La filosofía vuelve

El miércoles de la semana pasada (17/10/2018) sucedió algo insólito en el Congreso de los Diputados: se adoptó un acuerdo por unanimidad absoluta de todas sus señorías y el acuerdo en cuestión se refería nada menos que a la obligatoriedad de que todos los españoles estudien filosofía en la Educación Secundaria y el Bachillerato, como se hacía antes de que el ministro Wert implantara la LOMCE.

Recordemos. La ley Wert permitió eliminar el carácter obligatorio de la filosofía en la Educación Secundaria. Lo hizo con la oposición de los profesores, de los alumnos, de los padres de alumnos e incluso de los consejeros de Educación, aunque fueran del propio Partido Popular. De hecho, en muchas de las comunidades autónomas gobernadas por el PP se ha recuperado ya en parte el curriculum de filosofía al haberlo reintroducido las autoridades educativas de la comunidad autónoma entre las materias de su competencia. De lo que se trata ahora no es de poner un parche para compensar el desaguisado Wert, sino de volver las cosas a su cauce natural para toda España.

El otro dato llamativo es que una proposición no de ley, que inicialmente planteó el grupo Unidos Podemos pero que finalmente fue redactada por consenso entre los grupos parlamentarios más numerosos, se haya podido abrir camino de una forma aparentemente tan fácil, rápida y contundente. Esto puede significar solo dos cosas: o bien que el asunto era tan trivial que apenas suscitaba interés por parte de sus señorías, y por eso estaban dispuestos a decir que sí a cualquier cosa. O por el contrario, que el asunto fuera tan importante y contara con tal apoyo social que ningún grupo se atreviera a oponer resistencia a la propuesta, por miedo a que se le identificara como heredero y adalid del peor ministro de la historia democrática de nuestro país. De manera que, para evitar tal oprobio, hasta los más radicales diputados del PP o Ciudadanos han estado dispuestos a votar una propuesta de la izquierda, olvidándose por esta vez de los diabólicos pactos y maniobras que los grupos conservadores ven en cada uno de los consensos alcanzados por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Yo me apunto a la segunda hipótesis. Y tengo una explicación., La  inmensa mayoría de nuestros diputados actuales han estudiado filosofía en el bachillerato. Y utilizan ideas filosóficas, más o menos elaboradas, pero fácilmente rastreables hasta los manuales de filosofía, cuando defienden algunas propuestas de contenido político, o cuando plantean reivindicaciones que van un poco más allí del puro pragmatismo cotidiano.

La filosofía es un conjunto de ideas, teorías y formas de pensar muy arraigadas en el corazón de la cultura ilustrada Europea, aunque no exclusivas de ella. Y hubiera sido una desgracia que nuestros hijos o nietos se vieran privados del acceso a ese legado cultural sin el que es imposible entender ni nuestra historia ni nuestras vidas personales.

Desde luego no hay una única doctrina filosófica. Pero la ventaja de la filosofía para la educación no es que proporcione ideas fijas y dogmáticas, obligatorias para todo el mundo, sino que impone a todo el mundo la obligación de buscar justificaciones racionales de todo lo que pensamos, decimos y hacemos. Se puede ser un buen filósofo y cometer errores, pero no se puede ser un buen filósofo si tu vida no se guía por el principio que te obliga a intentar siempre evitar los errores, ser crítico con tus propias ideas y buscar honestamente la verdad y la felicidad. Este es el legado que podemos dejar a nuestros descendientes si mantenemos el estudio de la filosofía como una parte de su educación.

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Pan y circo

Fue Juvenal, un poeta satírico romano, quien utilizó por primera  vez la expresión “panem et circenses” (pan y circo) para referirse a los instrumentos políticos más eficaces para mantener a la gente tranquila y sumisa ante el poder. A la luz de algunas experiencias que estamos viviendo en la actualidad, parece que hemos avanzado bastante en este campo: ya no hace falta ni siquiera el pan para mantener a la gente tranquila y sumisa. Basta con el circo. La diferencia es que ahora el circo no es un sitio donde luchan animales salvajes y esclavos aterrorizados, o donde se descuartizan gladiadores muertos de hambre que matan para sobrevivir. En realidad lo que ocurre ahora es que estamos dispuestos a admitir que casi toda nuestra vida se vaya transformando en un espectáculo de circo.

No tengo nada en contra de los aficionados a los deportes de masas y me parece que los deportistas profesionales pueden proporcionar a nuestros jóvenes modelos de comportamiento con elevado valor educativo.  Valores como la competencia profesional, el espíritu de equipo, la emulación y la competición leal, así como el reconocimiento del mérito de tu adversario, son moneda corriente en muchas competiciones deportivas y son valores que debemos cultivar.

