La ciencia en la palestra

En la Grecia antigua, la palestra era una parte del gimnasio en la que se practicaba la lucha y el boxeo. Con el tiempo, llevar algo a la palestra adquirió el significado de someter algo a discusión o enfrentamiento hasta que la cuestión debatida quedara resuelta.

Las cuestiones científicas no son un tema típico para llevar a la palestra. En la ciencia puede haber, y de hecho hay, debates continuos, cuando se enfrentan diferentes propuestas para interpretar nuevos resultados de la observación o los experimentos. Pero se supone que las cuestiones científicas no se resuelven a través de la lucha, el enfrentamiento y la propaganda, sino a través de la razón, la observación y la argumentación racional.

En este sentido, cuando decimos que la ciencia se encuentra actualmente en la palestra estamos señalando que existe un debate sobre la ciencia. Pero se trata de un debate social y político, no propiamente científico. Un debate pues que habrá que resolver en la arena política, no en el laboratorio.

Pues bien, durante años, desde el mismo comienzo de la transición (o régimen del 78, como ahora se dice) la ciencia ha sido un  objeto de consenso político y eso ha permitido impulsar el desarrollo científico del país. Un indicador tradicional para apreciar hasta qué punto esto es correcto, consiste en medir el esfuerzo de la sociedad, a través del  porcentaje de PIB que ésta dedica a la investigación. Cuando empezó la transición a la democracia, España era un país casi tercermundista en ciencia y tecnología, con un escaso 0.5 % de PIB dedicado a este campo. En 2010 rozábamos el 1,4 % del PIB y seguíamos creciendo a un ritmo acelerado. Desde entonces no hemos hecho más que descender por la pendiente y en la actualidad no llegamos al 1,2%. Además, llevamos años sin contratar a jóvenes investigadores, que se ven obligados a emigrar, (se estima en unos 15000 el número de investigadores que hemos expulsado de España en los últimos años), y ni las grandes empresas, ni sobre todo el gobierno, están dando muestras de preocupación e interés por la ciencia.

Por eso está la ciencia en la palestra y por eso es urgente que la saquemos de allí. He visto estos días declaraciones de científicos nacionalistas catalanes diciendo que la ciencia en Cataluña iría mucho mejor si se creara la república independiente. Y he visto a grupos de jóvenes científicos de toda España llamando a la lucha contra el gobierno para conseguir apoyo a la investigación.

¿Es esta la única forma de resolver el problema? Yo creo que no, que todavía existen opciones de consenso, que todavía es posible llegar a un pacto ciudadano que aleje a la ciencia de la palestra de la lucha política y el espectáculo. La buena noticia es que, a pesar de todos los problemas, los científicos españoles (incluidos los catalanes, naturalmente) ganan posiciones en la ciencia mundial. La mala noticia es que esta mejora de la ciencia en España durará poco si no se reconstruye el consenso político en torno a ella. Todavía es posible sacar a la ciencia de la palestra y reconstruir el consenso ciudadano en este trema. No perdamos la oportunidad.

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El derecho a mantener el control

La mayor parte de nuestras actividades cotidianas, en casa o en el trabajo, se desenvuelven enmarañadas en ambientes tecnológicos y estos ambientes cambian a tal velocidad que apenas dejan resquicio en nuestras vidas para contemplar, y menos aún para entender y controlar, los cambios que estamos viviendo. El resultado es que terminamos aceptando las oportunidades que se nos ofrecen como consumidores y rápidamente nos adaptamos a la nueva situación como si hubiera sido la respuesta a una demanda previa por parte nuestra. La red social Twitter, por ejemplo, acaba de duplicar la extensión de los mensajes de 144 caracteres a 288. ¿Alguien sabe por qué? Y sobre todo ¿alguien sabe qué consecuencias traerá esta medida? Y la cuestión no es que sea buena o mala para nosotros, sino que ni siquiera tenemos opción de plantearnos el problema: es lo que hay, lo tomas o lo dejas. Has pedido el control.

Es la paradoja del desarrollo tecnológico acelerado: las tecnologías nos ofrecen posibilidades infinitas de hacer cosas nuevas, pero no nos permiten decidir qué tipo de cosas queremos hacer.

