Turismofobia

La actualidad nos ha traído un término nuevo que amenaza con ser ya la parte más visible de la herencia política del verano. Me refiero al fenómeno social de la turismo-fobia, es decir, del odio al turista como respuesta de las poblaciones que se ven afectadas por la extensión del turismo masivo. Hasta hace poco, se trataba simplemente de un problema de la economía del turismo cuya solución había que afrontar como un problema fundamentalmente técnico.  En una economía de mercado políticamente controlada, este tipo de problemas se suelen resolver  con políticas integrales. A veces no es fácil dar con las más eficaces y rápidas, pero en cualquier caso, su núcleo esencial no se pone en discusión: si hay una burbuja inmobiliaria, hay que pincharla, si hay exceso de actividad turística, hay que reducirla, si hay comportamientos turísticos indeseables (tanto por parte de productores como de consumidores) hay que perseguirlos. Y siempre, siempre, si hay beneficios privados extra a partir del turismo, debe haber también contribuciones extraordinarias al bienestar común, a través de impuestos y tasas.

Esto último es especialmente importante en el caso del turismo. Las nuevas tecnologías permiten prestar servicios nuevos, a partir de las redes sociales, y contribuyen así a transformar una parte importante de la actividad colaborativa de la sociedad civil en una actividad económica tanto más rentable y extendida cuanto más opaca e impenetrable se mantenga. Alojar a amigos o familiares en tu casa durante unos días de vacaciones es algo que todo el mundo ha hecho alguna vez. Pero hacer de este tipo de actividad un negocio de alcance mundial a través de plataformas de internet, supone la irrupción de un nuevo sector de la economía actual cuyo tratamiento debe acometerse con la misma determinación con la que el Estado afronta el resto de las políticas industriales. Limitar las licencias de alquiler de habitaciones, vigilar el cumplimiento de las normas y cobrar impuestos por este tipo de actividad lucrativa, debe instalarse en la agenda política y de gestión de los ayuntamientos con la misma contundencia con la que se regulan las zonas de aparcamiento o el acceso de visitantes a las cuevas de Altamira. No hay nada radicalmente nuevo en todo esto: solamente nuevas posibilidades tecnológicas de gestión de viejas actividades económicas, y un cierto despiste de los gestores políticos a la hora de implementar medidas efectivas para responder a los nuevos retos.

La extensión de la turismo-fobia es otro asunto: se trata de alentar sentimientos de odio y rechazo hacia los turistas como personas. Desde el punto de vista moral, jurídico y político, la turismo-fobia es una aberración. Los turistas que inundan los centros de nuestras ciudades solo están respondiendo a la invitación que les hemos hecho de venir a visitarnos. Si el comportamiento de alguno de ellos es inapropiado, debe ser impedido o castigado, pero no atribuido a su condición de turista, sino a su baja condición moral o cívica. Las borracheras masivas en la Plaza Mayor o en el Paseo Marítimo no son parte de la actividad turística, sino de la actividad incívica de algunso ciudadanos, propios o forasteros.

En definitiva: no a la turismo-fobia, no a la violencia dirigida contra nuestros conciudadanos visitantes, los turistas. Pero  a cambio, apoyemos sin reservas la regulación de la actividad turística que haga posible un turismo masivo y abierto, pero controlado y beneficioso para todos.

Rutinas e innovaciones

En círculos de especialistas en política económica y en gestión empresarial hay un término que está de moda: se trata del concepto de innovación, consagrado por el gran economista Joseph Shumpeter. La Unión Europea lleva años predicando que la solución de todos nuestros problemas depende de nuestra capacidad para la innovación.

También los filósofos han tomado la palabra en este campo. Recientemente mi colega y buen amigo Javier Echeverría, investigador del País Vasco, ha publicado un librito sobre El arte de innovar. Se lo recomiendo a quienquiera que esté interesado en entender este concepto básico de la cultura actual. Innovar, podemos decir, es producir algo nuevo que tiene un valor propio derivado en gran parte del hecho de ser nuevo. No cualquier novedad merece el título de innovación, para serlo se necesita que tenga un valor propio. Pero no cualquier innovación de valor económico responde siempre a las condiciones de la innovación real. Para serlo necesita también presentar un faceta realmente nueva de la realidad.

Traigo todo esto a colación porque estamos en un momento especialmente importante para pensar sobre la innovación: el comienzo de las vacaciones, esa época en la que nos sentimos inclinados a romper nuestras rutinas y a ensayar nuevas cosas que hacer y con las que disfrutar. Por lo general es ahora cuando más fácil nos resulta ser innovadores.

Propongo una reflexión para este momento. ¿Estamos seguros de que todas las cosas nuevas que se nos ocurre hacer cuando nos libramos de las rutinas cotidianas son dignas de ser hechas?

