La mitad de los mejores: Igualdad de género y discriminación positiva en la ciencia

Una de las esferas de la  vida social en la que resulta más llamativa la persistencia de desigualdades flagrantes entre hombres y mujeres es la que se produce en el ámbito científico. Hay aquí dos tipos de problemas. En primer lugar está el problema del acceso a determinadas profesiones y tipos de estudios, que parecen menos accesibles a las mujeres de lo que debieran. Sabemos, por ejemplo, que en las carreras tecnológicas y algunas de la científicas, la proporción de mujeres es inferior a la que cabría esperar: hay menos científicas que científicos y hay sobre todo menos ingenieras que ingenieros.

Otro fenómeno de discriminación es la existencia de lo que se conoce como “techo de cristal” en la promoción profesional de las mujeres. También se produce de forma llamativa en la ciencia: las mujeres son mayoría en los primeros estadios de la carrera académica, y llegan a mantener cuotas paritarias entre los investigadores jóvenes. Sin embargo en los niveles más  altos de la ciencia y de la universidad los hombres son aplastante mayoría.

¿Cuál es la causa de que se produzcan estas situaciones de desigualdad? No es fácil ponerse de acuerdo sobre esto, aunque creo que ya hay bastante consenso al menos en un punto: las desigualdades no se explican solamente por la mera existencia de diferencias de género, sino por la acumulación  sucesiva de circunstancias que  discriminan negativamente a las mujeres.  Estas discriminaciones tienen siempre un carácter más social y cultural que biológico. Rara vez se estimula a una niña, por ejemplo, para que le guste ser astronauta y a penas somos capaces de citarle el nombre de un premio Nobel de ciencias que sea mujer. Y nadie prohíbe a una investigadora ser la mejor en su especialidad; pero para conseguir que se lo reconozcan sencillamente tiene que trabajar más y en circunstancias más difíciles que sus colegas masculinos. Tenemos una sociedad patriarcal con una cultura patriarcal y el resultado inevitable de esta cultura es que, a lo largo de la vida, vamos activando  prejuicios sexistas que tienen un efecto acumulativo con resultados cada vez más inaceptables.

Muchas vueltas se han dado a la cuestión de cómo actuar para compensar estas discriminaciones que conducen a la desigualdad. Hace tiempo que los partidos progresistas iniciaron una línea de actuación imponiendo sistemas de cuotas:  cuotas mínimas del 40% en las listas electorales, listas cremallera para garantizar la igualdad de oportunidades, cuotas femeninas en los órganos colegiados del gobierno, en las empresas públicas, en las comisiones de evaluación de la carrera científica, etc.

Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que es posible que los sistemas de cuotas no sean los más justos ni los más satisfactorios, pero por el momento son los más eficaces: nombrar comisiones paritarias de género no implica que los hombres seleccionados lo sean por sus propios méritos, mientras las mujeres lo sean solo por ser mujeres. ¿Por qué hay que pensar así? Más bien al revés, la paridad de géneros garantiza que podamos elegir a los mejores no solo entre la mitad de la población, sino entre las dos mitades.

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El nombre de la rosa

Ha fallecido Umberto Eco. Con él se va una de las últimas grandes figuras intelectuales del siglo XX. Conocido científico humanista y experto en semiótica y comunicación, en 1980 accedió a la fama universal gracias al éxito de su primera novela, El nombre de la Rosa, de la que se han vendido más de 50 millones de ejemplares. Desde entonces su personalidad y sus obras literarias han despertado la curiosidad de los lectores por todo el mundo y se ha consagrado como  un autor sumamente culto, capaz de contar historias apasionantes plagadas de profundas ideas sobre el sentido de la vida, el valor del conocimiento y el alcance de la sabiduría humana.

El misterio de su primera novela  empieza desde el título. Por qué El nombre de la rosa? En realidad se trata de un complejo  relato del genero  policiaco, en el que un fraile ( Guillermo de Baskerville) y su ayudante (Adso) desentrañan una trama de crímenes en torno a la biblioteca de una antigua abadía del siglo XIV. Sólo al final del libro el lector se encuentra con una frase en latín que explica el sentido profundo de una obra (y seguramente también de todo el pensamiento de Umerto ECO)inspirada en la filosofía nominalista del siglo XIV. La frase en latín reza así “Stat prístina rosa nomine. Nomina nuda tenemus”: Es decir La rosa permanece pura en su nombre; solo los nombres perduran.

La celebridad de Humberto Eco es anterior a la eclosión de las redes sociales como soporte de la nueva era de la información. De hecho su lucidez le llevó con frecuencia a distanciarse de la banalización de la cultura que parece imparable de la mano de las nuevas tecnologías. En otra de sus grandes novelas, El péndulo de Foucault,  aparece esta irónica reflexión referida al ordenador: “Oh máquina maravillosa: no te ayuda a pensar, pero te ayuda a pensar por ella”

Sin embargo la blogosfera se ha llenado estos días de comentarios sobre él. Citaré uno que me ha parecido especialmente lúcido y profundo (publicado por Jorge en un blog de física d ela materia condensada de la Universidad de Kent): “El nombre de la rosa, – dice allí Jorge- puede interpretarse como una parábola post-postmoderna de la investigación científica.  Tal como Guillermo de Baskerville le explica a Adso, nuestras teorías científicas pueden estar equivocadas, pero nos permiten alcanzar una verdad que otra teoría puede describir y que jamás habríamos alcanzado de otra forma. Y naturalmente esta nueva verdad está sujeta al mismo relativismo y así sucesivamente hasta el infinito. Pero ahí fuera hay siempre algo que descubrir y eso es lo que importa”.

Gracias, Umberto Eco, por recordarnos lo grande que es el frágil y endeble espíritu humano. Tu nombre perdurará para siempre.