Prudencia y justicia

 

Como tenemos escasos motivos para sentirnos preocupados por la situación política, en plena campaña electoral de Cataluña y con varios de los candidatos en la cárcel y un ex presidente haciéndose el exiliado en Bruselas…. Como teníamos poco con todo esto, ahora se le ocurre al gobierno ejecutar la sentencia judicial que obliga a la Generalidad de Cataluña a devolver unas obras medievales de gran valor artístico y sentimental a la localidad aragonesa de Sixena

Al parecer estas obras de arte se trasladaron en su día a Cataluña para su conservación y restauración. Luego las monjitas que las tenían en propiedad acordaron su venta a la Generalidad y parece que esa venta no cumplió todos los requisitos legales de protección del patrimonio artístico, por lo que un juzgado ha decidido que deben retornar al pueblo de Sixena, de cuyo monasterio salieron en su día.

Hasta aquí todo normal: un pequeño litigio de derecho civil, que se complica un poco por la naturaleza de los contendientes que, de ser un ayuntamiento y un convento, han pasado a ser un caso más de conflicto entre el Estado y la Comunidad Autónoma de Cataluña.

Pero precisamente esta es la cuestión: ¿no había otro momento mejor para ejecutar el veredicto judicial? Si hay todavía recursos pendientes ¿era tan importante que el traslado se hiciera justamente ahora, en plena campaña electoral?

Desde luego la justicia debe prevalecer por encima de todo. Pero para ser justo no basta con cumplir las leyes y ejecutar las sentencias judiciales. Además hay que ejercer las otras virtudes cardinales, como son la fortaleza y la templanza pero sobre todo la prudencia. La justicia a palo seco no es ni siquiera verdadera justicia. Así lo creían al menos los moralistas clásicos,

En España aún no hemos aprendido estas lecciones elementales del catecismo. Y hemos aprovechado la aplicación “justa” del artículo 155 para ejecutar, precisamente hoy, -después de años de paciente espera- con diligencia y fortaleza, sí,  pero de forma imprudente y sin ninguna templanza, la sentencia judicial que afirma que las obras de arte  de aquel monasterio aragonés deben volver a su pueblo.

¡Venga, muy bien! ¡A la rebatiña! Ahora que podemos… ¡a por ellos!, que después del 21 de diciembre cualquiera sabe lo que puede pasar.

Pues la verdad, viendo lo que estamos viendo, a veces me da por pensar que la cosa ya no tiene remedio. El conflicto de las obras de arte de Sixena, como el del proces independentista o la campaña electoral, todo nos hace sentir que más que un problema de justicia lo que tenemos ante todo es un problema de prudencia. También de fortaleza (artículo 155) y templanza (proporcionalidad en las medidas, no pasarse de la raya), pero sobre todo tenemos un problema de prudencia, prudencia política para no exacerbar situaciones ya de por si complicadas como las que estamos viviendo en Cataluña.

Y por cierto, mensaje para salmantinos: tampoco corre prisa airear ahora nuestros agravios particulares a propósito de unos cuantos documentos del archivo de la guerra incivil. Dejémoslo estar. Ya habrá tiempo de volver sobre el tema. Pero aprovechemos la ocasión para hacer, por una vez,  alarde de prudencia.

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Jesús Mosterín, filósofo

El pasado día 4 de Octure, ha fallecido Jesús Mosterín, como consecuencia fatal de un cáncer de pulmón. Con su muerte hemos perdido un referente de primerísima línea de la filosofía española actual. Mosterín era (y es, porque su obra quedará para siempre) un filósofo inclasificable. Pero, a diferencia de otros muchos académicos a los que podemos elogiar con adjetivos parecidos (original, genial, erudito, serio, riguroso, brillante) Jesús Mosterín tenía todas esas cualidades y además era un racionalista comprometido y un luchador incansable por las causas en las que creía (los derechos de los animales y la libertad de los individuos humanos). No puedo hacer aquí ni siquiera un resumen breve de sus contribuciones a la filosofía y al pensamiento contemporáneos. Su especialidad académica era, como la mía, la lógica y la filosofía de la ciencia, pero ha escrito libros y ensayos brillantes en prácticamente todas las áreas de la filosofía, incluyendo sus fantásticos volúmenes de Historia de la filosofía. Una de sus cualidades para mi más apreciables, es la claridad de sus ideas y de su estilo expositivo, el rigor de sus razonamientos y la amplitud de sus conocimientos. Pero hoy no es el momento de revisar los acuerdos y desacuerdos filosóficos que tuve con él. Déjenme sin embargo que les cuente una anécdota que define bien -creo yo-  el carácter y la actitud filosófica y cívica de Jesús Mosterín.

