Manada de bestias

Se está celebrando un juicio contra cinco energúmenos (presuntos, hay que añadir aquí, por imperativo de corrección política y legal) que agredieron sexualmente (se supone) a una joven durante las llamadas fiestas de San Fermín, de Pamplona. Por lo visto, existen pruebas contundentes, incluidas grabaciones de vídeo, que incriminan claramente a los acusados. De manera que, en realidad, en el juicio habría poco que discutir: los hechos parecen ser claros y las penas previstas en la legislación también. Me pregunto entonces por qué ha habido la más mínima vacilación en el debate social en torno a este tema. Si nadie pone en cuestión los hechos, ¿de qué se está discutiendo?

Recordemos: cinco individuos, que se hacen llamar La Manada, agreden sexualmente a una joven en el portal de una casa de Pamplona. Punto. Es un hecho probado o no lo es. Y si lo es, no habría que discutir más: a la cárcel con ellos y a esperar que se curen de su grave patología psicosocial y que paguen por su perversión.

Lo que resulta llamativo, casi incomprensible, es que el seguimiento del juicio por los medios de comunicación, y sobre todo en algunas redes sociales,  haya puesto el énfasis, de forma morbosa, en la vida y costumbres de la víctima, de la que hemos sabido un montón de detalles irrelevantes, acerca de sus actividades cotidianas o del modelo de camiseta que ha exhibido en alguna ocasión. ¿A qué viene todo eso? ¿Qué importa? ¿Qué mentes enfermas pueden estar asociando la calificación moral y jurídica de una violación múltiple con una posible responsabilidad de la víctima?

Acabemos de una vez con esto. Digámoslo de forma clara y contundente: si cinco energúmenos violan a una mujer, eso es un delito, que los autores deben pagar caro. Y da igual quién sea la mujer, cómo sea, lo que haga, cómo se gane la vida, y en incluso da igual cómo se haya comportado antes, durante (sí, durante) y después de la agresión. Para aclararnos: la única circunstancia que podría ser relevante para exculpar a esa manada de bestias, es que ellos pudieran demostrar que fue su víctima las que les violó y forzó, obligándoles físicamente, a hacer lo que hicieron. Cosa que ninguno de ellos ha osado plantear, y que nadie en su sano juicio plantearía, porque es físicamente imposible: una joven de 18 años contra cinco bestias bien cebadas. Pero entonces, en ausencia de tal circunstancia (que la víctima hubiera obligado a sus verdugos a que la agredieran y violaran), el delito es la agresión en sí misma, y una vez establecido el hecho como tal, su calificación moral y jurídica es obvia. Y la víctima solo es eso: una víctima de la barbarie, a la que todos tenemos que proteger. Todos menos las bestias, claro, los que no le hacen ascos a ser miembros de una manada.

Por las redes circula este chiste que resume lo absurdo de la situación. Señor juez -dice una víctima de un robo- , ese señor me robó el monedero. ¿Ah sí?, dice el juez. ¿Pero usted agarró con suficiente fuerza el monedero? ¿Cómo quiere que le crea si veo que sigue usando monedero después del incidente? ¿Está seguro de que no fue usted quien obligó al ladrón a que le robara?

Vomitivo, la verdad.

Onda Cero Salamanca 21/11/2017

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