Realidad virtual

Acaba de presentarse en Norteamérica un nuevo juego de realidad virtual, Pokemon Go, que pronto se extenderá por todo el mundo y será un éxito de ventas.  Hace años que hablamos continuamente de la realidad virtual. Es una forma de hablar inapropiada, semejante a expresiones como realidad ilusoria o ficticia. Con un poco más de propiedad deberíamos llamarla ficción o, si nos empeñamos en no aclarar las cosas, simplemente patraña. ¿De qué se trata?

Los humanos nos caracterizamos por nuestra capacidad para inventarnos cosas imaginarias, a veces tan complejas como para constituir un mundo entero. Y esta capacidad nos ha proporcionado algunos disgustos (cuando constatamos que nuestros inventos no son reales) pero también nos ha proporcionado muchas ventajas en la dura lucha por la supervivencia. La ciencia solo es posible cuando aplicamos nuestra capacidad imaginativa a la construcción de ficciones que se parecen a trozos de la realidad y con las que somos capaces de explicar y alterar la naturaleza o la sociedad. Ficciones como los números y el resto de objetos matemáticos. Pero también las teorías científicas, las religiones, los mitos y cuentos, los relatos literarios. Sí, en eso se parecen un número primo y Don Quijote: ambos existen en el mundo de la ficción, matemática en un caso, literaria en otro, y tienen una entidad ficticia pero consistente. No puede haber números primos, distintos del 2, que sean divisibles por 2, ni un D. Quijote gordo, vulgar y sensato. Son entidades ficticias, pero no arbitrarias.

¿Qué ha cambiado con la realidad virtual? ¿Es simplemente más de lo mismo o estamos en otro mundo? Antes del desarrollo de las tecnologías electrónicas de la información el mundo de las entidades ficticias rozaba el mundo real a través de algunos soportes materiales, bien identificados, como son los libros, las obras de teatro, las esculturas (imagínense la importancia de la iconografía religiosa para materializar la realidad de lo divino). De modo que para que el contenido ficticio de una representación imaginaria pareciera real, se necesitaba siempre un soporte real y la intermediación de un cerebro humano que repensara todo aquello: alguien tiene que leer el Quijote para que éste exista, y alguien tiene que calcular los factores primos de un número para que sepamos lo que son. Así que las cosas estaban claras: si algo dependía de que lo pensáramos para ser como era, entonces se trataba de un ente de ficción, y si algo existía independientemente de que nadie lo pensara o imaginara, entonces era un ente real. Los entes reales no podían ser ficticios y los entes ficticios por definición no eran reales.

Lo que llamamos realidad virtual es en realidad lo mismo que las obras de ficción. Lo novedoso no es que ahora nuestros mundos imaginarios sean reales. Son tan ficticios como siempre. El problema es que el soporte universal de los nuevos entes de ficción es la electrónica y ésta, a diferencia de los soportes tradicionales, ha desaparecido casi completamente de nuestra experiencia directa. Por eso algunos gurús de la realidad virtual pretenden hacernos creer que los ángeles vuelan, los números son de colores y la realidad puede ser irreal, es decir virtual.

No es verdad. Y deberíamos asumir que no lo es si queremos vivir con los pies en la tierra. El mundo no está lleno de pokemons, esos pequelos monstruitos que nos esperan por las esquinas, aunque el próximo éxito de masas en el universo internet podamos decir ya que va a ser el nuevo juego de realidad aumentada (realidad virtual mezclada con la realidad real) que acaba de presentarse en Norteamérica. Pronto lo tendremos aquí y será divertido. Pero ojo, no es real.

Onda Cero Salamanca 19/07/2016