Estudiar filosofía

Cada vez que salta a la arena del debate público la cuestión de la educación (fines, medios, objetivos, sistemas de evaluación, niveles de calidad, modelos de gestión de la educación, educación pública o privada, etc.) termina apareciendo en el índice de cuestiones pendientes la de para qué sirven las humanidades y concretamente para qué sirve la filosofía. Y siempre hay algún reformador iluminado que proclama que hay que formar a nuestros jóvenes para que sean útiles a la sociedad y para que se puedan ganar bien la vida ejerciendo profesiones prestigiosas y productivas. Y el problema es que con tantos objetivos que cumplir, casi no queda sitio para Platón, Aristóteles, Descartes o Stuart Mill. Así que las guerras de la filosofía, que suelen empezar con grandes declaraciones de principios acerca del amor a la sabiduría y la cultura clásica, terminan reducidas a una pelea por un hueco en el tablón de horarios de clase del instituto o  la facultad.

Estos días pasados hemos tenido ocasión de revivir la parte más noble de algunos de estos debates. Fernando Savater visitó la Universidad de Salamanca y se expuso a todo tipo de preguntas y comentarios sobre su dedicación a la filosofía y la literatura. Estuvo brillante, como siempre, y no se dejó enredar en cuestiones de tablón de horarios. Las cuestiones filosóficas, dijo,  son de las que no se pueden cancelar, siempre quedan abiertas, y debemos  tener siempre la posibilidad de acceder a ellas, planteárnoslas y ensayar nuestras propias preguntas y respuestas. Fue su mensaje a un gran número de profesores y estudiantes que acababan de clausurar, en la propia facultad, el último congreso de filósofos jóvenes (Por cierto, los congresos de filósofos jóvenes son la única institución filosófica española que se mantiene viva durante más de cincuenta años, sin ningún apoyo oficial; y fue en uno de esos congresos de los años setenta donde nos conocimos Savater yo, como tuvimos ocasión de recordar).

También la semana pasada se celebró un debate en Madrid, en el seno de la Fundación Lilly, dirigido por José Manuel Sánchez Ron, acerca de las relaciones entre filosofía y ciencia. Tampoco, por suerte, entramos a discutir sobre el tablón de horarios. El pensamiento filosófico -resumo lo que dije allí- no se caracteriza por los temas que trata, ni por su material de estudio, ni por sus métodos de análisis, interpretación o explicación de la realidad. Se caracteriza por lo que, imitando a Ortega, podríamos llamar su perspectiva. En filosofía los problemas del conocimiento o la acción, la verdad o la justicia, la utilidad o el placer, la felicidad o la desdicha, son afrontados siempre desde una perspectiva general, basada en el respeto a la verdad y la dignidad humana e impulsada por la pasión crítica y racional.

Como se ve, estudiar filosofía no es una vía segura para conseguir fama y riqueza, pero es un camino bastante apetecible para disfrutar a lo largo de la vida. Deberíamos recomendárselo a nuestros jóvenes científicos, ingenieros, juristas, periodistas o emprendedores: que hagan un hueco en sus carreras y no se priven de acceder al pensamiento filosófico.

Onda Cero Salamanca 17/05/2016

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