Un pacto por la ciencia

La ciencia ya está en campaña electoral. Lo cual es una buena noticia. Hace unos años nadie se acordaba de la investigación científica cuando se trataba de vender a los electores un programa de gobierno para los próximos cuatro años. En cambio ayer, en el primer debate televisivo de los cuatro principales candidatos, la investigación científica apareció al menos en un par de ocasiones. Así que, aunque de forma discreta, los partidos políticos parecen haber descubierto ya que el apoyo a la investigación científica es un tema de interés ciudadano. Llegados aquí, también nosotros podemos contribuir a la actualidad política proponiendo tres puntos para un necesario pacto ciudadano por la ciencia.

El primer punto es recuperar el esfuerzo de España en I+D, aumentando el gasto público e incentivando la inversión empresarial, de modo que se pueda alcanzar el objetivo del 2% del PIB al final de la legislatura. Esto permitiría recuperar a los más de 11000 investigadores que hemos perdido en los últimos cuatro años y ofrecer de nuevo a nuestros jóvenes la posibilidad de realizar una carrera científica sin tener que emigrar a otros países más afortunados.

Un segundo punto se refiere a lo que podríamos llamar la despolitización de la ciencia. Lo que pedimos aquí es que los partidos políticos se comprometan a dejar en manos de los científicos el gobierno de la ciencia. Las universidades ya eligen a sus autoridades sin injerencia de la Administración, las Reales Academias, financiadas con fondos públicos, eligen a sus miembros sin consultar a los ministros. ¿Por qué los proyectos científicos tienen que ser autorizados por el gobierno? Debemos acostumbrarnos a pensar que para que la ciencia funcione hay que dejar que los científicos la gobiernen. Sería muy fácil y muy útil que la próxima persona responsable de la gestión de la ciencia al más alto nivel no solo fuera una científica o científico de elevado prestigio profesional, sino que además fuera propuesta de forma autónoma por la propia comunidad de los investigadores.

Por último, es preciso también un gran acuerdo para “repolitizar”  la ciencia en el escenario de la nueva política. Se trata de articular nuevos mecanismos de participación de los ciudadanos y sus representantes políticos en las grandes controversias sociales, económicas medioambientales, sanitarias etc., que tienen un componente científico cada vez más acusado. Nuestro sistema no tiene cauces para articular estos nuevos debates sociales propiciando la participación conjunta de ciudadanos, científicos y representantes políticos. Pero hay fórmulas que están funcionando por toda Europa, como son las oficinas parlamentarias de evaluación de opciones científicas y tecnológicas (el programa STOA del Parlamente Europeo, por ejemplo), que deberíamos asumir en España si queremos tener un sistema maduro para incorporar el conocimiento científico a los debates políticos.

Ahora es el momento.

La inteligencia de las máquinas

Estos días estamos celebrando en el Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología el seminario anual de doctorandos, en el que los estudiantes exponen y discuten los avances que han conseguido en sus investigaciones durante el último año. Allí se tratan multitud de asuntos relativos a nuestra cultura científica y tecnológica y se crea un ambiente propicio para la reflexión y el debate académico. Una de las ponencias que se presentaron ayer invitaba a reconstruir la visión histórica y filosófica del desarrollo de la técnica de los últimos siglos. ¿Qué es lo que mejor caracteriza a la técnica de nuestros días frente a la de los siglos anteriores?

El famoso filósofo español, José Ortega y Gasset, decía que el hombre se ve abocado a crear la técnica porque es la forma que tiene de afrontar su radical indigencia biológica. Nacemos desprovistos de un programa que nos permita sobrevivir y tenemos que apañarnos para inventarnos nuestra propia vida a base de cambiar el entorno en el que nos desenvolvemos. Y esos cambios son los cambios que producimos a través de la técnica.

Esto lo escribió Ortega hace más noventa años y desde entonces las cosas han cambiado mucho. Pero su diagnóstico sigue siendo válido, aunque hay algo que caracteriza a nuestras técnicas y que, en tiempos de Ortega y Gasset, era difícil de apreciar. En los siglos XIX y XX se completó la revolución industrial que nos dejó en herencia una enorme capacidad de transformación de la realidad gracias a las máquinas mecánicas, al uso masivo de las fuentes de energía fósiles como el carbón y el petróleo, a las grandes infraestructuras viarias y urbanas, etc. Ahora podemos decir que estamos en una nueva era de desarrollo tecnológico, que se caracteriza no ya por la potencia y magnitud de las técnicas o los artefactos que manejamos sino por lo que podríamos llamar su inteligencia. Lo nuevo no es que ahora podamos diseñar y producir artefactos con potencia suficiente para proporcionar energía útil a miles de millones de personas en el planeta Tierra. Lo nuevo es que diseñamos y producimos miles de millones de artefactos a los que dotamos de inteligencia. Es decir de capacidad para procesar información y  adaptar su comportamiento a los cambios que se producen en el medio en el que operan. En eso consiste la inteligencia de las máquinas.

