Tiempos de movilización

Tres acontecimientos nos han conmocionado en estos días pasados: la movilización de los pensionistas, la movilización de las mujeres y la movilización de la sociedad por la desaparición de Gabriel, el niño de Almería. De cada uno de estos acontecimientos podemos extraer algunas lecciones útiles para nuestra cultura cívica.

En primer lugar los pensionistas. Lo más llamativo de esta movilización es la cara de susto que se le ha puesto al gobierno, cuando ha comprobado que sus más fieles votantes se suman a la ola de desafección que inunda todos los caladeros de votos del Partido Popular. No se lo esperaban. Pero ha sido el propio gobierno quien ha provocado la protesta, con el envío de esas estúpidas cartas en las que se comunica a los jubilados la gran noticia de que este año sus pensiones aumentan menos de dos euros mensuales. Y después, los más elementales errores de cálculo, de desbarajuste informativo y de despiste mediático. El caso es que al final tenemos un fenómeno social imparable: los mayores se movilizan en defensa de las pensiones y el gobierno se dedica a especular sobre la lealtad de los partidos y el pacto de Toledo. ¿Cuál es el lado positivo? Más allá de las anécdotas, esta movilización de los jubilados va  a ser la responsable de que en la agenda política entre de lleno el asunto de la viabilidad del sistema público de pensiones a través de un mecanismo que ya nadie pone en cuestión: la garantía de las pensiones es responsabilidad del Estado y el viejo truco de asustar a los pensionistas futuros para que promover planes privados de pensiones, no va a servir. Hará que buscar otras soluciones y tomarse el tema más en serie. Impuesto a la banca, dice el PSOE, por ejemplo.

La movilización de las mujeres también ha sido un acontecimiento histórico. Y por cierto, ha puesto de relieve algo importante que también tiene que ver con el tipo de sociedad que queremos tener. Seamos sinceros: la discriminación negativa que sufren las mujeres en su vida laboral, familiar y social no se va a arreglar solo con leyes específicas; para construir esa sociedad igualitaria que quieren las feministas se necesita dar un vuelco completo al sistema. Así que más vale que vayamos pensando en ello. Por ejemplo ¿qué vamos a hacer para que ser madre no resulte en desventajas insalvables para las mujeres en el mercado laboral, en la carrera profesional o en la vida cotidiana? Si resolviéramos eso, de paso podríamos recuperar la tasa de natalidad (España está a la cola del mundo en este tema) y así facilitar la viabilidad del sistema público de pensiones para nuestros nietos. Todo está relacionado, como se ve.

Y por último el crimen de Almería. Hemos estado dos semanas buscando a un niño de ocho años. Su fotografía ha inundado todos los espacios audiovisuales y la angustia de sus padres nos ha encogido el corazón en cada telediario. Al final el desenlace ha sido traumático: hemos descubierto que uno de esos rostros, que encarnaba la expresión del sufrimiento colectivo, era en realidad el rostro del Mal, el autor -la aurora- del crimen horrendo. Es imposible asimilar una cosa así. Y creo que ni siquiera debemos intentarlo. Pero podemos al menos sacar una lección de todo esto, si nos fijamos en el otro rostro, el de Patricia, la madre de Gabriel. Es increíble la entereza de esta mujer:  siempre ha mantenido una actitud positiva, agradecida por la solidaridad recibida de todo el mundo, y llena de esperanza, incluso después del desenlace final, tan emocionalmente insoportable para todos. Ha sido una guerra entre el Bien y el Mal representada en formato digital para todo el mundo. Y ha ganado el bien: la solidaridad, la compasión, la inocencia de un niño y el dolor de una madre. Todos estamos con ella, agradecidos por su fortaleza.

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La mitad de los mejores: Igualdad de género y discriminación positiva en la ciencia

Una de las esferas de la  vida social en la que resulta más llamativa la persistencia de desigualdades flagrantes entre hombres y mujeres es la que se produce en el ámbito científico. Hay aquí dos tipos de problemas. En primer lugar está el problema del acceso a determinadas profesiones y tipos de estudios, que parecen menos accesibles a las mujeres de lo que debieran. Sabemos, por ejemplo, que en las carreras tecnológicas y algunas de la científicas, la proporción de mujeres es inferior a la que cabría esperar: hay menos científicas que científicos y hay sobre todo menos ingenieras que ingenieros.

