Carlos Marx

 

El cinco de mayo se cumplieron doscientos años del nacimiento de Carlos Marx, el pensador alemán, teórico del socialismo revolucionario, que más influencia ha tenido en la cultura y el pensamiento de nuestra época.

En la actualidad no se puede decir que Marx sea un autor de moda. Pero cuando hace ya casi medio siglo yo estudiaba filosofía en Salamanca, el profesor Marcelino Legido nos recomendaba leer la biografía de Marx escrita por el jesuita  Ives Calvez, , el profesor Cirilo Flórez, mi colega y amigo desde entonces, presentaba su tesis doctoral sobre la idea de historia y progreso en Carlos Marx, y un grupo de los que hoy llamaríamos estudiantes de postgrado nos reuníamos cada cierto tiempo en el Palacio de Anaya, sede entonces de la Facultad de Filosofía y Letras, para discutir sobre las diferentes interpretaciones del marxismo y sus consecuencias políticas. Había, recuerdo, una batalla dialéctica bastante  notable entre lo que solíamos llamar el marxismo humanista del pensador francés François Garaudy (posteriormente convertido en intelectual musulmán), el marxismo científico de Louis Althusser (que terminó en un psiquiátrico, después de haber matado a su esposa), y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (con Adorno, Horkheimer y Marcuse como figuras señeras). Para los jóvenes revolucionarios de la época Marx era, de cualquier forma, una fuente de inspiración. Mi propia tesis de doctorado estaba en buena medida inspirada por la filosofía marxista de orientación científica.

Hasta hace poco creía que ya no quedaba nada de todas aquellas ideas e inspiraciones filosófico-revolucionarias. Pero hace unos días he tenido la oportunidad de conocer a José Sarrión, profesor de filosofía de la Universidad Pontificia y procurador en las Cortes de Castilla y León por Izquierda Unida. Le escuché en una mesa redonda organizada para conmemorar el 25 aniversario de la nueva facultad de filosofía de la Universidad de Salamanca. Y allí me enteré de que este joven filósofo había presentado su tesis doctoral nada menos que sobre “La noción de ciencia de Manuel Sacristán”.

Para los que se estén preguntando a qué viene todo esto, permítanme que les refresque la memoria. Manuel Sacristán fue el primer filósofo español que introdujo entre nosotros el estudio de la lógica matemática y la filosofía de la ciencia desde una perspectiva compatible con la filosofía europea y americana más avanzada del siglo XX. Pero además fue el pensador español de inspiración marxista más influyente en la filosofía de los años setenta. Recuerdo una conferencia que impartió en nuestra universidad sobre ciencia y política. O la polémica que levantó con un pequeño opúsculo sobre el lugar de la filosofía en los estudios superiores. El libro de Sarrión, que he empezado a devorar con avidez, ha tenido ya un efecto muy positivo: me ha hecho pensar que no todo está perdido de la obra de Carlos Marx y que todavía hay elementos de su pensamiento que pueden inspirar un trabajo científico en economía, historia y ciencias sociales, y una acción política al mismo tiempo radical, comprometida con los ideales de igualdad y guiada por una visión científica y realista del mundo. Algo que, a pesar de las apariencias, sigue gozando de buena vida.

Les invito a celebrarlo paseando por la Feria Municipal del Libro en la Plaza Mayor. Yo lo hice ayer y compré una pequeña maravilla, un librito con la lección  que Francisco de Vitoria dedicó a defender los derechos de los indios frente al rey e incluso frente al Papa. Una revolución filosófica también, como podemos comprobar, pero esta vez en el siglo XVI y en las aulas de Salamanca.

Onda Cero Salamanca 8/05/2018

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El poder y la política

Hay demasiados temas de actualidad política y demasiado candentes para poder justificar que seleccione uno de ellos en detrimento de los demás. Así que, para evitar sesgos por selección, hoy no halaremos de ninguno de ellos (ni de Trump, ni de Cifuentes, ni del Brexit, ni de Puigdemont), y dedicaremos este espacio a la pura reflexión intelectual sobre la política en abstracto.

Hay dos formas de entender el significado de la política. Una proviene de la tradición filosófica de Aristóteles. La otra es la concepción moderna, que proviene de Maquiavelo.