Es difícil resumir en pocas palabras un análisis de lo que está sucediendo en nuestra civilización tecnológica. Intentaré tan solo dibujar las pinceladas más greuesas.

En primer lugar, los ciudadanos asistimos actualmente a la pérdida progresiva de nuestra posición en la sociedad como ciudadanos autónomos y libres, para transformarnos inexorablemente en consumidores dóciles y pasivos. Los desarrollos tecnológicos que tienen lugar ante nosotros y que configuran nuestras opciones vitales, no son el resultado de nuestras deliberaciones y decisiones libres y responsables, si no de nuestro comportamiento compulsivo como consumidores de artefactos y servicios que asumimos sin haberlos elegido previamente.

En segundo lugar, los actores que determinan el desarrollo tecnológico en nuestra sociedad (lo que contribuyen realmente a definir las opciones de consumo que se nos ofrecen, son los mismos actores que dirigen la economía del beneficio privado, la explotación de recursos y la especulación económica. De manera que no solo no actuamos como ciudadanos autónomos en la selección de nuestras opciones tecnológicas, sino que ni siquiera actuamos como consumidores responsables, sino como simples peones secundarios de un sistema económico que nos trata como esclavos del consumo.

Así que no solo nos vemos reducidos a consumidores pasivos, explotados y desposeídos sino que además nos  vemos privados y alejados de cualquier posibilidad de reaccionar retomando el control del desarrollo tecnológico. Algo que nos parece inaccesible. Y sin embargo en ningún sitio está escrito que esto deba ser siempre así. Tenemos el derecho y la obligación de mantener el control de nuestras vidas, de nuestra economía y también del desarrollo de muestras tecnologías. No renunciemos a él.

Onda Cero Salamanca 14/11/2017

Big data

Acabo de recibir la nueva versión actualizada de mi libro de filosofía de la tecnología, publicado por Fondo de cultura Económica de México. Esta nueva edición incorpora dos novedades importantes. La primera es un amable y cariñoso prólogo de mi maestro Mario Bunge.  La segunda es un capítulo final en el que se introduce un modelo alternativo de desarrollo tecnológico, basado  en el concepto de tecnologías entrañables, que hemos construido en la Universidad de Salamanca.

Para un público que no esté siguiendo de cerca la actividad académica en este campo, todo lo que se cuenta en el libro puede sonar a música celestial. Y sin embargo son asuntos del máximo interés y actualidad. Pongamos un caso: el uso de las tecnologías de minería de datos o big data. Se trata de un fenómeno muy actual, que está sucediendo ante nuestros ojos. En pocos años la capacidad de los ordenadores y de las redes de comunicación y computación distribuida han crecido de forma extraordinaria. La consecuencia es que ahora podemos almacenar y procesar, a velocidades vertiginosas, cantidades ingentes de datos que nunca jamás habían sido accesibles con anterioridad. La mayoría de estos datos tienen su origen en las actividades cotidianas de cada uno de nosotros: al fin y al cabo somos varios miles de millones de personas en el mundo que realizamos miles de operaciones diarias cuyo rastro queda recogido en esas gigantescas bases de datos a través de las redes de comunicación. A partir de esos datos, sometidos a complejos procesos de cálculo, podemos descubrir pautas generales, regularidades y tendencias, aspectos de la realidad social y natural cuya existencia no podíamos ni sospechar. Imaginemos el interés de esta nueva fuente de información que los big data suponen y la cantidad de miles de millones de euros que en torno a su manejo, procesamiento y comunicación se pueden generar.

La filosofía de la tecnología debería servirnos  para ayudarnos a entender las posibilidades y las consecuencias de las innovaciones tecnológicas, y a adoptar ante ellas una actitud vigilante. En el caso de los big data, el problema principal no es sólo  cómo se usan los datos masivos, sino por qué se dispone de ellos. Hay quien piensa que se trata de una posibilidad técnica que debe aprovecharse, ya que su existencia es inevitable. Pero no está claro que sea así. Por las redes informáticas se puede navegar sin dejar rastro, si así se desea. El problema es que si todos navegáramos en régimen estrictamente privado, no se generarían plusvalías con nuestra actividad . Pero el usuario siempre debería tener la opción de pronunciarse claramente acerca de si su actividad en la red va a generar plusvalías integrándose, o no,  en la corriente global de información.

