Vencer o convencer

Hemos celebrado el 80 aniversario del famoso acto en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, durante el cual el rector D. Miguel de Unamuno se enfrentó a Millán Astray, y a los matones franquistas que le jaleaban. El acto académico había contado con varias intervenciones en las que se había hablado de España, el imperio perdido, la unidad de la patria y la regeneración del catolicismo patriótico que los sublevados representaban. Según testimonio de algunos de los presentes, Unamuno, que presidía la reunión, tomó la palabra y organizó el gran escándalo.

“Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

Fue valiente Unamuno. Aquel acto pudo haberle costado la vida. Él había apoyado en un primer momento la sublevación franquista y seguía siendo una autoridad política e intelectual reconocida. Presidia el acto académico en nombre de la Universidad y conservaba además su nombramiento como concejal del Ayuntaniento de Salamanca. Pero a su alrededor habían caído ya amigos y colegas salmantinos, víctimas de los asesinatos políticos de aquellos días. De manera que las palabras de Unamuno fueron escuchadas por los fascistas como un insulto y como una traición.

El discurso de Unamuno vuelve a estar hoy de actualidad. Es cierto que ya parecen perdidos para siempre los tiempos en los que las victorias políticas se imponían por la fuerza. Pero sigue siendo actual la contraposición unamuniana entre vencer y convencer.

En efecto, parece como si en la disputa política lo único importante sea de nuevo vencer, y como si hubiéramos renunciado para siempre al objetivo loable de intentar convencer. Para convencer hay que persuadir, decía Unamuno y para persuadir hay que dar argumentos y razones, no puñetazos en la mesa o alaridos en los discursos encendidos para jalear a los adeptos fanáticos.

Según dicen los testimonios d ela época, parece que Unamuno fue interrumpido por Millán Astray al grito de “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!!”, y que el rector tuvo que salir del tumulto, al parecer,  protegido por la esposa de Franco, para recluirse en su domicilio en el que falleció unos meses después..

El ayuntamiento de Salamanca privó a Unamuno  vergonzantemente de su acta de concejal y Franco le retiró el nombramiento de Rector de la Universidad. En 2011, a iniciativa del grupo socialista, se le devolvió la dignidad de concejal de nuestro ayuntamiento. Y en la universidad nunca se ha dejado de honrar la memoria de su rector más emblemático..

Unamuno fue derrotado; pero su legado quedó para siempre. Ojalá reviva en estos días. El mejor homenaje que podríamos hacerle es reconocer que en democracia solo se puede  vencer convenciendo

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La inteligencia de las máquinas

Estos días estamos celebrando en el Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología el seminario anual de doctorandos, en el que los estudiantes exponen y discuten los avances que han conseguido en sus investigaciones durante el último año. Allí se tratan multitud de asuntos relativos a nuestra cultura científica y tecnológica y se crea un ambiente propicio para la reflexión y el debate académico. Una de las ponencias que se presentaron ayer invitaba a reconstruir la visión histórica y filosófica del desarrollo de la técnica de los últimos siglos. ¿Qué es lo que mejor caracteriza a la técnica de nuestros días frente a la de los siglos anteriores?

El famoso filósofo español, José Ortega y Gasset, decía que el hombre se ve abocado a crear la técnica porque es la forma que tiene de afrontar su radical indigencia biológica. Nacemos desprovistos de un programa que nos permita sobrevivir y tenemos que apañarnos para inventarnos nuestra propia vida a base de cambiar el entorno en el que nos desenvolvemos. Y esos cambios son los cambios que producimos a través de la técnica.

