La incultura científica

Hace años podían hacerse bromas acerca del cambio climático como la que hizo Rajoy sobre su primo el profesor de física, confundiendo el calentamiento global con la previsión meteorológica. Hoy nadie haría bromas con eso. Pero seguimos aceptando como naturales algunas medio-bromas -digámoslo así- que se refieren también a la cultura científica. Por ejemplo, ante una situación apurada seguimos echando mano de ese “es que yo soy de letras”, como si ser cultos en arte o literatura nos librara de nuestra responsabilidad ante la cultura científica. O esa otra respuesta complaciente ante algunas patrañas pseudocientíficas:” algo tendrán cuando la gente acude a ellas”, o cosas así….

Estos días ha saltado a la prensa la lucha de Julián Rodríguez, un padre cuyo hijo murió de leucemia hace dos años, como consecuencia de haber seguido las prescripciones de un curandero que le atiborró de vitaminas y le indujo a negarse a aceptar la terapia prescrita por los médicos. Julián ha presentado una denuncia en el juzgado contra el curandero y espera que la justicia de dé la razón. Pero mientras tanto ha creado una Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP) y una página web en la que espera aunar esfuerzos de muchos ciudadanos en su lucha contra la pseudomedicina anticientífica.

Lo que más me ha llamado la atención es que, creo que por primera vez en mi vida, he visto un titular de periódico apelando a la incultura científica como responsable de un grave daño a las personas, incluyendo posibles responsabilidades penales. (“A mi hijo lo ha matado la incultura científica“, decía el titular del periódico).

Aunque en los ambientes académicos hace tiempo que nos preocupamos por el desarrollo y la difusión de la cultura científica en su múltiples dimensiones (incluida la del periodismo científico), no es común que nuestras discusiones salten a las páginas de la prensa y menos aún que lo hagan para reivindicar que la cultura científica puede salvar la vida de nuestro hijo y la incultura matarlo.

No estoy seguro de si podremos algún días librarnos de las estafas y patrañas de curanderos y timadores disfrazados con bata blanca, pero el caso que comentamos me mueve a pensar que podemos hacer mucho más de lo que hacemos para librarnos de ellos.  Deberíamos empezar a pensar que todos somos responsables de la difusión de la cultura científica, que podríamos exigir, por ejemplo, que en las farmacias no se vendan pseudoremedios homeopáticos, que los curanderos no se puedan anunciar como si fueran médicos, que las universidades no enseñen pseudociencias como si fueran ciencia  y que los que sufren no sean estafados por falta de cultura científica.

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Ciencia en abierto

Cuando viajo a UK -cosa que hago con cierta frecuencia por motivos familiares- suelo curiosear en la librería Blakwells y siempre encuentro alguna novedad interesante. Una de las últimas fue una obra de Michael Nielsen: Reinventing Discovery. The New Era of Networking Sxcience. Princeton University Press, 2012. Se trata de un brillante ensayo sobre las nuevas formas de hacer investigación científica que se están desarrollando gracias a las posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información para el trabajo en red. El mensaje es que no estamos solo ante nuevas posibilidades de hacer mejor lo mismo que hemos hecho desde que se inventó la ciencia moderna, sino ante una revolución mucho más profunda: la investigación científica abierta a la participación ciudadana.

Los temas e ideas que suscita el ensayo de Nielsen son de largo alcance. Volveré sobre ellos. Por el momento solo una reflexión. Creo que en el futuro desarrollo de la ciencia se pueden vislumbrar dos escenarios alternativos.

El primer escenario es el de la ciencia industrial  competitiva, sometida a fuertes presiones para conseguir la mayor rentabilidad a las inversiones en investigación, con cientos de miles de científicos trabajando bajo presión, obsesionados por el secretismo empresarial que se ha trasladado a la industria de la investigación y al mismo tiempo dedicados a calcular frenéticamente el numero de sus publicaciones, las citas recibidas, indices de impacto, etc.

El segundo escenario es el de la ciencia en abierto, cooperativa y participativa. En este escenario cientos de miles de científicos de cualquier parte del mundo colaboran en la gran tarea, iniciada por la ciencia moderna, de comprender la realidad a partir de hechos contrastados y explicaciones racionales, comparten sus conocimiento y se preocupan por extenderlos abriendo las puertas de sus laboratorios y universidades a la sociedad para que  todos puedan participar en la gran aventura de la ciencia.  El libro de Nielsen levanta axcta del estado actual de la ciencia en abierto y está lleno de ideas para impulsarla.

Presentación del libro

Más sobre ciencia en abierto de Miguel A. Quintanilla.