El drama de Cataluña

Llevamos ya muchos meses de sobresaltos y cabreos a propósito del proceso independentista de Cataluña. Deberíamos hacer algo para acabar de una vez con el problema. Y para ello, lo primero es aclarar cuál es exactamente el problema.

Los separatistas creen que el problema es la violencia antidemocrática que ejerce el Estado Español sobre Cataluña. Ante tal situación su única salida sería la resistencia activa, la movilización social, la presión popular , mediática a internacional para subvertir el orden vigente y cambiarlo por otro en el que Cataluña sería una república independiente, integrada directamente en la Unión Europea, junto al Reino de España, pero no dentro de él.

Creo que este es el núcleo ideológico que aglutina a los nacionalistas catalanes que apuestan por la independencia. Y esto es lo que algunos españoles critican de los independentistas catalanes, se lo echan en cara y lo asumen como justificación para el encarcelamiento de los líderes secesionistas. En este error coinciden ambos bandos: unos quieren la independencia a cualquier precio y los otros quieren impedirla, con la ley en la mano. El resultado es que los delincuentes secesionistas se transforman en presos políticos y el Estado democrático se convierte en una dictadura.

Pero nadie parece dispuesto a aclarar una pequeña confusión: todo ese núcleo ideológico del independentismo catalán es perfectamente legítimo, es compatible con las leyes y los secesionistas tienen todo su derecho a manifestar su voluntad de separarse de España, si así lo quieren. La  cuestión no es esa, la cuestión es si lo que dicen y hacen viola las leyes que ellos mismos se han dado junto a todos los españoles , empezando por la Constitución Española y el Estatuto Catalán. Hay que decir con toda contundencia que el separatismo no es delito y los dirigentes separatistas no están en la cárcel por pedir la independencia de Cataluña, sino por utilizar las instituciones, la leyes y los recursos públicos de forma ilegal al servicio de su causa política.

Puigdemont está preso en Alemania no por ser el presidente electo de la Generalidad de Cataluña, sino por ser un prófugo de la justicia española que le acusa de violar gravemente las leyes democráticamente acordadas, sancionadas y promulgadas en un Estado de la Unión Europea. Puede discutirse si las medidas cautelares son más o menos severas y razonables. Personalmente yo preferiría una actuación judicial más templada, que nos hubiera evitado a todos los ciudadanos demócratas el espectáculo de  ver cómo un sainete político se transforma en una tragedia humana.  Pero en ningún caso pueden confundirse con medidas de excepción típicas de una dictadura, que deslegitiman al estado democrático.

No caigamos nunca más en la trampa de convertir en héroes a aventureros irresponsables. ¿Quieren la independencia? Vale, que se la ganen a pulso, convenciendo a la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes. Pero que no jueguen más a ser héroes de novela de aventuras. Ya somos mayores para eso.

Onda Cero Salamanca 27/042018

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Prudencia y justicia

 

Como tenemos escasos motivos para sentirnos preocupados por la situación política, en plena campaña electoral de Cataluña y con varios de los candidatos en la cárcel y un ex presidente haciéndose el exiliado en Bruselas…. Como teníamos poco con todo esto, ahora se le ocurre al gobierno ejecutar la sentencia judicial que obliga a la Generalidad de Cataluña a devolver unas obras medievales de gran valor artístico y sentimental a la localidad aragonesa de Sixena

Al parecer estas obras de arte se trasladaron en su día a Cataluña para su conservación y restauración. Luego las monjitas que las tenían en propiedad acordaron su venta a la Generalidad y parece que esa venta no cumplió todos los requisitos legales de protección del patrimonio artístico, por lo que un juzgado ha decidido que deben retornar al pueblo de Sixena, de cuyo monasterio salieron en su día.

Hasta aquí todo normal: un pequeño litigio de derecho civil, que se complica un poco por la naturaleza de los contendientes que, de ser un ayuntamiento y un convento, han pasado a ser un caso más de conflicto entre el Estado y la Comunidad Autónoma de Cataluña.

Pero precisamente esta es la cuestión: ¿no había otro momento mejor para ejecutar el veredicto judicial? Si hay todavía recursos pendientes ¿era tan importante que el traslado se hiciera justamente ahora, en plena campaña electoral?

Desde luego la justicia debe prevalecer por encima de todo. Pero para ser justo no basta con cumplir las leyes y ejecutar las sentencias judiciales. Además hay que ejercer las otras virtudes cardinales, como son la fortaleza y la templanza pero sobre todo la prudencia. La justicia a palo seco no es ni siquiera verdadera justicia. Así lo creían al menos los moralistas clásicos,

En España aún no hemos aprendido estas lecciones elementales del catecismo. Y hemos aprovechado la aplicación “justa” del artículo 155 para ejecutar, precisamente hoy, -después de años de paciente espera- con diligencia y fortaleza, sí,  pero de forma imprudente y sin ninguna templanza, la sentencia judicial que afirma que las obras de arte  de aquel monasterio aragonés deben volver a su pueblo.