Esto lo escribió Ortega hace más noventa años y desde entonces las cosas han cambiado mucho. Pero su diagnóstico sigue siendo válido, aunque hay algo que caracteriza a nuestras técnicas y que, en tiempos de Ortega y Gasset, era difícil de apreciar. En los siglos XIX y XX se completó la revolución industrial que nos dejó en herencia una enorme capacidad de transformación de la realidad gracias a las máquinas mecánicas, al uso masivo de las fuentes de energía fósiles como el carbón y el petróleo, a las grandes infraestructuras viarias y urbanas, etc. Ahora podemos decir que estamos en una nueva era de desarrollo tecnológico, que se caracteriza no ya por la potencia y magnitud de las técnicas o los artefactos que manejamos sino por lo que podríamos llamar su inteligencia. Lo nuevo no es que ahora podamos diseñar y producir artefactos con potencia suficiente para proporcionar energía útil a miles de millones de personas en el planeta Tierra. Lo nuevo es que diseñamos y producimos miles de millones de artefactos a los que dotamos de inteligencia. Es decir de capacidad para procesar información y  adaptar su comportamiento a los cambios que se producen en el medio en el que operan. En eso consiste la inteligencia de las máquinas.

En realidad se trata de nuestra propia inteligencia incorporada en el diseño de nuestros artefactos.  Las máquinas solo son inteligentes si las diseñamos, las producimos y las usamos de forma inteligente. La inteligencia de las máquinas somos nosotros mismos.

Onda Cero Salamanca 26/04/2016

 

El nombre de la rosa

Ha fallecido Umberto Eco. Con él se va una de las últimas grandes figuras intelectuales del siglo XX. Conocido científico humanista y experto en semiótica y comunicación, en 1980 accedió a la fama universal gracias al éxito de su primera novela, El nombre de la Rosa, de la que se han vendido más de 50 millones de ejemplares. Desde entonces su personalidad y sus obras literarias han despertado la curiosidad de los lectores por todo el mundo y se ha consagrado como  un autor sumamente culto, capaz de contar historias apasionantes plagadas de profundas ideas sobre el sentido de la vida, el valor del conocimiento y el alcance de la sabiduría humana.

El misterio de su primera novela  empieza desde el título. Por qué El nombre de la rosa? En realidad se trata de un complejo  relato del genero  policiaco, en el que un fraile ( Guillermo de Baskerville) y su ayudante (Adso) desentrañan una trama de crímenes en torno a la biblioteca de una antigua abadía del siglo XIV. Sólo al final del libro el lector se encuentra con una frase en latín que explica el sentido profundo de una obra (y seguramente también de todo el pensamiento de Umerto ECO)inspirada en la filosofía nominalista del siglo XIV. La frase en latín reza así “Stat prístina rosa nomine. Nomina nuda tenemus”: Es decir La rosa permanece pura en su nombre; solo los nombres perduran.

La celebridad de Humberto Eco es anterior a la eclosión de las redes sociales como soporte de la nueva era de la información. De hecho su lucidez le llevó con frecuencia a distanciarse de la banalización de la cultura que parece imparable de la mano de las nuevas tecnologías. En otra de sus grandes novelas, El péndulo de Foucault,  aparece esta irónica reflexión referida al ordenador: “Oh máquina maravillosa: no te ayuda a pensar, pero te ayuda a pensar por ella”

Sin embargo la blogosfera se ha llenado estos días de comentarios sobre él. Citaré uno que me ha parecido especialmente lúcido y profundo (publicado por Jorge en un blog de física d ela materia condensada de la Universidad de Kent): “El nombre de la rosa, – dice allí Jorge- puede interpretarse como una parábola post-postmoderna de la investigación científica.  Tal como Guillermo de Baskerville le explica a Adso, nuestras teorías científicas pueden estar equivocadas, pero nos permiten alcanzar una verdad que otra teoría puede describir y que jamás habríamos alcanzado de otra forma. Y naturalmente esta nueva verdad está sujeta al mismo relativismo y así sucesivamente hasta el infinito. Pero ahí fuera hay siempre algo que descubrir y eso es lo que importa”.

