Morir de frío

Hay miles de refugiados esperando a entrar en Europa, instalados en miserables tiendas de campaña o en viejos almacenes en ruinas, soportando temperaturas de varios grados bajo cero, y muriendo sencillamente por falta del mínimo calor que el organismo humano necesita para mantenerse con vida.

¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI alguien pueda morir de frío a las puertas  de tu casa mientras las aporrea insistentemente para que le dejes entrar? Es lo que está pasando a las puertas de la Unión Europea.

Mientras tanto, los europeos nos enzarzamos en un interminable rosario de amenazas, acusaciones y disquisiciones bizantinas acera de la naturaleza del fenómeno de la migración, los movimientos de refugiados y el tráfico de personas en nuestras fronteras.  El brexit triunfa en Reino Unido impulsado por el fantasma de la inmigración. En Estados Unidos votan a Trump porque amenaza, desprecia y humilla a los migrantes mexicanos. Y por toda Europa se levantan vientos de populismo reaccionario alentados por las mismas motivaciones. Mientras tanto siguen llegando a nuestras fronteras decenas de miles de refugiados, que mueren de frío.

¿No se puede hacer nada más? ¿Habrá que esperar otra fotografía en el telediario con un niño congelado en los brazos de su madre moribunda para que el tema adquiera un peso mediático suficiente y  las instituciones tomen nuevas iniciativas?

En realidad ya se han tomado. Hay un plan para la recepción y el reparto de refugiados entre los diferentes países de  Europa; se han arbitrado fondos para financiar las operaciones de acogida y traslado; y hay informes como el de la Comisión Española de Ayuda a los refugiados, (CEAR) que alertan del problema y aportan soluciones. El problema es que nadie está cumpliendo lo prometido y mientras tanto el invierno sigue castigado a los refugiados desprotegidos.

¿Dónde está, por ejemplo en España, la oficina del gobierno para coordinar la recepción y distribución de refugiados? ¿Existe algo así? Y si existe ¿cuantas decenas de miles de refugiados ha logrado acomodar hasta ahora?

Para terminar ¿quién tiene la culpa de todo esto? ¿Quién va a tener que pedir perdón, dentro de un tiempo, a los familiares de las victimas que han perdido la vida mientras esperaban, muertos de frío,  para entrar en Europa?

Hoy se reúne en el Senado la flamante Comisión de Presidentes de Comunidades Autónomas. Quizás todavía haya tiempo de incluir en el orden del día alguna iniciativa en este campo. La oposición ya presentó en el Parlamento una proposición no de ley la semana pasada, pero el gobierno aún tiene la oportunidad de decir y hacer algo.

Refugiados

La historia de la civilización está marcada por los grandes movimientos de población . ¿Cómo concebir Europa sin las migraciones milenarias de pueblos que invadían territorios, provocaban guerras o huían de ellas para proteger a sus familias del hambre y de la muerte?

Así que lo que ahora está sucediendo en el mar Egeo, en las islas griegas, en Turquía y en los países del sur de Europa no es nada nuevo:  cada día desaparecen decenas de familias enteras en las aguas del Mediterráneo, que intentan cruzar buscando protegerse de la guerra y el hambre. La diferencia es que ahora la tragedia milenaria se produce ante nuestros ojos, retransmitida en directo todos los días a la hora del telediario. Y Europa parece que no sabe qué hacer. no sabemos cómo procesar emocionalmente tantas imágines de refugiados hacinados en barrizales, aplastados contra alambradas crueles o flotando en el agua, desamparados, desesperados….

¿Realmente no se puede hacer nada más: solo mirar y esperar con los brazos cruzados?

Por alguna razón los estados y las instituciones europeas han resultado hasta ahora  incapaces de afrontar el problema de forma eficiente. Así que habrá que ensayar otras estrategias.

Ayer, hablando con otros colegas del Consejo de Universidades y con el consejero de Educación de Castilla y León, se me ocurrió especular con una posible iniciativa ¿Qué tal si, por ejemplo, por cada mil estudiantes universitarios españoles, nos propusiéramos recibir a un refugiado en nuestros campus? La operación se podría financiar, al menos parcialmente, con donaciones de la propia comunidad universitaria. Pongamos que cada estudiante español dedica cinco euros, el importe de una copa, a este propósito: en un fin de semana se recaudarían más de cinco millones de euros, lo suficiente para acoger a más de mil refugiados durante un año.

El problema, al parecer, no sería tanto de recursos, de financiación ni de voluntad política, sino de capacidad organizativa. No tenemos cauces institucionales adecuadas para montar toda la logística necesaria en una operación de tal alcance. Bueno, también en eso las Universidades son instituciones  que pueden resultar muy apropiadas: disponen de recursos humanos muy cualificados, acostumbrados a cooperar, con gran capacidad de iniciativa y de entusiasmo. Si los mil refugiados se repartieran por las ochenta universidades que hay en España, tocarían a poco más de 12 refugiados por cada universidad. Su coste económico apenas se haría notar y su impacto social a medio plazo sería enriquecedor y muy positivo para la ciencia, la cultura y la educación en nuestro país.

¿Por qué no lo hacemos?