Rutinas e innovaciones

En círculos de especialistas en política económica y en gestión empresarial hay un término que está de moda: se trata del concepto de innovación, consagrado por el gran economista Joseph Shumpeter. La Unión Europea lleva años predicando que la solución de todos nuestros problemas depende de nuestra capacidad para la innovación.

También los filósofos han tomado la palabra en este campo. Recientemente mi colega y buen amigo Javier Echeverría, investigador del País Vasco, ha publicado un librito sobre El arte de innovar. Se lo recomiendo a quienquiera que esté interesado en entender este concepto básico de la cultura actual. Innovar, podemos decir, es producir algo nuevo que tiene un valor propio derivado en gran parte del hecho de ser nuevo. No cualquier novedad merece el título de innovación, para serlo se necesita que tenga un valor propio. Pero no cualquier innovación de valor económico responde siempre a las condiciones de la innovación real. Para serlo necesita también presentar un faceta realmente nueva de la realidad.

Traigo todo esto a colación porque estamos en un momento especialmente importante para pensar sobre la innovación: el comienzo de las vacaciones, esa época en la que nos sentimos inclinados a romper nuestras rutinas y a ensayar nuevas cosas que hacer y con las que disfrutar. Por lo general es ahora cuando más fácil nos resulta ser innovadores.

Propongo una reflexión para este momento. ¿Estamos seguros de que todas las cosas nuevas que se nos ocurre hacer cuando nos libramos de las rutinas cotidianas son dignas de ser hechas?

Javier Echeverría nos ofrece en su libro todo un elenco de ideas innovadoras sobre la innovación. Para él innovar es rendir tributo a la capacidad creativa inscrita en la dinámica misma del mundo real.

Hoy día innovar es cool, algo bien visto e incluso a veces una moda que se impone en nuestras rutinas cotidianas, sin que seamos conscientes de la tradición a la que rendimos tributo.  No siempre fue así. En el siflo XVIII el diccionario de la Real Academia incorporaba el término “novator”, que no es más que una versión arcaica de “innovador”. Pero a diferencia de lo que ocurre hoy con este término, en aquella época  calificar  a alguien de “novator”, -de innovador, como diríamos hoy-  era en realidad un insulto. El diccionairo definía al “novator” como “inventor de novedades” y explicaba que el término se usaba sobre todo para referirse al que introducía novedades “peligrosas en materia de doctrina”.

Bueno, los viejos tiempos del conservadorismo filosófico se han acabado. Mientras en España los novatores peleaban, en el siglo XVIII, por abrir paso a las nuevas ideas de la Ilustración, en Europa grandes pensadores, como Leibniz, intentaban construir el nuevo mundo de la ciencia y de la modernidad. Y nosotros nos consideramos hoy  herederos de Leibniz y de los novatores, más que de los que los criticaban.

Quizá podríamos aprovechar este tiempo de rutinas interrumpidas que son las vacaciones estivales, para introducir en nuestras vidas alguna dosis de innovación creativa. O por lo menos para reconocer nuestra deuda con la tradición  ilustrada de la innovación.

Onda Cero Salamanca 1/08/2017

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El precio de la luz

Puede haber miles de razones y explicaciones más o menos convincentes, pero lo cierto es que los recibos de la luz solo se mueven en una dirección: subiendo. Cada vez pagamos más por la electricidad que consumimos. Somos el tercer país con la energía eléctrica más cara de Europa y en lo últimos 10 años el precio de la energía ha subido en España más de un cincuenta por cierto. ¿Por qué?

En una economía de mercado que funcione correctamente, los precios de las mercancías se pueden dividir en dos componentes: lo que cuesta producir y distribuir esa mercancía, por un lado, y la plusvalía o beneficio que se consigue a través del mercando, por el otro. Los economistas complacientes con el sistema asumen que el beneficio económico de la empresa es parte del costo de producción y, por lo tanto, solo tiene el límite que le marque el mercado en función de la competencia. Digamos que si pretendes vender mucho más caro de lo que los costes de producción requieren, otro vendrá que ofrezca la misma mercancía a un precio más razonable. A la larga todos contentos: el capital obtiene sus beneficios (y también los trabajadores en forma de subidas de salarios) y el consumidor se beneficia de la contención de precios derivada de la competencia.

