La realidad imita a la ficción

Estoy aprovechando estos días de vacaciones y celebraciones familiares para ver en dosis concentradas la serie televisiva Borgen, no muy conocida en España, pero sin duda digna de mayor atención. Se trata de una serie de temática política ubicada en la Dinamarca de nuestros días. La trama fundamental es simple. Una líder de un partido minoritario (Brigitte, del partido Moderado) resulta decisiva en el reparto de escaños y en las negociaciones para formar gobierno, de manera que al final es ella la que recibe el encargo de ejercer como primera ministra, aunque está lejos de haber ganado las elecciones. A partir de ahí la ficción parece convertirse en un reportaje de actualidad. Pasiones, corrupción, maniobras, alianzas contra natura, lobbies empresariales, líneas rojas innegociables que duran menos que un telediario, maniobras sin cuento….Pero también dedicación al servicio público, generosidad, pasión por la verdad y la justicia, rebeldía frente a la arbitrariedad, ideales políticos,…

Ya se pueden imaginar lo fácil que resulta saltar de la ficción de una serie televisiva a la información de actualidad en España. Todavía no sé muy bien quién juega entre nosotros el papel de Brigitte, la primera ministra danesa en la serie de ficción. Pero creo que es cuestión de esperar unos días (quizá unos meses): alguien saldrá con capacidad de liderazgo y con fidelidad al mandato de sus electores, pero dotada/dotado también de instintito político, profesionalidad, resistencia emocional, capacidad de sacrificio  y sentido de la oportunidad.

Desde luego, la Moncloa no es Borgen, pero casi todo lo demás de la política española es indistinguible de lo que pasa en la serie televisiva. Así que ahí va mi pronóstico: habrá una coalición multipartido, liderada por un partido minoritario; todas las líneas rojas actuales caerán como un castillo de naipes y se firmarán pactos de mínimos que permitirán salvar la cara a los líderes que pactan. La única cuestión pendiente es si la coalición ganadora será un poco  más conservadora o un poco más progresista. Y el nombre del líder que la encabece. Pero los programas de gobierno y de legislatura los imponen las circunstancias. Es la ley de la política democrática: en ella los ciudadanos tienen siempre la última palabra. Pero la voluntad del pueblo soberano puede fragmentarse y diversificarse hasta extremos increíbles, como sucede ahora en España. Y entonces lo que se puede hacer con esos resultados suele ser completamente ajeno a lo que cada uno de los votantes quiere. No es culpa de nadie, sino de la estructura del sistema. La democracia no se inventó para hacer lo que se debe, sino para negociar y llegar a acuerdos acerca de lo que se puede hacer,