Debió ser en torno a 1970, y desde luego antes de la muerte de Franco. Vivíamos entonces en España una época convulsa. La dictadura se desmoronaba poco a poco y por todas partes surgían ocasiones de contestación política que ponían en cuestión el sistema. Y cuando se presentaba una de esas ocasiones, muchos sentíamos la obligación moral de utilizarla para hacer la revolución. Recuerdo que estábamos en un congreso de filósofos jóvenes que se celebraba en Valencia y, en medio de las sesiones del congreso, nos llegó una de esas noticias que entonces se producían cada día: algo así como que la policía había entrado en la Universidad y había detenido a un profesor. Ante situaciones como esa, lo normal era reaccionar organizando protestas públicas, debates y movilizaciones, amparadas en los soportes institucionales que podíamos ocupar.

Generalmente, en este tipo de debates asamblearios, poco estructurados, se sucedían intervenciones con las más variadas propuestas hasta que, al cabo de un tiempo, las múltiples voces lograban organizarse en torno a unas pocas opciones bien definidas: cerrar el congreso y firmar un manifiesto, firmar el manifiesto pero continuar con el congreso, condenar el régimen franquista saliendo a la calle a protestar, o no hacer nada y seguir con el congreso, etc. etc.

Visto con perspectiva uno puede ver ahora que, independientemente de cuál fuera el resultado final de aquellas discusiones, lo importante es que servían para mantener vivo el movimiento de contestación y protesta. Algo parecido, podríamos decir, a lo que podemos observar hoy escuchando muchas de las declaraciones, propuestas, suposiciones y críticas en los debates acerca del proceso de independencia en Cataluña: lo importante no es convencer a unos o a otros, sino mantener abierto el debate sine díe y romper la resistencia del adversario aunque sea a base de aburrirle con palabras vacías pero repetitivas.

Entonces ya pasaba eso, aunque los actores fueran distintos y los riesgos mucho mayores. Y lo que recuerdo de aquella ocasión es que, de repente, en medio de la refriega dialéctica entre comunistas y  troskistas, radicales y moderados, conservadores e izquierdistas, tomó la palabra Jesús Mosterín. Su intervención fue brillante y del tenor siguiente:” hemos venido aquí a hacer un congreso de filosofía de la ciencia y a hablar libremente. Ya sabemos que Franco es un dictador, pero si hay una oportunidad de seguir hablando libremente de filosofía, deberíamos aprovecharla. De lo contrario Franco gana, porque nos obliga a ocuparnos de él. Está bien, el que quiera que firme el manifiesto, pero volvamos todos a nuestro congreso que es para lo que hemos venido”

No tuvo éxito, todo hay que decirlo. Su intervención fue tachada de reformista y dio lugar a toda una ronda de nuevas intervenciones  ahora centradas en contestarle a él y no ya siquiera en protestar por las fechorías de la dictadora.

Desde entonces he tenido muchas experiencias parecidas. Pero no siempre ha estado allí Jesús Mosterín para poner por delante el sentido común y la actitud racional. Ahora, por ejemplo, en las discusiones en torno al proceso de independencia de Cataluña me parece que está pasando algo parecido.  Y escuchando a Borrel el otro día dirigiéndose a todos los catalanes, me recordó a Jesús Mosterín, recién fallecido: abandonemos  el bla-bla-bla de los debates insinceros, y centrémonos en hacer bien nuestros deberes, aplicando el sentido común y la racionalidad para resolver nuestros conflictos.

