La buena ciencia

Parece que la industria automovilística alemana no tiene la intención de dejarnos tranquilos. Hace unos meses saltó el escándalo de la manipulación de los detectores del  nivel de gases contaminantes instalados por Volks Wagen. El tema sigue abierto y está obligando a los gobiernos y las instituciones públicas internacionales a tomar medidas drásticas para evitar que algo así vuelva a suceder. Pero mientras tanto surgen otras inquietantes experiencias.

La última que ha saltado a la prensa se refiere a una serie de experimentos que ciertas empresas han estado realizando para comprobar hasta qué punto los gases contaminantes emitidos por los motores de los automóviles afectan a la salud de las personas y de los seres vivos. Para comprobar esto parece que se han estado utilizando tanto monos como individuos humanos. ¿Cuál es el problema? ¿Vamos a criticar que se usen métodos científicos para estimar el impacto de nuestras tecnologías sobre la salud?

Una de las características más sobresalientes de lo que conocemos como civilización occidental es que en ella se originó la ciencia moderna. Los filósofos e historiadores  todavía seguimos haciéndonos preguntas inquietantes a este respecto. Por ejemplo ¿qué es lo que ha hecho posible que la ciencia se desarrollara en Europa de forma mucho más rápida y prominente que en otros continentes? ¿Qué condiciones culturales, económicas, políticas o ambientales se requieren para que se desarrolle el pensamiento científico? Y también ¿qué problemas específicos plantea el desarrollo de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas, y cómo podemos hacer frente a esos problemas?

Son preguntas importantes que debemos afrontar. Lo primero que hay que señalar es que el pensamiento científico no se puede desarrollar si lo separamos de otros valores morales y pautas de comportamiento que van igualmente asociadas a la civilización occidental. Entre esos valores están los de responsabilidad individual, respeto a las personas y sensibilidad moral ante el sufrimiento. Es cierto que ha habido y hay investigadores que no han respetado los derechos humanos, o han sido crueles con los animales de laboratorio, o han cometido fraudes. Todo esto es real, pero hay algo que no se puede olvidar: un científico malvado termina siendo siempre un mal científico, porque, hasta ahora al menos, la comunidad científica tiene como norma moral de funcionamiento obligado la de respetar la dignidad de las personas, el bienestar de los seres vivos y la búsqueda de la felicidad como ideal moral aceptable para todo el mundo.

Por eso, la investigación científica tiene límites morales objetivos: hay cosas que los científicos no pueden hacer si desean seguir mereciendo la confianza que la sociedad deposita en ellos. No pueden, por ejemplo, mercantilizar la ciencia, violar derechos humanos en nombre de la ciencia, maltratar animales o experimentar con personas sin respeto a su dignidad y autonomía moral.

La ciencia solo es una parte de un paquete más amplio que incluye algunso valores irrenunciables de la civilización occidental. La buena ciencia, debe ser también una ciencia moralmente buena.

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