Deberíamos cultivar más asiduamente la filosofía de la técnica y dotarnos de instrumental conceptual y analítico adecuado para afrontar estos nuevos retos de la tecnología actual. Como ha hecho recientemente, por ejemplo, Juan Cruz Moroni, un alumno de Salamanca, que acaba de presentar su tesis de maestría sobre el tema de la privacidad en la era del big data, visto desde una perspectiva filosófica. Ojalá se publique pronto y que cunda el ejemplo.

Onda Cero Salamanca 12/09/2017

Rutinas e innovaciones

En círculos de especialistas en política económica y en gestión empresarial hay un término que está de moda: se trata del concepto de innovación, consagrado por el gran economista Joseph Shumpeter. La Unión Europea lleva años predicando que la solución de todos nuestros problemas depende de nuestra capacidad para la innovación.

También los filósofos han tomado la palabra en este campo. Recientemente mi colega y buen amigo Javier Echeverría, investigador del País Vasco, ha publicado un librito sobre El arte de innovar. Se lo recomiendo a quienquiera que esté interesado en entender este concepto básico de la cultura actual. Innovar, podemos decir, es producir algo nuevo que tiene un valor propio derivado en gran parte del hecho de ser nuevo. No cualquier novedad merece el título de innovación, para serlo se necesita que tenga un valor propio. Pero no cualquier innovación de valor económico responde siempre a las condiciones de la innovación real. Para serlo necesita también presentar un faceta realmente nueva de la realidad.

Traigo todo esto a colación porque estamos en un momento especialmente importante para pensar sobre la innovación: el comienzo de las vacaciones, esa época en la que nos sentimos inclinados a romper nuestras rutinas y a ensayar nuevas cosas que hacer y con las que disfrutar. Por lo general es ahora cuando más fácil nos resulta ser innovadores.

Propongo una reflexión para este momento. ¿Estamos seguros de que todas las cosas nuevas que se nos ocurre hacer cuando nos libramos de las rutinas cotidianas son dignas de ser hechas?

Javier Echeverría nos ofrece en su libro todo un elenco de ideas innovadoras sobre la innovación. Para él innovar es rendir tributo a la capacidad creativa inscrita en la dinámica misma del mundo real.

Hoy día innovar es cool, algo bien visto e incluso a veces una moda que se impone en nuestras rutinas cotidianas, sin que seamos conscientes de la tradición a la que rendimos tributo.  No siempre fue así. En el siflo XVIII el diccionario de la Real Academia incorporaba el término “novator”, que no es más que una versión arcaica de “innovador”. Pero a diferencia de lo que ocurre hoy con este término, en aquella época  calificar  a alguien de “novator”, -de innovador, como diríamos hoy-  era en realidad un insulto. El diccionairo definía al “novator” como “inventor de novedades” y explicaba que el término se usaba sobre todo para referirse al que introducía novedades “peligrosas en materia de doctrina”.

Bueno, los viejos tiempos del conservadorismo filosófico se han acabado. Mientras en España los novatores peleaban, en el siglo XVIII, por abrir paso a las nuevas ideas de la Ilustración, en Europa grandes pensadores, como Leibniz, intentaban construir el nuevo mundo de la ciencia y de la modernidad. Y nosotros nos consideramos hoy  herederos de Leibniz y de los novatores, más que de los que los criticaban.

Quizá podríamos aprovechar este tiempo de rutinas interrumpidas que son las vacaciones estivales, para introducir en nuestras vidas alguna dosis de innovación creativa. O por lo menos para reconocer nuestra deuda con la tradición  ilustrada de la innovación.

Onda Cero Salamanca 1/08/2017

El efecto Matilde y el síndrome de Pigmalión

En la sociología de la ciencia hay una expresión bien conocida, denominada Efecto Mateo, cuya formulación se atribuye a Robert Merton. La expresión se refiere al episodio del Evangelio de San Mateo en el que Jesús dice a sus discípulos: “Al que tiene mucho se le dará más”. Pero la segunda parte del versículo de San Mateo dice “y al que tiene poco aun lo poco que tiene se le quitará” (algo así como “a perro flaco todo son pulgas”, en el refranero castellano). Y es esta segunda parte la que en los años noventa, la investigadora Margaret Rossiter propuso para identificar la situación de muchas mujeres científicas, a las que les cuesta trabajo alcanzar el éxito en su carrera: a duras penas consiguen el reconocimiento de sus colegas y, cuando lo logran, se arriesgan a perder lo poco que consiguen en cuanto se descuidan: trabajan como los hombres o mejor, pero los premios Nobel se los llevan sus compañeros. Por contraposición propuso que  esta segunda parte del efecto Mateo, que afecta especialmente a las mujeres científicas, se denominara efecto Matilde