Es una pena que Jesús ya no esté con nosotros, porque habríamos disfrutado de su lucidez. Solo nos cabe el consuelo de saber que fuimos afortunados por haber podido disfrutar de su amistad y su sabiduría.

Ventajas de la igualdad

Durante milenios la raza humana ha ido evolucionando desde los estadios más primitivos hasta las sociedades tecnológicas actuales. Como ha puesto de manifiesto el historiador Harari en su magna obra sobre el Homo Sapiens, cuya lectura recomendábamos la semana pasada, la pauta más evidente que podemos rastrear a lo largo de estos desarrollos es que cada  vez hay más humanos sobre el planeta Tierra, cada vez los humanos controlan y usan más recursos del resto de la naturaleza y cada vez está más extendida entre los humanos la capacidad para controlar el medio en el que se desenvuelven nuestras vidas.

Pero eso no es todo. También es cierto que, al tiempo que se han desarrollado las capacidades humanas, también se han modificado las formas como nos hemos representado a nosotros mismos  la realidad. No solo hemos cambiado la forma de vivir, sino también la forma de pensar en qué consiste nuestra vida.  Y también aquí  hemos evolucionado muy positivamente: estamos mejor que hace un siglo, o que hace veinte. Es cierto que todavía persiste el fanatismo religioso o el terrorismo como violencia política. Pero ¿qué decir de los siglos pasados, en los que la humanidad ha estado continuamente envuelta en guerras atroces que nadie podía ganar pero que se pretendían legítimas gracias a la vigencia de religiones e ideologías absurdas?

Una de las constantes de la historia de la humanidad consiste precisamente en esto: la vida social ha ido generando nuevas fuentes de desigualdad y la cultura humana ha ido desmantelando todas las ideologías que hemos ido levantado a lo largo de los siglos para legitimar las desigualdades e injusticias que íbamos produciendo.

Se han inventado nuevas formas de imponer diferencias entre los individuos, pero se han perdido los soportes para legitimar esas diferencias. Se sigue discriminando a la mujer frente al hombre, pero cada vez son menos los que se atreven a suponer que hay razones legítimas para  ello. El capitalismo salvaje preconiza la competitividad extrema y la lucha de todos contra todos, pero ya solo los fundamentalistas neo-con se atreven a proponer eso como ideal de vida.

Quizás haya llegado la hora de pararnos a pensar con un poco de calma y ver cuáles son los derroteros que queremos seguir.   ¿Queremos una sociedad más eficiente y satisfecha pero más injusta o una sociedad más igualitaria y más feliz ? ¿Podemos aspirar a aumentar al mismo tiempo nuestro bienestar y su distribución igualitaria? En casi todas las ideologías que a lo largo de los siglos hemos ido construyendo, para justificar nuestros errores, se ha asumido acríticamente que la desigualdad es el resultado natural del incremento de nuestra capacidad de dominio sobre la naturaleza. Pero este axioma de la civilización no tiene por qué ser cierto. Podríamos intentar ver las cosas justo al contrario y comprobar que funcionan mejor:  que la igualdad no solo es más justa sino que también es más rentable.

Onda Cero Salamanca 25 de Julio de 2017

Libros para el verano

Las vacaciones de verano son una buena ocasión para actualizar nuestras lecturas pendientes. A ser posible en forma de libro con páginas de papel y letra impresa. (Desde luego, también valen las versiones electrónicas para tablet aunque en  la playa son más cómodos aquellos que éstas: un libro se puede llenar de arena sin echarse a perder…. En cambio, prueben con una tablet y luego me cuentan).