Según la concepción aristotélica, la política abarca todo lo que hacemos para gestionar los asuntos de interés público. En terminología griega, los asuntos que tienen que ver con la vida de la polis, es decir de la ciudad o del Estado, como diríamos hoy, y no solo de la familia (ese es el ámbito de la economía, según Aristóteles) o de la persona individual y su felicidad, que era el ámbito de la ética. Así que cuando hacemos política en este sentido aristotélico, lo que hacemos es perseguir el bien común y gestionar los asuntos de la polis (de la ciudad, del Estado) de acuerdo con criterios racionales.

La concepción que consideramos moderna y que proviene de la obra de Maquiavelo, se refiere a la política como actividad orientada a la conquista y el uso del poder del Estado para gestionar los asuntos de interés público. La diferencia entre la política en sentido aristotélico y la política en sentido maquiavélico es que, en este último caso, la actividad política tiene un carácter instrumental: su objetivo no tiene que ver con lo que queremos hacer para conseguir el bien común, sino con disponer del poder suficiente para por hacer lo que queramos.

Si reparamos en la actualidad, es fácil comprobar cómo esta ambivalencia del significado de la política se refleja en la vida cotidiana. Por ejemplo la reivindicación de los separatistas catalanes parece orientada simplemente a la conquista y manipulación del poder del Estado del que forman parte, más que a la gestión eficiente del interés público. Por eso se sienten felices con sus declaraciones de independencia, sus escarceos internacionales, y sus rifirrafes con la justicia. Es un juego que los mantiene vivos en su batalla principal: la conquista y el uso incontrolado del poder, aunque eso termine arruinando a Cataluña.

Algo parecido sucede en el Reino Unido con las luchas políticas en torno al brexit (no importa tanto qué se va a hacer, sino sobre todo quién va a mandar, a controlar el proceso). O el caso  de Trump en USA o de Cifuentes en Madrid (“No dimito. No me voy a ir”): su misión es mandar y demostrar que manda: nada que ver con la gestión eficiente de la polis, solo con la lucha descarnada por el poder, su conquista y su exhibición .

En fin, creo que en política, para resumir, necesitaros más Aristóteles y menos Maquiavelo. Espero que no sea tarde para cambiar.

La mujer del César

Es conocida la explicación que Julio César dio a las mujeres de la alta sociedad romana para justificar el repudio de su esposa Pompeia, acusada de haber participado en una orgía indecente: la mujer del César –dijo-  no solo debe ser honrada, además debe parecerlo.

Supongo que todo el mundo aceptará que lo que vale para la mujer del Cesar vale con mayor fundamento para el propio César. Y más aún en un caso como el que ocupa las portadas de todos los peródicos los últimos días, en el que el Cesar y la Mujer del Cesar coinciden en una misma persona, Cristina Cifuentes, líder del Partido Popular, Presidenta de la Comunidad de Madrid, y brillante promesa de futuro para el maltrecho partido de M. Rajoy. Se supone que la señora Cifuentes tenía la obligación, no ya solo de ser honrada, sino además de parecerlo.

Lo más llamativo del asunto del máster fraudulento de Cristina Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid es que una mujer como ella haya cometido tantos errores encadenados:  ha aceptado un título de máster universitario sin habérselo ganado, ha presentado como prueba de descargo documentos falsos, ha mentido descaradamente sobre  cosas tan elementales como la supuesta defensa pública de su Trabajo fin de Máster, dando detalles inventados sobre la duración de un acto académico (“una exposición de diez o quince minutos”, ha dicho con todo el aplomo de una experimentada estudiante), un acto que en realidad nunca se produjo. Y sigue ahí, tan tranquila al parecer, esperando que los amigos le echen una mano para enfangar las portadas de los periódicos con cualquier aportación original que permita desviar la atención. Esto es en efecto, lo más grave del caso Cifuentes: el desprecio total que manifiesta hacia la obligación que toda autoridad tiene no solo de ser honrada sino además de parecerlo.

Desde luego Cifuentes se tiene que retirar de la política. No hay más discusión. Y cuanto antes se resuelva su situación, tanto mejor. Porque después de que ella dimita y desaparezca de la escena pública, habrá que dedicar tiempo y esfuerzos para gestionar el infame legado que deja a sus sucesores.

