La obligación moral de resistir a Donald Trump

Llevo tiempo resistiéndome a hablar de Donald Trump, pero ya no puedo aguantar más, porque hemos llegado a un punto en el que el silencio sobre este señor puede ser irresponsable e inmoral.  Desde que empezó la campaña de las elecciones presidenciales en Estados Unidos hemos tenido que soportar una larga lista de inconveniencias. Primero eran anecdóticas: un exabrupto en la campaña, una jugada mediática contra su rival. Luego fue subiendo el tono de los improperios y ofensas de este señor, que más que un candidato a la presidencia de Estados Unidos parecía un simple payaso profesional, contratado por las cadenas televisivas para animar la campaña. Y poco a poco fue apareciendo el substrato sólido de este extraño candidato. Todo lo que nadie en su sano juicio se hubiera atrevido a decir  fue utilizado por Tremp en la campaña:  declaraciones machistas que daba vergüenza escuchar, amenazas de matón, sandeces de política exterior, mentiras sobre Hilary Clinton, insultos a los periodistas. Y a la vez todo un programa de iniciativas absurdas acumuladas: el muro de México, las barreras proteccionistas, la negación del cambio climático, campañas de persecución contra grupos enteros de países, por razones racistas y de discriminación religiosa. Era tan increíble lo que sucedía ante nuestros ojos que muchos no dimos crédito y pensamos que se trataba de un pequeño accidente en el despliegue de sorpresas y trucos mediáticos de compaña.

Pero no. Ahora ya vemos, sin lugar a dudas, que no se trata de trucos para movilizar a electores rabiosos, ni se trata de un cúmulo de exabruptos momentáneos que la dureza de la realidad política del gobierno de cada día reducirá a un mal recuerdo. No, este señor se ha cuidado mucho de dejar claro quién es y lo que quiere. Y está claro que se trata de un caso patológico ¿Alguien puede, por ejemplo, imaginar a cualquier líder mundial defendiendo en público la legalidad y la utilidad de la tortura? ¿Se puede negar la entrada al país, a miles y miles de ciudadanos y residentes americanos por el mero hecho de que practican una religión distinta y da la casualidad de que el día en que Trump firmó su decreto xenófobo volaban de regreso a casa?

Algunos intelectuales y estudiosos de la política se preguntan cómo ha sido posible que lleguemos a este punto. Y hay quien se arriesga a vaticinar que estamos ante un fenómeno de largo alcance, de descomposición del régimen democrático liberal y de auge de los populismos incontrolables con deriva hacia políticas pos conservadoras y neo reaccionarias. Yo no lo puedo creer. Prefiero pensar que el caso Trump es simplemente una anomalía de la naturaleza y de la política, una fiebre agresiva y peligrosa, pero pasajera, y que algún día todo volverá a ser como antes.

Mi amigo Javier Muguerza, especialista en filosofía moral, suele reivindicar que la base de la racionalidad práctica no está tanto en los ideales de justicia por los que se lucha cuanto en la capacidad de resistir a las injusticias.  Eso quiere decir que ante Trump solo hay una respuesta racional y moralmente aceptable: la resistencia activa.

Onda cero Salamanca 31/01/2017

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