Ondas gravitacionales

El 20 de febrero, se cumplen cien años desde que Albert Einstein escribió el artículo en el que predecía la existencia de ondas gravitacionales. Una semana antes de ese centenario la comunidad científica, agrupada en torno al laboratorio LIGO, de Estados Unidos, ha anunciado públicamente que el 14 de septiembre pasado se detectaron por primera vez ondas gravitacionales, emitidas por un par de agujeros negros que colisionaron a mil trescientos millones de años luz.

Para llegar a este punto ha habido que trabajar durante muchos años. En el proyecto han participado más de 1000 científicos de 16 países diferentes y han confluido las áreas más avanzadas de la física teórica, la astrofísica, la física experimental y la ingeniería, necesaria para construir detectores láser, de varios kilómetros de longitud, capaces de medir con enorme precisión minúsculas distorsiones del espacio en milésimas de segundo.

El acontecimiento tiene todos los atributos de los grandes hitos de la ciencia fundamental: ideas geniales encajadas en la estructura abstracta de una bella teoría, y duros esfuerzos de experimentación y observación que durante años intentan comprobar predicciones insólitas hasta que finalmente se consiguen resultados fiables y precisos que nos hacen cambiar nuestra forma de ver el mundo.  Le sucedió a Galileo cuando enfocó su telescopio hacia el firmamento y nos ha sucedido ahora a nosotros con el detector de ondas gravitacionales. El consiguió pruebas de que el Sol ocupaba el centro de nuestro sistema planetario. Nosotros podemos ver ahora, de forma directa, por primera vez, cómo se libera energía en forma de ondas gravitacionales, cuando se produce un choque entre agujeros negros más grandes que sesenta soles.

Dos reflexiones a propósito de este gran descubrimiento. Primero, se trata de un resultado excelente de la investigación científica básica, no de la ciencia aplicada o la innovación empresarial. Su valor reside en que supone un paso decisivo en la comprensión del mundo, pero no tiene, en principio, ni se espera que tenga, a medio plazo, ninguna utilidad práctica. La segunda reflexión es que, para conseguir resultados así, se requieren grandes esfuerzos, de financiación y de cooperación, y una gran constancia en esos esfuerzos.

El periódico británico The Guardian señala en un artículo que si Einstein hubiera tenido que seguir, hace un siglo, los mismos pasos que actualmente cargan de tareas burocráticas a nuestros jóvenes investigadores, no hubiera tenido tiempo para pensar y crear su bella teoría de la relatividad general y nadie habría podido descubrir ahora las ondas gravitacionales.

Seguramente es cierto, pero la situación puede ser aún peor. Algunos responsables de la política científica están empeñados en reducir el apoyo público a la ciencia, solamente a proyectos de innovación tecnológica, cofinanciados por empresas.  Con esos criterios (que son los que rigen en la última convocatoria de subvenciones de la Junta de Castilla y León) nuestros jóvenes investigadores no solo no tendrán tiempo para ser Einstein, sino que ni siquiera podrán participar en un proyecto de física fundamental como el del laboratorio LIGO, que celebramos estos días. Alguien debería pensar  seriamente en esto.

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