Javier Echeverría nos ofrece en su libro todo un elenco de ideas innovadoras sobre la innovación. Para él innovar es rendir tributo a la capacidad creativa inscrita en la dinámica misma del mundo real.

Hoy día innovar es cool, algo bien visto e incluso a veces una moda que se impone en nuestras rutinas cotidianas, sin que seamos conscientes de la tradición a la que rendimos tributo.  No siempre fue así. En el siflo XVIII el diccionario de la Real Academia incorporaba el término “novator”, que no es más que una versión arcaica de “innovador”. Pero a diferencia de lo que ocurre hoy con este término, en aquella época  calificar  a alguien de “novator”, -de innovador, como diríamos hoy-  era en realidad un insulto. El diccionairo definía al “novator” como “inventor de novedades” y explicaba que el término se usaba sobre todo para referirse al que introducía novedades “peligrosas en materia de doctrina”.

Bueno, los viejos tiempos del conservadorismo filosófico se han acabado. Mientras en España los novatores peleaban, en el siglo XVIII, por abrir paso a las nuevas ideas de la Ilustración, en Europa grandes pensadores, como Leibniz, intentaban construir el nuevo mundo de la ciencia y de la modernidad. Y nosotros nos consideramos hoy  herederos de Leibniz y de los novatores, más que de los que los criticaban.

Quizá podríamos aprovechar este tiempo de rutinas interrumpidas que son las vacaciones estivales, para introducir en nuestras vidas alguna dosis de innovación creativa. O por lo menos para reconocer nuestra deuda con la tradición  ilustrada de la innovación.

Onda Cero Salamanca 1/08/2017

En qué consiste hacer las cosas bien?

El presidente del gobierno nos tiene acostumbrados a escuchar algunas sentencias que expresan ideas intrascendentes como si fueran verdades teológicas. Por ejemplo, decir que lo importante en política es hacer las cosas bien. Lo escuchamos y nos quedamos tan convencidos: ¿quién puede negar algo así?

Pero pensemos con un poco de distanciamiento: ¿qué queremos decir cuando afirmamos que hay que hacer las cosas bien?

Para hacer las cosas bien, lo primero que hay que hacer es hacer algo. Si te quedas esperando a que los problemas se resuelvan solos, luego no puedes decir que has actuado bien, simplemente no has actuado. Lo segundo, para hacer las cosas bien es que lo que te propongas hacer sea, en si mismo, algo digno y valioso. Un crimen nunca puede ser considerado como una acción bien hecha, aunque sea un crimen perfecto. Y por último, para hacer las cosas bien debes actuar de forma que no solamente se consigan los objetivos dignos que te proponías conseguir, sino que también se minimicen los efectos negativos que puedan derivarse de tu actuación (los llamados daños colaterales restan valor a tu acción).

Pongamos por caso, el brexit en Gran Bretaña ¿Fue una buena idea? David Cameron lo convocó convencido de que saldría el NO y él se quitaría un problema de encima. Le salió tan mal que le costó el puesto de primer ministro. Al cabo de un tiempo su sucesora Teresa May ha cometido otro error: convocar elecciones para afianzar su posición política de cara a las negociaciones del brexit. Lo ha hecho tan mal que ha perdido un montón de escaños en el parlamento británico y su posición política ha salido enormemente debilitada, y se ha fortalecido la de su oponente laborista Jeremy Corbin. Justamente lo contrario de lo que pretendía conseguir con su maniobra.

Otro ejemplo. Aquí en España hemos asistido en poco tiempo a lo que parecía la operación política más ruinosa para el Partido socialista y su líder, Pedro Sánchez. Al cabo de unos meses la realidad ha resultado todo lo contrario: Sánchez ha ganado las primarias, ha triunfado en el congreso federal y ahora controla el POSE de forma contundente y completa, sin que nadie le pueda obligar  a hacer lo que no quiera. Si hay un ejemplo en política de en qué consiste hacer las cosas bien, es este de Pedro Sánchez, no el mantra del presidente Rajoy.

La actualidad nos ofrece más casos. Los bomberos han trabajado heroicamente para rescatar víctimas de una torre de apartamentos que ha ardido en Londres. Ellos lo han hecho bien, pero ha habido decenas de víctimas. ¿Por qué? ¿Qué se ha hecho mal? No es un problema de los bomberos, ni de los vecinos. Es que hace unos años se remodeló el edificio y se le recubrió con una capa de material decorativo y supuestamente aislante que mejoraba el aspecto estético del edificio (y por lo tanto su valor de mercado), pero lo hizo más vulnerable al fuego, porque era un material inflamable. ¿Quién hizo aquí las cosas mal?