Hace unos días tuvimos la ocasión de hablar de todas estas cosas con Eulalia Pérez Sedeño, catedrática de Filosofía de la Ciencia, que presentó en la Librería Letras Corsarias su último libro, con título provocativo: Las `mentiras` científicas sobre las mujeres. En el libro se narran multitud de episodios de la historia de la ciencia en los que las mujeres son siembre postergadas frente a su colegas masculinos. Uno de esos episodios fue el experimento social que dio lugar a la caracterización del síndrome de Pigmalión.

Se trata de un experimento que se realizó en San Fracisco en los años 60. Se seleccionaron dos grupos de escolares, de forma aleatoria. A los profesores de uno de los grupos se les dijo que sus alumnos eran todos muy inteligentes, aplicados y brillantes y que era de esperar que obtuvieran resultados académicos superiores al promedio. A los del otro grupo no se les dijo nada. Al cabo de un año se comprobó que el grupo prometedor obtenía efectivamente los mejores resultados académicos. Se conoce como efecto Pigmalion por referencia al mito clásico de Pigmalión que se enamoró de la estatua de una mujer que él mismo había realizado, consiguiendo  así que Afrodita la transformara una una mujer de verdad.

Bueno, juntemos los dos casos: el efecto Matilde y el síndrome de Pigmalión,. Y veamos si nos pueden ayudar a resolver un problema que aparece siempre en las discusiones a propósito de las mujeres y la ciencia. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si al comienzo de cada curso se reuniera a un grupo de niñas con sus profesores y se les dijera que se trata de niñas especialmente dotadas para la ciencia y las matemáticas? Según el efecto Pigmalión, al final de curso las calificaciones de estas niñas en matemáticas seguramente serían mejores que la media. Podría utilizarse esta estrategia para combatir la conocida discriminación de género que se produce en la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias.

Para terminar, una nota de esperanza. En ocasiones el efecto Pigmalión puede funcionar al revés. Conozco al menos un caso: cierto profesor le dijo a una alumna que se olvidara de la matemáticas, que no eran para ella y que, en vez de presentarse a las pruebas de final de bachillerato con una asignatura de matemáticas, repitiera curso si era preciso para librarse de ella. La niña no le hizo caso. Se puso a estudiar matemáticas y sacó la mejor nota del instituto en las pruebas de selectividad.

Onda Cero Salamanca 6/06/2017

Marcha por la ciencia

El pasado 22 de abril tuvo lugar un acontecimiento histórico: miles de científicos en más de 500 ciudades repartidas por todo el mundo celebraron una “marcha por la ciencia”. La convocatoria provenía de colectivos de Estados Unidos que querían llamar la atención sobre las políticas anticientíficas de Donald Trump. Pero la convocatoria ha trascendido los límites y el movimiento de la marcha por la ciencia se ha extendido rápidamente por todo el mundo.

¿Cuál es el mensaje principal que nos deja esta insólita iniciativa?

En primer lugar se trata de reivindicar la ciencia, no solamente como factor decisivo para mejorar la productividad y la capacidad innovadora de nuestra sociedad, sino por su propio valor intrínseco: la ciencia persigue la verdad y permite diseñar políticas basadas en el conocimiento, que son la base de la prosperidad alcanzada por la humanidad. Esta “autoridad  de la ciencia”, como referencia del conocimiento más útil y fiable, está hoy en peligro, porque en la esfera política se está imponiendo, a partir de la elección de Donal Trump, la idea de que la verdad objetiva no importa y que lo único decisivo no es lo que sabemos acerca de la realidad sino lo que decidimos que hay que creer.

