Semáforos y rotondas

Los semáforos son un potente instrumento de regulación del tráfico. Se encargan de abrir y cerrar el paso en un cruce a peatones y vehículos de manera que vayan teniendo prioridad los unos o los otros, pero no todos a la vez.  Para que funcionen bien solo hay que seguir un conjunto de reglas sencillas. La luz roja cierra el paso, la  verde lo abre y la amarilla intermitente obliga a ceder el paso.

Sin embargo los semáforos tienen también sus inconvenientes. El principal es que cuando hay poco tráfico los semáforos lo ralentizan innecesariamente. ¿Quién no ha sentido auténtica desesperación paralizado ante un semáforo en rojo durante ese minuto interminable en el que nadie cruza la calle bloqueada? Y tampoco es que el semáforo sea la mejor solución cuando el tráfico es muy denso. ¿Quién no ha observado atónito el atasco que se produce en un cruce  cuando la luz del semáforo cambia mientras todas las calzadas del cruce están todavía inundadas de vehículos?.

Creo que por esto se inventaron las rotondas. Se trata de una solución simple y elegante a casi todos los problemas de regulación del tráfico en un cruce. La idea es sencilla, y está inspirada en la norma más elemental de cortesía: antes de entrar dejen salir. Cuando llegas a una rotonda, antes de entrar tienes que dejar paso a cualquier de los vehículos que ya circulan dentro de ella y una vez dentro tu siempre tienes prioridad para salir. No se necesitan semáforos para nada: solo un poco de sentido común, de respeto a los demás y de aprecio por la propio seguridad.

Las rotondas solo tienen un inconveniente. Son fantásticas para ordenar el paso de los vehículos en los cruces. Pero no está muy claro cómo se combina esto con el paso de peatones que pretenden atravesar una calle justo en el mismo cruce.  La única solución es alejar los pasos de cebra para peatones lo suficiente como para evitar que los semáforos  interfieran con las reglas de prioridad que hay que observar en la rotonda. Por ejemplo: nunca debería ponerse en ámbar intermitente un semáforo a la entrada de una rotonda al mismo tiempo que las luces para peatones se ponen en rojo, como ocurre en el acceso de  la Gran Vía a la Plaza de España. Y desde luego nunca debería  haber un semáforo a la salida de una rotonda, que pueda anular la prioridad para salir de los vehículos que circulan por ella, como ocurre en la Puerta de Zamora.

Los sistemas de regulación  del tráfico pueden ser más o menos eficaces. Pero todos deben respetar un principio básico de la lógica: tienen que ser congruentes entre sí. Semáforos y rotondas no lo son. Pero ¿quién es el responsable de tamañas incongruencias?

[Onda Cero Salamanca 27/10/2015]

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