Hemos seleccionado tres libros para el verano. Primero uno de ficción: la novela reciente de un autor consagrado, Martínez de Pisón. Se titula Derecho Natural pero su historia tiene poco que ver con esta disciplina filosófica, salvo porque su protagonista, un joven que nos cuenta la vida de su familia a lo largo de los años de la transición democrática, termina trabajando en el departamento de filosofía del derecho de la Universidad Complutense, y estudiando la asignatura de derecho natural que impartía Gregorio Peces  Barba. Se trata de una obra muy bien escrita, sorprendente en muchas ocasiones, y llena de alicientes para continuar su lectura hasta el último renglón. Para quienes quieran asomarse a la época y contemplar  una panorámica insólita de aquella sociedad en transición, esta novela y este verano pueden ser una buena oportunidad para lograrlo.

Y como complemento otro libro, en este caso de ensayo, denso, pero también bien escrito  y además con marchamo de best seller mundial. Se trata del Homo Sapiens de Noah Harari, un Autor judío de origen libanés, al que Zuckerberg, el  dueño de Facebook, hizo famoso recomendando su lectura a millones de seguidores de todo el mundo. ¿De qué se trata? Nada original: solamente un ambicioso intento de presentar una panorámica de toda la historia de la humanidad, desde los primeros pasos que permitieron que el homo sapiens inventara un nuevo recurso cognitivo basado en el lenguaje, hasta la revolución agrícola y la revolución científica que permitió a la humanidad hacerse con el control de todo el planeta y diseñar nuevos mundos inagotables. Como dice su autor: “Los humanos controlamos el mundo porque somos los únicos animales capaces de cooperar a gran escala y de forma flexible”.

Para los amantes de la cultura científica y de la especulación filosófica, este es un buen libro. Cuando lo terminen pueden seguir además con el siguiente de la saga: Homo Deus (el hombre convertido en dios) que intenta explorar cómo será el futuro que el homo sapiens está ahora construyendo y en el que la propia especie humana puede verse sustituida por sus criaturas artificiales.

En fin, tres  libros interesantes para pensar y disfrutar leyendo, es decir realizando esa actividad intelectual que está en el origen del éxito evolutivo  de la humanidad: la imaginación, el lenguaje, la ciencia, la tecnología.  No lo olvidemos: todo eso está en los libros que podemos leer este verano..

Onda Cero Salamanca 18 de Julio de 2017

Rutinas e innovaciones

En círculos de especialistas en política económica y en gestión empresarial hay un término que está de moda: se trata del concepto de innovación, consagrado por el gran economista Joseph Shumpeter. La Unión Europea lleva años predicando que la solución de todos nuestros problemas depende de nuestra capacidad para la innovación.

También los filósofos han tomado la palabra en este campo. Recientemente mi colega y buen amigo Javier Echeverría, investigador del País Vasco, ha publicado un librito sobre El arte de innovar. Se lo recomiendo a quienquiera que esté interesado en entender este concepto básico de la cultura actual. Innovar, podemos decir, es producir algo nuevo que tiene un valor propio derivado en gran parte del hecho de ser nuevo. No cualquier novedad merece el título de innovación, para serlo se necesita que tenga un valor propio. Pero no cualquier innovación de valor económico responde siempre a las condiciones de la innovación real. Para serlo necesita también presentar un faceta realmente nueva de la realidad.

Traigo todo esto a colación porque estamos en un momento especialmente importante para pensar sobre la innovación: el comienzo de las vacaciones, esa época en la que nos sentimos inclinados a romper nuestras rutinas y a ensayar nuevas cosas que hacer y con las que disfrutar. Por lo general es ahora cuando más fácil nos resulta ser innovadores.

Propongo una reflexión para este momento. ¿Estamos seguros de que todas las cosas nuevas que se nos ocurre hacer cuando nos libramos de las rutinas cotidianas son dignas de ser hechas?

Javier Echeverría nos ofrece en su libro todo un elenco de ideas innovadoras sobre la innovación. Para él innovar es rendir tributo a la capacidad creativa inscrita en la dinámica misma del mundo real.

