La ciudad de los libros

Cuando yo vine a estudiar a Salamanca, -hace ya demasiado tiempo, me temo-  conocí por primera vez una librería de verdad. No el típico cuartito con unos cuantos libros de texto, algunos cuentos y una pequeña sección de cuadernos y papelería. No. Se trataba de una librería de verdad, un edificio entero dedicado a los libros, dividido en varias secciones, e incluso con una sección oculta en la trastienda de libros censurados en la que los estudiantes avispados podíamos rastrear obras de autores marxistas recién importadas de Francia o, eventualmente, ediciones ilustradas del kamasutra o ensayos sobre la liberación sexual,  al uso en los años sesenta. Era la librería Cervantes. Ahora me dicen que está a punto de cerrar. Supongo que se trata de un problema estrictamente contable: el flamante edificio de Cervantes, ubicado en el corazón de la ciudad, tiene en la actualidad un valor en el mercado inmobiliario mucho mayor que lo que el negocio de los libros podría alcanzar. Así que, en vez de Librería Cervantes, debemos prepararnos para tener allí una nueva franquicia de moda o una nueva sede de un banco.

Se me ocurren dos reflexiones a propósito de esta noticia. La primera tiene que ver con el futuro de los libros en la sociedad tecnológica. Después de la escritura,  la imprenta de tipos móviles fue la gran revolución de las tecnologías de la información. Y el artefacto más característico de esa tecnología es el libro impreso. La cultura humana actual es inimaginable sin la  imprenta  y sin los libros. Sin embargo las nuevas tecnologías de comunicación electrónica amenazan la vigencia del libro como objeto material de consumo. Aunque aún no está dicha la última palabra: Cervantes va a desparecer, pero mientras tanto, en torno a la imprenta y al libro, están surgiendo nuevas iniciativas que seguramente terminarán definiendo una nueva dimensión social para las librerías, las bibliotecas y el consumo de libros.

Y esta es la otra reflexión que me viene a la mente. Salamanca era una ciudad de libros y librerías. Y ha sido también una ciudad de grandes iniciativas de dimensión internacional, en el sector de la cultura, la edición, la enseñanza, la investigación. Pero todo esto parece que pasa en esta ciudad sin que la ciudad se entere de que se está haciendo en ella. Vemos desfilar por nuestras calles miles de estudiantes que terminarán siendo líderes sociales en regiones y países de medio mundo, pero  nos olvidamos de ellos en cuanto obtienen sus diplomas. Tenemos librerías y editoriales de primera línea, iniciativas del tercer sector vinculadas a la lectura o incluso instituciones educativas emblemáticas. Pero es como si todo eso pasara por aquí sin que aquí tuviéramos ninguna responsabilidad en ello.

No sé si esto es lo que va a pasar con la librería Cervantes. Pero deberíamos evitar que fuera así. Deberíamos los salmantinos hacer una homenaje a nuestras librerías y juramentarnos para mantener como una de las señas de identidad de Salamanca la de ser la ciudad de los libros.