor y sus aplicaciones. Casi todos los conocimientos referidos a aplicaciones prácticas de las matemáticas (por ejemplo la aplicación de la aritmética en el comercio y de la geometría y la trigonometría en la medición de distancias, superficies y volúmenes) eran ya conocidos antes de los pitagóricos. Pero los pitagóricos aportaron una gran novedad: inventaron el concepto abstracto de número, como un tipo de cosa que tiene una existencia real, aunque distinta de la existencia material de las figuras geométricas dibujadas sobre el terreno. Recordemos: el número PI es la razón entre la longitud de una circunferencia y el diámetro de la misma: para cualquier circunferencia, por pequeña o grande que sea, sabemos que PI mantiene un valor constante, su radio está incluido un número 2xPI veces en su circunferencia. Una propiedad así bien merece la admiración de los matemáticos y filósofos. Pero hay algo todavía más llamativo: ese número PI, que está por todas partes, es además un número imposible de escribir o de contar: por más que aumentemos el número de decimales con el que lo calculamos, nunca llegamos a una cifra con precisión total: nunca encontramos un tamaño de número que sea igual a un número exacto de veces ese tamaño.

El descubrimiento de esta naturaleza irracional de algunos números, debió ser traumático para aquellos filósofos matemáticos. De hecho su huella permanece a lo largo de la historia de la ciencia, en la que las matemáticas pitagóricas siempre han constituido un aliciente pero también una fuente de preocupaciones y especulaciones, a veces abocadas al misticismo.

Si hoy nos preguntáramos de qué están hechos los números, ¿qué podríamos decir? Solo una cosa: los números están hechos de números, son ficciones inventadas por nosotros, gracias a las cuales podemos contar, medir y calcular algunas consecuencias de nuestras cuentas y medidas. Lo más maravilloso de todo no es que los números sean reales sino que las cuentas que hacemos gracias a ellos nos permitan representar y controlar aspectos decisivos de la realidad material. Este es el milagro de las matemáticas que los filósofos tienen que desentrañar. Sería importante si nos aclararan todo esto, porque lo que ya sabemos es que los números estarán cada  vez más incrustados en nuestra vida a través la tecnología. Por el momento quedémonos con esto: los números están hechos de pensamientos.

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La tentación del populismo

El populismo es una doctrina política tan confusa en su definición como omnipresente en los debates políticos actuales. Hasta hace pocos años estábamos acostumbrados a organizar nuestras representaciones y estrategias políticas en términos de categorías como progresista / conservador, burgueses /  trabajadores, derecha / izquierda y cosas así.. La crisis de 2008-2010 ha producido una fuerte convulsión en los procesos políticos actuales y ha contribuido a un cambio profundo de escenario, en el que las nuevas categorías solo adquieren pleno significado en un marco conceptual completamente diferente. El populismo actual se inscribe aquí. Categorías obsoletas en el discurso político y social como la de extranjeros y nacionales, pueblo y casta, patriótico y traidor, y cosas así. empiezan a hacerse un hueco cada vez más importante y preocupante en el debate político.

Pensemos en el America first de Trump, o en la xenofobia de los partidos de extrema derecha en Italia, en Austria, en Polonia, Pero pensemos también en el brexit británico, en el procés independentista catalán, en la reciente asamblea de Vox en España o en la deriva neocón de Rivera o de Casado. Por todas partes hay movimientos de tierra que amenazan con desdibujar el mapa ideológico en el que se desenvolvían hasta hace poco nuestras opciones políticas.

La situación es especialmente peligrosa para el futuro de las políticas progresistas. Porque es cierto que hay movimientos populistas arraigados en la tradición de la izquierda europea, pero esta tradición se ha alimentado siempre, en último término, de ideales morales y discursos políticos anclados en la discusión racional, la participación igualitaria y el respeto a los derechos fundamentales. Con el auge del  populismo son estos fundamentos de la política racional los que se ponen en cuestión y por eso las políticas progresistas son las que más riesgo parecen correr de desdibujarse como opciones reales en el debate político actual.