En segundo lugar, se trata de llamar la atención sobre la importancia de que los gobiernos y la sociedad en su conjunto apoyen el desarrollo científico, la formación de nuevos científicos y la ampliación de la ciencia a todos los campos de la experiencia humana y de la decisión política. Antes de la crisis económica de 2008 no hacía falta argumentar en favor del gasto público en ciencia y tecnología. Hasta los think tank más recalcitrantes del liberalismo conservador aceptaban que, para el bien de la humanidad, era necesario mantener encendida la llama de la curiosidad científica y de la investigación fundamental. De hecho, a pesar de la crisis, la mayoría de los países más prósperos han mantenido elevados niveles de esfuerzo en la financiación pública de I+D. La mayoría… porque… ¡hay excepciones!, desde luego.  Por ejemplo, en España el gasto público ha disminuido en más de un 30 % en estos años y decenas de miles de potenciales investigadores, que deberían haberse incorporado a las universidades y los centros de investigación, o bien han tenido que emigrar a países con políticas más inteligentes o bien se encuentran infrautilizados y precarizados en nuestras instituciones científicas y académicas.

Es pronto para saber qué consecuencias tendrá a medio plazo el potente movimiento de los científicos de todo el mundo inaugurado con esta marcha. Por el momento es una llamada de atención que ha despertado el interés por la ciencia y ha alertado del peligro que supone aceptar planteamientos  irracionales y anticientíficos como los que abundan en la política de Donald Trump.

Onda Cero Salamanca  25/04/2017

La ciencia, frontera sin fin

Mañana, 12 de abril, hace 72 años que murió Frankling Delano Roosvelt, el presidente que introdujo a Estados Unidos en la segunda guerra mundial y que murió unos meses antes de que ésta terminara, sin tiempo para celebrar la victoria. Hoy lo traemos a colación por su contribución a la política científica moderna. Un año antes de que finalizara la guerra el presidente Roosvelt había encargado a Vannevar Bush, su asesor para temas científicos, que prepara un informe sobre la política científica del gobierno. La idea de Rossvelt era que la experiencia acumulada durante la guerra, en el uso y aplicación del conocimiento científico, podría aplicarse en tiempos de paz literalmente para “mejorar la salud de la nación, crear nuevas empresas que  traigan nuevos puestos de trabajo y mejorar el nivel de vida nacional”. Meses más tarde el asesor científico presentaba su informe a Harry Truman, el nuevo presidente de Estados Unidos, con un título inspirado: La ciencia, frontera sin fin. La idea subyacente a ese título tan llamativo es que, de la misma forma que el gobierno de Estados Unidos ha ayudado tradicionalmente a los ciudadanos americanos a ampliar sus fronteras, colonizando nuevos territorios, ahora podría impulsar la ampliación de una nueva frontera que, a diferencia de las territoriales, no tiene límite definido: la frontera de la ciencia, la frontera del cocimiento y de su aplicación.

Este es el origen de la moderna política científica. En el encargo que Roosvelt hace a Bush  el presidente fija cuatro puntos sobre los que quiere que se centre el informe:

  • Cómo difundir los conocimientos obtenidos en tiempos de guerra para que todo el mundo pueda extraer los beneficios de su aplicación en tiempos de paz.
  • Cómo se puede seguir progresando en la lucha contra las enfermedades y la promoción científica de la salud.
  • Qué puede hacer el gobierno para impulsar la colaboración de las instituciones públicas y privadas en la investigación científica.
  • Como poner en marcha un programa efectivo para descubrir y apoyar el desarrollo del talento científico entre los jóvenes y garantizar así el futuro de la investigación científica a un nivel comparable al conseguido durante la guerra.

El espíritu de la propuesta se resume en este párrafo de la carta del presidente: “Nuevas fronteras para la mente se abren ante nosotros y si las exploramos con la misma visión, audacia y determinación con la que hemos librado esta guerra, podemos crear un empleo más pleno y fructífero y una vida más plena y fructífera”.

A pesar del tiempo transcurrido, la iniciativa del presidente Roosvelt sigue siendo de plena actualidad, aunque la crisis económica, en algunos países de Europa, España entre ellos, parece que nos ha hecho olvidar la importancia del reto que se planteaba el presidente Roossvelt y que ha condicionado toda la política del siglo XX: la ciencia como frontera sin fin.

Onda Cero Salamanca, 11/04/2017