Eclipse total

Acabamos de asistir a un  eclipse total de Luna. Por feliz coincidencia en las trayectorias de los astros, este tipo de eclipses se produce cuando la luna atraviesa una zona del firmamento sobre la que la luz del sol proyecta la sombra de la Tierra. La blanca luz de la Luna llena va adquiriendo un tono rojizo a medida que la sombra de la Tierra va cubriéndola, hasta taparla por completo,  durante el tiempo que dura el eclipse total (casi dos horas). Hubo millones de ciudadanos de todo el mundo que `pudieron disfrutar del espectáculo en casi todos los rincones del planeta Tierra.  En mi  opinión, lo más interesante de este tipo de espectáculos que nos brinda de vez en cuento la Naturaleza reside en que son un testimonio vivo del valor de nuestro conocimiento científico.

Imaginemos un habitante humano de nuestro pasado prehistórico, contemplando el fenómeno e inventando mil historias para poder entender cómo los astros jugaban al escondite. Seguramente en ocasiones como estas se fraguaron muchos de los pensamientos más descabellados que han habitado en el cerebro humano y que han dado contenido a tantas ideologías religiosas irracionales y a tantas creaciones de la literatura fantástica. Pero también fueron acontecimientos como este que hemos vivido los que animaron a muchos de nuestros antepasados a construir modelos del universo para entender su mecanismo de funcionamiento en términos racionales, hasta construir el corpus fundamental de la física y, en general,  de la ciencia moderna. La distancia entre lo que ven nuestros ojos en un eclipse como el de estos días y lo que ocurre de verdad, es fan norme que en medio caben todo tipo de especulaciones, creencias y teorías científicas, pero también patrañas mitológicas.

Algo así debería haber en la mente de un famoso futbolista español que trabaja en el Oporto Club de Futbol, cuando lanzó hace poco un tuit en el que sometía a debate público la famosa cuestión de si el primer viaje del hombre a la Luna, hace ahora 49 años, fue una simple patraña o fue real. El futbolista piensa que todo fue un montaje y ha puesto así de actualidad un viejo mito paranoide que afirma que toda la operación del Apolo Lunar fue una operación propagandística.

Deberíamos distinguir entre supersticiones sencillas y patrañas paranoides. Las primeras son creencias falsas, contrarias al conocimiento científico y motivadas seguramente por la incapacidad de algunas personas para entender el mundo en el que viven, incluidos los eclipses de luna. Las patrañas paranoides son falsas como las supersticiones, pero son inventadas a propósito para engañar a la gente y solo tienen una utilidad: suscitar la duda acerca de hechos y datos que deberíamos dejar fuera de toda polémica.

Hay personas incapaces de aceptar que hace ya bastantes años que la humanidad ha podido contemplarse a si misma desde el espacio, que hemos podido ver la Tierra desde la Luna, y que hemos tenido así la ocasión de pensar desde fuera, desde los límites de nuestra experiencia, en la fragilidad de nuestra existencia. Un eclipse de luna es una buena ocasión para pensar en todo esto. No dejemos que la irresponsable broma de un famoso  nos prive del placer de saber que hace ya casi cincuenta años la humanidad dio un gran paso adelante al pisar el suelo de la Luna, el mismo que durante el eclipse veíamos pasar por la sombra de la Tierra proyectada por el Sol en el firmamento.

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Una religión laica

Parece que las ceremonias y las ideas religiosas son tan antiguas como el resto de la cultura humana: inventamos dioses y demonios, vidas de ultratumba y cultos a nuestros antepasados, premios y castigos sobrenaturales, al mismo tiempo que inventamos teorías para comprender el universo o reglas y ritos para garantizar la cooperación, y para hacer más fácil la convivencia entre individuos y grupos diferentes. Todo este conglomerado cultural que inventamos para dar sentido a nuestras vidas y ayudarnos a sobrevivir, es lo que llamamos religión.

 

En la tradición del mundo occidental la ciencia siempre se ha presentado contrapuesta a la religión. Esto se debe a dos motivos. Por una parte las religiones que predominan en la cultura occidental no solo pretenden proporcionar consuelo y sentido a nuestras vidas, sino que también proponen un conjunto de creencias en lo sobrenatural, en competencia con el pensamiento racional y empírico de la ciencia. Por otra parte el pensamiento científico que nació en el seno de nuestra cultura no se conforma con proporcionarnos conocimientos de hechos y teorías, sino que también se presenta como una forma de vida, como una fuente de sentido para nuestras vidas y nuestros proyectos vitales.

