El derecho a morir

Todo el mundo está de acuerdo en que el derecho a la vida es el más fundamental e irrenunciable de los derechos humanos, porque solo si estás vivo puedes disfrutar de los demás derechos. Pero la vida no es un regalo envenenado que los dioses te hacen encadenándote a e

lla para que la conserves a toda costa. La vida es un regalo para que disfrutes de ella, no para que sufras por conservarla. La vida es lo primero que tenemos y lo último que perdemos, y el principio moral “disfruta de la vida y ayuda a los demás a disfrutar de ella” es la base toda moral cívica y laica.

Así que, en circunstancias en las que es imposible seguir disfrutando de la vida, el derecho a la vida es el fundamento del derecho correlativo a una muerte digna. Y este debe ser el objetivo de las normas que regulan la eutanasia: garantizar el derecho a disfrutar de la vida incluso en los momentos más difíciles en los que el dolor y el sufrimiento lo hacen imposible. Se trata de que, ante esas situaciones, no quedemos desprotegidos y privados de nuestro derecho a disfrutar de la vida, sino que podamos organizar nuestra muerte de una forma apacible, con seguridad jurídica y eficacia científica.

Me pregunto por qué tantas veces y tanta gente ha confundido el derecho absoluto a la vida con la supuesta obligación moral de vivir. La vida, se dice, es un regalo sagrado que el hombre debe preservar y proteger. Nuestra vida no nos pertenece. Y si preservar tu vida exige que dejes de disfrutar de ella y pases a padecerla sin remedio paliativo ni final a la vista, así debe ser. Hay que piensa incluso que, en un orden justo, el Estado debe ser el garante de que nadie interfiere en la protección de la vida ayudando a otro a morir dignamente. ¿De dónde viene todo esto? ¿Cómo es posible que la inmensa mayoría de la humanidad viva en sociedades en las que, si alguien ayuda a otro a terminar con una vida de sufrimiento incurable, la sociedad se arroga hipócritamente el derecho de castigar al que ha actuado de esa forma humanitaria?

España debería ser el próximo país que regule y autorice la eutanasia. La mayoría de la gente lo espera así, está en contra del encarnizamiento terapéutico y reclama garantías jurídicas y ayuda técnica sanitaria para aquellos que decidan poner fin a una vida de la que ya no pueden disfrutar. El último caso que ha saltado a la prensa es el de María José y su marido, Angel, que han afrontado consciente y públicamente la responsabilidad de ayudar a morir a la esposa, sin ocultarlo, para poner así de manifiesto, ante todo el mundo, la absurda situación en la que estamos cuando no atendemos a una necesidad perentoria y fácil de atender: regular la eutanasia en nuestro país.

Lo han hecho justo al inicio de una importante campaña electoral. ¿Oportunista? No creo que haya margen para la lucha política en la vida de una pareja que se enfrenta a decisiones como la que han tomado Angel y María José. No es oportunista, pero sí oportuno: obligará a los partidos a tomar posición sobre un tema importante para nuestras vidas.

¿A qué estamos esperando?

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