Pero ¿qué ocurre en mercados en los que la competencia es solo ficticia como es el caso del mercado de la energía y de otros muchos servicios de interés y alcance general?. El mercado de la energía es un oligopolio declarado, en el que apenas existe margen de maniobra para introducir competencia por el lado de la oferta: hay las centrales que hay y solo se puede garantizar la amortización de las inversiones necesarias para mantener la oferta a costa de aceptar una fuerte regulación administrativa de las tarifas que se cobran al consumidor. Esta regulación puede ser desastrosa, como de hecho lo está siendo, pero también podría ser más equitativa y técnicamente más adecuada.

Hace unas décadas, ante este tipo de problemas de  ineficiencia del mercado, los partidos de izquierda proponían simple y llanamente la nacionalización de sectores enteros de la economía. Pero desde la era de Reagan y Tatcher la dirección de los cambios es completamente opuesta: se supone que si el mercado no funciona es porque está excesivamente regulado y hay que liberalizarlo. Lo que ahora estamos viendo es que eso tampoco funciona, o al menos no funciona en determinados sectores de la economía como es el mercado de la energía.

Pero quizá no sea necesario volver a las viejas recetas. En su lugar, podríamos asumir simplemente que necesitaos nuevas soluciones políticas y administrativas, inspiradas por principios elementales y contundentes como estos.

  • El sistema de precios de la energía debe garantizar que todo el mundo tenga acceso a la energía necesaria para cubrir sus necesidades básicas.
  • La regulación del sector de la energía debe impedir la creación de burbujas especulativas en torno a las tarifas eléctricas y limitarse a garantizar que el beneficio empresarial en el sector sigue la pauta general de la economía.

Onda Cero Salamanca 24/01/2017

Renta Básica Universal

Es difícil pronosticar cuáles van a ser los temas importantes de este año que está empezando. En el plano de la política económica mi apuesta es que va a ser el año en el que el tema de la renta básica universal entre de lleno en la agenda política y mediática. Pero ¿de qué va esto?

Se trata de aprobar una renta básica incondicional que garantice a todos los ciudadanos, por el mero hecho de ser ciudadanos de un país, los medios suficientes para subsistir dignamente, al margen de si se tiene trabajo o no, y de los otros ingresos de todo tipo que cualquiera pueda tener.

Hasta ahora la renta básica ha aparecido tímidamente en algunos programas electorales de grupos que se consideran radicales. En España Podemos la llevaba en su programa inicial, aunque luego renunció a él. En Grecia la defendía Varoufakis. Lo nuevo es que este año ya se va a aplicar, con carácter experimental, en un país como Finlandia,. Y el gobierno escocés acaba de anunciar su intención de poner en marcha también un programa experimental de renta básica en la ciudad de Galsgow.

En España tenemos, en algunas comunidades autónomas, programas de subsidios para combatir la pobreza, que garantizan una renta básica a aquellas personas que no tienen otros medios de vida y cumplen determinadas condiciones. Pero lo específico de un programa de Renta Básica Universal es que es incondicional: todo el mundo tiene derecho a recibir un mínimo que garantice su supervivencia en condiciones dignas.

Hasta ahora la Renta Básica Universal no ha gozado de buena prensa. Incluso el año pasado en Suiza se hizo un referéndum para implantar el sistema de renta básica y la población votó mayoritariamente en contra. La objeción fundamental a la RBU es doble: por una parte hay quien considera injusto que tengan derecho a una renta pagada por el conjunto de la sociedad aun aquellos que se sitúan en el nivel más alto de riqueza. Por otra parte, se supone que el coste de la RBU sería inasumible con el nivel de presión fiscal actual, y por lo tanto pondría en peligro otros programas de servicios a la sociedad, como la educación y la sanidad públicas.

Los partidarios de la RBU responden a la primera objeción con un argumento impecable: el sistema de RBU implica un aumento radical del carácter progresivo de la presión fiscal de un país: el 20% de los que más ingresos tienen verán incrementada su contribución a las arcas del estado vía impuestos, el resto, cuanto más desfavorecidos por la situación económica, más beneficios relativos obtendrán de la renta básica. Por otra parte, muchos estudiosos de la renta básica empiezan a discutir no ya de su viabilidad sino de su inevitabilidad: el sistema de producción y la creación de puestos de trabajo está cambiando de forma drástica y haciendo que el objetivo principal de la política económica no pueda ser ya el pleno empleo  sino el reparto equitativo de la riqueza. El objetivo no es solo tener un trabajo a cualquier precio, sino poder vivir dignamente contando con la solidaridad de todos. (Mas información en Sin Permiso).