Salvo algún loco desquiciado, todo el mundo prefiere en principio hacer las cosas bien, ¿Por qué salen mal tantas cosas? En algunas ocasiones se debe a un error de juicio, como en el caso del brexit. Y en otras muchas ocasiones, a la aplicación de un criterio equivocado que consiste en valorar una acción por el balance de pérdidas y beneficios económicos a corto plazo, en vez de  considerar todos los aspectos de la cuestión y las consecuencias a largo plazo, que es lo razonable. No lo olvide señor Rajoy.

Onda Cero Salamanca 20/06/2017

El efecto Matilde y el síndrome de Pigmalión

En la sociología de la ciencia hay una expresión bien conocida, denominada Efecto Mateo, cuya formulación se atribuye a Robert Merton. La expresión se refiere al episodio del Evangelio de San Mateo en el que Jesús dice a sus discípulos: “Al que tiene mucho se le dará más”. Pero la segunda parte del versículo de San Mateo dice “y al que tiene poco aun lo poco que tiene se le quitará” (algo así como “a perro flaco todo son pulgas”, en el refranero castellano). Y es esta segunda parte la que en los años noventa, la investigadora Margaret Rossiter propuso para identificar la situación de muchas mujeres científicas, a las que les cuesta trabajo alcanzar el éxito en su carrera: a duras penas consiguen el reconocimiento de sus colegas y, cuando lo logran, se arriesgan a perder lo poco que consiguen en cuanto se descuidan: trabajan como los hombres o mejor, pero los premios Nobel se los llevan sus compañeros. Por contraposición propuso que  esta segunda parte del efecto Mateo, que afecta especialmente a las mujeres científicas, se denominara efecto Matilde

Hace unos días tuvimos la ocasión de hablar de todas estas cosas con Eulalia Pérez Sedeño, catedrática de Filosofía de la Ciencia, que presentó en la Librería Letras Corsarias su último libro, con título provocativo: Las `mentiras` científicas sobre las mujeres. En el libro se narran multitud de episodios de la historia de la ciencia en los que las mujeres son siembre postergadas frente a su colegas masculinos. Uno de esos episodios fue el experimento social que dio lugar a la caracterización del síndrome de Pigmalión.

Se trata de un experimento que se realizó en San Fracisco en los años 60. Se seleccionaron dos grupos de escolares, de forma aleatoria. A los profesores de uno de los grupos se les dijo que sus alumnos eran todos muy inteligentes, aplicados y brillantes y que era de esperar que obtuvieran resultados académicos superiores al promedio. A los del otro grupo no se les dijo nada. Al cabo de un año se comprobó que el grupo prometedor obtenía efectivamente los mejores resultados académicos. Se conoce como efecto Pigmalion por referencia al mito clásico de Pigmalión que se enamoró de la estatua de una mujer que él mismo había realizado, consiguiendo  así que Afrodita la transformara una una mujer de verdad.

Bueno, juntemos los dos casos: el efecto Matilde y el síndrome de Pigmalión,. Y veamos si nos pueden ayudar a resolver un problema que aparece siempre en las discusiones a propósito de las mujeres y la ciencia. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si al comienzo de cada curso se reuniera a un grupo de niñas con sus profesores y se les dijera que se trata de niñas especialmente dotadas para la ciencia y las matemáticas? Según el efecto Pigmalión, al final de curso las calificaciones de estas niñas en matemáticas seguramente serían mejores que la media. Podría utilizarse esta estrategia para combatir la conocida discriminación de género que se produce en la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias.

Para terminar, una nota de esperanza. En ocasiones el efecto Pigmalión puede funcionar al revés. Conozco al menos un caso: cierto profesor le dijo a una alumna que se olvidara de la matemáticas, que no eran para ella y que, en vez de presentarse a las pruebas de final de bachillerato con una asignatura de matemáticas, repitiera curso si era preciso para librarse de ella. La niña no le hizo caso. Se puso a estudiar matemáticas y sacó la mejor nota del instituto en las pruebas de selectividad.

Onda Cero Salamanca 6/06/2017

Merci!

Condensed Matters

To the French people: thank you on behalf of the many millions of tolerant Europeans for not giving in to the easy answers peddled by populist xenophobes. Once more, the French you have demonstrated your democratic maturity. Special thanks to those who have had the courage to choose what they judged the lesser of two evils.

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Mujeres y tecnología

La Organización de Estados Iberoamericanos mantiene un sitio web, IBERDIVULGA, dedicado a promover la cultura científica. El pasado 8 de marzo, con motivo del día de la mujer trabajadora, proponían una reflexión sobre la participación de las mujeres en el diseño de robots y en el desarrollo de la tecnología basada en la inteligencia artificial (con un bonito titular: Las niñas ya no quieren ser princesas). Llevan razón al señalar que la imagen pública que asociamos a esta rama de la tecnología tiene un sesgo machista: los robots humanoides son casi siempre masculinos (aunque hay excepciones notables, como el impresionante robot de Metrópolis o la bella androide de Blade Runner), y los proyectos de desarrollo de la inteligencia artificial generalmente asumen como referencia operaciones y principios de diseño masculinos. En la OEI piensan que sería bueno que las mujeres entraran de lleno en este campo de la ingeniería robótica de nuestros días, porque eso haría que pasaran al primer plano de la investigación y desarrollo objetivos de lucha contra la pobreza, de superación de brechas tecnológicas y de avance de una sociedad igualitaria. ¿Es esto verdad?