En realidad yo creo que no hay dos tipos de políticas populistas, las de izquierda y las de derecha  El populismo es un escenario nuevo para la política, tan peligroso para el futuro de la izquierda como para la derecha conservadora. Un conservador de pro debería a aspirar a obtener el apoyo de una mayoría de ciudadanos sin necesidad de engañarlos, manipularlos, asustarlos o perseguirlos. Y un progresista de verdad también debería estar interesado en ganar apoyo entre ciudadanos libres, a través de debates racionales, participativos y abiertos, no por el efecto de las amenazas, los miedos o las manipulaciones descaradas de la opinión pública. La tentación del populismo no es la tentación de ganar elecciones con un programa radical, conservador o progresista, sino la de sustituir el debate político electoral y democrático por la movilización irracional y la manipulación informativa. El populismo no es participación del pueblo en la política sino manipulación demagógica de la participación política. La izquierda haría muy bien en no olvidar nunca esto. La alternativa a la política populista de derechas no es un populismo de izquierdas, sino una política democrática y participativa guiada por los ideales morales de la Ilustración y la Modernidad Europea. Lo demás son concesiones a la irracionalidad que terminarán conduciendo al neofascismo de corte peronista, como sugieren algunos pensadores que sirven de inspiración para el populismo llamado de izquierdas.

La filosofía vuelve

El miércoles de la semana pasada (17/10/2018) sucedió algo insólito en el Congreso de los Diputados: se adoptó un acuerdo por unanimidad absoluta de todas sus señorías y el acuerdo en cuestión se refería nada menos que a la obligatoriedad de que todos los españoles estudien filosofía en la Educación Secundaria y el Bachillerato, como se hacía antes de que el ministro Wert implantara la LOMCE.

Recordemos. La ley Wert permitió eliminar el carácter obligatorio de la filosofía en la Educación Secundaria. Lo hizo con la oposición de los profesores, de los alumnos, de los padres de alumnos e incluso de los consejeros de Educación, aunque fueran del propio Partido Popular. De hecho, en muchas de las comunidades autónomas gobernadas por el PP se ha recuperado ya en parte el curriculum de filosofía al haberlo reintroducido las autoridades educativas de la comunidad autónoma entre las materias de su competencia. De lo que se trata ahora no es de poner un parche para compensar el desaguisado Wert, sino de volver las cosas a su cauce natural para toda España.

El otro dato llamativo es que una proposición no de ley, que inicialmente planteó el grupo Unidos Podemos pero que finalmente fue redactada por consenso entre los grupos parlamentarios más numerosos, se haya podido abrir camino de una forma aparentemente tan fácil, rápida y contundente. Esto puede significar solo dos cosas: o bien que el asunto era tan trivial que apenas suscitaba interés por parte de sus señorías, y por eso estaban dispuestos a decir que sí a cualquier cosa. O por el contrario, que el asunto fuera tan importante y contara con tal apoyo social que ningún grupo se atreviera a oponer resistencia a la propuesta, por miedo a que se le identificara como heredero y adalid del peor ministro de la historia democrática de nuestro país. De manera que, para evitar tal oprobio, hasta los más radicales diputados del PP o Ciudadanos han estado dispuestos a votar una propuesta de la izquierda, olvidándose por esta vez de los diabólicos pactos y maniobras que los grupos conservadores ven en cada uno de los consensos alcanzados por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Yo me apunto a la segunda hipótesis. Y tengo una explicación., La  inmensa mayoría de nuestros diputados actuales han estudiado filosofía en el bachillerato. Y utilizan ideas filosóficas, más o menos elaboradas, pero fácilmente rastreables hasta los manuales de filosofía, cuando defienden algunas propuestas de contenido político, o cuando plantean reivindicaciones que van un poco más allí del puro pragmatismo cotidiano.

La filosofía es un conjunto de ideas, teorías y formas de pensar muy arraigadas en el corazón de la cultura ilustrada Europea, aunque no exclusivas de ella. Y hubiera sido una desgracia que nuestros hijos o nietos se vieran privados del acceso a ese legado cultural sin el que es imposible entender ni nuestra historia ni nuestras vidas personales.

