Cuidemos la universidad

La universidad en España goza de un elevado prestigio. La razón fundamental de este prestigio es que a lo largo de decenios el acceso a los estudios superiores ha sido uno de los mecanismos más efectivos de movilidad e igualdad social. Gracias a la universidad el hijo de un oficinista podía aspirar a ser ingeniero o la hija de una empleada doméstica podía aspirar a ser médico. Ya sé que este mecanismo de igualación no es todo lo eficiente que debiera ser, pero aún así existe y es uno de los más efectivos con que cuenta nuestra sociedad: si quieres mejorar, estudia; si quieres que tus hijos mejoren su posición en la escala social, ayúdales a formarse un poco más; eso no va a acabar con todos sus problemas pero si va a ayudar a que los problemas que tengan que afrontar no sean los que tuviste que superar tu hace veinte años.

Y sin embargo soplan vientos tempestad sobre las universidades públicas españolas. El motivo inmediato es, sin duda, la crisis política de la comunidad autónoma madrileña, que se ha resuelto por el momento con la dimisión de su presidenta, la Sra. Cifuentes, pero ha dejado una estela de sospechas de malas prácticas en una universidad importante de Madrid. Y luego está también el oportunismo de algunos partidos políticos que se han lanzado a la caza y captura de la Universidad Pública, al tiempo que facilitan la continuidad del gobierno madrileño en manos de los mismos que hicieron posible el escándalo Cifuentes.

Así que de la noche a la mañana se produce una situación inesperada: ahora parece que la única forma de arreglar los males que aquejan al mundo mundial pasa por zarandear a las universidades públicas españolas y exigirles, con toda seriedad, que sean excelentes, ejemplares, eficientes, competitivas, y no sé cuántas cosas más.

Ayer tomaron posesión de sus cargos una buena cantidad de profesores, investigadores y técnicos de la universidad de Salamanca. Y el rector, en sus palabras finales, recordó algunas cosas obvias. En la Universidad pública los profesores son funcionarios, como en otras partes de la Administración Estatal o Autonómica. Pero son funcionarios muy peculiares. De los que se espera no solo que tengan una dedicación plena, competente y responsable a su trabajo, sino que además investiguen, sean creativos, procuren mejorar su propia profesión continuamente y estén dispuestos a dedicar no las horas reglamentarias y los día laborables, sino todas las horas del día y todos los días del año. Y además no por obligación administrativa, sino por vocación y entusiasmo por el saber, la ciencia y la cultura.

Las universidades pueden tener muchos defectos, y siempre pueden mejorar. Pero si un país como España no dispusiera de una red de centros de formación superior como la que proporcionan nuestras universidades, habría que  inventarla. En realidad no hace falta inventar nada, pues ya lo tenemos. Pero estemos vigilantes: defendamos nuestro sistema universitario. De él depende la formación de los ciudadanos más competentes y mejor capacitados de los próximos decenios. De ello depende la competitividad de nuestra economía, la prosperidad de nuestros hijos y el futuro de nuestra sociedad. Cuidemos la universidad.

Onda Cero Salamanca 15/05/2018

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Una religión laica

Parece que las ceremonias y las ideas religiosas son tan antiguas como el resto de la cultura humana: inventamos dioses y demonios, vidas de ultratumba y cultos a nuestros antepasados, premios y castigos sobrenaturales, al mismo tiempo que inventamos teorías para comprender el universo o reglas y ritos para garantizar la cooperación, y para hacer más fácil la convivencia entre individuos y grupos diferentes. Todo este conglomerado cultural que inventamos para dar sentido a nuestras vidas y ayudarnos a sobrevivir, es lo que llamamos religión.

 

En la tradición del mundo occidental la ciencia siempre se ha presentado contrapuesta a la religión. Esto se debe a dos motivos. Por una parte las religiones que predominan en la cultura occidental no solo pretenden proporcionar consuelo y sentido a nuestras vidas, sino que también proponen un conjunto de creencias en lo sobrenatural, en competencia con el pensamiento racional y empírico de la ciencia. Por otra parte el pensamiento científico que nació en el seno de nuestra cultura no se conforma con proporcionarnos conocimientos de hechos y teorías, sino que también se presenta como una forma de vida, como una fuente de sentido para nuestras vidas y nuestros proyectos vitales.