Para empezar una universidad pública de la categoría de la Rey Juan Carlos, queda seriamente tocada. Ya tuvo problemas hace un año cuando tuvo que dimitir su rector, por haber cometido uno de los delitos más graves -el plagio- que se pueden cometer en la comunidad académica. Ahora aparecen irregularidades por todas partes, y siempre con dos notas llamativas: arbitrariedad y sensación de impunidad. Los estudiantes y los profesores honrados protestan y llevan razón. En realidad, ya está retrasándose demasiado la dimisión del rector que amparó inicialmente el fraude Cifuentes, la del director de ese instituto de Derecho Público, que ha declarado ser el autor de la falsificación de un documento público. En fin….¡que hay tarea de limpieza general para varios años!

Y la misma advertencia debería valer para la institución universitaria en su conjunto.  Todos estamos de acuerdo en que la universidad es una institución respetable, memorable y merecedora del prestigio que nuestra sociedad asigna al saber, la ciencia y la cultura. Pero no basta con que la universidad sea honrada, además debe esforzarse por parecerlo. Hay instituciones sobre las que recae esta responsabilidad, como es el Consejo de Universidades, el Ministerio de Educación  y la Conferencia de Rectores.  Deben actuar ya, si quieren que la universidad pública española sea como la mujer del César.

Onda Cwero Salamanca 10/04/2018

Una religión laica

Parece que las ceremonias y las ideas religiosas son tan antiguas como el resto de la cultura humana: inventamos dioses y demonios, vidas de ultratumba y cultos a nuestros antepasados, premios y castigos sobrenaturales, al mismo tiempo que inventamos teorías para comprender el universo o reglas y ritos para garantizar la cooperación, y para hacer más fácil la convivencia entre individuos y grupos diferentes. Todo este conglomerado cultural que inventamos para dar sentido a nuestras vidas y ayudarnos a sobrevivir, es lo que llamamos religión.

 

En la tradición del mundo occidental la ciencia siempre se ha presentado contrapuesta a la religión. Esto se debe a dos motivos. Por una parte las religiones que predominan en la cultura occidental no solo pretenden proporcionar consuelo y sentido a nuestras vidas, sino que también proponen un conjunto de creencias en lo sobrenatural, en competencia con el pensamiento racional y empírico de la ciencia. Por otra parte el pensamiento científico que nació en el seno de nuestra cultura no se conforma con proporcionarnos conocimientos de hechos y teorías, sino que también se presenta como una forma de vida, como una fuente de sentido para nuestras vidas y nuestros proyectos vitales.

 

Estos días hemos celebrado el funeral de Stephen Hawking, cuyos restos han sido enterrados al lado de los de otros grandes científicos como Newrton o Darwin, en el lugar sagrado de la abadía de Wetminster. Así que hemos asistido a una ceremonia religiosa en toda regla, en honor a un hombre que era ateo pero que ha contribuido como nadie a construir el pensamiento de la nueva religión de la ciencia. Veamos, si no, este párrafo escrito por él y reproducido estos días por muchos medios de comunicación, como un resumen de su legado intelectual.

 

Una de las grandes revelaciones de la Era del Espacio -decía Hawking- ha sido la perspectiva que nos ha dado a la Humanidad sobre nosotros mismos. Cuando vemos la Tierra desde el espacio nos vemos en nuestra totalidad. Vemos la unidad y no las divisiones. Es una imagen muy simple, con un mensaje convincente: un solo planeta, una sola raza humana. Estamos aquí juntos y necesitamos vivir juntos con tolerancia y respeto. Debemos convertirnos en ciudadanos globales. Yo –dice Hawking– he tenido el inmenso privilegio, a través de mi trabajo, de ser capaz de contribuir a nuestra comprensión del Universo. Pero sería un Universo ciertamente vacío si no fuese por las personas a las que amo y que me aman. Somos todos viajeros en el tiempo, recorriendo juntos nuestro camino hacia el futuro. Pero trabajemos juntos para hacer que ese futuro sea un lugar que queramos visitar.

 

Hasta aquí el texto de Hawking. Y yo me pregunto: ¿se necesita algo más para construir el sentido de nuestras vidas? En realidad no: la ciencia es, hoy en día,  nuestra mejor religión.

Onda Cero Salamanca 3/04/2018

El drama de Cataluña

Llevamos ya muchos meses de sobresaltos y cabreos a propósito del proceso independentista de Cataluña. Deberíamos hacer algo para acabar de una vez con el problema. Y para ello, lo primero es aclarar cuál es exactamente el problema.

