El filósofo Bueno

Hace unos días ha fallecido, a los 91 años de edad,  en su casa de un pueblecito de Asturias, el filósofo español Gustavo Bueno. Y creo que el evento merece nuestra atención.

Gustavo Bueno es uno de esos filósofos que podríamos considerar como de la segunda generación académica después de la guerra civil. Accedieron a sus cátedras en pleno auge del franquismo, pero no ejercieron como filósofos del régimen. Más bien todo lo contrario. Estoy pensando en autores bien conocidos hoy como Carlos París, Manuel Sacristán y el propio Bueno, Aranguren, Lledó. De todos ellos Gustavo Bueno es sin duda el que más resonancia mediática y popular ha tenido, sobre todo en los últimos años, aunque seguramente, por el contenido de su pensamiento, es el más alejado de la trivialización que suele acompañar al pensamiento cuando este se expone a la luz de las candilejas.

Es difícil resumir en pocas palabras la originalidad de Gustavo Bueno. Y más difícil aún pretender hacer ese resumen de una forma objetiva y descarnada. Así que no intentaré hacerlo y me conformaré con ofrecer retazos de un testimonio  personal.

No recuerdo cuándo conocí a  Gustavo Bueno. Pero si recuerdo que fue miembro del tribunal que juzgó mi tesis doctoral en 1971, en la Universidad de Salamanca. Creo que era la primera vez que un joven filósofo reivindicaba el marxismo y el materialismo como una opción filosófica respetable, aplicada en mi caso a la crítica de la filosofía de Karl Popper. Gustavo  Bueno elogió mi audacia y fue más allá: escribió el prologo de mi primer libro, Idealismo y filosofía de la ciencia, fruto de aquella tesis doctoral. Así que tengo el privilegio desde entonces de haber contado con la comprensión y el apoyo de un filósofo al que en los ambientes académicos se conoce por la ferocidad de sus críticas y la intensidad de las polémicas filosóficas y políticas en las que se ha visto envuelto.

En el año 1976 tuve la ocasión de ofrecer a Gustavo Bueno y a sus teorías filosóficas (el materialismo filosófico, la teoría del cierre categorial en filosofía de la ciencia, la crítica de la cultura, etc.) un hueco  en las páginas del Diccionario de Filosofía Contemporánea, que yo coordiné y que todavía hoy sigue siendo un referente de la filosofía española de la época.

A principios de los 80 Gustavo Bueno me invitó a participar en el seminario internacional de filosofía de la ciencia dedicado, entre otros objetivos, a confrontar las teorías filosóficas de Gustavo  Bueno y Mario Bunge. Fue una experiencia inolvidable, tener que exponer mis ideas más originales y atrevidas ante un auditorio liderado por los dos filósofos materialistas a los que más admiraba. En mi ponencia yo reivindiqué el concepto de verdad parcial como  objetivo especifico de las ciencias. Y fue reconfortante escuchar a mis maestros y encontrar su apoyo o, al menos, su condescendencia con mis ideas.

El tiempo pasa y como el propio Bueno pensaba, la muerte es inexorable para que continúe la vida. Aprovechemos estos momentos para rememorar y preservar lo mucho que nuestra vida intelectual debe a personajes como el que ahora nos deja. Y hagamos un aparte también, para recordar a Carmen, la esposa de Gustavo Bueno, siempre pendiente de él, mientras pudo, y siempre atenta y acogedora hacia los amigos y discípulos de su esposo,  y que ha fallecido en silencio justamente dos días antes que su marido. Descansen en paz.

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