Hoy día innovar es cool, algo bien visto e incluso a veces una moda que se impone en nuestras rutinas cotidianas, sin que seamos conscientes de la tradición a la que rendimos tributo.  No siempre fue así. En el siflo XVIII el diccionario de la Real Academia incorporaba el término “novator”, que no es más que una versión arcaica de “innovador”. Pero a diferencia de lo que ocurre hoy con este término, en aquella época  calificar  a alguien de “novator”, -de innovador, como diríamos hoy-  era en realidad un insulto. El diccionairo definía al “novator” como “inventor de novedades” y explicaba que el término se usaba sobre todo para referirse al que introducía novedades “peligrosas en materia de doctrina”.

Bueno, los viejos tiempos del conservadorismo filosófico se han acabado. Mientras en España los novatores peleaban, en el siglo XVIII, por abrir paso a las nuevas ideas de la Ilustración, en Europa grandes pensadores, como Leibniz, intentaban construir el nuevo mundo de la ciencia y de la modernidad. Y nosotros nos consideramos hoy  herederos de Leibniz y de los novatores, más que de los que los criticaban.

Quizá podríamos aprovechar este tiempo de rutinas interrumpidas que son las vacaciones estivales, para introducir en nuestras vidas alguna dosis de innovación creativa. O por lo menos para reconocer nuestra deuda con la tradición  ilustrada de la innovación.

Onda Cero Salamanca 1/08/2017

En qué consiste hacer las cosas bien?

El presidente del gobierno nos tiene acostumbrados a escuchar algunas sentencias que expresan ideas intrascendentes como si fueran verdades teológicas. Por ejemplo, decir que lo importante en política es hacer las cosas bien. Lo escuchamos y nos quedamos tan convencidos: ¿quién puede negar algo así?

Pero pensemos con un poco de distanciamiento: ¿qué queremos decir cuando afirmamos que hay que hacer las cosas bien?

Para hacer las cosas bien, lo primero que hay que hacer es hacer algo. Si te quedas esperando a que los problemas se resuelvan solos, luego no puedes decir que has actuado bien, simplemente no has actuado. Lo segundo, para hacer las cosas bien es que lo que te propongas hacer sea, en si mismo, algo digno y valioso. Un crimen nunca puede ser considerado como una acción bien hecha, aunque sea un crimen perfecto. Y por último, para hacer las cosas bien debes actuar de forma que no solamente se consigan los objetivos dignos que te proponías conseguir, sino que también se minimicen los efectos negativos que puedan derivarse de tu actuación (los llamados daños colaterales restan valor a tu acción).

Pongamos por caso, el brexit en Gran Bretaña ¿Fue una buena idea? David Cameron lo convocó convencido de que saldría el NO y él se quitaría un problema de encima. Le salió tan mal que le costó el puesto de primer ministro. Al cabo de un tiempo su sucesora Teresa May ha cometido otro error: convocar elecciones para afianzar su posición política de cara a las negociaciones del brexit. Lo ha hecho tan mal que ha perdido un montón de escaños en el parlamento británico y su posición política ha salido enormemente debilitada, y se ha fortalecido la de su oponente laborista Jeremy Corbin. Justamente lo contrario de lo que pretendía conseguir con su maniobra.

Otro ejemplo. Aquí en España hemos asistido en poco tiempo a lo que parecía la operación política más ruinosa para el Partido socialista y su líder, Pedro Sánchez. Al cabo de unos meses la realidad ha resultado todo lo contrario: Sánchez ha ganado las primarias, ha triunfado en el congreso federal y ahora controla el POSE de forma contundente y completa, sin que nadie le pueda obligar  a hacer lo que no quiera. Si hay un ejemplo en política de en qué consiste hacer las cosas bien, es este de Pedro Sánchez, no el mantra del presidente Rajoy.

La actualidad nos ofrece más casos. Los bomberos han trabajado heroicamente para rescatar víctimas de una torre de apartamentos que ha ardido en Londres. Ellos lo han hecho bien, pero ha habido decenas de víctimas. ¿Por qué? ¿Qué se ha hecho mal? No es un problema de los bomberos, ni de los vecinos. Es que hace unos años se remodeló el edificio y se le recubrió con una capa de material decorativo y supuestamente aislante que mejoraba el aspecto estético del edificio (y por lo tanto su valor de mercado), pero lo hizo más vulnerable al fuego, porque era un material inflamable. ¿Quién hizo aquí las cosas mal?