Pero hay algunas cosas en este mundo del deporte de masas que no funcionan bien. La línea de demarcación se sitúa entre la exaltación de los propios y la agresión a los adversarios, y entre la afición voluntaria y la condena obligatoria a participar del espectáculo.  Celebrar con entusiasmo un gol de tu equipo es algo natural, acompañar de insultos y descalificaciones el gol del adversario debería estar al margen de cualquier competición. Seguir como aficionado las gestas de tu equipo favorito puede ser un buen entretenimiento de fin de semana. Pero estar condenado a hacerlo porque no hay otra alternativa no es de recibo.  Hagan la prueba: recorran todo el dial de la radio un domingo por la tarde y no podrán localizar más que transmisiones de partidos de futbol. No hay escapatoria: solo deporte espectáculo, sólo circo.

El colmo de la degradación del deporte lo hemos vívido estos días, cuando ha saltado a las portadas de los periódicos, no el resultado de una competición, sino la pelea de los padres de unos niños que competían en un campeonato infantil de futbol. Como lo oyen: la noticia no es que el equipo A ganó al equipo B, ni siquiera que el jugador Pepito tuvo un percance con su amigo Juanito. No. Es mucho más sangrante: los papás de Pepito se liaron a mamporros con los papas de Juanito mientras los niños, que miraban estupefactos, trataban de separarlos.

Todos los excesos tienen un límite. La transformación del deporte de masas en un mero espectáculo que mueve millones de euros a través de nuestra sociedad mediática, creo que ha llegado ya a su límite de toxicidad social. A partir de ahora, las autoridades, y los propios aficionados más conscientes y responsables, deberían prestar más atención a estas cosas y acabar de una vez por todas con el circo de la  violencia en el deporte.

Onda Cero Salamanca 04/04/2017

Libros para siempre

Con el comienzo del curso escolar entra de lleno en la actualidad el problema de los libros de texto. El silogismo es fácil: todos los niños y niñas tienen derecho a la educación púbica y gratuita. Los libros de texto son herramientas imprescindibles para la educación. Luego todos los niños y niñas tienen derecho a acceder gratuitamente a los libros de texto. No hay más que discutir: los libros de texto deben ser gratuitos para todos. Y punto.

Naturalmente, atender este derecho universal cuesta dinero y es lógico que las administraciones públicas procuren minimizar los costos y optimizar el uso del dinero público. Para ello se han puesto en marcha medidas como  el programa “releo” en Castilla y León que facilita el reciclado de libros escolares de segunda mano en buen estado. O el establecimiento de límites de ingresos familiares para acceder a las ayudas para material escolar.  Son medidas bienintencionadas y útiles, pero tienen efectos secundarios indeseables.

El problema principal es que se transmite a la población infantil una idea equivocada sobre la naturaleza y el valor de los libros. Deberíamos recuperar la distinción neta entre material escolar perecedero y libros escolares de texto.  Un cuaderno, un estuche de lápices de colores, son material escolar perecedero. Un libro de matemáticas, una enciclopedia de ciencias naturales, un diccionario de inglés  o un manual de historia son libros de texto de usos múltiples. Así que el material escolar es perecedero, y por su propia naturaleza no se puede reutilizar. Sin embargo los libros de texto sí ser pueden reutilizar, pero solo si renunciamos a su propiedad. Así que no podemos enseñar a nuestros niños a apreciar la importancia de tener y conservar los libros de texto y de consulta cuya utilidad se extiende mucho más allá de la etapa escolar.

Un remedio parcial a este problema es facilitar el acceso a los libros de consulta a través de internet. Está bien. La red permite que cualquier niño pueda acceder libremente a sus fuentes de información y que esas fuentes permanezcan en la red para siempre, lo mismo que los libros de una biblioteca. Así que una política de acceso universal y gratuito a los libros de texto debería incluir también el acceso universal, gratuito y permanente a la red de internet.

Y aun así creo que sería bueno mantener el acceso a libros impresos en régimen de propiedad. Pero esto significa que dejemos de tratar a los libros impresos como material desechable, de usar y tirar, y pasemos a considerarlos como parte del patrimonio cultural de nuestros hijos. Nuestros niños y niñas no solo tienen derecho a acceder a su material escolar, también tienen derecho a formar su pequeña biblioteca de libros impresos, libros para siempre, no solo de usar  tirar.