Gracias, Umberto Eco, por recordarnos lo grande que es el frágil y endeble espíritu humano. Tu nombre perdurará para siempre.

Nuestro lugar en el Universo

Durante el mes de noviembre hemos tenido ocasión de conmemorar la hazaña intelectual de Albert Einstein, que hace 100 años descubrió los secretos más recónditos del universo formulando lo que conocemos como teoría general de la relatividad. Se trata de una de las teorías más profundas y más asombrosas de la ciencia física actual. Gracias a ella sabemos que el espacio tiempo en el que se desenvuelven nuestras vidas tiene propiedades que hasta entonces era imposible imaginar. y que explican fenómenos maravillosos, como que la luz se desvía por efecto de la gravedad, que la materia puede concentrarse hasta producir agujeros negros de los que no puede salir ni una briza de energía, que el universo está expandiéndose… En fin, después de Einstein, cuando miramos al firmamento, no sabemos ya qué admirar más, si la inmensidad y belleza de sus estrellas, o la capacidad de nuestra razón para entender y disfrutar del orden que subyace a las leyes de la física y que es la causa de esa belleza cósmica. Al fin y al cabo, nosotros mismos no somos más que polvo de estrellas, diminutas partículas compuestas de la misma materia que forma la estructura del universo. Pero impresiona saber  que esas pequeñas partículas  hayan logrado avanzar tanto en la comprensión de la complejidad y la grandeza de su propia existencia.

Pensaba esto ayer mientras viajaba desde Madrid, después de asistir a  una reunión del consejo científico de la Fundación Española de la Ciencia y la Tecnología en la que habíamos estado hablando sobre la importancia de la cultura científica y de la educación científica. Al mismo tiempo, por la radio del coche, escuchaba la crónica de la cumbre  del cambio climático que estaba empezando en París. Es curioso, pensaba yo. . Gracias al genio de Einstein y a la potencia creativa del pensamiento científico, hemos dado pasos decisivos para comprender cómo funciona ese universo del que somos parte, pero también hemos desarrollado, al mismo tiempo, una civilización industrial que está amenazando la supervivencia de nuestro planeta por el cambio climático. Y por último, parece que, también gracias al método científico, se va a lograr por fin un acuerdo que nos permita luchar contra ese cambio climático que nosotros mismos estamos provocando.

Así pues, la ciencia nos ha permitido comprender cómo es el universo y cómo funciona nuestro pequeño planeta Tierra en la inmensidad del cosmos.  Ahora es preciso que aprendamos también a cuidar de él. La cumbre del cambio climático en Paris puede ser un primer paso decisivo para ello. Se lo debemos a Einstein y a tantos científicos que a lo largo de los siglos nos han ayudado a descubrir nuestro lugar en el Universo.

 

Onda Cero Salamanca 01/12/2015

El derecho a la tolerancia

Leyendo el Tratado sobre la Tolerancia de Voltaire he encontrado una frase que, si no fuera por el evidente anacronismo que supone, podríamos leer como si se refiriera a los acontecimientos de estos días. Voltaire, el filósofo ilustrado del siglo XVIII, racionalista y laico,  empezaba su tratado  contando el episodio de una familia calvinista cuyos miembros habían sido perseguidos por las autoridades y el populacho católico de Toulouse, con el resultado de que el padre de la familia había sido condenado y torturado hasta morir. Dos años más tarde, la madre logra reponerse y acude a la justicia del rey en París. Y  allí obtiene reparación y justicia efectiva. Y es entonces cuando Voltaire escribe esta frase gloriosa: “En París la razón puede más que el fanatismo, por grande que éste pueda ser“.

No podemos hablar de París, la razón y la tolerancia y no pensar en lo que ha pasado estos días. Una cuadrilla de fanáticos, blandiendo consignas político religiosas  y utilizando armas del diablo han irrumpido en la ciudad de la luz y de la razón y han perpetrado una serie absurda de atentados en nombre de no sé qué religión.