Desde luego no hay una única doctrina filosófica. Pero la ventaja de la filosofía para la educación no es que proporcione ideas fijas y dogmáticas, obligatorias para todo el mundo, sino que impone a todo el mundo la obligación de buscar justificaciones racionales de todo lo que pensamos, decimos y hacemos. Se puede ser un buen filósofo y cometer errores, pero no se puede ser un buen filósofo si tu vida no se guía por el principio que te obliga a intentar siempre evitar los errores, ser crítico con tus propias ideas y buscar honestamente la verdad y la felicidad. Este es el legado que podemos dejar a nuestros descendientes si mantenemos el estudio de la filosofía como una parte de su educación.

La levedad del verano

Las vacaciones son un buen momento para descubrir una parte del sentido de nuestras vidas sobre la que rara vez tenemos la ocasión de meditar durante el resto del año. Pensemos un poco. A lo largo del año nos abruman múltiples preocupaciones, típicas de eso que llamamos la vida cotidiana: desde la hipoteca que vence cada mes, el cumplimiento del horario en nuestro trabajo o el del colegio de los niños, hasta las celebraciones periódicas de fiestas y cumpleaños. Todos son acontecimientos pautados, que se producen a un ritmo previsto y que dan regularidad a nuestras vidas. El resultado es que parece que todo tiene sentido, un sentido preestablecido que nos aburre pero nos tranquiliza . Nuestra vida no tiene sorpresas, pero así evitamos que nos haga daño.

En verano es distinto. Durante el año nos imaginamos que las vacaciones de verano van a ser otra más de nuestras celebraciones  pautadas , regulares y aburridas. Con algún aditamento que las hace más atractivas, como puede ser la realización de un viaje turístico o el disfrute de unos días de playa, de montaña, o de reencuentros familiares que solo se pueden producir cuando todos volvemos a encontrarnos en el pueblo de nuestra infancia o en la casa de nuestros  antepasados.

Pero hay algo en las vacaciones de verano que las hace especialmente relevantes y extrañas. Son una ocasión fantástica para dejar divagar a nuestra imaginación, soñando con nuevas experiencias, nuevos proyectos y nuevas formas de organizar nuestra vida cotidiana. En verano todo es posible, nada debería ser obligado y siempre deberíamos dejar un gran espacio en nuestras mentes para poder imaginar vidas diferentes alternativas.

Creo que esta es la mejor reflexión que podemos dejar en manos de nuestros oyentes en este comentario breve de verano:  No todo está perdido, podemos inventar nuevas vidas e intentar vivirlas. Podemos aprovechar las noches del verano para contemplar el firmamento infinito y soñar con todas las posibilidades que se encierran en el universo. Deberíamos aprovechar el verano para acumular fuerzas, emociones, recuerdos que nos ayudarán a recuperar el control de nuestras vidas  rutinarias del resto del año.

Eclipse total

Acabamos de asistir a un  eclipse total de Luna. Por feliz coincidencia en las trayectorias de los astros, este tipo de eclipses se produce cuando la luna atraviesa una zona del firmamento sobre la que la luz del sol proyecta la sombra de la Tierra. La blanca luz de la Luna llena va adquiriendo un tono rojizo a medida que la sombra de la Tierra va cubriéndola, hasta taparla por completo,  durante el tiempo que dura el eclipse total (casi dos horas). Hubo millones de ciudadanos de todo el mundo que `pudieron disfrutar del espectáculo en casi todos los rincones del planeta Tierra.  En mi  opinión, lo más interesante de este tipo de espectáculos que nos brinda de vez en cuento la Naturaleza reside en que son un testimonio vivo del valor de nuestro conocimiento científico.

Imaginemos un habitante humano de nuestro pasado prehistórico, contemplando el fenómeno e inventando mil historias para poder entender cómo los astros jugaban al escondite. Seguramente en ocasiones como estas se fraguaron muchos de los pensamientos más descabellados que han habitado en el cerebro humano y que han dado contenido a tantas ideologías religiosas irracionales y a tantas creaciones de la literatura fantástica. Pero también fueron acontecimientos como este que hemos vivido los que animaron a muchos de nuestros antepasados a construir modelos del universo para entender su mecanismo de funcionamiento en términos racionales, hasta construir el corpus fundamental de la física y, en general,  de la ciencia moderna. La distancia entre lo que ven nuestros ojos en un eclipse como el de estos días y lo que ocurre de verdad, es fan norme que en medio caben todo tipo de especulaciones, creencias y teorías científicas, pero también patrañas mitológicas.