 

Estos días hemos celebrado el funeral de Stephen Hawking, cuyos restos han sido enterrados al lado de los de otros grandes científicos como Newrton o Darwin, en el lugar sagrado de la abadía de Wetminster. Así que hemos asistido a una ceremonia religiosa en toda regla, en honor a un hombre que era ateo pero que ha contribuido como nadie a construir el pensamiento de la nueva religión de la ciencia. Veamos, si no, este párrafo escrito por él y reproducido estos días por muchos medios de comunicación, como un resumen de su legado intelectual.

 

Una de las grandes revelaciones de la Era del Espacio -decía Hawking- ha sido la perspectiva que nos ha dado a la Humanidad sobre nosotros mismos. Cuando vemos la Tierra desde el espacio nos vemos en nuestra totalidad. Vemos la unidad y no las divisiones. Es una imagen muy simple, con un mensaje convincente: un solo planeta, una sola raza humana. Estamos aquí juntos y necesitamos vivir juntos con tolerancia y respeto. Debemos convertirnos en ciudadanos globales. Yo –dice Hawking– he tenido el inmenso privilegio, a través de mi trabajo, de ser capaz de contribuir a nuestra comprensión del Universo. Pero sería un Universo ciertamente vacío si no fuese por las personas a las que amo y que me aman. Somos todos viajeros en el tiempo, recorriendo juntos nuestro camino hacia el futuro. Pero trabajemos juntos para hacer que ese futuro sea un lugar que queramos visitar.

 

Hasta aquí el texto de Hawking. Y yo me pregunto: ¿se necesita algo más para construir el sentido de nuestras vidas? En realidad no: la ciencia es, hoy en día,  nuestra mejor religión.

Onda Cero Salamanca 3/04/2018

La teoría de todo

Ha muerto Stephen Hawking, uno de los físicos más importantes de nuestra época. Será ya para siempre uno de los miembros ilustres del panteón de la fama de la ciencia que se inauguró hace algunos siglos con la cosmología de Kepler, la mecánica de Galileo y la filosofía natural de Newton, herederos a su vez de la cosmología, la geometría y la filosofía de la antigua Grecia. Y compartirá honores con los físicos contemporáneos más importantes, como Einstein, Plank, Bohr, Feynman, Penrose...   El legado de Hawking pasará a formar parte del legado más importante de la ciencia básica cuyo objeto es muy sencillo: entender cómo es el universo en que nos encontramos y cómo es que nos encontramos en él.

Creo que lo más llamativo del legado de Hawking reside en que sus contribuciones a la física teórica se caracterizan porque son un producto puro de su pensamiento, y porque configuran la más ambiciosa teoría nunca formulada con la pretensión de conseguir una explicación definitiva de toda la realidad. Primero propuso la idea brillante de aplicar la teoría física de los agujeros negros, a la explicación del origen del universo. Y después demostró que, a diferencia de lo que se pensaba hasta entonces,  los agujeros negros sí emiten un tipo de radiación (la radiación de Hawking, se ha denominado), lo que permitiría explicar su comportamiento macroscópico y sus  propiedades cuánticas al mismo tiempo. Es difícil entender esto, pero lo que significa es que, si Hawking lleva razón, estaríamos más cerca de encontrar una explicación completa del universo.

Hay otras características de la personalidad y la obra de Stephen Hawking que han contribuido a hacerle famoso. Hace más de cuarenta años que los médicos le diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa y le pronosticaron dos años de vida como máximo. Ha aguantado bastantes más y ha muerto a los 76 años después de haber paseado por el mundo su imagen de genio desvalido, que no podía moverse sin su silla de ruedas y ni siquiera podía hablar más que a través de un sintetizador de voz que manejaba con movimientos de algunos músculos faciales.