Salvo algún loco desquiciado, todo el mundo prefiere en principio hacer las cosas bien, ¿Por qué salen mal tantas cosas? En algunas ocasiones se debe a un error de juicio, como en el caso del brexit. Y en otras muchas ocasiones, a la aplicación de un criterio equivocado que consiste en valorar una acción por el balance de pérdidas y beneficios económicos a corto plazo, en vez de  considerar todos los aspectos de la cuestión y las consecuencias a largo plazo, que es lo razonable. No lo olvide señor Rajoy.

Onda Cero Salamanca 20/06/2017

Filosofía y política

Recientemente  he participado en el programa Milenium que emite la 2 de TVE a altas horas de la madrugada. El programa estaba dedicado a filosofía y política, un tema tan intemporal que no se pierde nada si se visiona a deshoras, a través de internet (http://www.rtve.es/television/millennium/#), o si aprovechamos este contacto de los martes con los oyentes de Onda Cero Salamanca, para retomar la discusión.

Antes de nada, un aviso para animar al espectador. El programa, conducido por Ramón Colom, no se parece en nada a los debates político-mediáticos a los que últimamente parece que tenemos que ir acostumbrándonos: ningún contertulio interrumpe a otro, nadie da voces, no se evitan temas espinosos, pero se hace siempre con delicadeza. En fin, el formato se parece más al clásico de La Clave, que la gente de mi generación añora, que a los que proliferan hoy día en esos  “tablados” de la noche televisiva.

De todos los matices que se pueden señalar al hablar de filosofía y política, a mi me ha interesado especialmente uno que yo resumiría así: la política necesita ideas y un espíritu crítico que puede encontrar en los estudios y tradiciones filosóficas, pero al mismo tiempo los filósofos (los intelectuales del siglo XIX y quienes quiera que sean los que ahora continúan ejerciendo su papel), necesitan aterrizar en la arena de la política real, en la que se escenifica la lucha por el poder, sin más protección que su capacidad crítica y su sentido de la responsabilidad. El filósofo no debería sustituir al rey (es decir, a los ciudadanos) en el ejercicio del poder, como pretendió Platón.  Pero habría que revisar también el papel de los intelectuales que se reclaman independientes, y se sitúan au dessus de la melée, como si comprometerse con la política (afiliándose a un partido político, por ejemplo) fuera inseparable de la condición de apestado. No me gustan los filósofos reyes de Platón, pero tampoco los “idiotas” de la antigua Grecia (“idiota” se usaba en la Grecia clásica para calificar al que se dedicaba a sus asuntos propios y se desentendía de los de interés público).

Resumiendo, lo que la filosofía puede aportar a la política es inspiración para concebir nuevos proyectos, apoyo para resistir al  inmovilismo y a la inercia del sistema, y perspectiva para mirar más lejos. Y lo que la experiencia política puede proporcionar a la filosofía son referencias para conectar con la vida real y materiales para ayudar a entender el papel de la lucha por el poder en el desarrollo de la naturaleza humana. En todo caso, nada de proporcionar coartadas para la inacción, subterfugios para legitimar la realidad impuesta, ni excusas para tirar la toalla. La filosofía es mirada crítica, reflexiva y trascendente, un arma de resistencia, esencial para la tarea política más importante, que es la gestión del poder en la esfera pública.

Por desgracia, si nadie lo remedia es posible que las humanidades y la filosofía vayan desapareciendo del curriculum  escolar de la mayoría de nuestros ciudadanos que, a cambio, aprenderán a comportarse como verdaderos “emprendedores”, nuevos idiotas, aptos para venderse a sí mismos en el mercado. Creo que van a salir perdiendo.

Onda Cero Salamanca 13/07/2017