Algo así debería haber en la mente de un famoso futbolista español que trabaja en el Oporto Club de Futbol, cuando lanzó hace poco un tuit en el que sometía a debate público la famosa cuestión de si el primer viaje del hombre a la Luna, hace ahora 49 años, fue una simple patraña o fue real. El futbolista piensa que todo fue un montaje y ha puesto así de actualidad un viejo mito paranoide que afirma que toda la operación del Apolo Lunar fue una operación propagandística.

Deberíamos distinguir entre supersticiones sencillas y patrañas paranoides. Las primeras son creencias falsas, contrarias al conocimiento científico y motivadas seguramente por la incapacidad de algunas personas para entender el mundo en el que viven, incluidos los eclipses de luna. Las patrañas paranoides son falsas como las supersticiones, pero son inventadas a propósito para engañar a la gente y solo tienen una utilidad: suscitar la duda acerca de hechos y datos que deberíamos dejar fuera de toda polémica.

Hay personas incapaces de aceptar que hace ya bastantes años que la humanidad ha podido contemplarse a si misma desde el espacio, que hemos podido ver la Tierra desde la Luna, y que hemos tenido así la ocasión de pensar desde fuera, desde los límites de nuestra experiencia, en la fragilidad de nuestra existencia. Un eclipse de luna es una buena ocasión para pensar en todo esto. No dejemos que la irresponsable broma de un famoso  nos prive del placer de saber que hace ya casi cincuenta años la humanidad dio un gran paso adelante al pisar el suelo de la Luna, el mismo que durante el eclipse veíamos pasar por la sombra de la Tierra proyectada por el Sol en el firmamento.

Etiquetas

Los humanos somos una especie de simios especializados en poner etiquetas a las cosas. O en nombrarlas, como se suele decir. La diferencia con otras especies animales, que tienen habilidades parecidas, es que nosotros usamos etiquetas para nombrar a otras etiquetas. Es decir, no solo nombramos las cosas, sino que las agrupamos en clases de cosas a las que también damos nombres, y luego clases de clases de cosas, y así sucesivamente hasta que llegamos a utilizar etiquetas para nombrar entidades completamente abstractas, como las ideas filosóficas, las entidades matemáticas, las especies biológicas o las leyes físicas.

Esta manía nuestra de poner etiquetas por doquier es muy útil: nos permite resumir nuestros conocimientos, manipularlos y utilizarlos para entender el mundo en el que se desenvuelve nuestra vida. Imagínense lo tedioso que sería si cada vez que alguien llama a la puerta de casa tuviéramos que comprobar toda la información relevante, en vez de usar simplemente la etiqueta “es el vecino del piso de abajo”.  O lo difícil que sería utilizar conjuntos de cosas si no pudiéramos contarlas, es decir ponerles etiquetas indicando el número de elementos que forman ese conjunto. Por eso, lo que solemos conocer como el sentido común, es decir, el conjunto de representaciones, ideas, reglas de conducta que consideramos aceptables sin más y que no estamos continuamente sometiendo a discusión, está prácticamente configurado por nuestras etiquetas más frecuentes y sólidas. Y si queremos saber rápidamente cómo es una sociedad, lo mejor y más rápido que podemos hacer es comprobar cuáles son las etiquetas más frecuentes y significativas que forman parte de lo que en esa sociedad se entiende por sentido común.

Por ejemplo, si analizamos los discursos de muchos gurús de la economía o la politología actuales, fácilmente detectaremos un listado de etiquetas que caracteriza el sentido común de lo que podríamos llamar la ideología de la competencia. He aquí una muestra: competitividad, esfuerzo, excelencia, mercado, libertad, interés, privacidad, avance, progreso, innovación, creatividad, rendimiento, merito, talento, capacidad, etc., etc.

Comparemos con este otro paquete, que podríamos considerar representativo del sentido común  de la ideología de la cooperación. Se trata de las etiquetas: trabajo bien hecho, cooperación, igualdad, apoyo, ayuda, responsabilidad, honradez, bien común, participación, empatía, solidaridad, calidad, ciencia, investigación, tecnología. Suenan casi lo mismo que el paquete anterior;  pero no son lo mismo. El primer paquete es el de las etiquetas con las que adornamos los discursos en boga desde la implantación de las políticas neoliberales en los años 90 del siglo pasado, pero transformadas en nociones del sentido común de nuestra época. El segundo paquete es  fruto del esfuerzo que tenemos que hacer  en la actualidad para  introducir en nuestro sentido común algunos de los rasgos de la mentalidad progresista que caracterizó  a una buena parte de la intelectualidad occidental desde los años sesenta del siglo pasado.