Los separatistas creen que el problema es la violencia antidemocrática que ejerce el Estado Español sobre Cataluña. Ante tal situación su única salida sería la resistencia activa, la movilización social, la presión popular , mediática a internacional para subvertir el orden vigente y cambiarlo por otro en el que Cataluña sería una república independiente, integrada directamente en la Unión Europea, junto al Reino de España, pero no dentro de él.

Creo que este es el núcleo ideológico que aglutina a los nacionalistas catalanes que apuestan por la independencia. Y esto es lo que algunos españoles critican de los independentistas catalanes, se lo echan en cara y lo asumen como justificación para el encarcelamiento de los líderes secesionistas. En este error coinciden ambos bandos: unos quieren la independencia a cualquier precio y los otros quieren impedirla, con la ley en la mano. El resultado es que los delincuentes secesionistas se transforman en presos políticos y el Estado democrático se convierte en una dictadura.

Pero nadie parece dispuesto a aclarar una pequeña confusión: todo ese núcleo ideológico del independentismo catalán es perfectamente legítimo, es compatible con las leyes y los secesionistas tienen todo su derecho a manifestar su voluntad de separarse de España, si así lo quieren. La  cuestión no es esa, la cuestión es si lo que dicen y hacen viola las leyes que ellos mismos se han dado junto a todos los españoles , empezando por la Constitución Española y el Estatuto Catalán. Hay que decir con toda contundencia que el separatismo no es delito y los dirigentes separatistas no están en la cárcel por pedir la independencia de Cataluña, sino por utilizar las instituciones, la leyes y los recursos públicos de forma ilegal al servicio de su causa política.

Puigdemont está preso en Alemania no por ser el presidente electo de la Generalidad de Cataluña, sino por ser un prófugo de la justicia española que le acusa de violar gravemente las leyes democráticamente acordadas, sancionadas y promulgadas en un Estado de la Unión Europea. Puede discutirse si las medidas cautelares son más o menos severas y razonables. Personalmente yo preferiría una actuación judicial más templada, que nos hubiera evitado a todos los ciudadanos demócratas el espectáculo de  ver cómo un sainete político se transforma en una tragedia humana.  Pero en ningún caso pueden confundirse con medidas de excepción típicas de una dictadura, que deslegitiman al estado democrático.

No caigamos nunca más en la trampa de convertir en héroes a aventureros irresponsables. ¿Quieren la independencia? Vale, que se la ganen a pulso, convenciendo a la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes. Pero que no jueguen más a ser héroes de novela de aventuras. Ya somos mayores para eso.

Onda Cero Salamanca 27/042018

La teoría de todo

Ha muerto Stephen Hawking, uno de los físicos más importantes de nuestra época. Será ya para siempre uno de los miembros ilustres del panteón de la fama de la ciencia que se inauguró hace algunos siglos con la cosmología de Kepler, la mecánica de Galileo y la filosofía natural de Newton, herederos a su vez de la cosmología, la geometría y la filosofía de la antigua Grecia. Y compartirá honores con los físicos contemporáneos más importantes, como Einstein, Plank, Bohr, Feynman, Penrose...   El legado de Hawking pasará a formar parte del legado más importante de la ciencia básica cuyo objeto es muy sencillo: entender cómo es el universo en que nos encontramos y cómo es que nos encontramos en él.

Creo que lo más llamativo del legado de Hawking reside en que sus contribuciones a la física teórica se caracterizan porque son un producto puro de su pensamiento, y porque configuran la más ambiciosa teoría nunca formulada con la pretensión de conseguir una explicación definitiva de toda la realidad. Primero propuso la idea brillante de aplicar la teoría física de los agujeros negros, a la explicación del origen del universo. Y después demostró que, a diferencia de lo que se pensaba hasta entonces,  los agujeros negros sí emiten un tipo de radiación (la radiación de Hawking, se ha denominado), lo que permitiría explicar su comportamiento macroscópico y sus  propiedades cuánticas al mismo tiempo. Es difícil entender esto, pero lo que significa es que, si Hawking lleva razón, estaríamos más cerca de encontrar una explicación completa del universo.

Hay otras características de la personalidad y la obra de Stephen Hawking que han contribuido a hacerle famoso. Hace más de cuarenta años que los médicos le diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa y le pronosticaron dos años de vida como máximo. Ha aguantado bastantes más y ha muerto a los 76 años después de haber paseado por el mundo su imagen de genio desvalido, que no podía moverse sin su silla de ruedas y ni siquiera podía hablar más que a través de un sintetizador de voz que manejaba con movimientos de algunos músculos faciales.