Hay algo más en su personalidad y su obra que merece nuestro reconocimiento y admiración: no solo se ha ocupado de los grandes misterios de la física y ha aportado ideas originales, mientras luchaba con las más graves dificultades para desenvolverse en la vida cotidiana. Además se ha pasado la vida escribiendo  no solamente escritos especializados para sus colegas, sino también -y sobre todo-  libros para el gran público, que han intentado hacer llegar a todo el mundo el enorme potencial de sus teorías y aportaciones a la física.

Ojalá no olvidemos tampoco esta parte de su legado. Los buenos científicos deben ser a la vez buenos divulgadores y buenos maestros. Hawking lo fue por encima de sus circunstancias adversas.

La mitad de los mejores: Igualdad de género y discriminación positiva en la ciencia

Una de las esferas de la  vida social en la que resulta más llamativa la persistencia de desigualdades flagrantes entre hombres y mujeres es la que se produce en el ámbito científico. Hay aquí dos tipos de problemas. En primer lugar está el problema del acceso a determinadas profesiones y tipos de estudios, que parecen menos accesibles a las mujeres de lo que debieran. Sabemos, por ejemplo, que en las carreras tecnológicas y algunas de la científicas, la proporción de mujeres es inferior a la que cabría esperar: hay menos científicas que científicos y hay sobre todo menos ingenieras que ingenieros.

Otro fenómeno de discriminación es la existencia de lo que se conoce como “techo de cristal” en la promoción profesional de las mujeres. También se produce de forma llamativa en la ciencia: las mujeres son mayoría en los primeros estadios de la carrera académica, y llegan a mantener cuotas paritarias entre los investigadores jóvenes. Sin embargo en los niveles más  altos de la ciencia y de la universidad los hombres son aplastante mayoría.

¿Cuál es la causa de que se produzcan estas situaciones de desigualdad? No es fácil ponerse de acuerdo sobre esto, aunque creo que ya hay bastante consenso al menos en un punto: las desigualdades no se explican solamente por la mera existencia de diferencias de género, sino por la acumulación  sucesiva de circunstancias que  discriminan negativamente a las mujeres.  Estas discriminaciones tienen siempre un carácter más social y cultural que biológico. Rara vez se estimula a una niña, por ejemplo, para que le guste ser astronauta y a penas somos capaces de citarle el nombre de un premio Nobel de ciencias que sea mujer. Y nadie prohíbe a una investigadora ser la mejor en su especialidad; pero para conseguir que se lo reconozcan sencillamente tiene que trabajar más y en circunstancias más difíciles que sus colegas masculinos. Tenemos una sociedad patriarcal con una cultura patriarcal y el resultado inevitable de esta cultura es que, a lo largo de la vida, vamos activando  prejuicios sexistas que tienen un efecto acumulativo con resultados cada vez más inaceptables.

Muchas vueltas se han dado a la cuestión de cómo actuar para compensar estas discriminaciones que conducen a la desigualdad. Hace tiempo que los partidos progresistas iniciaron una línea de actuación imponiendo sistemas de cuotas:  cuotas mínimas del 40% en las listas electorales, listas cremallera para garantizar la igualdad de oportunidades, cuotas femeninas en los órganos colegiados del gobierno, en las empresas públicas, en las comisiones de evaluación de la carrera científica, etc.

Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que es posible que los sistemas de cuotas no sean los más justos ni los más satisfactorios, pero por el momento son los más eficaces: nombrar comisiones paritarias de género no implica que los hombres seleccionados lo sean por sus propios méritos, mientras las mujeres lo sean solo por ser mujeres. ¿Por qué hay que pensar así? Más bien al revés, la paridad de géneros garantiza que podamos elegir a los mejores no solo entre la mitad de la población, sino entre las dos mitades.

El protocolo y los móviles

Hasta hace no muchos años la palabra protocolo se utilizaba sobre todo para hacer referencia, o bien a un conjunto de documentos estructurados y ordenados según ciertas normas, o bien, de forma más general, al conjunto de reglas de etiqueta y similares que se deben observar en determinados actos especialmente solemnes o complicados desde el punto de vista precisamente “protocolario”.

