La mujer del César

Es conocida la explicación que Julio César dio a las mujeres de la alta sociedad romana para justificar el repudio de su esposa Pompeia, acusada de haber participado en una orgía indecente: la mujer del César –dijo-  no solo debe ser honrada, además debe parecerlo.

Supongo que todo el mundo aceptará que lo que vale para la mujer del Cesar vale con mayor fundamento para el propio César. Y más aún en un caso como el que ocupa las portadas de todos los peródicos los últimos días, en el que el Cesar y la Mujer del Cesar coinciden en una misma persona, Cristina Cifuentes, líder del Partido Popular, Presidenta de la Comunidad de Madrid, y brillante promesa de futuro para el maltrecho partido de M. Rajoy. Se supone que la señora Cifuentes tenía la obligación, no ya solo de ser honrada, sino además de parecerlo.

Lo más llamativo del asunto del máster fraudulento de Cristina Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid es que una mujer como ella haya cometido tantos errores encadenados:  ha aceptado un título de máster universitario sin habérselo ganado, ha presentado como prueba de descargo documentos falsos, ha mentido descaradamente sobre  cosas tan elementales como la supuesta defensa pública de su Trabajo fin de Máster, dando detalles inventados sobre la duración de un acto académico (“una exposición de diez o quince minutos”, ha dicho con todo el aplomo de una experimentada estudiante), un acto que en realidad nunca se produjo. Y sigue ahí, tan tranquila al parecer, esperando que los amigos le echen una mano para enfangar las portadas de los periódicos con cualquier aportación original que permita desviar la atención. Esto es en efecto, lo más grave del caso Cifuentes: el desprecio total que manifiesta hacia la obligación que toda autoridad tiene no solo de ser honrada sino además de parecerlo.

Desde luego Cifuentes se tiene que retirar de la política. No hay más discusión. Y cuanto antes se resuelva su situación, tanto mejor. Porque después de que ella dimita y desaparezca de la escena pública, habrá que dedicar tiempo y esfuerzos para gestionar el infame legado que deja a sus sucesores.

Para empezar una universidad pública de la categoría de la Rey Juan Carlos, queda seriamente tocada. Ya tuvo problemas hace un año cuando tuvo que dimitir su rector, por haber cometido uno de los delitos más graves -el plagio- que se pueden cometer en la comunidad académica. Ahora aparecen irregularidades por todas partes, y siempre con dos notas llamativas: arbitrariedad y sensación de impunidad. Los estudiantes y los profesores honrados protestan y llevan razón. En realidad, ya está retrasándose demasiado la dimisión del rector que amparó inicialmente el fraude Cifuentes, la del director de ese instituto de Derecho Público, que ha declarado ser el autor de la falsificación de un documento público. En fin….¡que hay tarea de limpieza general para varios años!

Y la misma advertencia debería valer para la institución universitaria en su conjunto.  Todos estamos de acuerdo en que la universidad es una institución respetable, memorable y merecedora del prestigio que nuestra sociedad asigna al saber, la ciencia y la cultura. Pero no basta con que la universidad sea honrada, además debe esforzarse por parecerlo. Hay instituciones sobre las que recae esta responsabilidad, como es el Consejo de Universidades, el Ministerio de Educación  y la Conferencia de Rectores.  Deben actuar ya, si quieren que la universidad pública española sea como la mujer del César.

Onda Cwero Salamanca 10/04/2018

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