Otro fenómeno de discriminación es la existencia de lo que se conoce como “techo de cristal” en la promoción profesional de las mujeres. También se produce de forma llamativa en la ciencia: las mujeres son mayoría en los primeros estadios de la carrera académica, y llegan a mantener cuotas paritarias entre los investigadores jóvenes. Sin embargo en los niveles más  altos de la ciencia y de la universidad los hombres son aplastante mayoría.

¿Cuál es la causa de que se produzcan estas situaciones de desigualdad? No es fácil ponerse de acuerdo sobre esto, aunque creo que ya hay bastante consenso al menos en un punto: las desigualdades no se explican solamente por la mera existencia de diferencias de género, sino por la acumulación  sucesiva de circunstancias que  discriminan negativamente a las mujeres.  Estas discriminaciones tienen siempre un carácter más social y cultural que biológico. Rara vez se estimula a una niña, por ejemplo, para que le guste ser astronauta y a penas somos capaces de citarle el nombre de un premio Nobel de ciencias que sea mujer. Y nadie prohíbe a una investigadora ser la mejor en su especialidad; pero para conseguir que se lo reconozcan sencillamente tiene que trabajar más y en circunstancias más difíciles que sus colegas masculinos. Tenemos una sociedad patriarcal con una cultura patriarcal y el resultado inevitable de esta cultura es que, a lo largo de la vida, vamos activando  prejuicios sexistas que tienen un efecto acumulativo con resultados cada vez más inaceptables.

Muchas vueltas se han dado a la cuestión de cómo actuar para compensar estas discriminaciones que conducen a la desigualdad. Hace tiempo que los partidos progresistas iniciaron una línea de actuación imponiendo sistemas de cuotas:  cuotas mínimas del 40% en las listas electorales, listas cremallera para garantizar la igualdad de oportunidades, cuotas femeninas en los órganos colegiados del gobierno, en las empresas públicas, en las comisiones de evaluación de la carrera científica, etc.

Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que es posible que los sistemas de cuotas no sean los más justos ni los más satisfactorios, pero por el momento son los más eficaces: nombrar comisiones paritarias de género no implica que los hombres seleccionados lo sean por sus propios méritos, mientras las mujeres lo sean solo por ser mujeres. ¿Por qué hay que pensar así? Más bien al revés, la paridad de géneros garantiza que podamos elegir a los mejores no solo entre la mitad de la población, sino entre las dos mitades.

El protocolo y los móviles

Hasta hace no muchos años la palabra protocolo se utilizaba sobre todo para hacer referencia, o bien a un conjunto de documentos estructurados y ordenados según ciertas normas, o bien, de forma más general, al conjunto de reglas de etiqueta y similares que se deben observar en determinados actos especialmente solemnes o complicados desde el punto de vista precisamente “protocolario”.

Últimamente sin embargo la palabra protocolo ha adquirido un uso mucho más extenso, para hacer referencia a cualquier conjunto de reglas que hay que seguir en determinadas circunstancias si se quiere obtener un resultado predefinido de antemano y que conlleva cierta complejidad. Así se dice cómo debe ser el protocolo de actuación de la guardia urbana en caso de un accidente de tráfico, o el protocolo de comunicaciones entre sistemas informáticos diferentes, o las normas de etiqueta que hay que observar en un acto en el que intervienen diferentes autoridades (¿quién debe presidir un acto en el que participan el rector de la universidad y el consejero de educación, por ejemplo?).

Los ingenieros informáticos dedican una buena parte de su tiempo a implementar protocolos, a seguirlos fielmente en su trabajo de programación o a definirlos para poner en marcha nuevas aplicaciones. Son expertos en protocolos. Por otra parte toda institución, pública o privada, que se precie y que esté expuesta a interacciones sociales complejas, especialmente si en ellas intervienen autoridades de distinto rango, todas tienen expertos en protocolo, que generalmente trabajan detrás de las bambalinas y consiguen que todos los actos protocolarios complicados transcurran con naturalidad, como si fueran espontáneos, aunque estén perfectamente controlados. Una buena observancia del protocolo es algo que se agradece en esos casos, precisamente porque ayuda a resolver problemas que, de otra forma, podrían arruinar la solemnidad y el glamur de un acto público, por ejemplo.