Últimamente sin embargo la palabra protocolo ha adquirido un uso mucho más extenso, para hacer referencia a cualquier conjunto de reglas que hay que seguir en determinadas circunstancias si se quiere obtener un resultado predefinido de antemano y que conlleva cierta complejidad. Así se dice cómo debe ser el protocolo de actuación de la guardia urbana en caso de un accidente de tráfico, o el protocolo de comunicaciones entre sistemas informáticos diferentes, o las normas de etiqueta que hay que observar en un acto en el que intervienen diferentes autoridades (¿quién debe presidir un acto en el que participan el rector de la universidad y el consejero de educación, por ejemplo?).

Los ingenieros informáticos dedican una buena parte de su tiempo a implementar protocolos, a seguirlos fielmente en su trabajo de programación o a definirlos para poner en marcha nuevas aplicaciones. Son expertos en protocolos. Por otra parte toda institución, pública o privada, que se precie y que esté expuesta a interacciones sociales complejas, especialmente si en ellas intervienen autoridades de distinto rango, todas tienen expertos en protocolo, que generalmente trabajan detrás de las bambalinas y consiguen que todos los actos protocolarios complicados transcurran con naturalidad, como si fueran espontáneos, aunque estén perfectamente controlados. Una buena observancia del protocolo es algo que se agradece en esos casos, precisamente porque ayuda a resolver problemas que, de otra forma, podrían arruinar la solemnidad y el glamur de un acto público, por ejemplo.

Acabamos de ver cuán triste puede ser la inobservancia del protocolo en el comportamiento de algunas autoridades en las ceremonias de inauguración del Mobile World Congress de Barcelona. La alcaldesa Colau nos ha hecho saber que no está dispuesta a rendir pleitesía al rey de España, aunque le parece muy bien compartir mesa y mantel con él. Y algo parecido debe haber pensado el flamante presidente del parlamento catalán que, por cierto, todavía no ha sido capaz de cumplir con el mínimo protocolo previsto en su propia institución, el parlamento, para designar candidato a la presidencia de la Generalidad.

Mi reflexión: si los protocolos de comunicación que rigen el funcionamiento y diseño de los teléfonos móviles y de las tecnologías de la comunicación que estos día se presentan en Barcelona, se incumplieran por los ingenieros, fabricantes y usuarios, de la misma forma que los protocolos ceremoniales son incumplidos por la señora Colau y el señor Torrent, las tecnologías móviles dejarían de funcionar y el resultado sería el caos.

Exactamente lo mismo que está sucediendo en Cataluña.

Actuar contra los recortes del gobierno en ciencia y tecnología

Hace unos días se ha puesto en marcha en la plataforma change.org una nueva movilización en torno a la política de la ciencia y la tecnología. Se trata de exigir al gobierno que recupere la inversión en investigación, facilite la incorporación de jóvenes investigadores al sistema de ciencia y tecnología y ponga en marcha una estrategia nacional de desarrollo científico y tecnológico. No es la primera vez que se plantea una iniciativa como esta, impulsada por varias asociaciones de científicos y organizaciones sindicales, especialmente en este caso, por parte de Emilio Criado, un conocido dirigente sindical de Comisiones Obreras del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.  Pero esta es la primera vez, que yo sepa,  que en poco más de una semana, la iniciativa consigue más de doscientas mil firmas de apoyo.

La crisis económica de 2008 se ha llevado por delante en España todos los avances que se habían logrado en ciencia y tecnología en la primera década del siglo XXI, y si no se toman medidas drásticas, la recuperación en este sector va a llevar décadas. Lo peor es que se trata de un sector clave para el nuevo modelo de economía basada en el conocimiento, y que mientras España se ha estancado por la inacción del gobierno, en el resto del mundo y sobre todo de Europa, durante estos años no solo no ha disminuido el esfuerzo en ciencia y tecnología sino que ha crecido considerablemente. Mientras nosotros hemos retrocedido otros han avanzado mucho más.

