Cajas Negras

Estamos acostumbrados a oír hablar de cajas negras cuando se produce un accidente de aviación. Pero en realidad la idea de una caja negra está generalizada en el diseño industrial. Una caja negra es un dispositivo que se caracteriza por sus entradas (las instrucciones, los materiales y la energía que recibe) y sus salidas (las actuaciones que lleva a cabo). Naturalmente, para que el dispositivo en cuestión funcione, algo debe haber en su interior que haga que varíe su comportamiento de acuerdo con la situación de su entorno. Pero lo  importante del modelo de caja negra es que precisamente eso, lo que está dentro de la caja, el mecanismo que hace posible su comportamiento, puede permanecer en la oscuridad.

Nos pasamos la vida rodeados de cajas negras. Nuestro teléfono móvil, por ejemplo, es un pequeño puzzle de cajas negras ensambladas, que nosotros usamos sin preguntarnos cómo funcionan por dentro. Incluso los automóviles de nuestros días están diseñadlos como un conjunto de cajas negras interconectadas.

Naturalmente las cajas negras también se pueden hacer traslúcidas. Basta con diseñarlas de forma que se puedan abrir, escudriñar sus entrañas y modificar sus mecanismos internos si así lo requiere la situación. Pero los ingenieros se han acostumbrado a usar cajas completamente opacas y los industriales han optado por blindar sus artilugios opacos a la curiosidad del usuario preocupado o del hacker voluntarioso. Así que, en la industria de nuestros días las cajas negras suelen ser, por lo general,  cajas blindadas.

El resultado de esta estrategia tecnológica lo hemos podido comprobar recientemente en el escándalo de la Volkswagen. Todo el problema se reduce a algo muy simple: una  vez aceptado el principio de que un dispositivo de control de carácter opaco (una caja negra) puede diseñarse de forma que sea inaccesible desde el exterior, la empresa puede utilizar esa peculiaridad para hacer algo mucho más pedestre: un timo. Es decir, para engañar a usuarios, consumidores, ciudadanos, gobiernos y organizaciones de comercio internacional dándoles gato por liebre. La liebre eran los resultados de las operaciones de control rutinario en las inspecciones técnicas de vehículos, siempre acordes con las especificaciones legales. Pero el gato estaba dentro de la cajita de control de emisiones de gases venenosos, un gato diligente que trabajaba para camuflar las emisiones reales justamente durante el tiempo que el vehículo estaba siendo sometido a inspección. ¿Puede alguien imaginarse una estafa más refinada?.

Siempre habrá estafadores y mangantes, y siempre será posible que algunos de ellos logren encaramarse a las posiciones más altas de la jerarquía social, económica o política. Pero mientras tanto los ingenieros y los ciudadanos comprometidos con el uso responsable de la tecnología deberíamos presionar para que las cajas negras siempre se puedan abrir.

Miguel A. Quintanilla

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