En realidad se trata de nuestra propia inteligencia incorporada en el diseño de nuestros artefactos.  Las máquinas solo son inteligentes si las diseñamos, las producimos y las usamos de forma inteligente. La inteligencia de las máquinas somos nosotros mismos.

Onda Cero Salamanca 26/04/2016

 

La Ley de la Ciencia

Hace unos días (el 14 de abril, ¡feliz coincidencia con la proclamación de la República!) se celebró el 30 aniversario de la aprobación, por el Parlamento Español, de la Ley de la Ciencia de 1986. Fue la primera vez que España se dotaba de una ley específicamente orientada a regular, promover y apoyar el desarrollo científico de nuestro país. Tuve el honor de formar parte de la Ponencia que debatió la Ley en el Senado, donde introdujimos algunas enmiendas significativas para impulsar la implicación del Parlamento en la política científica.

Las leyes importantes no lo son tanto por la fama que alcanzan, sino porque ayudan a cambiar la sociedad de forma radical y permanente. La Ley de la ciencia fue de esas. Aunque, por el tema del que se ocupaba, no fuera un ley muy popular, de todas formas tuvo mucha importancia, porque puso en la agenda política española algo que es peculiar de todas las sociedades avanzadas: la confianza en la ciencia y la tecnología, en la inteligencia, en la creatividad y en la investigación, el desarrollo y la innovación, como palancas del progreso cultural y material.

Desde entonces, la sociedad española ha ido aportando cada vez más esfuerzos a la ciencia y la tecnología hasta llegar al punto álgido del año 2009. El problema es que, a partir de entonces el apoyo público a la ciencia y la tecnología en los organismos de investigación y en las universidades ha disminuido drásticamente por la crisis económica.

De todas formas, no debemos perder la esperanza. Hay algunos signos positivos. Por ejemplo, por primera vez el apoyo a la investigación científica ha aparecido en los debates electorales de estos últimos meses, aunque haya sido de forma tímida e imprecisa. Por otra parte, a pesar de la crisis, cuando se pregunta en las encuestas si los españoles están dispuestos a apoyar que se siga gastando dinero público en investigación y desarrollo, la inmensa mayoría (más del 95%) dicen que sí. Y por último, los años de abundancia permitieron formar a una legión de jóvenes científicos, hoy desperdigados por todo el mundo, que suponen un formidable ejército de reserva de la ciencia de nuestro país para cuando vengan tiempos mejores.

¿Cuándo será esto?

Iniciamos el camino del desarrollo científico en democracia hace treinta años. Apostemos por que la recuperación empiece ya. Sea cual sea el gobierno de los próximos años, apostemos por que sea un gobierno comprometido con la ciencia.

Onda Cero Salamanca 19/04/2016

TURISMO DE TRASPLANTES

La policía ha desmantelado un grupo de delincuentes que se dedicaban a introducir en España enfermos de otros países para realizarles aquí trasplantes de riñón u otros órganos vitales.

El hecho merece una reflexión. En primer lugar acerca de las condiciones que hacen posible este tipo de actividades fraudulentas, que constituyen casos extremos del llamado “turismo sanitario”. Y en segundo lugar, acerca de la respuesta que la sociedad debe dar ante estos hechos.

Empecemos por reconocer el lado bueno de las cosas, si es que se puede hablar así. España, en este caso, es objeto de fraudes y trampas porque es el país con un sistema médico de trasplantes de órganos más eficiente y equitativo del mundo. A cualquier enfermo de cualquier país, que necesite un trasplante, lo mejor que le puede suceder es que se encuentre en España y pueda ser atendido aquí.

El éxito de las operaciones de trasplante depende de muchos factores, no solo técnicos, sino también sociales, jurídicos y éticos. Uno de los puntos críticos es la adecuada gestión de las donaciones de órganos y de la asignación de enfermos receptores. Para que funcione bien, se requiere que todo el proceso se haga siguiendo criterios estrictamente médicos, que el sistema no permita la interferencia de intereses económicos o políticos, y que toda la sociedad confíe y respalde las actuaciones llevadas a cabo por los profesionales de la medicina. Un buen sistema de trasplantes se basa en la solidaridad y la capacidad de empatía de una sociedad. Si se abre una vía la influencia del interés privado y del poder económico o político, todo el sistema se viene abajo en poco tiempo.