 

Estos días hemos celebrado el funeral de Stephen Hawking, cuyos restos han sido enterrados al lado de los de otros grandes científicos como Newrton o Darwin, en el lugar sagrado de la abadía de Wetminster. Así que hemos asistido a una ceremonia religiosa en toda regla, en honor a un hombre que era ateo pero que ha contribuido como nadie a construir el pensamiento de la nueva religión de la ciencia. Veamos, si no, este párrafo escrito por él y reproducido estos días por muchos medios de comunicación, como un resumen de su legado intelectual.

 

Una de las grandes revelaciones de la Era del Espacio -decía Hawking- ha sido la perspectiva que nos ha dado a la Humanidad sobre nosotros mismos. Cuando vemos la Tierra desde el espacio nos vemos en nuestra totalidad. Vemos la unidad y no las divisiones. Es una imagen muy simple, con un mensaje convincente: un solo planeta, una sola raza humana. Estamos aquí juntos y necesitamos vivir juntos con tolerancia y respeto. Debemos convertirnos en ciudadanos globales. Yo –dice Hawking– he tenido el inmenso privilegio, a través de mi trabajo, de ser capaz de contribuir a nuestra comprensión del Universo. Pero sería un Universo ciertamente vacío si no fuese por las personas a las que amo y que me aman. Somos todos viajeros en el tiempo, recorriendo juntos nuestro camino hacia el futuro. Pero trabajemos juntos para hacer que ese futuro sea un lugar que queramos visitar.

 

Hasta aquí el texto de Hawking. Y yo me pregunto: ¿se necesita algo más para construir el sentido de nuestras vidas? En realidad no: la ciencia es, hoy en día,  nuestra mejor religión.

Onda Cero Salamanca 3/04/2018

Reivindicación del ateísmo

 

El ateísmo es una doctrina filosófica que afirma que no dios no existe. Es decir que no existe una entidad sobrenatural, todopoderosa, infinita, responsable del universo y creador de todas las cosas. Para el ateísmo, una entidad así es una quimera y la doctrina que afirma que tal entidad es real es simplemente una doctrina errónea e irracional. Según la teoría ateísta, no hay ni evidencia empírica ni argumentos racionales que se puedan esgrimir en favor de la afirmación de que dios es una entidad real.

A pesar de que el ateísmo es la postura racional más evidente y fácil de admitir, existen muchos prejuicios en la cultura popular en contra del ateísmo como doctrina filosófica. El más extendido es el que afirma que, si bien puede admitirse que no hay argumentos convincentes en favor de la existencia de dios, es igualmente difícil de admitir que haya argumentos convincentes en contra de su existencia. A lo más que podemos aspirar racionalmente no es a demostrar la existencia o inexistencia de dios, sino a suspender el juicio sobre este tema (esta es la esencia del agnosticismo) y dejar que la decisión sobre creer o no creer en una entidad trascendente sea algo que no depende del juicio racional,  sino de otras instancias afectivas que mueven nuestro pensamiento y nuestros sentimientos.

Los ateos racionalistas no estamos de acuerdo con este diagnóstico y reivindicamos la aplicación, en este caso, de las mismas pautas de pensamiento racional que aplicamos en la vida cotidiana. Si no tenemos razones para creer que algo existe, no nos abstenemos de creer, sino que asumimos la creencia de que no existe. Si no hay razones para creer que el monstruo del lago Ness es real, decía Hanson, un famoso filósofo de mediados del siglo XX, lo lógico no es suspender nuestra creencia acerca de su existencia, sino asumir simplemente que no existe tal monstruo. Para el ateo la existencia de dios no es una opción posible, sino una falsedad empírica y racional: no hay razones para pensar que dios exista y por lo tanto lo lógico es creer que no existe, es decir lo lógico es ser ateo.

Vista así la situación, es fácil imaginar la desazón que estos días pasados tienen que haber experimentado en general los ateos españoles. Llevamos una semana de fiestas populares de carácter religioso en las que ni siquiera se da la oportunidad de la duda: hay entusiasmo total en torno a unas creencias y sentimientos que para un ateo son simplemente irracionales.

Personalmente yo soy partidario de respetar a todas las personas independientemente de sus creencias y sentimientos. Así que me parece bien que la gente tenga creencias que yo considero absurdas. Pero me gustaría un poco de reciprocidad: la religión y las creencias que conlleva deberían mantenerse en ámbitos un poco más restringidos de la vida privada de las personas y no dar por supuesto que quienes consideran que las creencias religiosas son absurdas no puedan apenas manifestarlo públicamente sin exponerse al escarnio y a la crítica feroz. Sinceramente tener a media asta las banderas de todos los cuarteles del ejército español porque se celebra el aniversario de la muerte de Jesús de Nazaret me parece un despropósito y una ofensa a los sentimientos privados de quienes no creen en dios. Deberíamos evitar espectáculos así. Los ateos patriotas lo agradecerían y seguro que muchos devotos creyentes también.

Onda Cero Salamanca 18/04/2017