Acabamos de ver cuán triste puede ser la inobservancia del protocolo en el comportamiento de algunas autoridades en las ceremonias de inauguración del Mobile World Congress de Barcelona. La alcaldesa Colau nos ha hecho saber que no está dispuesta a rendir pleitesía al rey de España, aunque le parece muy bien compartir mesa y mantel con él. Y algo parecido debe haber pensado el flamante presidente del parlamento catalán que, por cierto, todavía no ha sido capaz de cumplir con el mínimo protocolo previsto en su propia institución, el parlamento, para designar candidato a la presidencia de la Generalidad.

Mi reflexión: si los protocolos de comunicación que rigen el funcionamiento y diseño de los teléfonos móviles y de las tecnologías de la comunicación que estos día se presentan en Barcelona, se incumplieran por los ingenieros, fabricantes y usuarios, de la misma forma que los protocolos ceremoniales son incumplidos por la señora Colau y el señor Torrent, las tecnologías móviles dejarían de funcionar y el resultado sería el caos.

Exactamente lo mismo que está sucediendo en Cataluña.

Actuar contra los recortes del gobierno en ciencia y tecnología

Hace unos días se ha puesto en marcha en la plataforma change.org una nueva movilización en torno a la política de la ciencia y la tecnología. Se trata de exigir al gobierno que recupere la inversión en investigación, facilite la incorporación de jóvenes investigadores al sistema de ciencia y tecnología y ponga en marcha una estrategia nacional de desarrollo científico y tecnológico. No es la primera vez que se plantea una iniciativa como esta, impulsada por varias asociaciones de científicos y organizaciones sindicales, especialmente en este caso, por parte de Emilio Criado, un conocido dirigente sindical de Comisiones Obreras del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.  Pero esta es la primera vez, que yo sepa,  que en poco más de una semana, la iniciativa consigue más de doscientas mil firmas de apoyo.

La crisis económica de 2008 se ha llevado por delante en España todos los avances que se habían logrado en ciencia y tecnología en la primera década del siglo XXI, y si no se toman medidas drásticas, la recuperación en este sector va a llevar décadas. Lo peor es que se trata de un sector clave para el nuevo modelo de economía basada en el conocimiento, y que mientras España se ha estancado por la inacción del gobierno, en el resto del mundo y sobre todo de Europa, durante estos años no solo no ha disminuido el esfuerzo en ciencia y tecnología sino que ha crecido considerablemente. Mientras nosotros hemos retrocedido otros han avanzado mucho más.

Por suerte, hay muchos indicios de que la capacidad de reacción de la sociedad española no ha desaparecido. No solo se trata de la iniciativa de change.org. Hace unos días participé en la presentación del informe de la Fundación Alternativas en el que se urge al gobierno a iniciar una amplia política científica consensuada. La semana pasada participé en un encuentro de científicos y políticos en la sede del PSOE  en Madrid, en el que Pedro Sánchez presentó las líneas maestras de la política de ciencia y tecnología que los socialistas van a impulsar y difundir en estos días. Y el 21 de febrero presentamos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un monográfico de la revista Sistema sobre “Ciencia en Sociedad” en cuya preparación hemos participado activamente varios miembros del Instituto de Estudios de la ciencia y la Tecnología de la Universidad de Salamanca.  Los mismos temas aparecen una y otra vez. En el último capítulo de este monográfico, Santiago López y yo planteamos una “Nueva agenda para la política científica” que se resume en diez propuestas, la primera de las cuales reza así:

“La investigación científica es una obra colectiva, basada en la cooperación, y  no solo en la competición. La sociedad debe apoyar la cooperación científica entre individuos, instituciones y países, sin más límites que la propia eficiencia, alcance y valor intrínseco de los proyectos científicos”.

En efecto, una nueva oportunidad para el impulso y la cooperación científica se abre ante nuestros ojos. Lo nuevo es que ahora todos podemos, todos debemos, participar.

Onda Cero Salamanca 21/02/2018

Darwin

Ayer, 12 de febrero, se celebraba el aniversario de Charles Darwin. Así que puede ser una buena excusa, si es que se necesita, para recordar lo mucho que la humanidad le debe a este hombre de ciencia, que nació en Gran Bretaña hace más de doscientos años, en 1809.