En la actualidad, las técnicas de inteligencia artificial permiten detectar conjuntos de etiquetas que caracterizan el contenido de un texto. Sería interesante aplicar esas técnicas a etiquetar los contenidos informativos de los medios de comunicación o los discursos de los políticos para detectar de forma rápida cuál es el contenido básico del sentido común de nuestra época. Seguro que nos llevaríamos alguna sorpresa.

[Onda Cero, Salamanca 3/07/2018]

El mundo va mejor de lo que creemos

Hace poco se ha publicado un libro esclarecedor. En inglés se titula Factfulness, un título difícil de traducir al español, pero que apunta a algo como “la realidad de los hechos”, “los hechos en su plenitud”, o algo así. El subtítulo ayuda mucho a entender con qué nos enfrentamos: “diez razones por las que nos equivocamos acerca del mundo y por qué las cosas van mejor de lo que pensamos”. Casi nada. Bill Gates ha recomendado su lectura con estas palabras: “Uno de los libros más importantes que he leído en mi vida; una guía indispensable para pensar claramente acerca del mundo”.

¿Cuál es el secreto de esta obra? En la vida cotidiana, cada uno de nosotros recibe continuamente información sobre el estado del mundo, su evolución, la producción de acontecimientos relevantes, catástrofes naturales o políticas, etc. Y generalmente disponemos de numerosas fuentes de información, datos estadísticos sobre todo, organizados de forma que podemos fácilmente llegar a ellos desde cualquier parte del mundo. Pero la lectura de estos datos, su transmisión a través de los medios y su consideración como base para la toma de decisiones políticas, económicas, y sociales, está mediatizada por un serie de “instintos” o prejuicios que distorsionan nuestra forma de ver esos hechos. El primero de estos prejuicios es la idea de que podemos dividir el mundo significativamente en dos grandes bloques: el de los países ricos o desarrollados y el de los países pobres o en vías de desarrollo. El segundo es que estamos convencidos de que las cosas van cada vez peor. Frente a esto los autores del libro (Hans Rosling y sus hijos),  proponen que dividamos la humanidad en cuatro grandes niveles de riqueza, de acuerdo con el nivel de ingresos per capíta de cada grupo. En el nivel 1 están los más pobres, que viven con menos de 3 dólares al día y en el nivel 2 los algo menos pobres, pero pobres aún, que viven con menos de 8 dólares al día. En el nivel 3 están los que disponen de hasta 32 dólares. Finalmente los de nivel 4, los más ricos, pueden gastar más de 32 dólares. Los datos estadísticos permiten detectar que los grupos de más pobres y más ricos (el 1 y el 4) son prácticamente iguales a nivel mundial (800 millones de habitantes en cada grupo), aunque los pobres están en Asia y Africa, mientras los ricos se encuentran sobre todo Europa y América. El grupo más numeroso es el de los pobres de nivel 2 al que pertenece más de la mitad de la población mundial y se encuentra sobre todo en Asia. Pero, por otra parte, si se extrapolan las tendencias demográficas y económicas actuales, lo previsible es que en 2040 (dentro de poco más de 20 años, es decir una generación) la población mundial habrá crecido hasta alcanzar los 8000 millones de habitantes; pero entonces en los grupos más pobres (1 y 2) se encontrará menos de la mitad de la población mundial, habrá aumentado significativamente la población del grupo 3 (4200 millones de personas, más de la mitad de la población mundial) y la población del grupo de los más ricos, el nivel 4, se habrá duplicado en esos años.

Lo dicho, no hay que conformarse, pero tampoco hay que desesperar: el mundo va mejor de lo que creemos. Solo hay que mirarlo con las gafas adecuadas, que nos permitan ver los hechos en todas sus múltiples dimensiones. Y no se trata solo de ver la botella medio llena o medio vacía, sino de ver que, en cualquier caso, la botella puede tener algo dentro, que quizás merezca la pena.