Estoy de acuerdo, en buena parte. La robotización de los procesos productivos y el desarrollo de tecnologías llamadas a sustituir  cada vez más procesos rutinarios en las cadenas de producción y en los servicios, va a afectar de forma importante a todo el sistema económico y social, pero sobre todo va a afectar a las mujeres, en la medida en que éstas, en general, desempeñan trabajos de más baja cualificación y en condiciones de precariedad. En compensación, el propio desarrollo de estas tecnologías ofrecerá oportunidades nuevas de cualificación profesional.  Pero, para acceder a ellas, las mujeres tendrán que seguir escalando puestos de responsabilidad en el sistema productivo, económico, político y cultural y adaptando su desarrollo profesional a las nuevas oportunidades. Esto ya está empezando a suceder en el sistema educativo, pero todavía, por ejemplo, es significativamente menor el porcentaje de mujeres ingenieras y tecnólogas, aunque en otras profesiones (medicina, educación) hace tiempo que han roto la barrera de la discriminación de género.

La cuestión importante es ¿tiene sentido esperar que la incorporación de las mujeres a la revolución tecnológica va a contribuir a que ésta adquiera un perfil más humanitario, más centrado en objetivos de igualdad y solidaridad?  ¿O estamos también aquí introduciendo subrepticiamente prejuicios de género? Aunque las mujeres tienen por delante el gran reto de aumentar su liderazgo en el desarrollo tecnológico de la robótica, no deberíamos olvidar que la responsabilidad moral por el desarrollo de tecnologías que favorezcan la igualdad, la solidaridad y la lucha contra la pobreza, no es un asunto de mujeres. O al menos  no debe serlo. Sino de todos.

Onda Cero Salamanca 28/03/2017

Materia y forma

Aristóteles decía que todas las cosas están compuestas por dos principios, la materia y la forma. Materia es aquello de lo que están hechas las cosas. Forma es lo que hace que las cosas compuestas de materia sean lo que son. La materia de una mesa es la madera de la que está hecha, si es que es una mesa de madera. La forma es lo que hace que esos trozos de madera sean una mesa y no, por ejemplo, un árbol o una silla. Esta teoría aristotélica se denomina hile-morfismo (hylé significa materia en griego, y morfé forma).

Podríamos recuperar la vieja teoría aristotélica para entender algunas de las cosas que vivimos en nuestros días. Por ejemplo, hace poco se ha celebrado en Barcelona el foro mundial de la telefonía móvil  y ha habido un montón de noticias sobre las maravillas tecnológicas del momento. Y hace poco también se celebraba en Madrid la feria internacional de arte, ARCO. ¿En qué se parecen los dos acontecimientos?. Con una perspectiva tradicional diríamos que ARCO es el imperio de las formas, del arte puro, del gusto desmaterializado. Mientras, la feria de los móviles debería verse como una evento tecnológico, dedicado a la materia bruta, la técnica, la industria y las máquinas.

Pero si nos fijamos un poco más, veremos fácilmente que lo que nos están ofreciendo en Barcelona es casi todo inmaterial. Sí, son nuevos terminales telefónicos, pero ¿para qué sirven? Son máquinas de procesar y transmitir información. Todo su valor está en la información que procesan y en la formas como lo hacen, no en la materia de la que están hechos. Y valen lo que valen porque sus prestaciones triunfan como parte de las formas que configuran nuestras vidas: las redes sociales, los datos masivos, la computación en la nube…

Es la tecnología más inmaterial que ha disfrutado la humanidad desde que existe. En cambio el arte, que representa el imperio de las formas, es inseparable de los soportes físicos. A veces es solo eso, soporte físico, materia bruta casi informe.

Creo que Aristóteles se equivocaba. Porque lo que da entidad a las cosas es su composición material no su forma etérea. Lo que ocurre es que durante siglos en nuestra cultura occidental y cristiana nos hemos acostumbrado a pensar que la materia informe es algo malo, mientras que las formas puras, angelicales, son los habitantes del mundo mágico de las  ilusiones. Y ahora por fin tenemos acceso a unas tecnologías que parecen hechas por manos de ángel: es el triunfo de la información sobre la materia, es decir de las formas.

Materia y forma, arte y tecnología, redes e información, demonios y ángeles: seguimos atrapados en el hilemorfismo aristotélico.

 

Onda Cero Salamanca 14/03/2017