En la cultura popular el nombre de Darwin se asocia con la disparatada idea de que el hombre proviene del mono. Rastros de esta simplificación de sus teorías se pueden ver incluso en algunos sitios curiosos, como la etiqueta de una marca de anís (Anís El Mono) en la que figura la imagen de un mono con el rostro de Darwin.

Anís del Mono
Darwin en la etiqueta de Anís del Mono

En realidad Darwin hizo dos grandes contribuciones a la ciencia. En primer lugar aportó una ingente cantidad de datos y observaciones sistemáticas que demostraban que la evolución de las especies era un hecho cierto. En segundo lugar  -y esto tuvo incluso más importancia que lo anterior-  inventó un mecanismo capaz de explicar la evolución, sin tener que acudir a la existencia de causas finales o al diseño y la creación intencional de los seres vivos.  Este mecanismo es lo que Darwin (y su contemporáneo Wallace, que lo descubrió al mismo tiempo que él) llamó el mecanismo de la selección natural. La idea es que la naturaleza produce la evolución de las especies seleccionando, entre los descendientes de cualquier organismo, los que, por sus características propias y heredables, resultan mejor adaptados al medio natural en el que se desenvuelve su vida. Es el mismo mecanismo que utilizamos, en los cultivos domésticos, para seleccionar plantas y animales de utilidad para nosotros. La única diferencia es que la selección natural no se guía por un objetivo intencional, sino por un mecanismo ciego de selección de variedades mejor adaptadas al medio y, por lo tanto, con mayor probabilidad de supervivencia para sus descendientes.

Como casi siempre suele suceder en la ciencia básica, las ideas más importantes resultan ser las más simples. Pero también las más rompedores con el status quo. La teoría de la selección natural de Darwin fue vista desde el principio como una amenaza contra algunas creencias absurdas, pero firmemente asentadas en la cultura popular. Entre ellas la idea del creacionismo o diseño inteligente. Es decir, la idea de que las especies de seres vivos son creadas por un ser supremo, de forma intencional, como se dice, por ejemplo, en la Biblia.

La ciencia tiene muchos valores y virtudes. Una de ellas, la más importante, es que nos permite conocer y comprender mejor el mundo en el que se desenvuelven neutras vida. En el caso de Darwin nos permite comprender mejor en qué consiste la vida.

Onda Cero Salamanca 13/02/2018

La buena ciencia

Parece que la industria automovilística alemana no tiene la intención de dejarnos tranquilos. Hace unos meses saltó el escándalo de la manipulación de los detectores del  nivel de gases contaminantes instalados por Volks Wagen. El tema sigue abierto y está obligando a los gobiernos y las instituciones públicas internacionales a tomar medidas drásticas para evitar que algo así vuelva a suceder. Pero mientras tanto surgen otras inquietantes experiencias.

La última que ha saltado a la prensa se refiere a una serie de experimentos que ciertas empresas han estado realizando para comprobar hasta qué punto los gases contaminantes emitidos por los motores de los automóviles afectan a la salud de las personas y de los seres vivos. Para comprobar esto parece que se han estado utilizando tanto monos como individuos humanos. ¿Cuál es el problema? ¿Vamos a criticar que se usen métodos científicos para estimar el impacto de nuestras tecnologías sobre la salud?

Una de las características más sobresalientes de lo que conocemos como civilización occidental es que en ella se originó la ciencia moderna. Los filósofos e historiadores  todavía seguimos haciéndonos preguntas inquietantes a este respecto. Por ejemplo ¿qué es lo que ha hecho posible que la ciencia se desarrollara en Europa de forma mucho más rápida y prominente que en otros continentes? ¿Qué condiciones culturales, económicas, políticas o ambientales se requieren para que se desarrolle el pensamiento científico? Y también ¿qué problemas específicos plantea el desarrollo de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas, y cómo podemos hacer frente a esos problemas?

Son preguntas importantes que debemos afrontar. Lo primero que hay que señalar es que el pensamiento científico no se puede desarrollar si lo separamos de otros valores morales y pautas de comportamiento que van igualmente asociadas a la civilización occidental. Entre esos valores están los de responsabilidad individual, respeto a las personas y sensibilidad moral ante el sufrimiento. Es cierto que ha habido y hay investigadores que no han respetado los derechos humanos, o han sido crueles con los animales de laboratorio, o han cometido fraudes. Todo esto es real, pero hay algo que no se puede olvidar: un científico malvado termina siendo siempre un mal científico, porque, hasta ahora al menos, la comunidad científica tiene como norma moral de funcionamiento obligado la de respetar la dignidad de las personas, el bienestar de los seres vivos y la búsqueda de la felicidad como ideal moral aceptable para todo el mundo.