El modelo vigente en España responde a estos criterios. Y eso ha hecho que sea reconocido a nivel internacional como un referente indiscutible y que la organización mundial de trasplantes haya recomendado que el modelo español se implante en todos los países.

Mientras esto no suceda, España seguirá siendo un objetivo apetecible para el uso fraudulento de nuestro sistema de trasplantes. Debemos felicitarnos de que la intervención de la policía se lo ponga difícil a estos delincuentes internacionales. Así debe ser, si queremos preservar al mismo tiempo la calidad de nuestro sistema y la equidad de un tratamiento médico al que puedan acceder en igualdad de condiciones todas las personas con las que convivimos y que legítimamente tienen derecho a la atención sanitaria.

Debemos estar orgullosos de nuestro sistema sanitario de trasplantes, y preservarlo de cualquier intento de convertirlo en una modalidad del negocio turístico.

Onda Cero Salamanca 12/04/2016

Mujeres y ciencia

Existen muchos prejuicios sexistas. Uno de ellos se refiere a la aptitud de las mujeres para las matemáticas y para la ciencia en general. Es conocido el escándalo de hace unos años, cuando nada menos que el rector de la Universidad de Harvard tuvo que dimitir después de haber dicho una estupidez supina a este respecto: que el cerebro de las mujeres era menos apropiado para las matemáticas que el de los hombres.

Las cosas en este campo están cambiando a toda velocidad.  En la Unión Europea, por ejemplo, hay todo un plan de actuaciones orientadas a promover políticas de igualdad en la ciencia y la tecnología y a difundir información sobre estos temas. En el informe sobre mujeres y ciencia que recientemente han publicado, aparecen algunos datos reveladores, que paso a resumir:

  • Todavía hay una brecha considerable entre hombres y mujeres en relación con la actividad científica: solo el 33% de investigadores son mujeres, a pesar de que el porcentaje de graduados superiores y doctorados es prácticamente del 50%.
  • Sigue presente un fuerte efecto conocido como “techo de cristal”: a medida que avanza la carrera profesional de una investigadora más difícil le resulta seguir progresando, en relación con sus colegas varones. El resultado es que el porcentaje de mujeres con un nivel elevado en la jerarquía científica es mucho menor que el que cabría esperar.
  • Hay diferencias significativas en la especialización por áreas científicas, la más llamativa es el déficit de mujeres en algunas áreas de la ingeniería.
  • También hay diferencias en relación con los sectores de actividad científica: la igualdad entre hombres y mujeres es mayor en las universidades y en los organismos públicos de investigación. En cambio hay menos mujeres investigadores de las que cabría esperar en el sector empresarial.
  • Las mujeres participan menos en el registro de invenciones patentables (de cada 10 patentes solo en 2 aparecen mujeres como autoras)
  • En cambio la cantidad, la calidad y el prestigio internacional de la producción científica no difieren entre varones y mujeres.
  • En cualquier caso los datos indican que en todos estos campos la situación relativa de las mujeres está mejorando.
  • Además más del 30% de las instituciones científicas consultadas están poniendo en marcha programas especiales para promover la igualdad de género en la gestión de la ciencia.

El panorama que se deriva de estos datos es inquietante pero alentador. Queda mucho por hacer, pero la igualdad de hombres y mujeres en la ciencia va a seguir mejorando. Si yo tuviera ocasión de influir en la imaginación de una niña pequeña, la iría preparando para que de mayor quisiera ser investigadora en física, química o ingeniería. Hay todo un campo abierto de posibilidades para el desarrollo profesional de las mujeres en la ciencia.

La incultura científica

Hace años podían hacerse bromas acerca del cambio climático como la que hizo Rajoy sobre su primo el profesor de física, confundiendo el calentamiento global con la previsión meteorológica. Hoy nadie haría bromas con eso. Pero seguimos aceptando como naturales algunas medio-bromas -digámoslo así- que se refieren también a la cultura científica. Por ejemplo, ante una situación apurada seguimos echando mano de ese “es que yo soy de letras”, como si ser cultos en arte o literatura nos librara de nuestra responsabilidad ante la cultura científica. O esa otra respuesta complaciente ante algunas patrañas pseudocientíficas:” algo tendrán cuando la gente acude a ellas”, o cosas así….

Estos días ha saltado a la prensa la lucha de Julián Rodríguez, un padre cuyo hijo murió de leucemia hace dos años, como consecuencia de haber seguido las prescripciones de un curandero que le atiborró de vitaminas y le indujo a negarse a aceptar la terapia prescrita por los médicos. Julián ha presentado una denuncia en el juzgado contra el curandero y espera que la justicia de dé la razón. Pero mientras tanto ha creado una Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP) y una página web en la que espera aunar esfuerzos de muchos ciudadanos en su lucha contra la pseudomedicina anticientífica.