¡Venga, muy bien! ¡A la rebatiña! Ahora que podemos… ¡a por ellos!, que después del 21 de diciembre cualquiera sabe lo que puede pasar.

Pues la verdad, viendo lo que estamos viendo, a veces me da por pensar que la cosa ya no tiene remedio. El conflicto de las obras de arte de Sixena, como el del proces independentista o la campaña electoral, todo nos hace sentir que más que un problema de justicia lo que tenemos ante todo es un problema de prudencia. También de fortaleza (artículo 155) y templanza (proporcionalidad en las medidas, no pasarse de la raya), pero sobre todo tenemos un problema de prudencia, prudencia política para no exacerbar situaciones ya de por si complicadas como las que estamos viviendo en Cataluña.

Y por cierto, mensaje para salmantinos: tampoco corre prisa airear ahora nuestros agravios particulares a propósito de unos cuantos documentos del archivo de la guerra incivil. Dejémoslo estar. Ya habrá tiempo de volver sobre el tema. Pero aprovechemos la ocasión para hacer, por una vez,  alarde de prudencia.

Mensajes sobre Cataluña

Estos días las redes sociales están plagadas de mensajes sobre la situación en Cataluña. Hoy quiero compartir dos de esos mensajes. El primero lo he recibido de mi maestro y amigo Mario Bunge, filósofo argentino bien conocido mundialmente, asentado en la Universidad MacGill de Montreal, en Canadá, premio Príncipe de Asturias y doctor honoris causa de la universidad de Salamanca.

Su mensaje dice así:

Lamento mucho la torpeza, brutalidad y estupidez del gobierno de Rajoy para con la consulta popular sobre la independencia catalana. Al pretender impedirla por la ley y por la fuerza, ha confirmado la opinión de los separatistas, de que el gobierno central no admite los derechos de las regiones, y que no merece la lealtad de los catalanes. Al mismo tiempo, también lamento que tantos catalanes deseen independizarse, en lugar de bregar por la expansión de los derechos regionales y de defenderse del expansionismo norteamericano. Una España sin Cataluña sería como un tren sin locomotora, y una Cataluña sin España sería como una locomotora sin vagones. 

En Canadá, que nació en 1867 como una confederación de provincias con autonomía política, foral, legal y educacional, votamos en 1980 y en 1992 contra la independencia de la provincia de Québec. Ambos referenda fueron convocados por el gobierno separatista del Parti Québecois. Los votantes votaron ambas veces por el No. El gobierno federal no se inmiscuyó, y los separatistas admitieron su derrota. Yo me alegro de haber participado ambas veces en las vigorosas campañas que precedieron a los escrutinios.  Llegado al poder, el Parti Québecois, que comenzó por tomar medidas vengativas para con la minoría anglófona, terminó haciendo un buen gobierno e introduciendo varias innovaciones progresistas, como el derecho al aborto. Hoy día el movimiento y el partido separatistas están moribundos, porque ya se cumplieron todas sus exigencis excepto la independencia nacional. 

¿Por qué no habrían de seguir Cataluña y España los ejemplos de Québec y Canadá, particularmente hoy, cuando el enemigo común es el Imperio? 

Abrazos, Mario Bunge

Tamién me ha llegado un mensaje, que parece escrito en el futuro, en este caso a través de Facebook. Dice así:

El día de mañana los libros de texto dirán algo así como: el principio del fin de la España denominada contemporánea se remonta a 2017. En octubre de aquel año, el gobierno central, inmerso en diversos casos de corrupción, ordenó la dura represión policial de un acto independentista promovido por el gobierno autonómico catalán, una precaria coalición contra natura (centro derecha con anarquistas) acuciada también por las denuncias de corrupción. Las fotografías de la violencia policial contra cientos de miles de ciudadanos anónimos que participaban pacíficamente en un simulacro de referéndum dieron la vuelta al mundo, provocando solidaridad internacional y dando alas a un movimiento, el independentista, que hasta entonces no había llegado a conquistar siquiera al 50% de los catalanes en ninguna votación o encuesta fiable. Los presidentes de ambos gobiernos, jaleados por el espectro más radical de sus votantes, revalidaron sus victorias en las siguientes citas electorales, lo que se tradujo en una incomunicación institucional absoluta que hizo imposible la convivencia.

Parece que tendremos que elegir: O un futuro como el de Canadá y Quebec o el principio del fin de la España Contemporánea.