Por eso, la investigación científica tiene límites morales objetivos: hay cosas que los científicos no pueden hacer si desean seguir mereciendo la confianza que la sociedad deposita en ellos. No pueden, por ejemplo, mercantilizar la ciencia, violar derechos humanos en nombre de la ciencia, maltratar animales o experimentar con personas sin respeto a su dignidad y autonomía moral.

La ciencia solo es una parte de un paquete más amplio que incluye algunso valores irrenunciables de la civilización occidental. La buena ciencia, debe ser también una ciencia moralmente buena.

Libros para regalo

Estamos en plena época de consumo masivo y compulsivo. Vivimos estos días como si estuviéramos obligados a comprar, regalar y consumir bienes materiales o servicios de valor añadido, como dicen los economistas. En Navidades ya no somos ni ciudadanos, ni padres ni hijos, ni amigos ni profesionales de esto o de lo otro. Somos simplemente consumidores. Compramos y usamos cosas nuevas. Hacemos viajes y celebraciones sin cuento ni razón aparente que no sea la de cumplir con un rito de consumo compulsivo. Y regalamos cosas a todo el mundo, también de forma compulsiva,  masiva, para garantizarnos que nuestro comportamiento es ejemplar en el ámbito de nuestras relaciones sociales. Hay quien dice incluso que para que el sistema funcione, debe ser así: si no hay aumento del consumo, la economía no crece, desaparecen los puestos de trabajo y todo el tinglado de nuestra frágil economía se viene abajo.

Así que ya no vale como excusa el lema de ahorrar y reservar el dinero para tiempos difíciles, por si vuelven, sino que hay que gastarlo para evitar que vuelvan.

Bueno, dejemos para otro día estas reflexiones sobre lo que podríamos llamar la ética del consumo y seamos prácticos. Ya que no podemos, o no debemos, evitar el consumo y los rituales de regalos y celebraciones, al menos trabajemos para que lo que consumamos sea lo que realmente queremos consumir o regalar y no solo lo que se espera que hagamos guiados por la mano implacable de las técnicas publicitarias.

En esta línea de razonamiento debe entenderse mi recomendación de consumo para estos días: intentemos regalar objetos de uso personal, que sus usuarios futuros tengan motivos para querer conservarlos como algo propio, que puedan disfrutar no una sino muchas veces de ellos, que además puedan prestarlos a otros amigos o familiares y que puedan servir para entablar lazos de relaciones personales, y temas de conversación.

Hay un tipo de objetos que cumplen todas estas condiciones., Y además se nos ofrecen en un amplio inervarlo de precios, formatos, estilos y temas. Me refiero a los libros. Y específicamente a los libros de papel. No es cierto que estos vayan a ser sustituidos por los libros en formato electrónico, como suelen decir los agoreros. Desde luego que el contenido de cualquier libro puede guardarse en un archivo de ordenador o de nuestra tablet. Y que cualquier texto en principio se puede leer en una pantalla. Pero el libro de papel es algo más. Se puede tocar, oler, ojear, abrir por diversas partes y saber directamente en qué parte del mismo te encuentras mientras lo lees. Se puede incluso anotar en los márgenes. Se puede regalar, intercambiar con los amigos, trasladar de un sitio a otro físicamente y disfrutar de él de múltiples formas.

La industria de los libros no está en decadencia. Solamente se ha ampliado con las posibilidades que ofrece el formato digital. Pero las librerías y las bibliotecas, como lugares de distribución de libros o escenarios donde compartir los libros con amigos e intercambiar conversaciones en torno a ellos, tienen un gran futuro. Al menos lo tendrán si los ciudadanos consumidores abrimos los ojos y volvemos a comprar, usar y regalar libros de verdad, es decir de papel.

Deberíamos adoptar un principio para estas fiestas: ningún niño sin su libro de regalo en Navidad.

Onda Cero Salamanca 26/12/2017