Lo que más me ha llamado la atención es que, creo que por primera vez en mi vida, he visto un titular de periódico apelando a la incultura científica como responsable de un grave daño a las personas, incluyendo posibles responsabilidades penales. (“A mi hijo lo ha matado la incultura científica“, decía el titular del periódico).

Aunque en los ambientes académicos hace tiempo que nos preocupamos por el desarrollo y la difusión de la cultura científica en su múltiples dimensiones (incluida la del periodismo científico), no es común que nuestras discusiones salten a las páginas de la prensa y menos aún que lo hagan para reivindicar que la cultura científica puede salvar la vida de nuestro hijo y la incultura matarlo.

No estoy seguro de si podremos algún días librarnos de las estafas y patrañas de curanderos y timadores disfrazados con bata blanca, pero el caso que comentamos me mueve a pensar que podemos hacer mucho más de lo que hacemos para librarnos de ellos.  Deberíamos empezar a pensar que todos somos responsables de la difusión de la cultura científica, que podríamos exigir, por ejemplo, que en las farmacias no se vendan pseudoremedios homeopáticos, que los curanderos no se puedan anunciar como si fueran médicos, que las universidades no enseñen pseudociencias como si fueran ciencia  y que los que sufren no sean estafados por falta de cultura científica.

Ondas gravitacionales

El 20 de febrero, se cumplen cien años desde que Albert Einstein escribió el artículo en el que predecía la existencia de ondas gravitacionales. Una semana antes de ese centenario la comunidad científica, agrupada en torno al laboratorio LIGO, de Estados Unidos, ha anunciado públicamente que el 14 de septiembre pasado se detectaron por primera vez ondas gravitacionales, emitidas por un par de agujeros negros que colisionaron a mil trescientos millones de años luz.

Para llegar a este punto ha habido que trabajar durante muchos años. En el proyecto han participado más de 1000 científicos de 16 países diferentes y han confluido las áreas más avanzadas de la física teórica, la astrofísica, la física experimental y la ingeniería, necesaria para construir detectores láser, de varios kilómetros de longitud, capaces de medir con enorme precisión minúsculas distorsiones del espacio en milésimas de segundo.

El acontecimiento tiene todos los atributos de los grandes hitos de la ciencia fundamental: ideas geniales encajadas en la estructura abstracta de una bella teoría, y duros esfuerzos de experimentación y observación que durante años intentan comprobar predicciones insólitas hasta que finalmente se consiguen resultados fiables y precisos que nos hacen cambiar nuestra forma de ver el mundo.  Le sucedió a Galileo cuando enfocó su telescopio hacia el firmamento y nos ha sucedido ahora a nosotros con el detector de ondas gravitacionales. El consiguió pruebas de que el Sol ocupaba el centro de nuestro sistema planetario. Nosotros podemos ver ahora, de forma directa, por primera vez, cómo se libera energía en forma de ondas gravitacionales, cuando se produce un choque entre agujeros negros más grandes que sesenta soles.

Dos reflexiones a propósito de este gran descubrimiento. Primero, se trata de un resultado excelente de la investigación científica básica, no de la ciencia aplicada o la innovación empresarial. Su valor reside en que supone un paso decisivo en la comprensión del mundo, pero no tiene, en principio, ni se espera que tenga, a medio plazo, ninguna utilidad práctica. La segunda reflexión es que, para conseguir resultados así, se requieren grandes esfuerzos, de financiación y de cooperación, y una gran constancia en esos esfuerzos.

El periódico británico The Guardian señala en un artículo que si Einstein hubiera tenido que seguir, hace un siglo, los mismos pasos que actualmente cargan de tareas burocráticas a nuestros jóvenes investigadores, no hubiera tenido tiempo para pensar y crear su bella teoría de la relatividad general y nadie habría podido descubrir ahora las ondas gravitacionales.

Seguramente es cierto, pero la situación puede ser aún peor. Algunos responsables de la política científica están empeñados en reducir el apoyo público a la ciencia, solamente a proyectos de innovación tecnológica, cofinanciados por empresas.  Con esos criterios (que son los que rigen en la última convocatoria de subvenciones de la Junta de Castilla y León) nuestros jóvenes investigadores no solo no tendrán tiempo para ser Einstein, sino que ni siquiera podrán participar en un proyecto de física fundamental como el del laboratorio LIGO, que celebramos estos días. Alguien debería pensar  seriamente en esto.