Los europeos deberíamos estar ya vacunados de guerras de religión. Al fin y al cabo, han sido muchos siglos de persecuciones y delirios, muchos miles de herejes inmolados, muchas palabras usadas como incentivo para destruirnos entre nosotros en nombre de supuestas creencias religiosas. Los atentados islamistas de estos días en París son el último episodio de una triste historia de guerras de religión. La única diferencia es que ahora los fanáticos, que son conciudadanos nuestros, no se alimentan de doctrinas y sectarismos de origen cristiano, sino que enlazan con otra de nuestras tradiciones religiosas, la del Islam. Pero, no nos engañemos, los asesinos islamistas de París, son también de los nuestros, nacidos en Europa, criados aquí, educados en nuestros colegios y desquiciados en nuestros templos por ideologías absurdas y dañinas.

La tolerancia religiosa  es una virtud inseparable de la racionalidad y de la civilización laica que finalmente reina entre nosotros, después de siglos de locura. Y es un valor que debemos reivindicar como un derecho natural de los hombres, basado en el principio universal de que no debes a hacer a nadie lo que no quieres que te hagan a ti.

Pero como ya advertía Voltaire en su alegato en favor de la tolerancia: Para que un gobierno no tenga derecho a castigar los errores de los hombres, es necesario que tales errores no sean crímenes: sólo son crímenes cuando perturban la sociedad: perturban la sociedad si inspiran fanatismo; es preciso, por lo tanto, que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia.  Digámoslo claramente y de una vez: debemos ser tolerantes con el islam como lo somos con el cristianismo o con el laicismo. Pero no debemos ser tolerantes con los fanáticos asesinos que siembran el terror a las órdenes del llamado Estado Islámico. Con el fanatismo, tolerancia cero.

Onda Cero Salamanca 17/11/2015

Ciencia en abierto

Cuando viajo a UK -cosa que hago con cierta frecuencia por motivos familiares- suelo curiosear en la librería Blakwells y siempre encuentro alguna novedad interesante. Una de las últimas fue una obra de Michael Nielsen: Reinventing Discovery. The New Era of Networking Sxcience. Princeton University Press, 2012. Se trata de un brillante ensayo sobre las nuevas formas de hacer investigación científica que se están desarrollando gracias a las posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información para el trabajo en red. El mensaje es que no estamos solo ante nuevas posibilidades de hacer mejor lo mismo que hemos hecho desde que se inventó la ciencia moderna, sino ante una revolución mucho más profunda: la investigación científica abierta a la participación ciudadana.

Los temas e ideas que suscita el ensayo de Nielsen son de largo alcance. Volveré sobre ellos. Por el momento solo una reflexión. Creo que en el futuro desarrollo de la ciencia se pueden vislumbrar dos escenarios alternativos.

El primer escenario es el de la ciencia industrial  competitiva, sometida a fuertes presiones para conseguir la mayor rentabilidad a las inversiones en investigación, con cientos de miles de científicos trabajando bajo presión, obsesionados por el secretismo empresarial que se ha trasladado a la industria de la investigación y al mismo tiempo dedicados a calcular frenéticamente el numero de sus publicaciones, las citas recibidas, indices de impacto, etc.

El segundo escenario es el de la ciencia en abierto, cooperativa y participativa. En este escenario cientos de miles de científicos de cualquier parte del mundo colaboran en la gran tarea, iniciada por la ciencia moderna, de comprender la realidad a partir de hechos contrastados y explicaciones racionales, comparten sus conocimiento y se preocupan por extenderlos abriendo las puertas de sus laboratorios y universidades a la sociedad para que  todos puedan participar en la gran aventura de la ciencia.  El libro de Nielsen levanta axcta del estado actual de la ciencia en abierto y está lleno de ideas para impulsarla.

Presentación del libro

Más sobre ciencia en abierto de Miguel A. Quintanilla.