Onda Cero Salamanca 03/10/2017

No pienses en un elefante

Este es el título de un conocido libro de George Lakoff (2004), quien a su vez es un conocido experto en análisis de la comunicación, asesor de Obama. Normalmente no nos pasamos la vida pensando en elefantes. Pero si estamos tranquilamente en casa y de repente leemos en la pasta de un libro un título como este “No pienses en un elefante”, el primer efecto producido es obvio: de repente empezamos a pensar en un elefante y luego nos preguntamos por qué pensamos en un elefante, y después por qué ese libro se titula así y finalmente por qué el autor del libro ha escogido un título como ese.

La respuesta a todas estas cuestiones es muy sencilla: en la comunicación pública usamos técnicas de encuadre o de enmarcado de nuestras informaciones que nos permiten modular su significado, su alcance, su contenido emocional e incluso su valor de verdad o falsedad sin tener que decir explícitamente nada a propósito de todo esto. Es lo que se llama la técnica del encuadre o enmarcado, framing en inglés. Supongamos una notica en la que pueden aparecer palabras como manifestación, personas, reclamación, fuerza, policía, derecho a decidir, independencia, y que es formulada así: “La policía disuelve por la fuerza una manifestación de miles de personas que reclamaban el derecho a decidir”. Ahora veamos la misma noticia pero con otro encuadre: “Un grupo de personas se enfrenta a la policía gritando consignas independentistas”. En el primer caso el encuadre está indicando que la policía interviene en contra de los manifestantes; en el segundo caso el encuadre indica que los manifestantes se enfrentan a la policía. Es la misma noticia, pero con dos significados diferentes. Y el encuadre de la noticia es lo que determina su significación política.

En política en muy  corriente que un mismo hecho se presente mediante encuadres diferentes. Cuando los partidos elaboran sus argumentarios prácticamente todo se reduce a seleccionar y repetir palabras y frases contundentes, invariables y homogéneas que contribuirán a fijar el encuadre de cualquier declaración de los dirigentes del partido. De esta forma, se evita que en  el proceso de comunicación puedan introducirse variantes que alteren el significado del mensaje.

Un error típico de la comunicación política consiste en replicar al adversario intentado atacar el marco de ideas que él utiliza. Es como si, ante el provocador título del libro de Lakoff, pretendiéramos contestarle reclamando nuestro derecho a hablar de los elefantes, o nuestra negativa a hablar de ellos. Da igual. Ya hemos caído en la trampa y estamos jugando en el terreno que nuestro adversario ha seleccionado: recordemos que el elefante es el tótem del partido republicano.

Con las discusiones de estos días en torno al referéndum catalán, no cabe duda de que, por el momento, son los independentistas los que llevan a la voz cantante: han impuesto el marco del derecho a  decidir, obligándonos a todos los que no queremos la independencia de Cataluña a aceptar que, en realidad, lo que no queremos es que los catalanes voten en un referéndum. Y al paso que vamos, terminaremos dándoles la razón, al menos porque el resto de los ciudadanos parecemos incapaces de hablar de otra cosa que no sea el elefante de Puigdemon.

La sonrisa de Puigdemon

La Gioconda, o Mona Lisa, es uno de los cuadros más famosos de la pintura mundial y su fama se debe, creo yo, al misterio de su sonrisa. No se sabe si es un gesto de alegría o de picardía, de ternura o de maldad, pero en todo caso resulta divertido contemplarla y todos admiramos a su autor, Leonardo Da Vinci, por ser el creador de esa sonrisa llena de misterio y sensación de felicidad. Aunque no soy experto en historia del arte, mi interpretación completamente privada -y quizás algo caprichosa- de la Mona Lisa de Da Vinci es que todo el cuadro es una broma y que eso que podemos identificar como una misteriosa mueca de sonrisa es la clave de la broma: la Gioconda sonríe así porque se está riendo de nosotros, de nuestra perplejidad, de nuestro susto al encontrarnos con ella y no saber qué pensar.

Viene todo esto a cuento por la honda preocupación que me produce la sonrisa del president de generalitat de Catalaunya, el señor Puigdemon. He estado semanas dándole vueltas y no logro entender lo que pretende este señor. Parece como si todo el tinglado que ha montado tuviera como único objetivo el de separar a Cataluña de España y constituir allí una república independiente. Pero si realmente fuera esto, todo lo que ha hecho hasta ahora solo conduce a hacer que ese objetivo sea inalcanzable por muchos años más. Después del fracaso de la consulta-manifestación de hace unos años, la de ahora, el 1 de Octubre, se presenta de forma mucho más agresiva, torticera e irreversible: el llamado referéndum de independencia es al mismo tiempo una consulta sobre lo que Puigdemon y los suyos llaman el derecho a decidir, pero formulada de tal forma que no puedes votar que no. Si participas en el referéndum, de alguna forma ya votas que sí, porque no solo estás votando a favor del derecho a votar sino que en el mismo acto estás ejerciendo ese derecho y votando a favor de los independentistas. Y todo esto al margen de la ley. Mayor perversidad jurídica no se puede imaginar.