Por suerte, hay muchos indicios de que la capacidad de reacción de la sociedad española no ha desaparecido. No solo se trata de la iniciativa de change.org. Hace unos días participé en la presentación del informe de la Fundación Alternativas en el que se urge al gobierno a iniciar una amplia política científica consensuada. La semana pasada participé en un encuentro de científicos y políticos en la sede del PSOE  en Madrid, en el que Pedro Sánchez presentó las líneas maestras de la política de ciencia y tecnología que los socialistas van a impulsar y difundir en estos días. Y el 21 de febrero presentamos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un monográfico de la revista Sistema sobre “Ciencia en Sociedad” en cuya preparación hemos participado activamente varios miembros del Instituto de Estudios de la ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca.  Los mismos temas aparecen una y otra vez. En el último capítulo de este monográfico, Santiago López y yo planteamos una “Nueva agenda para la política científica” que se resume en diez propuestas, la primera de las cuales reza así:

“La investigación científica es una obra colectiva, basada en la cooperación, y  no solo en la competición. La sociedad debe apoyar la cooperación científica entre individuos, instituciones y países, sin más límites que la propia eficiencia, alcance y valor intrínseco de los proyectos científicos”.

En efecto, una nueva oportunidad para el impulso y la cooperación científica se abre ante nuestros ojos. Lo nuevo es que ahora todos podemos, todos debemos, participar.

Onda Cero Salamanca 21/02/2018

Darwin

Ayer, 12 de febrero, se celebraba el aniversario de Charles Darwin. Así que puede ser una buena excusa, si es que se necesita, para recordar lo mucho que la humanidad le debe a este hombre de ciencia, que nació en Gran Bretaña hace más de doscientos años, en 1809.

En la cultura popular el nombre de Darwin se asocia con la disparatada idea de que el hombre proviene del mono. Rastros de esta simplificación de sus teorías se pueden ver incluso en algunos sitios curiosos, como la etiqueta de una marca de anís (Anís El Mono) en la que figura la imagen de un mono con el rostro de Darwin.

Anís del Mono
Darwin en la etiqueta de Anís del Mono

En realidad Darwin hizo dos grandes contribuciones a la ciencia. En primer lugar aportó una ingente cantidad de datos y observaciones sistemáticas que demostraban que la evolución de las especies era un hecho cierto. En segundo lugar  -y esto tuvo incluso más importancia que lo anterior-  inventó un mecanismo capaz de explicar la evolución, sin tener que acudir a la existencia de causas finales o al diseño y la creación intencional de los seres vivos.  Este mecanismo es lo que Darwin (y su contemporáneo Wallace, que lo descubrió al mismo tiempo que él) llamó el mecanismo de la selección natural. La idea es que la naturaleza produce la evolución de las especies seleccionando, entre los descendientes de cualquier organismo, los que, por sus características propias y heredables, resultan mejor adaptados al medio natural en el que se desenvuelve su vida. Es el mismo mecanismo que utilizamos, en los cultivos domésticos, para seleccionar plantas y animales de utilidad para nosotros. La única diferencia es que la selección natural no se guía por un objetivo intencional, sino por un mecanismo ciego de selección de variedades mejor adaptadas al medio y, por lo tanto, con mayor probabilidad de supervivencia para sus descendientes.

Como casi siempre suele suceder en la ciencia básica, las ideas más importantes resultan ser las más simples. Pero también las más rompedores con el status quo. La teoría de la selección natural de Darwin fue vista desde el principio como una amenaza contra algunas creencias absurdas, pero firmemente asentadas en la cultura popular. Entre ellas la idea del creacionismo o diseño inteligente. Es decir, la idea de que las especies de seres vivos son creadas por un ser supremo, de forma intencional, como se dice, por ejemplo, en la Biblia.

La ciencia tiene muchos valores y virtudes. Una de ellas, la más importante, es que nos permite conocer y comprender mejor el mundo en el que se desenvuelven neutras vida. En el caso de Darwin nos permite comprender mejor en qué consiste la vida.

Onda Cero Salamanca 13/02/2018