Hay algo más en su personalidad y su obra que merece nuestro reconocimiento y admiración: no solo se ha ocupado de los grandes misterios de la física y ha aportado ideas originales, mientras luchaba con las más graves dificultades para desenvolverse en la vida cotidiana. Además se ha pasado la vida escribiendo  no solamente escritos especializados para sus colegas, sino también -y sobre todo-  libros para el gran público, que han intentado hacer llegar a todo el mundo el enorme potencial de sus teorías y aportaciones a la física.

Ojalá no olvidemos tampoco esta parte de su legado. Los buenos científicos deben ser a la vez buenos divulgadores y buenos maestros. Hawking lo fue por encima de sus circunstancias adversas.

Tiempos de movilización

Tres acontecimientos nos han conmocionado en estos días pasados: la movilización de los pensionistas, la movilización de las mujeres y la movilización de la sociedad por la desaparición de Gabriel, el niño de Almería. De cada uno de estos acontecimientos podemos extraer algunas lecciones útiles para nuestra cultura cívica.

En primer lugar los pensionistas. Lo más llamativo de esta movilización es la cara de susto que se le ha puesto al gobierno, cuando ha comprobado que sus más fieles votantes se suman a la ola de desafección que inunda todos los caladeros de votos del Partido Popular. No se lo esperaban. Pero ha sido el propio gobierno quien ha provocado la protesta, con el envío de esas estúpidas cartas en las que se comunica a los jubilados la gran noticia de que este año sus pensiones aumentan menos de dos euros mensuales. Y después, los más elementales errores de cálculo, de desbarajuste informativo y de despiste mediático. El caso es que al final tenemos un fenómeno social imparable: los mayores se movilizan en defensa de las pensiones y el gobierno se dedica a especular sobre la lealtad de los partidos y el pacto de Toledo. ¿Cuál es el lado positivo? Más allá de las anécdotas, esta movilización de los jubilados va  a ser la responsable de que en la agenda política entre de lleno el asunto de la viabilidad del sistema público de pensiones a través de un mecanismo que ya nadie pone en cuestión: la garantía de las pensiones es responsabilidad del Estado y el viejo truco de asustar a los pensionistas futuros para que promover planes privados de pensiones, no va a servir. Hará que buscar otras soluciones y tomarse el tema más en serie. Impuesto a la banca, dice el PSOE, por ejemplo.

La movilización de las mujeres también ha sido un acontecimiento histórico. Y por cierto, ha puesto de relieve algo importante que también tiene que ver con el tipo de sociedad que queremos tener. Seamos sinceros: la discriminación negativa que sufren las mujeres en su vida laboral, familiar y social no se va a arreglar solo con leyes específicas; para construir esa sociedad igualitaria que quieren las feministas se necesita dar un vuelco completo al sistema. Así que más vale que vayamos pensando en ello. Por ejemplo ¿qué vamos a hacer para que ser madre no resulte en desventajas insalvables para las mujeres en el mercado laboral, en la carrera profesional o en la vida cotidiana? Si resolviéramos eso, de paso podríamos recuperar la tasa de natalidad (España está a la cola del mundo en este tema) y así facilitar la viabilidad del sistema público de pensiones para nuestros nietos. Todo está relacionado, como se ve.

Y por último el crimen de Almería. Hemos estado dos semanas buscando a un niño de ocho años. Su fotografía ha inundado todos los espacios audiovisuales y la angustia de sus padres nos ha encogido el corazón en cada telediario. Al final el desenlace ha sido traumático: hemos descubierto que uno de esos rostros, que encarnaba la expresión del sufrimiento colectivo, era en realidad el rostro del Mal, el autor -la aurora- del crimen horrendo. Es imposible asimilar una cosa así. Y creo que ni siquiera debemos intentarlo. Pero podemos al menos sacar una lección de todo esto, si nos fijamos en el otro rostro, el de Patricia, la madre de Gabriel. Es increíble la entereza de esta mujer:  siempre ha mantenido una actitud positiva, agradecida por la solidaridad recibida de todo el mundo, y llena de esperanza, incluso después del desenlace final, tan emocionalmente insoportable para todos. Ha sido una guerra entre el Bien y el Mal representada en formato digital para todo el mundo. Y ha ganado el bien: la solidaridad, la compasión, la inocencia de un niño y el dolor de una madre. Todos estamos con ella, agradecidos por su fortaleza.