Por cierto, esta podría ser la razón que explicara el pasotismo irresponsable de Rajoy durante todos estos años, en relación con la cuestión catalana. Viendo al presidente Puigdemon y observando lo que dicen y hacen los independentistas, sería casi comprensible (aunque criticable) que el Sr. Rajoy se lo haya estado tomando a broma hasta prácticamente anteayer. Pero sigo dándole vueltas y en realidad ahora debo reconocer que he llegado a una conclusión mucho más sorprendente: no es que el señor Rajoy no se haya tomado en serio el envite de la independencia catalana. El que no se lo toma en serio es el president Puigdemon. Y eso es lo único que puede explicar el misterio de su sonrisa.

Sabe que lo que quiere es, hoy por hoy, imposible; pero lo camufla bajo la patraña de convocar un referéndum de autodeterminación que no parece más serio que una fiesta de carnaval, con sus disfraces y todo. También sabe que se lo han prohibido, que se pueden producir escenas de riesgo y situaciones de violencia institucional de cierta gravedad y que seguramente va a tener que sufrir en sus propias carnes algunas de las consecuencias inevitables de tantos actos irresponsables.

Pero nada de esto le importa a Puigdemon. Como la Gioconda, sonríe misteriosamente y piensa para sus adentros: “Estos no saben lo más importante: pasaré a la historia porque nadie podrá entender nunca la cara de sonrisa pícara y complaciente que pongo en las fotografías del proces. Seré tan famoso como la Mona Lisa”.

El concepto de nación

Hoy vamos a hacernos dos preguntas. La primera ¿qué es una nación? Y la segunda ¿cómo es posible que esta cuestión, casi filosófica, haya alcanzado en España, en estos momentos, la importancia política que parece tener?

Vamos con la primera. El concepto de nación es confuso. Por etimología podría entenderse en un sentido étnico o biológico: una nación sería un conjunto de seres humanos relacionados entre si, durante largos periodos de tiempo, por compartir un origen común, más o menos remoto. Debe advertirse, sin embargo que este contenido étnico del concepto de nación no tiene mucho que ver con el uso que hacemos de él actualmente: para pertenecer a la nación vasca -digamoslo así- no hace falta tener ocho apellidos vascos.

Así pues, el criterio biológico no vale para definir una nación. Tampoco el territorial: hay naciones que no están confinadas a un territorio (la nación gitana, por ejemplo) y territorios que albergan varias naciones diferentes (las naciones indígenas de América, pongamos por caso). En realidad, lo más operativo para definir una nación es utilizar criterios de carácter cultural: una nación es un grupo de gentes que comparten una serie de rasgos culturales (lengua, tradiciones, experiencias de convivencia, historia) que les permiten reconocerse y sentirse como miembros de una entidad colectiva a gran escala. Una nación es pues un producto cultural, un sentimiento y una representación colectiva de un tipo de relación de pertenencia a un grupo, compartida por mucha gente.

Y ahora ya podemos responder a nuestra segunda pregunta: ¿cómo es que la definición del concepto de nación ha llegado a ser un problema político importante en la España actual?. La respuesta es muy sencilla: la culpa no es de la existencia de naciones en el territorio español, sino de la ideología política del nacionalismo, que contiene dos reivindicaciones problemáticas. Una, la idea casi teológica de que la nación es una entidad autónoma con existencia propia por encima y al margen de los individuos que la componen. Otra, que la existencia de una nación conlleva el derecho y casi la obligación de dotarse de una estructura política y jurídica típica de un estado soberano. Así entendido, el nacionalismo es una más de tantas ideologías políticas que cuajaron en el siglo XIX y cuyo balance en términos de derechos, libertades y racionalidad dejan mucho que desear.

En las discusiones políticas actuales se habla mucho de si España se puede definir como una nación de naciones, sin riesgo de que eso implique la disolución del Estado Español. Naturalmente que si. Lo que es extraño es que quienes no lo creen así no se den cuenta de la importancia que con sus miedos irracionales están dando a la ideología política del nacionalismo.

La cuestión es muy sencilla. Cataluña, por ejemplo, es claramente una nación en sentido cultural. Y España es desde luego una nación. Además parte de la nación (cultural) catalana comparte territorio, instituciones, gobierno y organización política con la nación española. ¿Cuál es el problema?

Onda Cero Salamanca 30/05/2017