La robótica y la revolución

En el sifglo XIX proliferaron las teorías utópicas sobre la sociedad igualitaria, la liberación de la humanidad por las máquinas y la posibilidad de una revolución que trajera la felicidad a todos, de la mano de la nueva clase obrera que se había ido formando a medida que avanzaba la industrialización. Fue el siglo de las utopías revolucionarias que darían lugar, a lo largo del siglo XX, a las transformaciones políticas y económicas más formidables de la historia humana.

Toda la tradición social revolucionaria del siglo XIX se basa en dos premisas: por una parte la las nuevas máquinas generan aumentos extraordinarios de la productividad del trabajo, que es la única fuente verdadera de riqueza. No son las tierras, ni las rentas monetarias las que producen riqueza, sino los obreros transformando la realidad y produciendo bienes y servicios que satisfacen necesidades y deseos de toda la humanidad. La economía capitalista se basa en la expropiación de una parte de la  plusvalía que genera el trabajo, aquella que excede en su valor al valor de lo que se necesita para mantener e incrementar el capital.  Pero al mismo tiempo, esta presencia de la fuerza de trabajo como origen de todo el valor generado por la economía en el capitalismo del siglo XIX es también la que permite vislumbrar la solución: es la clase obrera la que produce la riqueza y es ella quien puede organizarse para controlar todo el proceso. El resultado es la fórmula de la revolución rusa y de todas las revoluciones sociales desde entonces: industrialización y lucha obrera, tecnología y revolución.

Las cosas no salieron tan bien como los teóricos decimonónicos de las revoluciones se habían prometido. Pero hasta casi ahora mismo, los intelectuales y pensadores sociales no han encontrado la explicación a esa deriva inesperada de la historia.

El maquinismo ha crecido hasta el punto de poner en el primer término de las preocupaciones sociales los límites medioambientales al crecimiento económico. Y las plusvalías generadas por el trabajo y expropiadas por el capital ahora son generadas por las máquinas casi directamente, porque las máquinas no cobran salarios y apenas consumen bienes y servicios. De forma que ya no hay explotación obrera que combatir ni agentes revolucionarios ni revoluciones que llevar a cabo en el horizonte. (Solo se puede especular con la rebelión de los robots, pero ¿por qué habrían de rebelarse los robots? Y sobre todo ¿por qué habríamos de diseñarlos de forma que pudieran rebelarse?)

¿Qué va a pasar? Por el momento lo que está pasando es que el capital no espera ya extraer su plusvalía explotando a los trabajadores, sino secuestrando a los consumidores. La tecnología sigue produciendo excedentes extraordinarios y el sistema económico y político conduce a la circulación de tales excedentes a través de nuevos circuitos de producción y distribución de mercancías, en los que prima el mecanismo de la concentración: nadie despoja a nadie de nada, simplemente todo el mundo compra lo mismo a los mismos. El resultado no es que unos tengan cada vez más y otros cada vez menos, sino algo más inesperado: aunque todos tengan  más (mientras aguanten las reservas del mundo natural), la brecha que separa a los pocos que lo tienen casi todo y los muchos que apenas tienen lo imprescindible para continuar en la rueda de la economía capitalista, es cada  vez mayor.

¿Cómo luchar contra la explotación y la desigualdad si los que trabajan son solamente robots? Algo me inclina a pensar que la próxima revolución social no se producirá en las fábricas, sino en los supermercados.

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